Por Ibrahim Mahmoud* – “El anhelo de justicia y el deseo de que los poderosos rindan cuentas por sus crímenes contra el bien común y la humanidad es la idea que siempre ha unido a los pueblos. Sin embargo, no todas las manifestaciones de esta idea merecen atención, como es el caso de la Corte Penal Internacional”
(Dmitry Medvedev, vicepresidente del Consejo de Seguridad
de la Federación Rusa y presidente del partido Rusia Unida).
El debate que aquí se plantea no se centra exclusivamente en el yazidismo —sobre el que se han publicado cientos de libros y un sinfín de artículos, estudios y reportajes fotográficos, sobre todo durante la última década—, aunque el yazidismo sea el principal catalizador del propio debate. Más bien, hay algo que amplía el alcance de la conversación en el momento en que recordamos cómo se escribe la historia, cómo suena su voz y cómo salen a la luz sus acontecimientos.
Una historia que se enfrenta a su propio nombre: ya sea que extienda sus alas según la forma y la estructura de su cuerpo, o que las mueva siguiendo la dirección del viento que dicta el acto de volar; es decir, la mecánica misma de las alas.
Quizás, a través de esta conceptualización, podamos examinar a los pueblos en sus diversas situaciones y condiciones, a la luz de sus propias fuerzas internas y de la amplia extensión de la historia, ¡donde residen los pueblos y donde divergen las lenguas, las culturas y las posiciones!
El yazidismo como religión, el yazidismo como colectivo humano —ampliamente conocido por sus raíces kurdas—, ¿cómo se posiciona y cómo se percibe?
De la opacidad a la opacidad: quizá así sea como se pueda describir cualquier texto que trate sobre el yazidismo o incluya investigación al respecto, a la luz del creciente volumen de literatura —sobre todo en los últimos tiempos—, y de la presión y el asedio históricos, geográficos y psicológicos a los que se ven sometidos los miembros de este grupo humano. Por el contrario, cabría suponer que deberíamos tener una mayor claridad que nos permitiera conocerlo mejor y comprenderlo más a fondo.
Es como si el intento de desvelarlo, desde uno o varios ángulos, no hiciera más que estimular otros intentos de crear confusión, lo que provoca desconcierto en el lector y suscita preguntas sobre lo que está ocurriendo a la inversa en este ámbito.
¿Es el yazidismo realmente tal y como se suele afirmar: incomprensible, y cada vez más opaco cuanto más se investiga sobre él?
¿Se puede plantear la cuestión de la historia a los yazidíes para obtener una respuesta, o devolvérsela a quien la ha formulado aquí? Existe un abismo enorme entre ambos casos: entre quienes están abocados a una historia que no han podido documentar y que permanecen sumidos en su silencio, y quienes la escriben.
Utilicemos la analogía del afloramiento rocoso
Se trata de una analogía geográfica —principalmente geológica—: cuando hay un afloramiento rocoso que sobresale en la superficie, con una cavidad hueca debajo que revela una extensión estructural subyacente. Es decir, saber lo que ocurre en el fondo explica lo que se ve en la superficie.
¿Se trata de una relación directa o inversa entre el investigador del yazidismo “desde fuera” (aquellos que no son yazidíes aquí y ahora) y el destinatario de este escrito (aquel que interactúa con la estructura de este texto y sus ramificaciones posteriores)?
¿Deberíamos atribuir la responsabilidad de la pregunta o la indagación a ambas partes cuando se define el yazidismo como una religión o doctrina esotérica? Sin embargo, el “drusismo”, por ejemplo, también es una doctrina esotérica. Entonces, ¿dónde está el problema?
Quizás resida en el motor principal de la doctrina: en la entidad trascendente conservada en su patrimonio religioso simbólico. Es la diferencia entre que esta entidad sea el Ángel Supremo —lo que tranquiliza a muchos de los que pertenecen a la lista de las “religiones abrahámicas” reconocidas en la historia de nuestro Oriente, vinculándola con el Dios Creador independientemente de la nomenclatura concreta— y que sea perseguida, despojada de su estatus, condenada al ostracismo y temida como una fuerza cósmica omnipresente: ¡el Diablo!
Si el título “El Gran Satán”, por ejemplo, se aplica a “Estados Unidos” —como ocurre en la literatura política iraní cuando se busca movilizar la conciencia religiosa—, dado que ese país tiene una presencia tan dominante en el mundo, ¿no implica esto la existencia de fuerzas sobrenaturales? ¿No priva tal comparación a la propia metáfora de todo su valor?
¿A qué viene este tira y afloja sobre lo que es trascendente? ¿No se podría dejar de lado cualquier desacuerdo si con ello se lograra la felicidad y la armonía en la Tierra a través de una red de relaciones que garantizara la dimensión humana para todos a nivel terrenal?
¿Debe lo divino y lo invisible determinar el destino del universo —y, por extensión, el de los seres humanos— de una manera tan eterna?
¿Qué hay de malo en que los seguidores de esta fe interpreten lo que representa un afloramiento rocoso en la Tierra como una formación geológica, natural e histórica, es decir, en el contexto de una época y un lugar concretos?
¿En qué me perjudica cuál sea la creencia de mi vecino, sea cual sea, siempre y cuando las relaciones entre comunidades respeten el valor intrínseco de los derechos y deberes mutuos de todos nosotros? ¿Por qué debería haber una reacción colateral por parte de alguien a raíz de un juramento concreto prestado en nombre de alguien en particular, cuando ello podría afectar al tejido social, económico y político?
¿Qué error se puede apreciar al leer a uno de los investigadores de esta doctrina, el Dr. Khalil Jindi, en su libro, cuyo título, relacionado con la ansiedad del Otro, resulta inquietante: El yazidismo y la prueba difícil: “A pesar de la ingente labor de investigación llevada a cabo por un amplio grupo de escritores y estudiosos orientales y occidentales, no se ha alcanzado un consenso unánime sobre el origen del yazidismo. Sin embargo, lo que sí se acepta es que se trata de uno de los grupos humanos más antiguos de la región oriental que pertenecen al pueblo kurdo” (p. 38).
¿No es acaso la diversidad lo que nos acerca a todos a la identidad del Creador en el sentido religioso? ¿No se ilumina el mandato textual de ser convertidos en “naciones y tribus” precisamente gracias a esta información sobre la diferencia y la unión a partes iguales?
¿Desempeña la excepción, en su sentido doctrinal y social, un papel en la estructura de las sociedades, una excepción que actúa para liberar las cargas de la violencia lateral, a raíz de la cual surgen las guerras y las víctimas?
Es posible que este enfoque no resulte aceptable en una historia compleja, salvo que reunir una serie de escenas vívidas en la mente representa un intento no de lograr una liberación total del peso de las ideas predefinidas en el sentido holístico de la palabra, sino más bien de aliviar ese peso para llevar a cabo, al menos, una forma de investigación comparativa. Con esto quiero decir lo siguiente: cuando el yazidí evita nombrar aquello que está profundamente arraigado en las almas de los demás —nombrándolo tanto de pie como sentado, especialmente entre los musulmanes como ejemplo llamativo, a saber, Satanás, como el “símbolo del mal” absoluto que ocupa muchos capítulos del Corán, junto con el significado de buscar refugio (Isti’adha) y el simbolismo del ritual de la lapidación durante el Hayy 1, que conlleva un peso tan cósmico—, ¿no es racional examinar de cerca lo que está ocurriendo aquí y allá?
No es eso lo que otorga a los yazidíes el derecho a conferir a ese nombre adoptado un estatus religioso respetado —Tawusi Melek (El Ángel Pavo Real)—, sino más bien ese mismo derecho el que, al enfrentarse a lo que los temerosos (tanto musulmanes como no musulmanes) proyectan sobre él, se ve reforzado por su contrario.
¿Qué es lo que asusta al representante de múltiples grupos humanos —que difieren en lengua, cultura y rituales, pero que están unidos por una única religión: el islam o el cristianismo— de un grupo humano de número reducido y presencia geográfica limitada, aparte del hecho de indagar en lo que se oculta o se difunde en su memoria colectiva y en sus textos religiosos? ¿Que la fuente del peligro reside en ese único grupo, que está absolutamente lejos de conquistar a otros o de imponerles su religión y su lengua?
¿No será porque hacerlo suscita dudas en la mente de quien tiene un concepto de su propia religión, con todas sus complejidades, que se ha arraigado profundamente en su conciencia?
Hay un ejemplo divertido sobre este tema que menciona Claude Lévi-Strauss, relativo a la relación de confrontación entre el colonizador español y los habitantes indígenas del Viejo Mundo. El español miraba con recelo al indígena para ver si tenía alma, y el indígena hacía lo mismo, aunque de otra manera… Se trata de algo cuya estructura puede analizarse: la desconfianza existente desde una posición de separación geográfica de miles de millas oceánicas.
En cuanto a las relaciones históricas y geográficas entre los musulmanes de esta zona y los yazidíes, no existe nada de la naturaleza antes mencionada —ni siquiera de forma marginal—, salvo esta ofensiva hostil y dirigida, y la recompensa espiritual obtenida a través de ella, tal y como lo demuestran la serie de fermans históricos (decretos de masacre) que los yazidíes han sufrido y a los que han estado sometidos hasta el día de hoy.
Lo que no es desconocido
La expresión “el pueblo olvidado” o “la tragedia olvidada”, en referencia a este grupo humano, no debe pasar desapercibida para nadie que lea la historia con los ojos y los oídos, a través del sonido y la imagen, y a la luz de los acontecimientos mundiales.
¿Es que los yazidíes son realmente tan desconocidos, hasta el punto de tener una religión y una historia tan desconocidas?
¿Qué hay detrás de esta afirmación y qué sospechas fundadas suscita de principio a fin en este contexto?
Si esto fuera cierto, aunque fuera solo en cierta medida, tendría que haber un secreto que mereciera la pena investigar; un secreto que confiera un valor temporal y espacial a esta doctrina y a sus seguidores, de tal manera que la afirmación de que es imposible comprenderla nos dice más sobre quien la proclama.
¿Es posible comprender en su esencia las formas actuales de violencia —las guerras y sus consecuencias, los conflictos fronterizos (terrestres, marítimos y espaciales), las invasiones repentinas y las escenas televisadas de asesinatos, torturas y violaciones— a través de la interacción del poder, o se trata de una ecuación intrínsecamente secreta, regida por naciones influyentes bajo cuyo liderazgo se lleva a cabo este juego descarado?
Solo alguien que padezca ceguera cognitiva podría afirmar la existencia de tales disparidades sin comprender su mecánica operativa. En nuestra época actual —en la que las fronteras ya no son lo que solían ser, en la que personas de creencias muy diferentes se encuentran entre sí, y en la que los medios de comunicación y las plataformas tecnológicas modernas amplían el ámbito de la conciencia junto con la evolución de las relaciones transfronterizas— no puede haber ninguna interpretación que merezca la pena examinar para confirmar su verdad absoluta como lo único correcto. Más bien, debe considerarse como el traductor de relaciones dirigidas basadas en la violencia, unidas a formas de “mal líquido” —por utilizar la expresión de Zygmunt Bauman—, llevadas a cabo por quienes desempeñan el papel de intermediarios y seguidores subordinados.
Lo desconocido, con sus datos cognoscibles, pertenece a lo desconocido de lo conocido: a las formas modernas de violencia y sus métodos. Así, el yazidismo se sitúa a la vanguardia de los candidatos ofrecidos en sacrificio para mantener esta violencia dirigida hacia el exterior y legitimarla.
En el mundo actual, ¿hasta qué punto puede considerarse la religión una necesidad?
Es fácil definir una lectura histórica de la situación de la religión y de los cambios que se han producido en sus principales indicadores, tanto a nivel interno como externo; sin embargo, es imposible considerar la historia en términos absolutos.
Al contemplar la religión en la compleja forma en que se conoce hoy en día, resulta muy fácil percibir su faceta de flexibilidad; es decir, la posibilidad de que los seguidores de diferentes credos convivan en un mismo barrio, conservando cada uno su identidad ligada a su religión sin convertirla en un privilegio para absorber a los demás. ¿No es precisamente esto lo que está ocurriendo en Europa? Esto no se debe a las cargas de la religión y su metafísica, sino a las cargas de una mentalidad que en su día se consideraba trascendente e inmutable, en la que la convicción colectiva lo moldea todo. ¿O acaso esto entra en conflicto con las posturas de quienes desean mantener intacta la vieja imagen encorsetada, no por amor a la religión, sino por odio a la diferencia?
El interés propio, en su sentido más amplio, desempeña un papel activo a la hora de mantener esta separación entre las religiones —de hecho, incluso entre los seguidores de una misma religión, como se observa entre los musulmanes—. Sin embargo, el problema para los yazidíes es que se encontraron en una vasta región geográfica que fue testigo del surgimiento de tres grandes religiones en las que el símbolo del mal supremo, Satanás, desempeña un papel fundamental. Se considera que este mal se encarna en aquellos a través de quienes se promueve la idea de su adoración.
Esto ofrece a estos grupos en su conjunto —y a los musulmanes en particular, debido a sus divisiones sectarias e internas— la oportunidad de reorientar su violencia según sus deseos, ya que están preparados para ello. Todo ello reporta enormes beneficios a las principales potencias mundiales a la hora de acelerar la espiral de violencia, siendo los yazidíes los principales candidatos a la victimización colectiva: un elemento externo, recalcitrante en su sentido religioso.
Así pues, el yazidismo, como doctrina, se convierte en una carga histórica para sus creyentes, no porque lo sea en sí mismo, sino porque existe en un entorno aritmético dominado por la mayoría numérica y su firme control sobre la religión.
Por esta razón, resulta muy fácil percibir cómo los yazidíes recorren su historia, preservándola y llevándola en su interior en silencio, tal y como se refleja en la atmósfera de sus rituales. Por su parte, la historia del Otro —considerado la antítesis— no es así, a la luz del ciclo continuo de violencia, sus causas y sus desencadenantes: una historia que consume a quienes se ven arrastrados por ella dentro de esa sólida santidad del pasado, reforzada por recompensas terrenales y sobrenaturales.
La tragedia de Shengal de 2014 y la retórica de la violencia desenfrenada
¿Hay algo nuevo que se pueda decir sobre la tragedia de los yazidíes en Shengal (Sinjar), de agosto de 2014?
No debemos repetir lo que ya se ha dicho con el pretexto de destacar las diferencias, si queremos tratar a los yazidíes con consideración humana: como personas que sufren, que están traumatizadas, como víctimas y como familiares de víctimas, al tiempo que apelamos a lo que hay de humano en nosotros mismos.
La tragedia de Shengal puede considerarse como la barbarie mundial en su máxima expresión: por la forma en que se llevó a cabo, por la forma en que se supervisó y por la forma en que las víctimas se convirtieron en material para los principales medios de comunicación internacionales, que ofrecieron una cobertura de gran impacto utilizando munición real, a costa de los yazidíes.
La tragedia de Shengal —como se la conoce— resuena en los oídos y ante los ojos de los yazidíes. Quizá no quieran que nadie se la vuelva a relatar, ni que se lea o se escriba en voz alta, porque su aterradora vitalidad sigue presente en toda su psique.
La tragedia de las tragedias, en comparación con las que la precedieron, enfrentó a los yazidíes a su destino, sin posibilidad de escapar.
Escribí sobre ese día tan impactante en mi artículo “Shengal/Sinjar es una herida, y los kurdos yazidíes están sangrando”, publicado en el dossier El desastre de Shengal, del Centro Lalish, en 2016, donde afirmé: “ISIS no era simplemente la expresión más destacada y moderna del decreto religioso islamista, que se adentraba cada vez más en la tiranía y la barbarie; era la traducción fiel de aquellos que carecen de integridad en todo lo que es humano. Una modernidad que desafía toda modernidad y posmodernidad en un mundo que apuesta por la dignidad humana individual —como si cada avance de la modernidad allí, en el Occidente conocido, se viera contrarrestado por un avance de la barbarie con el sello islamista, impulsado por ISIS y por quienes apuestan por lo que se alinea con ISIS en su máxima expresión. Más allá de la barbarie surge otro tipo de barbarie, un terror más allá de todo otro terror. ¿Cómo fue posible que el monte Shengal, en toda su majestuosidad, estuviera destinado a ser coronado con sangre derramada bajo un horrible estandarte que lo cubría de un carmesí intenso de un extremo a otro —la escena más aterradora presenciada ante los ojos del mundo entero” (p.192).
Es fácil reconocer la forma en que se abordan las tragedias y tribulaciones a las que se ven sometidos los pueblos y los grupos humanos por parte de los poderes que controlan sus destinos, tanto desde cerca como desde lejos, lo que incluye la gestión de las crisis y la valoración de dichas tragedias, tribulaciones y víctimas en nombre de una justicia dictada a través de instituciones sometidas a esos poderes.
Para confirmarlo, me remito aquí al artículo de Dmitry Medvedev, vicepresidente del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa y presidente del partido Rusia Unida, “Ilusiones perdidas, o cómo la Corte Penal Internacional se convirtió en una entidad jurídica sin relevancia”.
Y su enfoque crítico hacia una institución de carácter internacional directamente vinculada a todas las violaciones transfronterizas, los conflictos internos, los actores implicados y sus consecuencias, tal y como él mismo afirma: “La comunidad internacional depositó inicialmente grandes esperanzas en la Corte Penal Internacional de La Haya. Sin embargo, desde su creación, quedó claro que su estructura jurídica era, en gran medida, anómala. Sus documentos fundacionales contenían inicialmente una serie de contradicciones, entre las que destacaban claras desviaciones de las normas establecidas del Derecho internacional, en particular de su piedra angular: la Carta de las Naciones Unidas, que recoge los principios fundamentales del orden jurídico en el mundo de la posguerra”.
Sí, eso es lo que se puede rastrear. Pero en lo que respecta al propio autor del artículo —un jurista, político y funcionario ruso—, ¿se puede eximir a Rusia de su responsabilidad por lo que está ocurriendo aquí y allá en la región, en Irak durante la época del tirano Sadam Hussein y en Siria, a través de su apoyo material y moral?
Es el juego de la política, el juego del poder. Todas las palabras adornadas con un carácter humano son inútiles; son los resultados los que dictan lo que ocurre. Lo que se aprecia en la superficie no debe tomarse como punto de partida para comprenderlo; más bien, hay que cuestionar su significado subyacente —como se hace con frecuencia en nombre de la religión— y su conexión con las dinámicas sociales y políticas.
Para poner de manifiesto una faceta viva y dolorosa de esta compleja relación, me remito al estudio académico de Nora Togni, Shengal: una historia sin fin. El genocidio de los yazidíes y la perpetuación de la violencia política en Irak y Oriente Medio.
Por lo tanto, quiero subrayar aquí que lo que ocurrió y sigue ocurriendo no puede explicarse sometiendo a la religión en sí misma a un interrogatorio. La religión, como tal, nunca ha tenido una presencia o ausencia absolutas; más bien, toma forma en función de quién interactúa con ella y a través de ella. La religión puede calmar los temores de una persona si se la deja en paz y se la libera de las restricciones externas, permitiéndole mirar hacia arriba y hacia dentro para mantenerse abierta a su entorno. Sin embargo, puede convertirse en un instante en una fuerza destructiva en manos de quienes la moldean como tal. Y es que la religión se define por cómo se practica.
Por lo tanto, nuestra visión de la religión no admite divisiones, ¡porque las divisiones manipulan la religión y oscurecen su esencia!
Releer parte de lo que escribí entonces, a la luz de lo que vi con mis propios ojos, me ha llevado por una trayectoria emocional diferente a la que tengo ahora. Sin embargo, la tragedia ha impuesto su presencia catastrófica y ha profundizado las raíces de sus heridas psicológicas en todo el colectivo yazidí, incluso en aquellos que se encuentran más lejos de Shengal, escenario del crimen de ISIS. ¡Esto refleja el funcionamiento continuo de las paradojas y su aceptación según normas explícitas y acreditadas aquí y allá!
Esto obliga a los yazidíes a aferrarse aún más a su religión, no porque esta les conceda todo lo que desean, sino porque la amenaza que se produjo —y que sigue produciéndose— constituye una llamativa continuación de los eslabones de su historia. Es como si cada ferman preparara el siguiente; como si cada tragedia conociera su lugar en el tiempo y el método para cometer un crimen televisado, sirviendo como recordatorio interno de que no será el último.
Esto mantiene a los yazidíes en un estado de vigilancia constante, en el que sus heridas actuales se suman a las del pasado, dejándolos en un estado de perplejidad respecto al poder que se despierta en su interior. Suplican a unos, claman ante otros, se encierran en sí mismos y contemplan desde las alturas de su Shengal herido —cautivados por la tristeza que se respira en el aire y las escenas de matanza que mantienen su memoria colectiva dolorida y angustiada. Nadie más puede compartir plenamente su aflicción yazidí, su herida yazidí, su muerte yazidí, su vida yazidí y las tribulaciones de su existencia yazidí —ni tampoco cómo resurgen de sus cenizas, tal y como dicta su fuego sagrado, buscando resistir el momento de la derrota y la traición a las promesas de los poderosos, abrazando su montaña bajo las alas de Tawusi Melek!
Cabe destacar que, en los últimos años, cualquier observador puede apreciar la aparición de instituciones culturales, sociales y de divulgación yazidíes como expresión de estos avances y retos. Esto queda patente en el Centro Lalish, en Duhok, creado tras la caída del tirano iraquí Sadam Hussein, con sus diversas actividades culturales y sociales y sus publicaciones de libros y revistas. También se aprecia en el papel cada vez más destacado de los escritores yazidíes, tanto en su país como en el extranjero, que cuentan con un conocimiento de primera mano de lo que está sucediendo en su entorno y en el mundo, lo que aporta a este afloramiento rocoso permanente una renovada afirmación de su presencia, orientación y propósito en más de un sentido: a nivel local, regional e internacional.
*Publicado el 5 de agosto de 2026 en The Kurdish Center for Studies / Traducción: Rojava Azadi Madrid / Edición: Kurdistán América Latina