Con motivo del 25 de noviembre, cuando se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra las Mujeres, el medio kurdo Yeni Ozgur Politika presenta una serie de artículos escritos por mujeres de diversos países. El primero, que publicamos a continuación, es de la investigadora y docente argentina Silvia Adoue.
La primera rebelión guaraní contra la invasión europea, entre 1539 y 1542, fue liderada por una mujer, cuyo nombre de bautismo era Juliana. Esa primera onda extractivista no conseguía someter a los hombres guaraní al trabajo agrícola, que era practicado sólo por las mujeres. Ellas, entonces, fueron esclavizadas en masa, utilizando la figura del “casamiento”. Cada invasor tenía entre 100 y 300 esposas que trabajaban en la agricultura para él y parían hijos para reproducir la fuerza de trabajo, ya sin restricciones de división sexual para que en los guaraníes eran irreductibles. La “India Juliana”, como la llamó el entonces gobernador de la recién fundada ciudad de Asunción (en el actual Paraguay), mató a su “esposo” y llamó a las otras mujeres a que se revelasen. Fue supliciada y muerta para escarmiento de las demás.
La lucha de las mujeres de este sur del mundo se funda ya imbricada con la lucha anticolonial. Toda su energía dedicada a la reproducción de la vida estaba siendo obligada a transformarse en fuerza de trabajo para la producción de excedente para el patrón y en reproducción de la fuerza de trabajo. Salieron en defensa de sí y de sus hijas e hijos para que tuvieran una vida libre y plena.
Muchos de los pueblos preexistentes a la invasión, cuando se vieron sobrepasados por el poder destructivo de los invasores, huyeron de las planicies tropicales y subtropicales para refugiarse en tierras que no resultaban lucrativas para producir insumos para Europa. Cuando trajeron millones de secuestrados de África para esclavizar en América, quienes conseguían huir formaban comunidades que convivían con los pueblos antiguos del continente. También las mujeres, entre esos pueblos nuevos, eran las curadoras de las tradiciones comunales.
Así preservaron la naturaleza hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando el aumento de las demandas de la segunda revolución industrial aguzó la ambición de los magnates locales, que avanzaron sobre territorios hasta entonces protegidos. Y entonces las mujeres fueron, nuevamente, las irreductibles, las que conservaban la memoria de una tierra sin cercas, sin señores ni patrones. Tejieron complicidades entre sí y con los bosques, con el agua, las montañas y los espíritus de la tierra. Por eso fueron llamadas “brujas” y perseguidas.
En la época de la gran inmigración, a finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, en que llegaron los pobres de Europa, las mujeres venidas de los barcos engrosaron la lucha en la línea de frente de las huelgas y movimientos. En el Río de La Plata, el lema del periódico La Voz de la Mujer era “ni dios, ni patrón, ni marido”. Las mujeres encabezaban huelgas obreras y de inquilinos.
En esta tercera gran onda de extractivismo, nuevamente las mujeres tienen un papel fundamental. Su papel en la defensa de los territorios contra el despojo es notable. Hoy, las cadenas extractivas flexibles buscan seducir a las gentes para que se integren en el suministro de insumos. Las mujeres kaigáng, guaraní y kaiowá, las mapuche, las de los diversos pueblos amazónicos, las campesinas, se oponen, aun dentro de sus comunidades, al control del uso de la tierra por los fondos de inversión en minería y agronegocio, que pretenden seducir a los hombres con la promesa de renta. “Es pan para hoy y hambre para mañana”, sabiamente dicen a sus compañeros. Muchas de ellas, como las nhandesy (autoridad espiritual de los guaraníes y kaiowá), han sido supliciadas y quemadas por oponerse al arrendamiento de tierras indígenas para el agronegocio. Lo mismo ocurrió con la compañera mapuche Julia Chuñil y también con Macarena Valdez, ambas defensoras del bosque nativo.
La organización territorial de las mujeres y la construcción de redes de confianza permite enfrentar las adversidades con mayor fortaleza. Así viene ocurriendo con las socorristas, en contexto de aborto clandestino, que terminaron siendo una estructura para la lucha exitosa por el aborto legal en lo que se llamó “Marea Verde” en Argentina. El enfrentamiento al feminicidio, con movimientos como “Ni una a menos”, exige aún formas organizativas más constantes. Por más masivas que sean, las manifestaciones pueden impresionar, pero la violencia contra las mujeres nos acecha en soledad, casi siempre en ambientes domésticos, donde suelen agarrarnos de a una.
La guerra, como padrón de dominación, es la más adecuada al aumento relativo de la acumulación por despojo. Y la “guerra contra las mujeres”, como la llama la compañera Rita Segato, no esconde su intención de desarmar la resistencia al despojo. Así como, en Europa, en los siglos que precedieron al triunfo del capital, los hombres encontraron en el salario una compensación a la pérdida de las tierras comunales, como nos cuenta la compañera Silvia Federici, la violencia contra la mujer, aun entre los hombres pobres, resulta del mismo pacto patriarcal con el capital.
En el sur del mundo todavía hay mucho por recorrer. Las mujeres somos la reserva irreductible contra el despojo y la destrucción de la naturaleza, incluso de la naturaleza humana. Si perdemos, pierde la especie.
FUENTE: Silvia Odoue / Yeni Ozgur Politika / ANF / Edición: Kurdistán América Latina