Momento histórico después de Alepo

Por Hüseyin Salih Durmuş* – La ola de ataques que se extiende desde Alepo hasta Rojava ha revelado una realidad que ya no admite debate desde la perspectiva kurda. Lo que está ocurriendo no es una maniobra militar táctica ni una escalada temporal. Lo que se está gestando es un intento deliberado y a largo plazo, en el que participan múltiples actores, de liquidar a los kurdos para excluirlos del nuevo orden regional. El sistema construido en torno al derecho internacional, las alianzas, la democracia y la retórica de los derechos humanos, una vez más, en lo que respecta a los kurdos, ha caído en el silencio o ha convertido ese silencio en complicidad de facto mediante maniobras políticas e intrigas.

Ante esta realidad, lo que ha resultado decisivo para los kurdos no han sido las maniobras de las estructuras políticas, sino la posición directa adoptada por el propio pueblo. Desde el inicio del proceso, la República de Turquía ha tratado, de manera consciente y organizada, de fragmentar a los kurdos, dividirlos y enfrentarlos entre sí. Se ha producido deliberadamente una confusión conceptual y se han avivado activamente los debates ideológicos y teóricos. Esta vez, sin embargo, el plan fracasó. El pueblo ha aprovechado la oportunidad para dar forma a la política tal y como se ha ido desarrollando, ha intervenido directamente y se ha convertido en un agente activo sobre el terreno. El reflejo que ha surgido es suprapartidista, supraideológico y de carácter claramente kurdo. No se trata de un programa impuesto desde arriba, sino de una voluntad colectiva de existir formada en el umbral de la vida y la muerte.

Es precisamente en este punto donde debe entenderse correctamente la fuerte reacción provocada por los debates llevados a cabo bajo la bandera de la “hermandad de los pueblos”. No se niega aquí la coexistencia o la igualdad entre los pueblos. La reacción se dirige contra el uso de este discurso, despojado de su contexto, como herramienta de represión y distracción en un momento en que la propia existencia kurda se encuentra bajo amenaza directa. La sociedad está articulando una clara jerarquía de prioridades: no es momento para el debate, sino para tomar posición y asumir responsabilidades. Primero viene la supervivencia, la unidad y la defensa. La igualdad y la hermandad solo pueden adquirir sentido sobre esta base.

Se requiere un retorno consciente y necesario a la memoria histórica. Durante el período fundacional del Movimiento de Liberación de Kurdistán, dos figuras fundacionales que definieron el carácter del movimiento a través del trabajo, el sacrificio y el internacionalismo, Haki Karer y Kemal Pir, llegaron a encarnar un significado no por su origen étnico, a pesar de ser de ascendencia turca, sino por la causa política por la que dieron su vida. Esa causa era una perspectiva de liberación nacional basada en el derecho del pueblo kurdo a la autodeterminación.

Por esta razón, la idea de la hermandad de los pueblos tomó forma a lo largo de esta línea histórica, no como una supraidentidad abstracta que suspende la existencia kurda, sino como una postura política concreta basada en el derecho del pueblo kurdo a la autodeterminación. El reflejo social que surge hoy en día no es una invocación nostálgica de esa línea, sino su continuación en las condiciones actuales, más clara, más decidida y más contundente, debido a la escalada de amenazas y al estrechamiento del margen de maniobra.

La práctica de Rojava transformó este debate de una abstracción en una experiencia concreta que se pagó a un alto precio. En Rojava, los kurdos trataron de construir un modelo de vida democrático no solo para ellos mismos, sino para todos los pueblos de la región, y en gran medida asumieron ese costo por sí solos. Sin embargo, con el proceso de Alepo se hizo evidente que las fuerzas tribales árabes integradas en las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) cambiaron, en el primer momento de presión seria, a una línea que facilitaba la liquidación de los kurdos. La dureza y la postura reactiva que ahora se observan en la sociedad provienen precisamente de estas experiencias vividas.

La realidad de que la línea de ataque que se extiende desde Alepo hasta Rojava está impulsada por la mentalidad estratégica del Estado turco ya no puede ocultarse; de hecho, se ha convertido en una realidad que se proclama abiertamente. La contradicción entre las prácticas de aniquilación llevadas a cabo en Rojava y el discurso de paz construido en el norte constituye una clara política de negación desde la perspectiva del pueblo kurdo.

En este contexto, las declaraciones realizadas por Murat Karayılan en una entrevista con Sterk TV revisten especial importancia. Karayılan afirmó: “El presidente Erdoğan y Devlet Bahçeli deben saber que no habrá paz con los kurdos sobre los cadáveres de Rojava. Es decir, ¿por un lado vas a llevar a cabo un genocidio en Rojava, vas a destruirla, pero por otro el Estado turco va a hacer las paces con los kurdos de Bakur (norte de Kurdistán) o en general y va a desarrollar la hermandad con ellos? Eso no es posible”. Su afirmación de que “la postura del pueblo es nuestra instrucción” no solo describe una actitud ya visible sobre el terreno, sino que apunta a la realidad decisiva en sí misma: una vez más, el pueblo se ha adelantado a la política, ha determinado la dirección y ha trazado los límites.

Mientras se redactaba este texto, se firmó un acuerdo de alto el fuego entre la Administración Autónoma Democrática del Norte y Este de Siria (AADNES) y el Estado sirio. Sin embargo, este alto el fuego no indica el fin del proceso, sino que muestra que la forma del conflicto ha cambiado. Desde la perspectiva kurda, no hay que olvidar que, históricamente, los altos el fuego no han servido como garantía de seguridad duradera, sino como instrumentos para ganar tiempo y ejercer nuevas presiones y esfuerzos de liquidación.

Quizás no sea posible saber qué se está discutiendo a puerta cerrada o qué negociaciones se están llevando a cabo. Pero en esta etapa una disminución de la movilización representa el escenario más peligroso. La principal trampa para los kurdos radica en dispersar este impulso histórico con sus propias manos a través de una sensación de “alivio temporal”. Cualquier acuerdo aprobado o respaldado por el Estado turco, independientemente de su contenido, debe abordarse con escepticismo teniendo en cuenta la experiencia histórica. En la mayoría de los casos, este tipo de acuerdos no han tenido como objetivo encontrar soluciones, sino ganar tiempo y reorganizar el terreno.

Hoy en día, el principal riesgo radica en la posibilidad de no poder volver a aprovechar este impulso. Sin embargo, el periodo actual ofrece a los kurdos una oportunidad estratégica que va más allá de la guerra y los cálculos estrechos de la realpolitik. No se debe permitir que esta oportunidad se pierda hasta que se establezca un marco constitucional genuino y vinculante. Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que la cuestión de Irán está cobrando cada vez más importancia en la ecuación regional, y la política kurda no debe verse sorprendida sin estar preparada para esta posibilidad.

La postura de fuerte levantamiento (serhildan) mostrada por el pueblo kurdo durante este proceso no es solo un estallido de ira. Esta postura es decisiva para la protección del estatus de Kurdistán y para activar el equilibrio real de poder sobre el terreno. La cuestión kurda ha dejado de ser un tema que se gestiona discretamente en estrechos espacios de negociación geopolítica; a través de las acciones de la diáspora, la movilización social y una visibilidad cada vez mayor, se ha trasladado a un ámbito que genera una mayor presión en la opinión pública internacional y ha alterado los equilibrios construidos en su contra.

Sin embargo, hay una realidad fundamental que debe quedar más clara. Este proceso no puede sostenerse únicamente mediante la resistencia ni tampoco solo con levantamientos. La resistencia es necesaria, pero no basta por sí sola. Los equilibrios políticos mundiales no se configuran mediante discursos, reivindicaciones de justicia o apelaciones morales, sino por intereses, cálculos de seguridad y evaluaciones de costes.

Un ejemplo llamativo que ilustra claramente esta realidad se examina en el artículo titulado ¿Cómo se niega un genocidio?, escrito por Razmig Keucheyan para la edición de febrero de 2026 de Le Monde Diplomatique. El análisis vincula el continuo fracaso de Israel a la hora de reconocer oficialmente el genocidio armenio no con la ignorancia histórica, sino con las preocupaciones de seguridad regional y los cálculos de interés.

El hecho de que un Estado fundado por un pueblo que sobrevivió al genocidio se abstenga de reconocer oficialmente el genocidio de otro pueblo constituye una contradicción instructiva, que demuestra que en la política internacional no son las verdades morales, sino las alianzas estratégicas y los equilibrios de poder los que, en última instancia, resultan decisivos.

Este ejemplo demuestra que tener razón por sí solo no es suficiente; la rectitud solo produce resultados políticos en la medida en que impone costos a la parte contraria, tensiona los equilibrios existentes y hace insostenible el statu quo. De lo contrario, la negación, el silencio y el aplazamiento siguen funcionando como técnicas de gobernanza.

Por esta razón, el período que se avecina representa para los kurdos no solo un momento para levantarse, sino también para sostener política, social y estratégicamente una sociedad que ya se ha levantado. Es probable que la geografía de Asia occidental y Mesopotamia sea testigo de un mayor caos, una fragmentación más profunda y luchas de poder más intensas en los próximos años. En este panorama, la resistencia kurda depende de situar una lucha centenaria dentro de una trayectoria histórica clara. Esto solo puede lograrse mediante un razonamiento, una convergencia y una postura estratégicas.

Lo que ha sucedido junto con Alepo no indica el fin de una era, sino más bien que la verdadera lucha ha comenzado ahora con una nueva forma. La próxima fase se librará no solo a través de la resistencia sobre el terreno, sino también en los ámbitos diplomáticos, en la opinión pública internacional y a través de la presión política ejercida por la diáspora.

La situación actual deja claro que los kurdos y las kurdas ya no pueden limitarse a la resistencia; también deben desarrollar un reflejo político capaz de pensar con rapidez, organizarse rápidamente y responder con decisión. La diplomacia ha dejado de ser un campo lento y a largo plazo, para convertirse en un ámbito de lucha que produce respuestas inmediatas, visibilidad y costes tangibles. En este contexto, la diáspora ya no es una fuente secundaria y complementaria de apoyo, sino que se ha convertido en la primera línea de la lucha.

Lo que resulta decisivo en este nuevo período no es explicar repetidamente la legitimidad de la causa, sino transformar esa legitimidad en una presión política organizada, sostenida y que produzca resultados. Si no se puede establecer una línea en la que los reflejos sean oportunos, coherentes y no se agoten por disputas internas, entonces los logros no pueden ser duraderos.

Por lo tanto, la pregunta central hoy en día es la siguiente: ¿afrontarán los kurdos este nuevo período con viejos hábitos o construirán una nueva velocidad y una nueva racionalidad política, diplomática, social y organizativa, en este umbral en el que ha cambiado la dirección de la lucha? El impulso histórico iniciado tras Alepo es precisamente el nombre de la respuesta que se dará a esta pregunta.

Por esta razón, la cuestión ya no es solo lo que ha sucedido, sino cómo y con qué rapidez se tomarán medidas a partir de ahora. Ya se vislumbran nuevas guerras en el horizonte y, esta vez, no podemos permitirnos el lujo de que nos agarren desprevenidos.

*Agencia de noticias ANF / Edición: Kurdistán América Latina

lunes, febrero 2nd, 2026