Entender el asalto a Rojava como una contrarrevolución

Por Şebnem Oğuz* – Entre los análisis actuales del asalto a Rojava, una narrativa recurrente enmarca la situación como una repetición de momentos anteriores en los que las potencias imperialistas abandonaron los proyectos políticos kurdos. El colapso del movimiento kurdo del mulá Mustafa Barzani, en 1975, la reversión de los avances del Gobierno Regional de Kurdistán (GRK) tras el referéndum de independencia de 2017 en Irak, y la presión actual sobre Rojava se consideran, por lo tanto, variaciones de la misma historia. Esta interpretación se basa en los marcos convencionales de las Relaciones Internacionales (RI), en los que la ideología se considera secundaria y los resultados políticos se explican principalmente por los cambios en los intereses estatales, los equilibrios de poder y los cálculos estratégicos. En consecuencia, los reveses kurdos se interpretan como resultado de cambios en las prioridades imperialistas, mientras que los proyectos políticos se reducen a su capacidad de adaptarse a estas limitaciones geopolíticas.

Lo que está en juego aquí no es solo un desacuerdo empírico, sino también conceptual. La analogía opera al fusionar distintos momentos históricos en un único patrón explicativo. La traición, a su vez, funciona como una categoría moral que personaliza los procesos estructurales, desviando la atención del funcionamiento del poder imperial hacia su posible violación de las expectativas. Sin embargo, Rojava no puede entenderse dentro de estos marcos. Solo puede aparecer como un actor no estatal erróneo que no supo interpretar correctamente el juego geopolítico ni asegurar su reconocimiento a tiempo. Lo que desaparece de la vista es precisamente lo que hizo a Rojava históricamente significativa: su carácter de revolución social radical. Comprender Rojava requiere perspectivas socialistas atentas a la acumulación, la reestructuración imperial y las coyunturas históricas, así como enfoques no eurocéntricos abiertos a formas políticas comunales, de liberación femenina, ecológicas y no estatistas. Sin estas perspectivas, Rojava es inevitablemente malinterpretada por perspectivas que siguen tratando la ideología como discurso en lugar de como una fuerza material. En esta lectura, Rojava aparece no como un proyecto social transformador, sino simplemente como un actor estratégico fallido.

En este punto, se hace necesario explicitar un problema teórico adicional que subyace a las lecturas analógicas. Este enfoque no solo reduce las distintas coyunturas históricas a una única narrativa repetitiva, sino que también borra las profundas diferencias entre los sujetos políticos kurdos que operan en ellas. Tratar 1975, 2017 y el presente como momentos equivalentes de “traición”, oscurece así tanto la transformación del imperialismo a lo largo del tiempo como los proyectos políticos radicalmente diferentes articulados por los movimientos kurdos en cada período.

Por lo tanto, esta interpretación errónea es profundamente ahistórica. En 1975, el colapso del movimiento kurdo bajo Barzani se produjo en el marco de un orden propio de la Guerra Fría, estructurado por bloques rígidos, nociones relativamente estables de soberanía y negociaciones interestatales. El movimiento kurdo de ese período era un proyecto nacionalista de orientación estatal, inmerso en un sistema de rivalidades regionales y dependiente del apoyo estatal externo, en particular del posicionamiento estratégico de Irán frente a Irak. La agencia política se ejercía principalmente mediante la alineación con actores estatales y el destino del movimiento era inseparable de las negociaciones interestatales. Una vez resueltos temporalmente los antagonismos regionales mediante un acuerdo interestatal, se retiró el apoyo externo y el movimiento colapsó. 

Rojava no es un movimiento nacionalista que busca la estatalidad ni un cuasi-estado que intenta consolidar su posición dentro de los marcos internacionales existentes. Es un proyecto social revolucionario que desafía explícitamente a los Estados nación, el patriarcado, la acumulación capitalista y la destrucción ecológica.

La coyuntura de 2017 fue fundamentalmente diferente. El GRK funcionó como una autoridad cuasi estatal dentro de la arquitectura neoliberal del Irak posterior a 2003. Estaba profundamente integrado en los mercados energéticos globales, los acuerdos de seguridad y los marcos diplomáticos, y su proyecto político no pretendía desafiar el orden internacional, sino renegociar su posición en él. El referéndum de independencia fue un intento de consolidar la soberanía y asegurar el reconocimiento, no de romper las lógicas imperantes del capitalismo, la estatalidad o el orden regional. El retroceso posterior reflejó la reafirmación de los límites a la autonomía una vez superadas las condiciones excepcionales de la guerra contra el ISIS. 

La coyuntura en la que se desarrolla el actual asalto a Rojava es fundamentalmente diferente a la de 1975 y 2017, y debe examinarse a través de un contraste temporal entre hace una década y la actualidad. Hace diez años, la coyuntura regional se definía por la guerra abierta, la fragmentación y la contingencia. Los corredores energéticos, las rutas logísticas y las arquitecturas geoeconómicas más amplias aún no se habían cristalizado. El objetivo principal de la estrategia imperial estadounidense era la contención, sobre todo la derrota del ISIS. En esa fase, incluso un movimiento radicalmente democrático podía adquirir un valor estratégico temporal como socio militar. Esa coyuntura ya ha concluido. Tras la caída de Bashar al Asad, el imperialismo estadounidense ha entrado en una nueva fase de acumulación en torno a las rutas energéticas, la infraestructura y la logística. Fundamentalmente, este proyecto avanza a través de las lógicas del capitalismo fósil: corredores de hidrocarburos, regímenes extractivos, reconstrucción intensiva en carbono y marcos de seguridad energética que vinculan la creación de un orden regional a la acumulación capitalista global. Este cambio se articula cada vez más en los discursos de planificación imperial contemporáneos, incluidos aquellos que circulan dentro de los marcos de estilo Davos.

Rojava se contradice directamente con esta trayectoria. No es un movimiento nacionalista que busca la estatalidad ni un cuasi-estado que intenta consolidar su posición dentro de los marcos internacionales existentes. Es un proyecto social revolucionario que desafía explícitamente a los Estados nación, el patriarcado, la acumulación capitalista y la destrucción ecológica. Su agencia política se basa en la autoorganización comunitaria, la liberación de la mujer, la reproducción social y los límites ecológicos, formas de vida fundamentalmente incompatibles con la reconstrucción impulsada por los combustibles fósiles. La ideología solo importa cuando se materializa, y en Rojava lo ha hecho. Por esta razón, Rojava es intolerable, no solo políticamente, sino también estructural y ecológicamente, para un orden imperial que busca reconstruir la región mediante la acumulación basada en el carbono.

Lo que se está desarrollando hoy no es, por lo tanto, simplemente otro episodio de traición, sino una contrarrevolución, la supresión sistemática de una revolución social y ecológica en el preciso momento de la reconstrucción imperial. Tratar este momento como la repetición de una tragedia kurda atemporal oscurece lo históricamente específico y políticamente decisivo del presente. Mazloum Kobane no es el mulá Mustafá Barzani, y Rojava no se enfrenta a otro 1975, sino a un asalto contrarrevolucionario arraigado en una coyuntura imperial fascista tardía, marcada por la gestión permanente de la crisis en lugar de la estabilización. Por esta razón, lo que Rojava necesita no son consejos retrospectivos sobre la adaptación previa a este orden, sino formas concretas de internacionalismo revolucionario y solidaridad contra ese mismo orden.

*Publicado en The Amargi / Traducción y edición: Kurdistán América Latina

viernes, enero 30th, 2026