Por Zeynel Kete* – Si analizamos la historia de Turquía de los últimos cien años, observamos que los problemas vividos no pueden explicarse únicamente por el cambio de gobiernos, de poderes o de actores políticos. En un plano más profundo, se plantea la cuestión de cómo se define el Estado a sí mismo y qué tipo de relación establece con la sociedad. La concepción del Estado unipolar, que se ha ido consolidando desde la fundación de la República, en lugar de aceptar las diferencias como elementos naturales de la ciudadanía en igualdad de condiciones, las ha considerado elementos que deben controlarse, transformarse y, en caso necesario, reprimirse. Esta mentalidad política, centrada en la identidad sunita turca, abordó la estructura plural de la sociedad no como una riqueza, sino como una diferencia que debía gestionarse. Así, la ciudadanía dejó de ser un pacto común de vida democrática para convertirse en una forma de adaptación a la identidad dominante. La unicidad del Estado se transformó con el tiempo en una ingeniería política que pretendía homogeneizar también a la sociedad.
Sin embargo, la realidad histórica de esta región no es única. Los pueblos, las creencias, las lenguas, las culturas y los modos de vida conviven entre sí desde hace siglos. El hecho de que, durante el proceso de fundación de la República, diferentes pueblos y creencias participaran en una lucha común, es también un indicio de esta pluralidad histórica. Sin embargo, posteriormente, las reivindicaciones de igualdad y libertad de los kurdos y los alevíes, en particular, se enfrentaron a políticas de negación, asimilación, exilio, castigo y exterminio. Se vivió un largo período en el que los actores políticos kurdos fueron enviados al patíbulo, la fe aleví no fue reconocida en los ámbitos público y jurídico, y la memoria de la sociedad fue fragmentada por mano del Estado.
El Proceso de Paz y Sociedad Democrática que se está desarrollando hoy debe interpretarse precisamente en este contexto histórico. La cuestión no es únicamente el desarme o el fin del conflicto. La cuestión fundamental es la transformación del terreno político y social que genera el conflicto. En las evaluaciones realizadas tras el llamamiento a la “Paz y Sociedad Democrática” que lanzó Abdullah Öcalan el 27 de febrero de 2025, también se ha hecho hincapié en la transición de una fase negativa a una fase de construcción positiva y en el establecimiento de una base jurídica democrática.
Por ello, definir esta nueva etapa únicamente como un “proceso de solución” se queda corto. Hay una cuestión más amplia que debe debatirse aquí: ¿cómo se pasará de una concepción de la sociedad centrada en el Estado a una democracia centrada en la sociedad?
Porque la paz verdadera no comienza solo con el silencio de las armas, sino cuando las personas dejan de verse unas a otras como enemigas.
La filosofía de la paz
La lógica fundamental de la guerra es neutralizar al adversario. La lógica fundamental de la paz, en cambio, es reconocer al adversario. Por ello, la paz no es solo un acuerdo político, sino también una transformación filosófica.
La mentalidad unívoca genera “una única visión”, “una única identidad”, “una única nación”, “una única lengua” y “una única verdad”. La sociedad democrática, en cambio, acepta la pluralidad de la verdad. La democratización de una sociedad no es posible mediante la eliminación de las diferencias, sino mediante la libre coexistencia de las mismas.
Aquí, la democracia no puede reducirse únicamente a las urnas. La democracia es una forma de vida. Es que las personas puedan expresarse con su propia identidad, vivir en su propia lengua, manifestar libremente sus creencias, organizarse y tener voz y voto sobre su propio futuro.
Desde este punto de vista, la dimensión más importante de la perspectiva de “Paz y Sociedad Democrática” es su potencial para volver a acercar la política a la sociedad. Porque la sociedad no es solo una masa gobernada. La sociedad es un sujeto histórico que construye su propia vida.
Por lo tanto, la cuestión de la sociedad democrática y del proceso de paz no es “¿qué va a dar el Estado a la sociedad?”. Esa expectativa no es el enfoque correcto. La verdadera pregunta es “¿con qué mecanismos construirá la sociedad su propia vida democrática y comunitaria?”.
Participación en la vida social
La reincorporación a la vida social de aquellas personas que se han visto obligadas a vivir durante años en las montañas, en prisión o en el exilio, no es solo un retorno a nivel individual. Se trata, al mismo tiempo, de la reunificación de la memoria fragmentada de la sociedad.
Las madres han esperado durante años el regreso de sus hijos. Las familias han luchado por llegar a sus tumbas y por conocer el destino de sus seres queridos desaparecidos. Miles de personas se han visto obligadas a pasar los años más productivos de su vida en la cárcel, en el exilio o en zonas de conflicto.
El primer significado de la paz es que ya no se repitan estos sufrimientos.
Pero no basta con eso. Los trabajadores destituidos de sus cargos mediante decretos de emergencia, los representantes electos a quienes se les ha usurpado su voluntad mediante la imposición de administradores judiciales, y las personas privadas de su libertad y de sus derechos de ciudadanía por motivos políticos son también víctimas de la injusticia social.
Porque la paz no puede construirse sobre la injusticia.
Una paz que se construya sin afrontar las violaciones de derechos del pasado, sin garantizar que las personas recuperen los derechos que han perdido y sin reconocer las heridas de la memoria colectiva será una paz incompleta.
Por ello, uno de los conceptos fundamentales de esta nueva etapa debe ser la justicia social.
La justicia social no consiste únicamente en reparar las injusticias. Consiste en que las personas vuelvan a ser sujetos de la sociedad. Consiste en que sus conocimientos, experiencias, trabajo y bagaje se incorporen a la reconstrucción de la vida democrática.
La acción de la paz es un nuevo lenguaje
La acción de la guerra es el arma.
La acción de la paz, en cambio, es el lenguaje.
Porque la guerra comienza primero en la mente de las personas. Cuando una persona empieza a ver al otro como “enemigo”, “traidor”, “el otro”, “amenaza” o “terrorista”, los lazos sociales se rompen. La paz, por su parte, debe cambiar primero este lenguaje.
Hoy en día, Turquía necesita un nuevo lenguaje de comunicación política. Un lenguaje que no imponga, sino que escuche; que no excluya, sino que incluya; que no castigue, sino que repare; que no domine, sino que busque el consentimiento.
*Publicado en Yeni Yasam Gazetesi / Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid