Entrevistamos a Zehra Doğan, artista y periodista kurda de Bağlar (Bakure, Kurdistán turco), nacida en 1989. Es editora de Jinha, una agencia de noticias kurda con perspectiva de género. Fue encarcelada por crear murales en la ciudad de Nísibis, publicarlos en línea y escribir un artículo.
Nos encontramos en la Plaza de la Ferrería al anochecer. Charlamos durante más de una hora en la terraza de un café. Zehra Doğan venía a recoger su obra, que se había expuesto en dos sedes de la trigésima segunda edición de la Bienal de Arte de Pontevedra: las Ruinas de Santo Domingo y el Museo Provincial.
Nació en Diyarbakir, en 1989, y junto a otras periodistas creó Jinha, la primera agencia de noticias kurda con perspectiva de género, que fue cerrada por el gobierno en 2016. Fue detenida el 21 de julio de ese mismo año. Acusada de pertenecer a una organización ilegal, fue absuelta el 2 de marzo de 2017, pero tuvo que pasar dos años, nueve meses y veintidós días en prisión por publicar el dibujo de Nusaybin, una ciudad destruida, y compartir un mensaje de una niña kurda de diez años en las redes sociales.
El artista disidente chino Ai Weiwei publicó una carta expresando su solidaridad con ella, y Banksy instaló un mural en Nueva York que muestra el rostro de Zehra Doğan detrás de una hilera de lápices que simbolizan los días que pasó tras las rejas. Ha recibido numerosos premios y sus obras se han expuesto en ciudades como Wiesbaden, Basilea, Washington, Brescia, París, Nueva York, Londres, Rennes, Angers, Donostia, Pays de Morlaix, Douarnenez y Amed/Diyarbakır.
Acordamos hacerle un cuestionario. Aquí están sus respuestas.

-¿Qué argumentos utilizaron los turcos para disuadirte y encarcelarte?
-No había ninguna justificación real. Hacía periodismo; contaba lo que sucedía en plena guerra con dibujos y palabras. Pero el Estado pensó que un dibujo podía ser una prueba. Porque dibujar era otra forma de testificar. Me acusaron de “propaganda terrorista”. En realidad, solo mostraba lo que veía, visibilizando la voz silenciada de un país. En Turquía, el arte y el periodismo se convierten en delitos cuando traspasan los límites del poder.
-¿Cómo te sentiste al entrar en prisión y cómo te adaptaste a esa situación?
-Al entrar en una prisión, el tiempo cambia de sonido. El ritmo del exterior se detiene y te sumerges en un silencio que se extiende entre el cuerpo y la pared. Pero dentro de ese silencio comienza otro tiempo: el tiempo del pensamiento. No me acostumbré a la prisión; transformé el espacio. Dibujar, escribir, leer, compartir… se convirtieron en una forma de supervivencia. El Estado quiso silenciarme, pero convertí la prisión en un lugar de pensamiento.
-Pasar tiempo con otras mujeres en prisión te ayudó a mantenerte fuerte, ¿no es así?
-Sí. Porque allí, la fuerza no nacía de la individualidad, sino de la existencia colectiva. Las mujeres éramos espejos unas de otras. Cuando una caía, la voz de otra llenaba el vacío. Cocinar, leer, debatir, caminar en silencio… todo esto eran formas de solidaridad. La cárcel se creó para aislarnos, pero inventamos nuevas maneras de estar juntas.
-¿Puedes contarme algo sobre las cárceles de Amed y Mardin donde estuviste?
-La prisión de Amed ya es un concepto en la historia del pueblo kurdo. No es una prisión, sino un laboratorio: el lugar donde la destrucción se transforma en resistencia. Desde la década de 1980, la prisión de Amed se ha convertido en un símbolo de la lucha por la dignidad de un pueblo. Al entrar, sentí el aliento de aquella época. En Mardin, la experiencia fue diferente. Allí estaba con guerrilleras, capturadas sin luchar, mujeres fuertes que habían soportado la tortura. De ellas aprendí que la paciencia puede ser una forma de acción revolucionaria. Ese espacio fue, sin duda, una escuela.

-¿Existen organizaciones que ayudan o denuncian las muertes por tortura y enfermedades en las cárceles?
-Sí, existen organizaciones que trabajan constantemente en estos temas. La Comisión de Presos de la Asociación de Derechos Humanos lleva años documentando violaciones de derechos en las cárceles. En Amed y Estambul también existen asociaciones de familiares de presos que ofrecen apoyo psicológico y legal. Sin embargo, el Estado criminaliza continuamente a estas organizaciones. En Turquía, la ley se ha convertido en un instrumento de represión, no de justicia. Las violaciones no son accidentales, sino estructurales.
-En tus escritos dices que es importante comer juntas. ¿Por qué?
-Comer juntas no era solo alimentarse, era una práctica de existencia. En prisión, compartir era una forma de resistencia y comunicación. Compartir un plato de comida era el gesto más sencillo y, a la vez, el más profundo de aferrarse a la vida. La mesa era un espacio político: mientras el poder quería matarnos de hambre, elegíamos saciarnos compartiendo.
-Llama la atención cómo se animaban unas a otras para no dejarse vencer.
-Allí no solo nos animábamos, sino que nos educábamos mutuamente. Todos los días teníamos grupos de lectura. Historia de las mujeres, historia kurda, movimientos revolucionarios, idiomas, filosofía, feminismo… Se debatía de todo. La prisión se convirtió en una universidad clandestina. El conocimiento era un arma. Las mujeres nos fortalecíamos a través del pensamiento. Era más que un apoyo moral: era una forma de organización intelectual.
-Naz Oke te envió cartas con espacios en blanco donde podías denunciar la persecución del pueblo kurdo, incluso desde la cárcel.
-Las cartas de Naz fueron una respuesta al sistema que creía que la censura era inviolable. Esos huecos eran las páginas de un periódico invisible. La palabra, la escritura y el dibujo convergían en esos espacios. Las cartas se convirtieron en una producción colectiva, un lenguaje de solidaridad entre mujeres. Naz no era solo una escritora: era el puente ético que me conectaba con el exterior.
-¿Qué estrategia seguiste para dibujar sin que los soldados te vieran?
-Dibujar sin ser vista era una estrategia para seguir existiendo. El arte era un código. Encontramos maneras de llegar al otro lado, donde los ojos del poder no podían ver. Pero no puedo hablar de los métodos: siguen siendo parte de una memoria viva.

-¿Cómo lograste sacar los dibujos de la prisión?
-No puedo hablar de ello. Incluso hoy en día hay gente dentro que usa métodos similares. Hay cosas que no se cuentan; se protegen. Solo puedo decir una cosa: ningún muro puede detener el camino de una huella.
-En prisión impartiste clases de arte y publicaste un periódico.
-En prisión, escribíamos un periódico manuscrito, llamado Özgür Gündem Zindan. Cada ejemplar pasaba de mano en mano, se memorizaba y se reescribía. Era una forma de comunicación y también una práctica cultural. Cada mujer enseñaba algo de su campo: historia, lengua, arte, filosofía. Organizarse a través del conocimiento era resistir la censura. Pensar se convirtió en un acto público.
-“Llévate a tu madre y vete” es una frase de Recep Tayyip Erdoğan (presidente de Turquía). ¿Qué significa para ti?
-Esa frase resume a la perfección el mecanismo de exclusión estatal: “Aquí no hay lugar para ti”. Pero no nos vamos. Porque esta tierra no es sólo geografía, es memoria. Invirtamos la frase: no nos llevamos a nuestras madres para que se vayan, nos llevamos sus historias para que se queden.
-El papel de la mujer en la lucha del pueblo kurdo y en una sociedad patriarcal es muy significativo. ¿Qué opinas al respecto?
-El movimiento de mujeres kurdas no es solo una resistencia política, sino una revolución epistemológica. Las mujeres no solo han luchado, sino que también han transformado el conocimiento, la ética y las formas de organización. Rechazar el patriarcado es cuestionar la propia forma de pensar el poder. Por eso, las mujeres han sido a la vez sujetos y teóricas. El feminismo kurdo ha transformado el fundamento filosófico de la política.
-Gültan Kışanak dijo que Sakine (Cansiz) era “la Rosa Luxemburgo de los kurdos”. ¿Puedes hablarme de Sakine?
-Sakine Cansiz fue la portadora de la conciencia política de una generación. Convirtió el pensamiento organizado en una forma de vida. Para ella, la lucha no era una cuestión de identidad, sino una postura ética. Colocó la libertad de las mujeres en el centro de la transformación social. Su legado exige un pensamiento en común, no veneración. Es un recuerdo vivo de la insubordinación.
-¿Qué opinas sobre los golpes de Estado, la represión y lo que ocurrió después del 15 de julio de 2016 en Turquía?
-En Turquía, el golpe de Estado no es un evento militar aislado: es el método de autorreproducción del sistema. 1980, 1997, 2016… las fechas cambian, no la lógica. El 15 de julio fue una lucha interna por el poder presentada como un “estado de excepción”. No vivimos en un posgolpe, vivimos en su régimen normalizado. La represión en las universidades, los medios silenciados, el arte domesticado… todo esto es el golpe en forma civil.

-El pueblo kurdo está disperso en varios países y parece que nunca ha recibido ayuda de nadie. ¿Estás de acuerdo?
-El pueblo kurdo siempre ha existido, pero rara vez ha sido reconocido políticamente. En el mapa de los Estados nación, somos un espacio vacío. No recibimos ayuda, creamos solidaridad. La fuerza de nuestra lucha proviene de la cooperación interna, no del apoyo externo. Somos un pueblo sin Estado, pero con una historia propia. Nuestra identidad es la experiencia: exilio, resistencia, memoria.
-Lo que describes recuerda al genocidio perpetrado por los turcos contra Armenia. ¿Qué opinas al respecto?
-Sí, porque la República de Turquía se construyó sobre el legado de la negación. Sin afrontar el genocidio armenio, no es posible escribir una nueva historia. La misma lógica se aplica hoy a otros pueblos e identidades. La continuidad del Estado se basa, en esencia, en cambiar la forma de violencia. En mis obras, esa memoria está presente, no como una acusación, sino como una invitación al reconocimiento. Sin memoria no hay justicia, y sin justicia, el arte pierde sentido.
-Mencionaste que el día que saliste de prisión te sentiste culpable. ¿Por qué?
-Porque al cruzar la puerta, las que se quedaron dentro me siguieron. La libertad solo tiene sentido cuando se comparte. Estar afuera mientras otras permanecen presas se ha convertido en una carga moral. Por eso, para mí, la libertad no es un privilegio, es una deuda. Cada obra es una forma de recuerdo.
-¿También has estado en Irak? ¿Qué pasó allí?
-Estuve en el Kurdistán del Sur (Bashur, norte iraquí) realizando trabajo de investigación y periodismo. Corrí el riesgo de ser arrestada, pero nunca hubo una orden oficial. Esa época me hizo comprender la naturaleza arbitraria de las fronteras y cómo estas influyen en la vida de las personas.
-¿Dónde vives ahora y cómo es tu vida?
-Técnicamente, estoy en Alemania con estatus de asilo, pero no pertenezco del todo a ningún lugar. Me muevo de ciudad en ciudad, de país en país. Vivo en un estado de desarraigo que ya no es solo físico, sino filosófico. Como dijo Heidegger, la “falta de hogar” es la condición de la modernidad. Sigo buscando un lugar donde echar raíces; quizá esa búsqueda nunca termine.
-¿Cómo afronta tu familia todo esto?
-Mi familia es la parte más silenciosa y, a la vez, la más resistente de esta historia. Cuando estaba en prisión, mi madre me hacía muñecas de trapo; no eran símbolos, sino objetos de resistencia. Mi familia fue castigada conmigo, pero también creó conmigo. Nuestra relación dejó de ser solo biológica: se convirtió en un vínculo político, hecho de afecto y memoria compartida.

-¿Cómo se sintió cuando el PKK anunció su disolución?
-Estas declaraciones no deben entenderse como un fin, sino como una transformación. Una organización puede cambiar de forma, pero la lucha continúa. La lucha kurda por la libertad ya no se limita a las montañas: también se desarrolla en las ciudades, en el arte, en la academia, en las redes. Es una evolución histórica: la lucha pasa de ser una estructura armada a ser una conciencia colectiva.
-¿Qué opinas sobre la ayuda de la Unión Europea (UE) a Turquía, las políticas migratorias y el aumento del racismo?
-Los fondos que la Unión Europea otorga a Turquía para controlar los flujos migratorios no constituyen ayuda humanitaria: forman parte de un mecanismo político de externalización de fronteras. La UE ha trasladado sus fronteras a Turquía, a las islas griegas y a las costas de Libia. Los campos de refugiados no se rigen por los derechos humanos, sino por políticas de seguridad. El racismo y la xenofobia no son reacciones sociales, sino ideologías generadas por el Estado. Europa habla de derechos humanos mientras una crisis humanitaria se agrava en sus fronteras.
-El impacto global de vuestra lucha debería ser motivo de orgullo, ¿verdad?
-No siento orgullo, siento responsabilidad. Si mis obras han generado solidaridad en otros lugares, no es una victoria personal, sino la visibilidad de una memoria colectiva. No me considero representante de nada, solo testigo de una historia que no debe repetirse.
-¿Cómo valoras tu participación en la Bienal de Pontevedra?
-Exponer la pieza “Yorgandan Barikat” en la Bienal fue una experiencia tanto estética como política. Me permitió trasladar mis reflexiones sobre el hogar, el cuerpo y la resistencia al espacio público. El público gallego vio en esos lienzos no solo guerra, sino un lenguaje de resistencia amable. Eso es lo que más me importa: mostrar la estética de la ternura frente a la violencia.
-¿Qué exposiciones tenéis previstas a medio y largo plazo?
-Próximamente presentaré una exposición en el Museo de Arte Contemporáneo de Termoli. También llevo cuatro años trabajando en el Kurdistán del Sur en un documental sobre mujeres que cantan en funerales. Llevan consigo el ritmo de la vida y la muerte. Es una larga investigación sobre la voz, el duelo y la memoria.
-Si el pueblo kurdo fuera libre y el patriarcado desapareciera, ¿cómo sería tu arte?
-No lo sé. Aún no he experimentado esa libertad. No me imagino la estética de una experiencia que aún no conocemos.
-¿Quieres añadir algo más?
-Gracias por su atención y por las preguntas tan atentas. Para mí, cada entrevista no es una historia, es un encuentro. Las palabras no pertenecen a una sola voz: cada pregunta genera un nuevo pensamiento. Y sigo creyendo que cuando las palabras se tocan, las paredes se quiebran.
FUENTE: Fernando Salgado / Nueva Revolución
