Por Zeryan Asya* – Lo que está pasando en Rojava nos atraviesa como un estallido. Corta la respiración. Paraliza los cuerpos y confunde las palabras. Intentamos comprender cómo ha ocurrido de manera tan rápida; cómo, en unos pocos días, han sido arrebatados territorios, cómo una experiencia de vida ha sido atacada con tal brutalidad.
Pero nada se ha producido de manera repentina, esta guerra comenzó mucho antes de los tanques y las banderas.
Comenzó el día en que las mujeres decidieron no obedecer más. El día en que una sociedad intentó gobernarse a sí misma. Hoy, el norte y el este de Siria están siendo destruidos. Pero Rojava no desaparecerá, porque Rojava no es una línea en un mapa: es una memoria, una práctica, una promesa viva. Las fuerzas que avanzan -bandas yihadistas, Estados, potencias imperiales- no se conforman con conquistar ciudades: destruyen aquello que permite vivir de una manera diferente. En Tabqa, en Raqqa, en Alepo, son los lugares de las mujeres los que arden primero. En Tabqa y en Raqqa existían organizaciones de mujeres, como Zenobya, trabajando por su emancipación a través del trabajo, la educación y la mediación con las familias. Los centros de Jineolojî llevaban a cabo un trabajo de investigación y formación, permitiendo que las mujeres se redescubrieran, se reapropiaran de su historia y de su lugar en la sociedad. La biblioteca de Jineolojî, dedicada a Nagihan Akarsel, asesinada por los servicios secretos turcos en el sur de Kurdistán por su resistencia, no era solamente un edificio. Era un respiro, un lugar frecuentado por la juventud y las mujeres para estudiar y reunirse. Y ha sido incendiada.
Esta guerra tiene un objetivo claro. Se escribe sobre los cuerpos de las mujeres, sus cuerpos arrojados al vacío, sus rostros pisoteados, sus trenzas cortadas exhibidas como trofeos. El burka impuesto como una jaula, la violación como amenaza, la humillación como lenguaje político. Y estas violencias son filmadas, difundidas, repetidas. No son accidentes. Son un mensaje: esto es lo que hacemos a las que se liberan.
Intentemos comprender lo que está en juego en Rojava, lo que está siendo atacado y cómo defender la revolución. Porque el denominado regreso del Estado Islámico (ISIS) no es solamente una fuerza armada, es una mentalidad antigua, una lógica de dominación nacida hace milenios que solo sobrevive aplastando la autonomía de las mujeres. Una mentalidad que se pone en escena para generar miedo y hacer pensar que la resistencia no es posible, para quebrar la voluntad de las mujeres y de los pueblos. Una mentalidad que transforma el cuerpo de las mujeres en territorio de conquista, en objeto de poder, en advertencia dirigida a todas. Esta mentalidad no actúa sola; está protegida, financiada, tolerada y legitimada por una casta intocable, asesina, capaz de cometer atrocidades porque actúa con la aprobación tácita o explícita de los Estados y de las potencias hegemónicas. Encarna el mundo que se quiere imponer: patriarcal, estatal, capitalista, un mundo que destruye la vida para mantenerse. Encarna el paradigma de la modernidad capitalista, opuesto frontalmente al paradigma de la modernidad democrática -el de aquellas y aquellos que resisten a la guerra, que sueñan e intentan construir una vida libre-.
Frente a todo ello, Rojava es una anomalía, una fisura en el orden dominante. Desde hace años, hablamos de la revolución de Rojava como la revolución de las mujeres. Con el tiempo, la Administración Autónoma y Democrática del Norte y el Este de Siria (AADNES) se ha consolidado, integrando territorios mayoritariamente kurdos pero también árabes. En esta región y como en todo Medio Oriente, la tierra no pertenece a ningún único pueblo, a ninguna nación homogénea. Desde hace más de diez años se ha construido allí una sociedad distinta, comunal, pluralista, autónoma y sostenida por una verdad simple y peligrosa: la libertad de las mujeres es el corazón de toda libertad. La lógica de los Estados nación -rígida, incapaz de aceptar la diversidad- ha engendrado guerras sin fin, genocidios y masacres.
La revolución de las mujeres no es un eslogan. Es una organización, una práctica cotidiana de asambleas, cooperativas, una justicia, una educación, una defensa, pensadas desde la vida y no desde el poder. Esta revolución es real. No promete un futuro lejano. Transforma el presente y es precisamente por ello que es atacada. También podemos llamar a la revolución de las mujeres la revolución comunal, porque no concierne solamente a las mujeres, sino a toda la sociedad; el choque entre los dos paradigmas se sitúa entre dos modos de vida, entre dos formas de ser una sociedad. De un lado, la vida libre y comunal; del otro, la vida representada por el poder, el Estado, el patriarcado y el miedo.
En un mundo devastado por las guerras, los genocidios, la expropiación de los pueblos, de Palestina a Sudán, de Ucrania a tantas otras tierras, Rojava demuestra que la fatalidad es una mentira, que otra vida es posible. Y eso, los amos de la guerra no pueden tolerarlo. Quieren sociedades quebradas, paralizadas por el miedo, vaciadas de su capacidad de soñar y de luchar. Quieren cuerpos dóciles, existencias silenciosas. Rojava dice no. Dice que la tierra no pertenece a un Estado, que la sociedad no pertenece a los hombres, que la vida no debe ser gobernada por el miedo.
Es en el norte y en el este de Siria donde este conflicto aparece con mayor claridad. De un lado, aquellas y aquellos que quieren imponer una vida bajo control, sometida a los intereses hegemónicos. Del otro, aquellas y aquellos que han construido una vida libre y comunal, fundada en valores sostenidos por las mujeres. Una vez más, los pueblos de Rojava, en toda su diversidad, nos muestran que otra vida es posible. Y que puede ser construida.
Hoy, esta experiencia está amenazada por la destrucción, pero resiste gracias a las mujeres que se niegan a callar, a las comunidades que se niegan a desaparecer, gracias a cada gesto organizado, a cada vínculo vivo. Lo que está sucediendo hoy en día constituye una amenaza inmensa para las mujeres -en primer lugar-, pero también para todas aquellas y aquellos que aspiran a una vida libre. Desde hace más de doce años, las mujeres de la AADNES han construido su autonomía, han retomado su existencia y transformado su propia liberación en fuerza colectiva.
Desde Rojava, ellas nos enseñan que mediante la conciencia, la voluntad y la organización es posible transformar la sociedad y liberar la vida. Es precisamente eso lo que el nuevo gobierno sirio y sus grupos yihadistas proturcos buscan destruir: un modelo de sociedad centrado en la liberación de las mujeres. En el contexto de lo que se puede denominar una Tercera Guerra Mundial, en el corazón de un Medio Oriente fragmentado por las rivalidades imperiales y confesionales, este modelo representa una amenaza para todos los Estados. Rojava encarna una esperanza concreta. Afirma que otra vida es posible, aquí y ahora, si luchamos por ella. Y se opone frontalmente a los intereses de los mercaderes de guerra y de los genocidios, cuyo objetivo es vaciar a la vida de su sentido.
Es por ello que todavía debemos defender esta revolución. Defender Rojava no es solamente defender a un pueblo lejano, es defender una idea que nos concierne a todas y a todos. Es defender la posibilidad misma de una vida libre. Debemos defender a los pueblos de Rojava, que tanto nos han enseñado y continúan enseñándonos en su resistencia por la existencia.
Debemos defender a las mujeres y la vida comunal que se organiza en torno a ellas. Porque cuando las mujeres se liberan, la sociedad entera respira.
¡La resistencia es la vida!
¡Viva la resistencia de Rojava!
¡Jin, Jiyan, Azadî!
*Publicado en Jineolojî / Edición: Kurdistán América Latina