La lección que surge de Alepo: la cruda realidad de la nueva era

El derecho internacional, los valores occidentales y el orden basado en alianzas han perdido su validez para los kurdos. El último clavo fue la indiferencia colectiva mostrada mientras en Alepo se bombardeaban hospitales, se humillaban los cuerpos de las mujeres y se atacaba a la población civil. El mundo terminó allí, guardando silencio.

El último proceso de guerra vivido en Alepo no es, para los kurdos, únicamente un acontecimiento militar o táctico. Este proceso ha sido una advertencia dura que revela las crudas realidades de una nueva etapa. Las lecciones que deben extraerse no deben basarse en discursos teóricos ni en deseos políticos abstractos, sino partir directamente de la práctica vivida.

Trump ha clavado el último clavo en el ataúd de este sistema

Ante todo, ha quedado nuevamente en evidencia que el sistema internacional ya no ofrece a los kurdos un marco protector, equilibrador ni vinculante. El orden jurídico, de alianzas y de multilateralismo construido tras la Segunda Guerra Mundial se encuentra, de hecho, inoperante. Este colapso no solo ha normalizado los ataques arbitrarios de los actores regionales, sino también el silencio de las grandes potencias, la desvergüenza de mirar hacia otro lado y la impunidad. A partir de ahora, todos deben seguir su camino aceptando esta realidad: el orden del mundo occidental, basado tras la Segunda Guerra Mundial en el derecho internacional, el multilateralismo y las alianzas, ha colapsado de facto, y Donald Trump ha clavado el último clavo en el ataúd de esta estructura.

La experiencia de Alepo también ha puesto claramente de manifiesto la transformación en la naturaleza de la guerra llevada a cabo contra los kurdos. La situación actual no es un conflicto en el sentido clásico. Está en vigor una nueva norma de guerra en la que se borran deliberadamente las distinciones entre frente y retaguardia, civil y militar, legalidad e ilegalidad. Hospitales, barrios, recursos hídricos y cuerpos de mujeres han dejado de ser objetivos militares para convertirse en instrumentos de ruptura psicológica. El objetivo no es solo ganar territorio, sino herir la memoria colectiva, humillar los símbolos y neutralizar de forma permanente la voluntad de resistencia.

La amenaza no procede solo de las líneas del frente, sino también de las mesas de negociación política

En este contexto, el ejemplo de Alepo ha demostrado claramente lo siguiente: las zonas donde viven los kurdos pueden convertirse en objetivo en cualquier momento, y esta amenaza no proviene únicamente de las líneas del frente, sino también de las mesas de negociación política. Lo ocurrido en Şêxmeqsûd y Eşrefiyê constituye un ensayo de una estrategia más amplia de presión y liquidación dirigida contra toda Rojava. Por ello, interpretar estos hechos como un “conflicto local” resulta incompleto y engañoso.

Una de las características más destacadas de la nueva norma de guerra es la legitimación abierta de la violencia por delegación. Los Estados avanzan hacia sus objetivos a través de estructuras yihadistas y paramilitares sin asumir responsabilidad directa, profundizando así la barbarie sobre el terreno mientras se diluye deliberadamente la responsabilidad política. La brutalidad dirigida contra las combatientes kurdas en Alepo no es una excepción, sino una manifestación actual de una continuidad histórica. Esta continuidad establecida entre la memoria política centenaria de la República de Turquía respecto a los kurdos y las prácticas del Daesh, Hayat Tahrir al Sham (HTS) y estructuras yihadistas similares no es una coincidencia, sino una misma mentalidad. 

El grito de Ziyad Heleb es la expresión de un momento en el que el mundo ha dejado de ser interlocutor

La ruptura generada por este proceso no se limita únicamente a la destrucción física. El grito que se elevó tras Ziyad Heleb, que quedará inscrito como un umbral en la historia moderna kurda y que no fue registrado, permanecerá como un momento que señala un punto de inflexión en la historia kurda. Este sonido no es una llamada de auxilio ni una expresión de duelo, sino la manifestación de un instante en el que el mundo ha dejado de ser un interlocutor. La frase “Bila alem giş bimire”, es decir, “que el mundo se derrumbe”, no expresa reconciliación con la muerte, sino un grito de despedida de las falsas garantías, de la expectativa de un salvador externo y de las mentiras. Por ello, no es solo una explosión emocional, sino, en última instancia, un diagnóstico sereno de la situación.

Una de las verdades fundamentales que se desprenden de ello es que la defensa no es únicamente una cuestión militar. En Alepo, uno de los elementos decisivos de la resistencia fue la voluntad del pueblo del barrio y su resiliencia social. Esto ha demostrado que la organización social, la legitimidad local y la resistencia civil son tan vitales como la capacidad militar. La defensa es una cuestión de capacidad integral en la que se abordan conjuntamente las armas, la sociedad, la salud, la comunicación y la memoria.

La necesidad de una reorganización profunda es inevitable

El mismo proceso ha puesto de manifiesto de forma clara la falta de preparación de la política kurda. Esta situación hace inevitable la necesidad de una reorganización profunda que no es solo militar o diplomática, sino también mental, política y organizativa. En este punto, lo decisivo no es la intención, sino el tiempo. Para los kurdos, el riesgo no es tanto dar un paso equivocado como retrasar el paso correcto. En este contexto, cada decisión que se retrasa equivale a una decisión tomada por otros.

Y aquí debe subrayarse especialmente la siguiente realidad: tras el Acuerdo del 1 de abril (entre el régimen sirio y las Fuerzas de Seguridad Interna -FSI- de los barrios kurdos de Alepo), en la región solo quedaron fuerzas de seguridad interna sin otras funciones defensivas que el uso de armas personales. En cambio, Damasco y Ankara desplegaron simultánea y coordinadamente más de cuarenta mil combatientes yihadistas, cientos de tanques y modernos vehículos de guerra. Este panorama no es un acontecimiento militar casual o momentáneo, sino parte de un guión previamente diseñado cuyo objetivo es provocar una fractura política, social y psicológica entre los kurdos y, a través de esa fractura, arrastrarlos a una crisis profunda y multidimensional. El objetivo no es solo ganar territorio, sino atrapar a una sociedad desprotegida en un círculo de desesperación, impotencia y rendición. Por ello, lo ocurrido no es una operación de seguridad, sino un intento consciente de liquidación mediante la ruptura de la voluntad y la inducción de una crisis interna. Que esta intervención se produzca en un período en el que los kurdos y Kurdistán se han convertido cada vez más en un elemento de equilibrio decisivo en Medio Oriente demuestra claramente el carácter estratégico del proceso.

Por último, el proceso de Alepo ha demostrado que para los kurdos ha llegado a su fin la era de “esperar”, “tener esperanza” o “apoyarse en equilibrios externos”. Al mismo tiempo, ha puesto de manifiesto que se ha vuelto obligatorio rechazar los procesos de integración estratégica definidos por fuerzas enemigas, que encasillan a los kurdos en una posición pasiva y que, en esencia, son trampas. El próximo período será una etapa de realismo basada en la propia fuerza, que prevea los riesgos, tenga en cuenta las amenazas multilaterales y sitúe al pueblo en el centro.

Este realismo no es pesimismo, sino el camino más realista para sobrevivir y ganar. El pueblo kurdo ha estado por delante de la política y le ha dado forma en todos los procesos críticos de nuestra historia reciente. Por ello, la confianza que el pueblo deposita en sus dirigentes no debe ser defraudada.

Por esta razón, lo ocurrido en Alepo debe registrarse no como una “ruptura”, sino como un final. El orden basado en el derecho internacional, los valores occidentales, el multilateralismo y las alianzas no es, para los kurdos, un sistema que ya no funcione, sino un sistema que ha perdido completamente su vigencia. El último clavo clavado en el ataúd de esta estructura no es una sola persona ni una sola etapa. Ese clavo es la indiferencia colectiva mostrada mientras en Alepo se bombardeaban hospitales, se humillaban los cuerpos de las combatientes y se atacaba a la población civil. El mundo terminó allí, callando.

No es posible avanzar con expectativas prudentes

En este punto, ya no es posible avanzar con medias frases ni con expectativas prudentes. Los kurdos deben manifestar claramente una voluntad radical que, asumiendo todos los escenarios, empuje a todos sus enemigos a la crisis. Ni el Estado de la República de Turquía, ni el Estado árabe sirio, ni las estructuras de poder árabe chií en Irak, ni el régimen de los mulás en Irán contemplan para los kurdos una solución justa, beneficiosa o duradera. Todas estas estructuras actúan con diferentes instrumentos, pero con el mismo objetivo: mantener a los kurdos como un elemento manejable, divisible y, cuando sea necesario, liquidable.

Ignorar esta realidad ya no es un error político, sino un riesgo existencial. La salvación no puede quedar en manos de la benevolencia de estas fuerzas, de sus equilibrios internos o de sus cálculos coyunturales de interés. Por el contrario, es imprescindible una salida radical que desbarate todos sus cálculos estratégicos, rompa su previsibilidad y anule el terreno de juego al que están acostumbrados. Esta radicalidad no es retórica vacía, sino el coraje de declarar de forma clara y firme la voluntad de autodeterminación.

Tenemos una sociedad capaz de sostenerse a sí misma

Una vez más, debemos actuar con una inteligencia colectiva para no permitir que nuestros enemigos utilicen nuestras debilidades. Porque el enemigo es fuerte no tanto por su propio poder, sino allí donde nosotros somos débiles. Por ello, las debilidades internas, la dispersión, los retrasos y las indecisiones ya no son problemas secundarios, sino riesgos existenciales directos.

Debe cerrarse definitivamente la etapa de participar en escenarios de integración diseñados por otros. Para los kurdos, la cuestión ya no es negociar mejores condiciones, sino rechazar el propio juego. Esta realidad puede reducirse a un solo principio: debemos cortar nuestro propio cordón umbilical. Esto no es aislamiento, sino una declaración de voluntad fuerte.

No existe un mundo que nos proteja. Esperar protección es ya una ilusión. Existe una sociedad capaz de sostenerse por sí misma. Y la voluntad que mantendrá en pie a esta sociedad ha declarado en Alepo que no se retirará y que jamás se rendirá. Esa es la lección que surge de Alepo.

El mundo ha cambiado. Y los kurdos deben afrontar este cambio no con romanticismo, sino con una mente fría, racional y una voluntad colectiva.

FUENTE: Hüseyi̇n Sali̇h Durmuş y Navenda Nûçeyan / ANF / Traducción y edición: Kurdistán América Latina

lunes, enero 12th, 2026