Por Rojin Mukriyan* – El gobierno iraní ha sostenido que no hay motivo de preocupación respecto al Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca, firmado el 7 de agosto por los tres Estados de mayoría sunita: Arabia Saudita, Turquía y Pakistán. Teherán se ha resistido públicamente a interpretar el acuerdo como una alianza explícitamente antiiraní. En cambio, los funcionarios iraníes lo han presentado como evidencia de un cambio regional más amplio hacia la autonomía estratégica: una respuesta tanto a las crecientes ambiciones regionales de Israel como a la disminución de la confianza en la fiabilidad de Estados Unidos como principal garante de la seguridad externa en Medio Medio.
Sin embargo, los observadores más intransigentes de Irán han ofrecido una interpretación marcadamente diferente, advirtiendo que el pacto podría servir, en última instancia, para “contener al Eje de la Resistencia”.
¿Cuáles son los beneficios potenciales del Acuerdo de La Meca para Irán?
Una interpretación iraní más optimista del Acuerdo de La Meca vincula el pacto con dos objetivos antiguos e interrelacionados de la estrategia regional de Teherán: reducir la primacía de Estados Unidos en Medio Oriente y limitar el poder regional de Israel.
En primer lugar, Irán lleva mucho tiempo intentando reducir, y en última instancia eliminar, la presencia militar de Estados Unidos en la región. Desde esta perspectiva, el surgimiento de un acuerdo de defensa regional al margen del liderazgo directo estadounidense puede interpretarse como un avance hacia el tipo de arquitectura de seguridad regional autónoma o “autóctona” que Teherán ha defendido sistemáticamente.
Esta interpretación coincide plenamente con la postura expresada por el Ministerio de Asuntos Exteriores iraní. Esmail Baghaei, su portavoz, declaró en rueda de prensa que “la política de principios de Irán consiste en alentar a los países de la región a cooperar en materia de seguridad interna sin depender de actores externos”. En consecuencia, el Ministerio de Asuntos Exteriores iraní presentó el Acuerdo de La Meca como prueba de que los Estados de la región cuestionan cada vez más su dependencia de proveedores de seguridad externos.
En segundo lugar, Irán ha buscado consolidar su posición regional presentando la contención del poder israelí como un objetivo central de seguridad regional. Desde esta perspectiva, Teherán puede interpretar el pacto trilateral no como una coalición de contrapeso antiiraní, sino como una posible respuesta a las preocupaciones sobre la predominancia regional israelí. Esta interpretación se evidencia en la reacción del exministro de Asuntos Exteriores iraní, Javad Zarif, quien argumentó en X que la política racista y agresiva del “Gran Israel” hace que los acuerdos de defensa integral entre los países islámicos sean más necesarios que nunca.
El comportamiento de Arabia Saudita otorga mayor verosimilitud a estas dos interpretaciones iraníes. Riad sigue profundamente arraigada en su alianza estratégica con Washington, pero al mismo tiempo ha buscado diversificar sus relaciones de seguridad y preservar una mayor autonomía estratégica. La guerra de 2026 agudizó este dilema al plantear dudas sobre la credibilidad de la disuasión extendida estadounidense en el Golfo Pérsico: a pesar de décadas de cooperación en materia de defensa, compras de armas y la presencia de instalaciones militares estadounidenses, la seguridad en el Golfo no siempre coincide con las prioridades estratégicas de Washington.
Por lo tanto, el Acuerdo de La Meca puede interpretarse, en parte, como una estrategia de cobertura saudita: reducir la dependencia excesiva de un único garante externo sin abandonar a Estados Unidos.
Al mismo tiempo, Riad se ha mostrado reacia a subordinar su estrategia regional a una arquitectura de seguridad liderada por Estados Unidos y centrada en la normalización de las relaciones entre Israel y los países árabes. Esta tensión se hizo patente en torno al Acuerdo de Cooperación Nuclear Civil, después de que el presidente estadounidense vinculara ciertos aspectos de la cooperación nuclear saudita a la adhesión de Riad a los Acuerdos de Abraham. El Acuerdo de La Meca no supone un rechazo definitivo a la futura normalización con Israel, pero ofrece a Riad una alternativa de seguridad que no depende de su integración en un orden regional centrado en Israel.
Esta interpretación cobra más verosimilitud si se considera la creciente rivalidad estratégica entre Turquía e Israel. Desde octubre de 2023, la percepción de amenaza mutua entre Ankara y Tel Aviv se ha intensificado. El discurso político y estratégico israelí ha expresado cada vez más su preocupación por la creciente influencia regional de Turquía, mientras que Ankara ha interpretado el activismo militar y las ambiciones regionales de Israel como una posible amenaza futura para la propia Turquía, incluyendo advertencias de que “Turquía será la siguiente” si Israel logra reestructurar fundamentalmente el equilibrio de poder regional.
Desde la perspectiva de Teherán, por lo tanto, el Acuerdo de La Meca conlleva un beneficio potencialmente paradójico. Irán no controla el acuerdo emergente, pero el pacto aún puede impulsar dos objetivos que ha promovido durante mucho tiempo: la erosión de la primacía exclusiva de la seguridad estadounidense y el surgimiento de una estructura de equilibrio regional más amplia capaz de limitar el poder israelí.
Los límites de una interpretación optimista iraní
Dos factores complican una interpretación iraní excesivamente optimista del Acuerdo de La Meca.
En primer lugar, el pacto no indica que Arabia Saudita, Turquía y Pakistán tengan la intención de distanciarse fundamentalmente de Estados Unidos ni de unirse a un bloque antiestadounidense liderado por Irán. Sus motivaciones y percepciones de amenaza difieren, y cada país conserva importantes intereses estratégicos en mantener relaciones constructivas con Washington. Turquía sigue siendo un miembro clave de la OTAN y continúa albergando fuerzas estadounidenses y de la alianza atlántica en la base aérea de İncirlik, en Adana.
Arabia Saudita mantiene una sólida alianza estratégica, económica y de seguridad con Estados Unidos, mientras que Pakistán conserva importantes lazos de seguridad y lucha contra el terrorismo con Washington. Turquía, por su parte, ha presentado el Acuerdo de La Meca como un complemento, y no un sustituto, de las alianzas existentes.
Por lo tanto, el pacto debe entenderse menos como un contrapeso externo frente a Estados Unidos y más como una forma de cobertura y diversificación estratégica. Sus miembros buscan una mayor autonomía estratégica sin renunciar a los beneficios de sus relaciones con Washington.
En segundo lugar, el Acuerdo de La Meca cuestiona la premisa de que una menor presencia estadounidense crearía necesariamente un vacío de poder que Irán estaría en mejor posición para llenar. Quienes defienden esta postura argumentan que Irán salió fortalecido estratégicamente de la guerra de 2026. El Estado iraní sobrevivió a una importante campaña militar estadounidense-israelí, demostró la resiliencia del régimen, gestionó presiones internas y externas simultáneas, y exhibió su capacidad de escalada horizontal en diversos escenarios.
Teherán también demostró su capacidad para imponer costes significativos al tráfico marítimo en torno al estrecho de Ormuz, mientras que los hutíes, alineados con Irán, siguen ejerciendo presión coercitiva en torno a Bab al Mandab.
Estas capacidades podrían reforzar la pretensión de Teherán de desempeñar un papel central en la configuración del orden de seguridad regional de la posguerra. Sin embargo, el Acuerdo de La Meca complica esta interpretación al sugerir que Turquía podría estar mejor posicionada para transformar la inestabilidad regional en una influencia estructural duradera.
Turquía y el equilibrio regional emergente
Turquía ha buscado una mayor profundidad estratégica en todo Medio Oriente, particularmente desde octubre de 2023, a través de una combinación de conectividad geoeconómica, capacidad militar e influencia política.
En el plano económico, Ankara busca posicionarse como un centro de tránsito indispensable que conecte Asia, Asia Central, el Golfo Pérsico y Europa. El Corredor Medio Transcaspiano, el Corredor Zangezur y la Carretera de Desarrollo de Irak son fundamentales para esta estrategia.
Estos proyectos generan más que beneficios comerciales. Producen poder estructural al permitir que Turquía configure las rutas por las que circulan bienes, energía, capital e infraestructura entre regiones. Esto también crea una desventaja competitiva para Irán, cuya geografía, de otro modo, le permitiría funcionar como un importante estado de tránsito entre el este y el oeste, y entre el norte y el sur.
Turquía también está reforzando su poderío militar. El Acuerdo de La Meca integra las importantes capacidades convencionales y de defensa industrial de Ankara dentro de un marco de seguridad más amplio que incluye los recursos financieros y energéticos de Arabia Saudita y la condición de Pakistán como potencia nuclear.
Políticamente, Siria ofrece el ejemplo más claro de la creciente influencia de Ankara. Tras el colapso del gobierno de Bashar al Asad, Turquía emergió como uno de los principales actores externos capaces de moldear el nuevo orden político y de seguridad sirio.
En Irak, Ankara ha desarrollado profundas relaciones políticas, económicas y de seguridad con la región del Kurdistán iraquí (Bashur), al tiempo que ha intensificado su colaboración con el gobierno federal de Bagdad. La Ruta del Desarrollo es particularmente importante porque permite a Turquía transformar la interdependencia económica en una influencia política a largo plazo sobre la conectividad de Irak con el Golfo Pérsico y Europa.
El debilitamiento del “Eje de la Resistencia” iraní y la reducción del papel de Estados Unidos no necesariamente favorecen un orden dominado por Irán. Turquía se encuentra cada vez más posicionada para ocupar este espacio mediante la conectividad geoeconómica, las alianzas militares y la influencia política. Por lo tanto, el Acuerdo de La Meca sugiere que Ankara, en lugar de Teherán, podría estar mejor posicionada para transformar la inestabilidad regional en un poder estructural duradero.
Un nuevo dilema de disuasión para Irán
El Acuerdo de La Meca también podría limitar el margen de maniobra de Irán para responder a futuras acciones militares estadounidenses. Durante la guerra de 2026, Teherán intentó disuadir a Washington, en parte mediante una escalada horizontal, amenazando y atacando intereses militares estadounidenses alojados en estados del Golfo, incluida Arabia Saudita.
El nuevo acuerdo de Defensa Conjunta complica esta estrategia. El Acuerdo de La Meca establece el principio de que un ataque contra un miembro podría desencadenar la asistencia de los demás. Para Irán, esto crea un nuevo dilema de disuasión. Si Teherán fuera atacado nuevamente por Estados Unidos, ¿se arriesgaría a atacar objetivos dentro de Arabia Saudita si hacerlo pudiera involucrar a Turquía y Pakistán en la confrontación?
Por el contrario, si el pacto logra aumentar los costos previstos de los ataques iraníes contra territorio saudita, su efecto disuasorio podría tener consecuencias más amplias. Otros Estados del Golfo podrían considerar cada vez más los acuerdos multilaterales de defensa colectiva como un medio más eficaz para reducir su vulnerabilidad a la coerción iraní. Por lo tanto, el acuerdo podría limitar gradualmente la capacidad de Irán para explotar el entorno de seguridad fragmentado del Golfo y utilizar la escalada horizontal contra socios individuales de Estados Unidos.
Estas preocupaciones son particularmente visibles entre los sectores más intransigentes de Irán. Kayhan, un periódico estrechamente vinculado a la oficina del Líder Supremo iraní, advirtió que el pacto podría, en última instancia, tener como objetivo “contener al Eje de la Resistencia”.
Por lo tanto, el Acuerdo de La Meca debe entenderse no solo como un pacto de defensa trilateral, sino como parte de una arquitectura de seguridad regional multipolar emergente. Su importancia radica en su ambigüedad: no es explícitamente antiiraní ni representa una ruptura con el orden liderado por Estados Unidos, sino que señala un polo regional adicional que podría gradualmente eludir tanto a Washington como a Teherán. El acuerdo podría, por consiguiente, representar el tipo de orden postestadounidense que Irán ha defendido durante mucho tiempo, pero no necesariamente uno que Irán pueda dominar.
*Publicado en The Amargi / Traducción y edición: Kurdistán América Latina