Por Derya Aslan* – En la mañana del 29 de junio de 1925, en Amed (Diyarbakir, capital del Kurdistán turco), se erigió una horca para 47 personas. Mientras el jeque Said era ahorcado por decisión del Tribunal de la Independencia Oriental, sus últimas palabras fueron: “No temo ser colgado en estas ramas inútiles (la horca)”.
Doce años después, la noche del 15 de noviembre de 1937, en la Plaza del Trigo, de Elazığ, Seyid Rıza pronunció las siguientes palabras, que İhsan Sabri Çağlayangil, un joven funcionario que estaba de servicio esa noche, relataría más tarde en sus memorias: “No podía soportar el engaño y las mentiras; esto era un problema para él; pero no se arrodilló, y esto también sería un problema para ellos…”. Luego apartó la silla con el pie.
Dos escenas, separadas por doce años, pronuncian la misma frase: rebelión, represión, horca… Esta frase, y el hecho de que finalmente se esté rompiendo, es el punto de partida del marco histórico que el líder Abdullah Öcalan ha esbozado persistentemente en sus mensajes recientes.
La insistencia de Öcalan
Öcalan comienza la historia no en 1925, sino en 1806; no con el jeque Said, sino con Babanzade Abdurrahman Pasha. Esta elección no puede considerarse casual. El principado de Baban, con centro en Sulaymaniyah (ciudad del Kurdistán iraquí), fue una de las estructuras autónomas kurdas más fuertes del Imperio otomano; la ciudad fue fundada por los babanes. La rebelión que estalló en 1806, cuando el gobernador de Bagdad interfirió en los asuntos internos del principado, marcó el inicio de un enfrentamiento de dos siglos entre el imperio centralizador y las tradiciones de autonomía kurda. La insistencia del presidente Öcalan en esta fecha se debe a que la cuestión kurda moderna no nació de la rebelión de los kurdos contra el Estado, sino del desmantelamiento de la autonomía kurda por parte del Estado. La rebelión fue la consecuencia, no la causa.
El diagnóstico dolorosamente confirmado
El resto es una cadena de acontecimientos ya conocida. En 1847, Bedirxan Beg, el emir de Botan, fue derrotado y exiliado en Creta. En 1880, el jeque Ubeydullah, por primera vez en la historia, planteó abiertamente reivindicaciones políticas en nombre de Kurdistán; murió en el exilio en el Hiyaz. Koçgirî fue reprimido en 1921, el jeque Seîd en 1925, Agirî en 1930 y Dêrsim en 1938. Cada purga produjo una rebelión; cada rebelión, una represión; y cada represión, un exilio o una ejecución. El diagnóstico de Ehmedê Xanî, en Mem û Zîn, en 1695, “ger dê hebûya me îttîfaqek” (“si tan solo tuviéramos unidad”, en kurdo), se confirmó dolorosamente a lo largo de dos siglos. El recuerdo de las derrotas no se confió a los archivos, sino a los dengbêj (bardos kurdos). Las canciones se convirtieron en una colección de lamentos. En el escenario político, a los kurdos siempre se les mostraba el mismo lugar: la silla del acusado.
La otra mitad del ciclo
La violencia estatal describe la mitad de este ciclo, pero la otra mitad se oculta dentro de los límites internos de las propias rebeliones. En la interpretación histórica del presidente Öcalan, mientras el liderazgo permaneciera en manos de los mirs, jeques y sayyids —es decir, la autoridad tradicional— la base seguía siendo estrecha, el programa poco claro y la esperanza siempre quedaba fuera. Se depositaba confianza en los mapas trazados en Sèvres y borrados en Lausana; desde Xoybun hasta Mahabad, el papel asignado a los kurdos en la mesa de las grandes potencias no podía trascender la objetividad. Esta corriente, que Öcalan denomina “nacionalismo primitivo”, intentó convertirse en un Estado imitando al Estado; en última instancia, ni se logró un Estado ni se preservó la sociedad. El precio de cada movimiento dividido por líneas tribales y dinásticas lo pagó el pueblo de Zîlan, Dêrsim y en los caminos del exilio. El nacionalismo orientado al Estado no trajo a los kurdos un Estado, sino una horca más alta. Además, al dividir internamente a la población en fragmentos, familias y mecenas externos, profundizó el diagnóstico que Xanî había formulado hacía cuatrocientos años.
La verdad ocultada por el nacionalismo
Un punto que no debe pasarse por alto es que, por otro lado, el nacionalismo turco erigió su propio muro en el mismo siglo. Sin embargo, los textos fundacionales del sistema apuntaban a otra posibilidad. En Amasya, se reconocieron los derechos de los kurdos; en Erzurum y Sivas, la defensa de una patria común se basó en la alianza de ambos pueblos; la Constitución de 1921 garantizó por escrito la autonomía local. Después de 1924, esta puerta se cerró. El Plan de Reforma del Este, la Ley de Mantenimiento del Orden Público, la Ley de Asentamiento de 1934, la Ley Tunceli de 1935… Durante un siglo, la legislación sobre los kurdos se redactó en un lenguaje represivo. La negación alimentó la imitación; la imitación legitimó la negación; ambos nacionalismos reprodujeron el conflicto como justificación mutua. El dicho “No puede haber turco sin kurdo, ni kurdo sin turco” se pronunció precisamente contra esta situación. Es decir, volver a visibilizar la vida compartida que se extiende desde Malazgirt hasta los primeros años del siglo XXI, como la verdad fundacional que ambos nacionalismos han ocultado.
El surgimiento del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) marca la primera escisión de este período histórico. Por primera vez, el liderazgo pasó de los jefes tribales y los jeques a los jóvenes más pobres del pueblo; la resistencia se extendió de una escala tribal a una escala social; la tesis oficial de que “no existen los kurdos” se derrumbó. El clásico plan de liberación nacional, que buscaba establecer un Estado mediante la lucha armada, chocó contra la realidad regional y la autocrítica interna del propio Öcalan.
La mesa se puede configurar
La segunda ruptura se produjo en la isla-prisión de İmralı. Irónicamente, el presidente Öcalan fue condenado a muerte el 29 de junio de 1999, en el 74º aniversario de la ejecución del jeque Said, en Dağkapı. El Estado se preparaba para repetir la frase de hace dos siglos. No pudo. En 2002, se abolió la pena de muerte y surgió un nuevo paradigma a la sombra de la horca. Este paradigma era la perspectiva de una nación democrática y una república democrática, que separaba la nación del Estado y buscaba la solución no en el establecimiento de un Estado, sino en la democratización de la sociedad. La carta leída en el Newroz (año nuevo kurdo) de 2013, en Amed, abrió la puerta del período de resistencia armada al período de la política democrática; se tendió una mesa en Dolmabahçe, que luego fue derribada. Incluso demostrar que se podía tender la mesa fue un logro para aquel día; su incapacidad para convertirse en permanente fue una lección sobre la falta de una estructura institucional sólida para el proceso.
La retórica no es una declaración, es un balance
El Llamamiento por la Paz y una Sociedad Democrática del 27 de febrero de 2025 se basó en esta lección. El PKK anunció su decisión de disolverse y deponer las armas en su Congreso, en mayo de 2025. El 11 de julio de 2025, el primer grupo quemó sus armas cerca de Sulaymaniyah. La historia cerró el paréntesis donde lo abrió. El ciclo armado de doscientos años que comenzó en el horizonte de la ciudad fundada por nuestros antepasados, terminó con la quema de armas en la misma geografía. Por lo tanto, la declaración del presidente Öcalan, “hemos trasladado la cuestión kurda de la horca a la mesa de negociación”, no es meramente retórica; es un balance de inmenso peso.
Es necesario dejar claro el significado de este resultado para los kurdos. Un pueblo que, durante dos siglos, fue repetidamente derrotado, exiliado y ejecutado, y por lo tanto borrado de la historia, se sentó por primera vez a la mesa como interlocutor en las negociaciones, sin haber sido derrotado y por su propia voluntad. A Babanzade se le recuerda por el exilio, al jeque Said y a Seyid Rıza por la horca; esta generación, sin embargo, será recordada por la negociación, el derecho y la fundación. Es precisamente en esto donde se sitúa el liderazgo de Öcalan. Él es quien heredó el honor de las rebeliones tradicionales, rompiendo sus ciclos; quien pasó de la etapa de defensa de la existencia kurda (una etapa negativa en sus propios términos) a la etapa de construcción de una sociedad democrática, una construcción positiva. Decir que las armas han perdido sentido no es una declaración de rendición, sino una valoración de la etapa alcanzada. En este punto, la existencia ya no se protegerá con armas, sino con la política, el derecho y la organización social.
La oportunidad después de un siglo
El tema se planteó por primera vez en el ámbito legislativo el año pasado con la creación de una comisión en el Parlamento turco, y sus primeros frutos se plasmaron en la Ley Marco aprobada a principios de agosto. La ley tiene deficiencias, como es lógico. Carece de alcance, mecanismos de garantía y un calendario para la integración, pero su función histórica es de suma importancia. Durante un siglo, las leyes promulgadas en relación con los kurdos fueron leyes de deportación, reasentamiento y prohibición. Por primera vez, se redactó una ley basada en la resolución, no en el conflicto; en la coexistencia, no en la eliminación. Una “ley raíz” es, como su nombre indica, la raíz misma. No produce el tronco, las ramas ni el fruto, pero transforma el terreno. El tronco, los derechos lingüísticos, la democracia local, la ampliación de la participación política, la legislación transitoria y las normas de ejecución, son las tareas de las leyes de democratización del próximo período. La comparación que hace el presidente Öcalan entre este hito y la fundación de la República debe considerarse detenidamente, porque lo que está en juego es la renegociación de la ciudadanía sobre la base de la libertad individual, sin la imposición de religión, idioma ni nacionalidad. Se trata de la restauración, un siglo después, de un sistema que se inauguró en 1921 y se clausuró en 1924.
Formular la ecuación desde adentro
La misma lógica se aplica a escala regional. En medio de las repercusiones de la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel, la fragmentación de Siria y el afán imperialista que se ha transformado en manipulación territorial, la paz turco-kurda implica romper con la dinámica de confrontación entre ambos pueblos. Así como no hay turco sin kurdo, ni kurdo sin turco, un orden en Medio Oriente alimentado por la animosidad entre estos dos pueblos no tiene futuro para los habitantes de la región. Hace un siglo, otros trazaron el mapa; esta vez, es posible redefinir el orden desde dentro.
La historia finalmente está escribiendo un borrador de respuesta sobre el significado político de pensar juntos, actuar juntos y existir juntos como un todo. Sabemos muy bien que la permanencia de esta respuesta no termina con textos legales; requiere aceptación social, voluntad política y responsabilidad mutua. La paz no es una firma, sino una construcción, y la carga más pesada de esta construcción recaerá sobre nosotros a partir de ahora. En otras palabras, el período difícil ha terminado, nos espera un período más desafiante, pero este período es nuestro.
La Historia que regresa de la horca
Sin embargo, debemos nombrar correctamente el umbral. No olvidemos que tanto el pedestal como la mesa están hechos de la misma madera. Durante dos siglos, en estas tierras la madera se ha utilizado siempre para el pedestal. Ahora, por primera vez, se transforma en mesa, en la ley sobre la que descansa. La línea que se extiende desde el camino del exilio de Babanzade hasta Dağkapı del jeque Said, desde la Plaza del Trigo de Seyid Rıza hasta la celda de İmralı, se entrelaza ahora en la tribuna parlamentaria y los artículos legales. Esta es una historia que ha regresado de la horca. La culminación de este regreso depende ahora no de la habilidad de quienes tejen la cuerda, sino de la habilidad de quienes preparan la mesa.
Creemos y confiamos en quien posee esta habilidad, y en nosotros mismos.
*Publicado en Yeni Özgür Politika / Traducción y edición: Kurdistán América Latina