Por María Recreo Torralba* – Desde el pasado 7 de enero, asistimos a la aniquilación metódica de la autonomía democrática del norte y el este de Siria. En menos de una semana, las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) tuvieron que retirarse de todos los territorios al oeste del Éufrates. Ha sido una ejecución pactada entre las potencias otanistas de la región, pero para comprender la profundidad y la ferocidad de este ataque debemos verlo no como un evento aislado, sino como el capítulo más reciente en lo que Abdullah Öcalan ha denominado la “Tercera Guerra Mundial”: un proceso global de reordenamiento hegemónico que, tras el colapso de la Unión Soviética (URSS), busca la integración total de Oriente Medio bajo la lógica capitalista. En este tablero, tres fuerzas chocan: el bloque imperialista liderado por Estados Unidos y su “Proyecto del Gran Oriente Medio”; los Estados nación autoritarios de la región que se aferran al orden Sykes-Picot; y la alternativa radical encarnada por la revolución de Rojava.
El ataque a los barrios kurdos de Alepo, Sheikh Maqsoud y Ashrafieh –con crímenes de guerra ejecutados por las tropas del Gobierno de Transición Sirio (GTS) apoyadas por Turquía– es la punta de lanza de una reconfiguración regional acelerada por dos eventos clave: el genocidio en Gaza desde octubre de 2023 y la caída del régimen de Bashar al Asad en diciembre de 2024. Su lugar lo ocupó Hay’at Tahrir al Sham (HTS), una fuerza de raíz yihadista, pero ahora reconvertida en el instrumento funcional para un nuevo orden prooccidental. Este giro culminó en los Acuerdos de París de enero de 2026, donde se selló una alianza contra Rojava entre HTS, Israel, Turquía, Estados Unidos y las potencias europeas. No es casualidad que el ataque a Alepo comenzara justo tras esa cumbre. Turquía, cuyo ministro de Exteriores estaba presente, intervino directamente para sabotear las últimas negociaciones entre las FDS y Damasco, y desató la ofensiva. Esto no es una guerra civil; es una operación conjunta y coordinada.
Una ofensiva coordinada para borrar la autonomía kurda
Esta nueva constelación expone la instrumentalización que las FDS han sufrido por parte de Estados Unidos. Su alianza táctica de doce años –útil contra ISIS y para presionar a Asad– ha expirado. Con un régimen afín en Damasco, el objetivo ahora es forzar la integración de las FDS en un Estado sirio centralizado, debilitando su autonomía política y militar. Como declaró sin tapujos el enviado estadounidense Tom Barrack en enero de 2026, el “propósito original” de las FDS “ha expirado”. Se trata de una presión calculada para diluir la revolución. No hubo “traición”, porque nunca hubo alianza ideológica; solo una conveniencia táctica que, como bien sabían las milicias revolucionarias, Estados Unidos ahora descarta sin pestañear.
Hace dos años, fui a Rojava y vi con mis ojos lo que hoy intentan borrar. Vi la sociedad multicolor que habían forjado, desde las comunas hasta una democracia sin Estado. Recuerdo una cena donde convivían árabes de distintos países, kurdos de origen armenio, musulmanes, laicos, aragoneses y catalanes.
Un abuelo dijo: “Mírennos, todos comiendo juntos, todos felices”. Ese es el espíritu del confederalismo democrático reducido a una simple escena cotidiana. No es solo una guerra militar; es un intento de destruir un modelo que demuestra que la convivencia multiétnica, la organización popular desde las comunas y la liberación de la mujer son posibles. La estrategia es clara: dividir étnicamente, instrumentalizar a las tribus árabes, promover un nacionalismo kurdo domesticado (como el del ENKS o el PDK) y asfixiar cualquier alternativa que escape a la dicotomía Estado nación/islamismo autoritario. El decreto de Ahmed Al Sharaa del 17 de enero, que otorga migajas culturales a los kurdos sin reconocer su autonomía política, es parte de este teatro para desmovilizar y dividir.
Una alternativa que el sistema quiere destruir
Frente a esta ofensiva unificada de la modernidad capitalista –donde Estados Unidos, Turquía, Israel y HTS, pese a sus rivalidades tácticas, coinciden en aniquilar la alternativa del confederalismo democrático– solo queda una respuesta: la resistencia total y la solidaridad internacionalista radical. Como en Kobane en 2014, no son solo los combatientes de las YPJ y YPG (Unidades de Protección del Pueblo y de las Mujeres) los que deben resistir, sino todas nosotras, las fuerzas de la modernidad democrática en el mundo. El Movimiento de Liberación Kurdo ha llamado a ampliar la resistencia y a construir una “diplomacia popular” que traspase fronteras estatales. Porque no podemos confiar en gobiernos que cambian de chaqueta según sus intereses.
Por eso pregunto, con rabia y determinación, ¿seguiremos mirando desde el cómodo sofá de una Europa que financia a la OTAN y acuerda con verdugos? Defender Rojava hoy es más urgente que nunca. Es defender la trinchera avanzada de un socialismo democrático que cuestiona las lógicas del Estado nación y el capitalismo frente a la barbarie que se nos viene encima a escala global.
La dignidad de los pueblos que resisten en las montañas de Kurdistán, en los barrios asediados de Alepo y en las comunas de Haseke, Qamishlo y Kobane, nos interpela. Nos exige pasar de la solidaridad tibia a la solidaridad organizada, militante y conflictiva. En nuestros sindicatos, en nuestros movimientos de base, en nuestros centros de trabajo, institutos y universidades, debemos tejer la red de resistencia internacionalista que desborde los Estados y sus traiciones.
La llama de Rojava, tras una década de asedio, sigue viva. No la apagaremos con nuestro silencio. Solidaridad radical con la resistencia del pueblo kurdo. Serkeftin. Hasta la victoria.
*Publicado en AraInfo