Por Mohammad Dargalayi (texto y fotos)* – “Mi abuelo, Haji Kakamin, lo construyó en 1927. En aquel entonces, este era un terreno baldío. Pero él tenía una visión, y el terreno poco a poco se fue transformando para ajustarse a ese sueño”.

Antes de que la fábrica tomara forma física, ingenieros y diseñadores de una empresa británica vinieron, trazaron el plano y trajeron la maquinaria, el núcleo de la operación.

La mayoría de las máquinas de esta época habrían dejado de funcionar, se habrían apagado o habrían acabado en museos. Pero el molino de Mam Khidr ha desafiado al tiempo, no solo sobreviviendo, sino prosperando a lo largo de los años.

“En 2016, 2018 y 2021, un equipo de 16 personas, incluido el director general de la empresa, nos ofreció 3,8 millones de libras esterlinas para comprar toda la fábrica y traerla de vuelta al Reino Unido, de donde procedía”.

Sin embargo, cada vez que venían, se marchaban con la misma respuesta: un rotundo “No”, explica Zana.

El secreto de cómo el molino ha sobrevivido a un siglo de duro trabajo, guerra y cambios reside quizás en las habilidades y la experiencia de sus propietarios.

Y lo que es aún más significativo, quizás el eje central de la operación fue el propio Mam Khidr, el padre de Zana.

“Empezó a trabajar aquí a los nueve años y no paró hasta que falleció a los noventa”, cuenta Zana. “Este lugar era como su segunda piel. Conocía cada rincón como la palma de su mano”.

El molino de Mam Khidr no es solo un lugar donde se hace harina. Es un lugar que mantiene viva la memoria. Muele no solo grano, sino también tiempo, lenta, paciente y fielmente. Un monumento al amor, al trabajo y al poder silencioso de la unión. Para la familia de Mam Khidr, un lugar es más que una propiedad. Es su hogar.

*Publicado el 16 de octubre de 2025 en Kurdistan Chronicle / Traducción y edición: Kurdistán América Latina