Agosto de 2013. Voy en un auto por las montañas de Qandil, en Bashur, el Kurdistán iraquí. A un costado, paredes de piedras, tierra y árboles que tienen siglos; al otro lado, un precipicio más o menos temerario. Somos el chofer, un amigo kurdo y alguien más, que ahora no recuerdo quién era. Ese alguien dice, a cada rato, “hace poco ahí bombardeó Turquía”, y señala adelante. Mi coraje prudencial tambalea, pero no digo nada. El auto va y va por el ripio. Cada tanto, una casa humilde entre tanto verde. No sé bien a dónde vamos. No me importa. Apenas unos meses atrás no tenía idea de quiénes eran los kurdos. Ahora estoy en los campamentos de las guerrillas del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK).
El auto sigue, blanco y radiante, hacia un lugar que no conozco. Pienso que estoy en las montañas de Bashur. Después me voy a enterar que mis huesos ya pisan Rohjilat, el Kurdistán iraní. En Qandil, las fronteras impuestas al pueblo kurdo se esfuman.
Cuando llegamos me doy cuenta que estamos en otro campamento de las guerrillas. En las alturas, una planicie abierta y una carpa de campaña en un costado. A lo lejos, un hombre (en ese momento me pareció muy, muy alto) camina escoltado por guerrilleros. Recuerdo -o creo que recuerdo- que mi amigo kurdo me susurra: “Es Riza Altun”. Y ellos se abrazan, se miran profundo, se toman del brazo: se conocen desde la infancia. Riza Altun hace algunos chistes que entiendo a medias, porque la traducción es rápida, urgente. Si apenas entiendo unas palabras en kurmanji, en ese preciso momento, en el que soy un punto ínfimo en las montañas de Qandil, ese lenguaje prohibido desde hace década era parte de la alucinación por la que viajaba.
Fueron unos minutos de saludos y risas. Riza Altun se fue con las personas que habían llegado. Me quedé en la carpa, sentado, mirando y escuchando a dos o tres guerrilleros. Me hablaban, me preguntaban, me decían algo y sonreían. Tal vez nos comunicamos de alguna forma. Me sirvieron té y observé ese lugar recóndito que me rodeaba. Después fuimos a entrevistar a otro comandante de la guerrilla.
Antes de irnos, Riza Altun se subió a nuestro auto. Y viajamos de vuelta. El mismo camino de ripio, el mismo precipicio, el mismo recuerdo latente de los bombardeos recientes de Turquía. En las pocas casas que nos cruzamos, cuando el auto aminoraba la marcha, salían nenes con las manos en alto, los dedos en V, y gritaban “¡Viva el PKK!”. Riza Altun dijo que cuando pasaban siempre les daban chocolates y por eso decían lo que decían. Todos nos reímos.
El viaje terminó en un atardecer oscuro. Llegamos a un cruce de caminos. Riza Altun bajó del auto, nos saludó con abrazos y caminó hacia dos camionetas y un jeep estacionados más adelantes, de donde bajaron otros comandantes del PKK. Sabía quiénes eran: unos días atrás había estado con ellos. Los vi abrazarse, sonreír, tal vez contarse cosas simples. Pensé que hacía mucho tiempo no se veían. Fueron unos minutos nomás: después todos nos dispersamos por los caminos.
El año pasado le pregunté a una representante kurda por Riza Altun. Me parecía raro que uno de los fundadores del PKK y encargado de sus relaciones internacionales no diera entrevistas, como sí lo hacen frecuentemente otros comandantes. Esa compañera me dijo que había sido herido durante un bombardeo turco. Y no me dijo nada más. El silencio también es una forma de hablar.
Ayer, el PKK comunicó sus resoluciones luego de realizar su XII Congreso Extraordinario en Qandil. También anunció la muerte de Riza Altun, el 25 de septiembre de 2019, y de Ali Haydar Kaytan, otro de sus comandantes, el 3 de julio de 2018.
Desde que estuve en Qandil, siempre cuando leo las noticias sobre Kurdistán me fijo si algún hombre o alguna mujer que conocí durante ese viaje lejano y revelador cayó martirizada. Hace unos años, leí sobre la muerte de un médico que conocí en Suleymaniyah, el doctor Husein, que fue asesinado por un bombardeo turco cuando estaba en el campamento de refugiados de Mahkmour.
Ahora confirmo lo que sospechaba. Riza Altun, el comandante kurdo del que después escuché muchas historias, dejó su vida en el fragor de la lucha de su pueblo. Hablé con otro amigo que también hizo un viaje iniciático a las montañas de Qandil. Me dijo que pudo hablar tres o cuatro horas con Riza Altun. De política, sobre la ideología, de nuestro continente, sobre todo eso me dijo que hablaron. Mi amigo cerró nuestra charla así: “Riza fue una de las personas más inteligentes que conocí en mi vida”.
En ese ejercicio casi automático de seguir por noticias y conversaciones cómo están las personas que conocí en Bashur, también pude ver que en el Congreso del PKK estaba Hêlîn Ümit, integrante del Comité Central del partido. En uno de los campamentos donde estuve, ella me habló: me contó, apasionada, sobre la lucha del pueblo kurdo en Rojava (Kurdistán sirio), que en ese momento se enfrentaba a Al Qaeda. Cuando ese día en que la conocí se convirtió en noche, Hêlîn cantó. Debajo de árboles, rodeada de guerrilleros y guerrilleras, entonó canciones sobre su pueblo.
Ahora pienso que en el recuerdo que tengo de esas canciones, en esa voz dulce y estremecedora que contemplé en Qandil, viaja Riza Altun y su sonrisa y su andar cansino y su rostro melancólico y su historia más viva que nunca.
FUENTE: Leandro Albani / Kurdistán América Latina