A medida que las ambiciones globales de China se expanden bajo el nuevo liderazgo, su política exterior experimenta una transformación gradual pero distintiva. Su política pasa de una postura de no alineamiento cautelosa a un compromiso estratégico. Para China, Oriente Medio, región históricamente dominada por las potencias occidentales y las rivalidades regionales, se ha convertido en una zona crucial para extender su influencia. En este complejo panorama geopolítico, la cuestión kurda representa tanto una oportunidad latente como un profundo dilema diplomático para China.
La Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés) de China se considera la columna vertebral de su relación con Oriente Medio. Mediante inversiones en infraestructura energética, puertos, telecomunicaciones y corredores comerciales, China se ha consolidado como un actor económico clave en la región. A diferencia de las potencias occidentales, que históricamente han recurrido a la fuerza militar, el cambio de régimen o la intervención ideológica, China proyecta poder blando a través de la integración económica y la neutralidad diplomática, haciendo hincapié en la soberanía y la no injerencia.
Esta fórmula ha generado ventajas notables. La mediación china en el acercamiento saudí-iraní de 2023 fue más que un éxito simbólico. De hecho, marcó el debut de China como un mediador político eficaz en una región históricamente marcada por la hegemonía occidental. Sin embargo, esta creciente confianza diplomática plantea una pregunta: ¿podría China aplicar las mismas tácticas diplomáticas a uno de los conflictos más complejos de la región?
La llamada cuestión kurda vincula a más de 40 millones de kurdos a través de una experiencia compartida de negación de su patria y represión. Cada uno de los Estados en los que viven los kurdos considera la movilización política kurda como una amenaza existencial para su integridad territorial.
Durante décadas, las potencias extranjeras han instrumentalizado a los movimientos kurdos como aliados tácticos en lugar de socios genuinos. Un ejemplo reciente es el apoyo brindado a los kurdos contra el ISIS, para luego abandonarlos cuando los intereses estratégicos cambiaron. En este preciso momento, China entra en escena no como un actor militar tradicional, sino como un gigante económico cuyas inversiones podrían transformar la realidad material y política de la región. Sin embargo, su retórica de neutralidad y soberanía choca frontalmente con la principal demanda de los kurdos: la autodeterminación.
La creciente presencia de China en Irak y Siria ya tiene consecuencias indirectas para la política kurda. El Gobierno Regional de Kurdistán (GRK, en el norte de Irak) ha buscado activamente la inversión china en energía, construcción y educación superior, con el objetivo de diversificar su economía y reducir su dependencia de Occidente y Turquía. Si bien estas iniciativas son limitadas, reflejan el reconocimiento por parte del GRK del creciente peso económico de China. En teoría, China podría utilizar su influencia económica para fomentar la cooperación entre las autoridades kurdas y los gobiernos centrales. Mediante lo que podría denominarse diplomacia para el desarrollo, incluso podría presentar la integración económica como un interés común, eludiendo así el tema políticamente delicado de la autonomía. Esta estrategia se enmarca dentro de la visión del BRI de China, que busca crear estabilidad comercial a través de la conectividad. Se trata de una visión estratégica que requiere una política de cooperación flexible en las regiones kurdas, ricas en recursos, que conectan Asia Central, Irán y el Mediterráneo.
Sin embargo, el uso que hace China de la terminología relativa a la consolidación de la paz económica se enfrenta a serias limitaciones estructurales. A diferencia de las potencias occidentales, China carece de una tradición de mediación de conflictos basada en la condicionalidad política. Su negativa a abordar cuestiones normativas, como los derechos humanos y la represión étnica, hace que China mantenga relaciones con regímenes autoritarios que perpetúan la marginación kurda. En la práctica, el compromiso de China con la no injerencia la protege no solo de la responsabilidad, sino también de la influencia.
Entre las potencias regionales, Turquía plantea el dilema más acuciante. Como miembro de la OTAN y socio clave de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, es esencial para el corredor comercial euroasiático de China. Sin embargo, la postura agresiva de Turquía contra la autonomía kurda, tanto a nivel nacional como en Siria e Irak, limita considerablemente la capacidad de influencia de China. Cualquier gesto interpretado como simpatía hacia el autogobierno kurdo podría tensar la relación entre Turquía y China, y poner en peligro el acceso estratégico de China al Corredor Medio.
Irán presenta una paradoja similar. Por un lado, vinculado por un acuerdo de cooperación de 25 años valorado en miles de millones de dólares, Irán es un socio vital en las redes de energía y transporte. Por otro lado, la hostilidad de Irán hacia la disidencia kurda convierte a China en cómplice mediante su silencio. Además, la negativa de China a criticar la represión iraní reafirma su priorización de las relaciones con el régimen sobre los derechos humanos, lo que ilustra cómo la soberanía funciona como un escudo moral para la realpolitik.
Las monarquías árabes del Golfo Pérsico añaden otra capa de complejidad. Están deseosas de atraer capital chino; comparten su aversión a los movimientos étnica o políticamente pluralistas que podrían generar conflictos internos. Su alianza económica con China, por lo tanto, refuerza un consenso regional contra la autodeterminación kurda. Para China, mantener la neutralidad entre estos actores implica aceptar sus líneas rojas, una postura que, por defecto, margina las aspiraciones kurdas.
Además de lo anterior, la cautelosa postura de China debe interpretarse en el contexto de la disminución del compromiso occidental. Estados Unidos y la Unión Europea (UE) conservan influencia militar y política sobre los asuntos kurdos, siendo la alianza estadounidense con las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) el ejemplo más claro. Sin embargo, su repliegue estratégico deja un vacío de poder que China podría, al menos económicamente, llenar. No obstante, este cambio es ambiguo. Cualquier papel visible de China en territorios kurdos se presentaría casi con seguridad como un avance estratégico, no como una preocupación humanitaria. La consiguiente rivalidad entre grandes potencias podría enredar aún más la política kurda en la lógica de la competencia global, en lugar de en la emancipación local. La decisión de China de evitar la intervención militar garantiza que su influencia siga siendo en gran medida indirecta y transaccional.
Por lo tanto, la postura de China respecto a la cuestión kurda se caracteriza por una moderación pragmática. Sus políticas en Irak, Siria e Irán siguen rigiéndose por la seguridad de los recursos, la conectividad y la estabilidad regional. Desde una perspectiva realista, el desinterés de China por el nacionalismo kurdo es totalmente racional. China cree que apoyar a los kurdos alienaría a socios estatales clave, mientras que ignorarlos no supone un gran coste político. Sin embargo, la trayectoria a largo plazo de la presencia china en Oriente Medio podría, involuntariamente, fortalecer a las regiones kurdas. El desarrollo de infraestructuras, la conectividad digital y la cooperación energética podrían integrar gradualmente los territorios kurdos en redes económicas más amplias, fomentando una interdependencia que reduzca los incentivos para el conflicto. En este sentido, la estrategia diplomática de China no reside en la diplomacia abierta, sino en las transformaciones estructurales que acompañan a la globalización económica.
Sin embargo, esta lectura optimista debe matizarse con cinismo. La integración económica no se traduce automáticamente en reconciliación política. Sin abordar las históricas reivindicaciones de los kurdos y el autoritarismo de los Estados regionales, el desarrollo corre el riesgo de afianzar la desigualdad en lugar de resolver el conflicto. Así, la insistencia de China en la neutralidad se convierte en cómplice del mantenimiento de un statu quo injusto. En el incipiente sistema multipolar, el enfoque de China respecto a la cuestión kurda refleja su dilema más amplio de política exterior. Para China, la cuestión reside en cómo conciliar la no injerencia basada en principios con una creciente responsabilidad estratégica. La cuestión kurda, arraigada en la privación histórica y la rivalidad geopolítica, no puede resolverse únicamente a través de rutas comerciales. Sin embargo, a medida que disminuye la influencia occidental, la cautelosa implicación de China introduce una nueva forma de poder, una que opera mediante infraestructura, inversión y diplomacia, en lugar de bombas y sanciones. El éxito de esta estrategia de diplomacia blanda depende de la voluntad de China de evolucionar de un actor económico a un estabilizador político. Hasta ahora, la posición de China se ha basado estratégicamente en evitar riesgos: rentable pero pasiva, íntegra pero paralizada. Sin embargo, su mera existencia modifica el equilibrio de poder en Oriente Medio, lo que sugiere que la cuestión kurda podría poner a prueba la capacidad de China para moldear el orden regional sin repetir los fracasos del imperialismo occidental.
FUENTE: Seevan Saeed / The Amargi / Traducción y edición: Kurdistán América Latina