El rostro anarquista de la modernidad democrática

“Mientras la sociedad vea a las mujeres como máquinas reproductivas, esclavas domésticas y meros complementos del hombre, la revolución seguirá incompleta” 

(Emma Goldman)

Murray Bookchin no considera el capitalismo simplemente como un sistema económico, sino como una forma jerárquica de civilización que instrumentaliza tanto a la naturaleza como a los seres humanos. Para él, el capitalismo es la causa fundamental tanto de la destrucción ecológica como de la alienación social [1]. Piotr Kropotkin argumenta que el capitalismo viola el principio de “ayuda mutua”, socavando la solidaridad social al fomentar la competencia y la codicia entre los individuos [2]. Emma Goldman define el capitalismo no sólo como un sistema explotador que priva a los trabajadores de su trabajo, sino también como una estructura patriarcal que oprime sistemáticamente a las mujeres y a los marginados [3]. Según los tres pensadores, el capitalismo es incompatible con la libertad; es un sistema de dominación que destruye el potencial humano y las relaciones éticas con la naturaleza.

Abdullah Öcalan, quien define a la modernidad capitalista como el último pico de una civilización jerárquica de cinco mil años que corroe las relaciones éticas y conduce a las sociedades al colapso, afirma: “El capitalismo es ahistórico e inmoral. No es una forma de sociedad ni civilización. Es meramente parasitario” [4]. Para Öcalan, la modernidad capitalista, particularmente en el centro de su crítica durante los últimos 25 años, es un sistema que suprime todas las posibilidades de liberación social, priorizando el crecimiento económico, el poder centralizado y una sociedad homogénea. Su forma política es el Estado nación. En todo el mundo, el Estado nación opera como un instrumento que protege los intereses capitalistas y suprime la multiplicidad de sociedades a través de los principios de un idioma, una nación y una bandera. A través de funciones como la recaudación de impuestos, la formación militar, la protección de la propiedad y la disciplina del trabajo, institucionaliza las relaciones capitalistas de producción.

La estructura familiar moldeada por los códigos patriarcales, la nación imaginada construida sobre ella y, finalmente, la construcción del Estado nación, han tenido graves consecuencias sociales y políticas para la humanidad. Particularmente en el contexto de las revoluciones burguesas europeas, el Estado nación se convirtió en una herramienta funcional para consolidar los intereses de clase. Sin embargo, las fronteras trazadas no fueron inclusivas; más bien, se construyeron sobre principios excluyentes y homogeneizadores. Las estructuras que excluían a pueblos, trabajadores, mujeres y personas LGBTQ+ de los procesos políticos y sociales se convirtieron en cementerios de identidades y creencias mediante el monopolio de la violencia que impusieron [5].

El proceso de construcción nacional francés asimiló numerosas identidades locales, étnicas y lingüísticas bajo el principio de “una nación, una lengua, una cultura”. Este proceso se intensificó durante el siglo XIX, especialmente durante la Tercera República [después de 1870]. Entre las identidades más reprimidas se encontraban los bretones, vascos, occitanos, alsacianos y corsos. Entre ellos, vascos y corsos siguen resistiéndose a la asimilación mediante la lucha colectiva. A pesar de adoptar un modelo de “nación cívica”, el Estado nación francés acabó produciendo una identidad francesa homogeneizada mediante la represión de la diversidad lingüística y cultural [6].

En contraste, el modelo alemán de construcción nacional, que puede definirse como un modelo cultural-étnico, fue aún más excluyente debido a su dependencia de los lazos de sangre y los orígenes étnicos. El Estado nación alemán se formó en 1871 mediante la unificación de los principados alemanes fragmentados bajo el liderazgo prusiano. Basado en una lengua, una historia y una cultura compartidas, adoptó una comprensión etnocultural de la nación. Nacionalistas alemanes románticos como Johann Gottlieb Fichte y Herder definieron la identidad alemana a través de la naturaleza, la historia y el “Volksgeist” [espíritu del pueblo] [7].

Los nacionalismos francés y alemán se han convertido en dos modelos dominantes que configuran el mapa político de la Europa moderna. Sin embargo, ambos procesos no se centraron únicamente en la unidad nacional y la centralización, sino que también implicaron la supresión y exclusión de diferentes pueblos, identidades e idiomas. Cada modelo materializó la violencia inherente a la lógica del Estado nación de diferentes maneras. Durante el auge de estos nacionalismos excluyentes, Ernest Renan declaró célebremente en su conferencia de 1882 “¿Qué es una nación?”, en la Sorbona, que una nación no se basa en la etnia ni en la lengua, sino en la memoria histórica compartida y la voluntad de vivir juntos [8].

Por otro lado, el teórico anarquista revolucionario y colectivista ruso Mijaíl Bakunin, junto con el economista anarquista francés Pierre-Joseph Proudhon, abogaron por uniones populares federadas y autogobernadas contra el centralismo [9]. En su Manifiesto por una Civilización Democrática, de cinco volúmenes, Abdullah Öcalan identifica al Estado nación como la principal causa de la crisis de la modernidad. Para él, el Estado nación no es solo la forma política de la modernidad capitalista, sino también un mecanismo de dominación que suprime la vida libre de los pueblos, las creencias, las mujeres y la naturaleza. En palabras de Proudhon: “La esencia del Estado es la autoridad y la tiranía; siempre que surge el Estado, la libertad desaparece” [10].

En esta obra, Öcalan analiza sistemáticamente las raíces históricas del Estado nación y su vinculación con el capitalismo. En el cuarto volumen, expone extensamente los fundamentos teóricos de la nación democrática como paradigma alternativo a la crisis del Estado nación bajo el capitalismo. En el último volumen, profundiza en esta crisis y la solución propuesta en lo que se prevé será una nueva forma: el Manifiesto por una Sociedad Democrática. Este manifiesto no pretende simplemente reemplazar el Manifiesto del Camino a la Revolución Kurda, sino sentar las bases para una política comunalista postestatal, radicalmente democrática y con fundamento ético.

Notas:

1- Murray Bookchin, La ecología de la libertad: el surgimiento y la disolución de la jerarquía, AK Press, 2005.

2- Piotr Kropotkin, La ayuda mutua: un factor de evolución, Penguin Classics, 2009.

3- Emma Goldman, Anarquismo y otros ensayos, Dover Publications, 1969.

4- Abdullah Öcalan, Civilización capitalista, en Manifiesto por una civilización democrática, Volumen 1, Aram Publishing, 2009.

5- Benedict Anderson, Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, Metis Publishing, 1993.

6- Ernest Renan, “¿Qué es una nación?”, Conferencia en la Sorbona, 1882.

7- Johann Gottlieb Fichte, Discursos a la nación alemana, 1808.

8- Isaiah Berlin, Herder y la Ilustración, Princeton University Press, 1976.

9- Mijaíl Bakunin, Estatismo y anarquía, Cambridge University Press, 1990.

10- Pierre-Joseph Proudhon, El principio de la federación, 1863.

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FUENTE: Ercan Jan Aktas / BIANET / Traducción y edición: Kurdistán América Latina

martes, septiembre 2nd, 2025