La cara del expresidente sirio Bashar al asad comenzaba a arder en diciembre de 2024 en cientos de carteles de edificios administrativos de distintos puntos de Siria. A su lado se erigía la nueva bandera del país, representando la siguiente etapa que se abría tras la toma del poder de Mohammed al Sharaa, representante del grupo Hayat Tahrir al Sham (HTS). Los carteles con un agujero donde antes estaba la cara del expresidente siguen repitiéndose seis meses después en Siria. Un país que, lejos de la pacificación definitiva, ocupa un nuevo lugar en la pugna que se desata en Oriente Medio.
El grupo HTS derrotó en diciembre de 2024 al ex presidente Bashar al Asad, representante del partido Baaz, prometiendo traer con ello una nueva estabilidad al país. Damasco estalló en celebraciones por el fin de una larga etapa autoritaria y casi catorce años de guerra civil. Pero también emergieron dudas y recelos, especialmente en algunos de los grupos organizados territorialmente en el país, como la población kurda o la drusa. No olvidan que la primera vez que Al Shaara había pisado suelo sirio tenía como objetivo expandir el autoproclamado Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) en Siria, por orden de Abu Bakr al Baghdadi, califa del ISIS. El proceso constitucional abierto por el nuevo gobierno desde inicios de 2025 prometía asentarse sobre unas bases de representatividad y democracia que, en su redacción final, no deja clara la efectividad de estos logros.
Algunas de las medidas anunciadas por este gobierno, que admite en la nueva Constitución la ley islámica como “la principal fuente” de legislación, parecen constatar estas dudas. Entre ellas, el anuncio la pasada semana de la obligatoriedad de las mujeres de usar “burkinis” o bañadores de cuerpo completo en todas las playas públicas, una decisión anecdótica que podría cristalizar la intención de promover políticas conservadoras y regresivas en el país. Organizaciones como Human Rights Watch han expresado preocupación por la gran concentración de poder en manos de Al Sharaa y la falta de garantías sobre el Estado de derecho y los derechos humanos.
Al Sharaa ha sabido en este periodo navegar la difícil marea diplomática que se abre paso en Siria, un país marcado por la diversidad étnica, religiosa y cultural. Las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) firmaron a principios de marzo un acuerdo ambiguo con el gobierno central que, si bien no concretaba el futuro de la autonomía del pueblo kurdo, dejaba clara la integración de sus instituciones civiles y militares en la administración del Estado sirio. De manera inmediata se llegaba a un entendimiento con el gobernador de Suwayda, la zona sureña donde habita fundamentalmente la minoría drusa. Los días previos a estos acuerdos habían estado marcados por violentas hostilidades de la minoría alauita en las provincias sureñas de Latakia y Tartus, en unas jornadas que dejaron más de 1300 muertes.
El pueblo kurdo consideró violado este acuerdo con el anuncio de la nueva Constitución. “La nueva Constitución no puede ser aceptada por el pueblo de Siria porque se ha redactado desde una perspectiva centralizada, unilateral e islámica”, declaraba Nourshan Hussein, copresidenta del Consejo Diplomático de la Administración Autónoma del Norte y el Este de Siria (AANES), mayoritariamente kurda, a Diario Red. En los próximos meses, una delegación presentará el posicionamiento conjunto del pueblo kurdo al nuevo presidente Al Sharaa para expresar la invalidez de un gobierno que no representa al pueblo sirio. El sur del país, por su parte, ha continuado siendo atacado por el gobierno de Israel, quien busca apoyarse en la minoría drusa para desestabilizar la nación.
Junto a los quemados carteles de Al Asad, en Siria se suceden ahora unas nuevas pancartas. Amenizadas en pantallas en movimientos con coloridos reflejos de la bandera de Estados Unidos enlazada con la siria, frases dan las gracias al presidente Donald Trump por la retirada de las sanciones al país. Aunque cuestionada en el interior de las fronteras sirias, el nuevo gobierno ha sido celebrado internacionalmente. En los primeros días de su conformación definitiva en el mes de marzo, la Unión Europea y Estados Unidos encabezaron los aplausos, así como sus principales aliados en Oriente Medio, entre los que se encuentra Turquía, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí.
Pero el momento cumbre de acogida en el escenario internacional del nuevo presidente llegó durante la gira del presidente Trump por la región a mediados del mes de abril, con la retirada de sanciones económicas. “Es un tipo joven, atractivo. Un tipo duro. Con un pasado fuerte. Es un guerrero”, afirmaba el estadounidense en referencia a Al Sharaa. Tan solo unas semanas antes, el Pentágono había anunciado la retirada de las tropas estadounidenses del territorio, que pasarían de dos mil efectivos a menos de mil. El ministro de Economía e Industria, Mohammad Nidal al Shaar, declaraba en una entrevista escrita con la Agencia EFE que el levantamiento de los castigos económicos tiene el potencial de mejorar la calidad de vida de la población, que tras casi catorce años de guerra y diversas crisis de escasez de productos básicos se enfrenta todavía a una tasa de pobreza del 90%, según datos de la ONU.
La estabilización de Siria a seis meses del cambio de gobierno parece haber convencido a muchos gobiernos occidentales y parte de la población siria en el exterior, pero todavía queda mucho trabajo para persuadir a la totalidad. Las autoridades de Turquía han cifrado este viernes en más de 273.000 los refugiados sirios que han regresado a su país de origen desde la caída del régimen de Al Asad. No obstante, el Ministerio del Interior turco ha indicado que 2,7 millones de desplazados siguen viviendo en Turquía, una situación que genera fricciones con la Unión Europea, para quien Ankara sigue constituyendo la puerta de entrada y bloqueo de personas migrantes, a cambio de cuantiosos desembolsos.
Los cambios en Siria no pueden desligarse de la situación en el conjunto de la región, que atraviesa uno de los momentos más inestables de los últimos años. Turquía se ha erigido como uno de los principales aliados del nuevo gobierno sirio, algo que también pudo constatarse en la gira del presidente estadounidense, en la que Recep Tayyip Erdogan fue invitado a mediar en la conversación con Al Sharaa. Los intereses de ambos pueden explicarse por motivos intramuros: el pueblo kurdo marca la política interna de ambos países. Pero también por motivos externos, la rivalidad con el Estado de Israel es mutua, quien no ha cesado de atacar la frontera sur de Siria desde la caída de Al Asad.
La última gran ofensiva de las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) se produjo el pasado jueves 12 de junio, cuando el ejército hebreo informó de la detención de presuntos miembros de Hamás en la zona de Mazraat Beit Jinn, en el sur de Siria. La misión dejó un saldo de un muerto y siete detenidos, y fue repudiada por las autoridades sirias. “Tales actos provocativos repetidos son una flagrante violación de la soberanía de Siria”, afirmó el ministerio de Interior en un comunicado. El ataque se sumó a los esfuerzos israelíes por desestabilizar la región, donde al genocidio en Gaza y los constantes ataques al sur del Líbano y Siria es necesario sumar desde el pasado viernes 13 de junio el intercambio de misiles con Irán, que puede marcar un antes y un después en la situación de la región. Donald Trump respondía alabando los bombardeos y alertando a Irán sobre “ataques más brutales” de Israel si no acepta un acuerdo nuclear.
Sostenido sobre este suelo resquebrajado, Al Sharaa tendrá que mostrar la capacidad del nuevo gobierno de mantener una Siria unificada, con la posibilidad de asumir ciertas dosis de descentralización si desea evitar la guerra en el interior. Debe impulsar económicamente el país, logrando que el progreso, libre de sanciones internacionales, llegue a una población que se sostiene sobre el umbral de la pobreza. Y, pese a que cada día parece más complejo, ha de ocupar un lugar en el ajedrez de Oriente Medio que le permita avanzar en la pacificación del suelo sirio.
FUENTE: Beatriz Castañeda Aller / Diario Red