Por Şilan Bingöl* – En prisión, donde le estaban prohibidos los materiales de pintura, Zehra Doğan continuó creando utilizando herramientas, cabello, sangre, retazos de tela, bordes de letras e incluso sombras. Ahora en el exilio, expone en las galerías más importantes del mundo, desde Europa y Estados Unidos hasta África y Latinoamérica, utilizando su obra para explorar la existencia a través de la represión.
En 2016, Doğan trabajaba como periodista en Mardin (Mêrdîn) cuando varias zonas del Kurdistán turco (Bakur) fueron sometidas a toque de queda militar tras el fracaso del proceso de paz entre Turquía y el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK). Fue encarcelada por pintar la ciudad de Nusaybin (Nisêbîn), la presencia militar en la zona y la magnitud de la destrucción. En aquel entonces, en Nueva York, Banksy la dibujó tras las rejas y añadió las palabras “Liberen a Zehra Doğan” en señal de solidaridad.

El arte como voz
Zehra Doğan explicó que, mientras trabajaba como periodista, su visión del arte comenzó a cambiar, y el arte se convirtió en algo más que una cuestión de representación. Para ella, la representación requiere distancia, pero en tiempos de guerra todas las distancias desaparecen.
“En mi práctica, el arte ya no es un campo para producir imágenes; se ha convertido en una forma de hablar desde la verdad a la que uno está sometido. El arte ya no es una herramienta para explicar el mundo; es un esfuerzo por dar voz desde dentro de un mundo fracturado”.
Hizo hincapié en que ser testigo de un conflicto conlleva responsabilidad. Doğan reflexionó sobre sus pinturas de Nusaybin, que la llevaron a la cárcel, como un punto de inflexión en su comprensión artística: “Cuando mi pintura fue criminalizada, el velo de inocencia que el arte establece como espacio estético también se derrumbó para mí. El dominio del arte se vio repentinamente quebrantado por la ley, la violencia, el castigo y la autoridad. Fue impactante, pero a la vez revelador”.

El arte como resistencia ontológica
Cuando le confiscaron sus herramientas artísticas tradicionales en prisión, Doğan continuó creando de maneras alternativas. Describió el cuerpo humano como un archivo viviente: “Cabello, sangre, retazos de tela, bordes de letras, sombras… dejan de ser opciones estéticas y se convierten en el último medio de existencia”.
Para ella, el arte se transformó de un espacio de producción en una forma de resistencia ontológica, donde ya no se trataba solo de “crear”, sino de preservar vestigios de una existencia amenazada. Las vulnerabilidades del cuerpo, los límites de la memoria y la capacidad incluso del silencio para hablar se convirtieron en nuevas fuentes de conocimiento, guiando su práctica desde la forma hasta la huella, desde la representación hasta el vestigio, y desde la imagen hasta el testimonio.
Desde esta perspectiva, los temas de la tierra, el cuerpo y las raíces han permanecido centrales en el arte de Doğan. Ella los experimenta no como conceptos abstractos, sino como realidades que encuentra, soporta y atraviesa. Para la artista, la tierra es constantemente arrebatada, perdida, dividida y redibujada, y el cuerpo es donde se inscribe la violencia y se acumula la memoria. Profundizó en este tema y explicó por qué el concepto de “mi cuerpo es mi patria” es fundamental para ella, ya que a veces el cuerpo es todo lo que queda.
Las raíces, entrelazadas con la tierra y el cuerpo, se ven constantemente desafiadas. Ella entiende las raíces no como vínculos fijos, sino como la capacidad de reenraizarse en diferentes lugares: “Tras haber sido desplazada a la fuerza de mi tierra natal, mis raíces siguen heridas. Llevo siete años en Europa, pero si me preguntas en qué país vivo, no tengo una dirección fija que dar”.
En su arte, cuerpo, tierra y memoria circulan y se fusionan constantemente. El exilio representa otra dimensión; no se trata solo de un desplazamiento físico, sino también de una dislocación del lenguaje, el ritmo, la memoria y las formas de testimonio: “Ya no podía mirar mi lugar de origen desde dentro, ni mi ubicación actual desde fuera”. También explicó: “Esta doble ruptura me enseñó la imposibilidad de hablar desde una posición fija. Hoy, mi práctica trata las raíces, el cuerpo, la tierra, la migración y la memoria no como categorías fijas, sino como modos de existencia en constante cambio, heridos e interconectados”.
Doğan remarcó que este punto de inflexión redefinió su identidad, y que su identidad artística nunca se consolidó del todo. Más bien, sus dudas se agudizaron: veía el arte “como el acto de recoger fragmentos de un mundo roto, darles forma e impedir su desaparición. Quizás esta comprensión me transformó: que el arte no fuera un campo de representación, sino el umbral final entre la memoria y la extinción”.
Un motivo central en el arte de Doğan son las mujeres, y ellas ocupan un lugar significativo en su obra. Subrayó que las experiencias de las mujeres kurdas a menudo se ignoran o se reducen a una sola narrativa: “Sin embargo, existe una memoria compleja y multifacética. Hay violencia y pérdida, pero también fuertes prácticas de resistencia y reconstrucción”. Pero Doğan no intenta “visibilizar” estas experiencias, porque ya existen. En cambio, examina cómo se reprimen y cómo persisten a pesar de la represión.
Sus pinturas e instalaciones a menudo canalizan la memoria, la resistencia y la experiencia a través de los objetos. Al respecto, señaló: “No reemplazo algo con un objeto. Existen porque ya han pasado por un acontecimiento. Los objetos acumulan tiempo, uso y fractura, lo que los eleva más allá de la mera materialidad… Una colcha se convierte en una barricada, un objeto doméstico en una herramienta de defensa; no porque su significado haya cambiado, sino porque la vida se ha visto forzada a adoptar otra forma. Un objeto puede cumplir una función en un momento determinado, pero no puede reducirse a esa función”.
La relación entre el arte y la resistencia
Al ser consultada sobre la relación entre arte y resistencia, Doğan indicó que los debates contemporáneos suelen simplificar esta conexión, convirtiendo la resistencia en una narrativa fácil de consumir o de leer. Sin embargo, ella no establece una relación directa ni estática entre arte y resistencia. Para ella, la resistencia no es un tema, sino una realidad vivida, “porque tal posicionamiento a menudo se convierte en mera representación, que aplana y simplifica la experiencia”.
Como mujer kurda, describió el arte y la resistencia no como dos cosas separadas, sino como movimientos que coexisten, se cruzan y, a veces, se distancian entre sí, y en los que ella se mueve con fluidez. Citó a Franz Fanon para enfatizar que los modos de producción se adaptan a la intensidad del conflicto y, por lo tanto, la relación del arte con la resistencia nunca es fija. En condiciones donde el lenguaje, la memoria y las formas de expresión se borran sistemáticamente, el arte ocupa naturalmente el vacío resultante. A veces se convierte en un medio de expresión, a veces en un registro, a veces simplemente en una huella.
El arte, explicó, quizás no genere un cambio social directo, pero influye en lo que se recuerda y lo que permanece visible. En un contexto donde muchas vidas se consideran invisibles desde el principio, estos sutiles cambios se vuelven significativos. El arte puede no alzar la voz, pero puede evitar el olvido total.
Huellas en lugar de grandes narrativas
Hoy, Zehra Doğan sigue regresando a zonas de conflicto. Recientemente, viajó a Gaza con la Flotilla Sumud y permaneció en Rojava durante los últimos ataques: “Sin mi formación periodística, no sé cómo habría podido transmitir lo que presencié allí. Probablemente no habría podido expresarlo con palabras, o se habría convertido fácilmente en un lenguaje estético”.
El periodismo le enseñó a transmitir lo que ve sin descontextualizarlo, una lección que se refleja en su arte. Sostuvo que ser testigo en zonas de conflicto no se trata de representar algo, sino de transformarlo en otra forma sin perder su esencia. Reconoció que el arte tiene límites, pero no es impotente: “A veces, el arte solo garantiza que algo no desaparezca. Para mí, ser testigo funciona de la misma manera, no a través de grandes narrativas, sino preservando huellas”.
Actualmente, Doğan expone su obra por todo el mundo, llegando a públicos muy diversos. Destacó que una misma obra se interpreta de forma diferente según la geografía: en algunos lugares se considera un objeto estético, en otros una declaración política directa. “La obra no cambia, la mirada sí”, afirmó.
Estos encuentros también redefinen su posición. No es solo una artista; sus discursos y entrevistas giran constantemente en torno a Kurdistán, la guerra y el movimiento feminista. Su arte no pretende representar, pero cada palabra que pronuncia tiene el potencial de convertirse en una representación, exigiendo una atención constante.
*Publicado el 30 de marzo de 2026 en The Amargi / Traducción y edición: Kurdistán América Latina

