Por Ramzy Baroud* – Gran parte del debate actual sobre Medio Oriente sigue centrado en las elecciones legislativas de mitad de mandato en Estados Unidos, que se celebrarán en noviembre próximo. Esta votación, en particular, se presenta como un punto de inflexión crucial para todo, desde la supervivencia de Gaza y el Líbano hasta el futuro de Irán y otros países.
En gran medida, se puede comprender por qué los medios corporativos estadounidenses están obsesionados con esta fecha.
El poder político estadounidense se divide entre dos partidos gobernantes, cada uno profundamente arraigado en un intrincado sistema de poderosas élites políticas y económicas. Para estos grupos, los resultados electorales son decisivos para definir el rumbo general del país, pero, más concretamente, determinan la fortuna y la desgracia de una clase dirigente cuyo destino está ligado a los círculos del poder.
Sin embargo, esta obsesión encierra una clara ironía. Los estadounidenses de a pie rara vez sienten el impacto directo de estos resultados —al menos no de inmediato—, ya que la enorme economía estadounidense rara vez responde a estímulos políticos repentinos. Por eso, históricamente, los estadounidenses no votan en gran número y por eso una gran mayoría sigue desconfiando de su gobierno, ya sea republicano o demócrata.
El interés de los analistas occidentales fuera de Estados Unidos también tiene cierto sentido. Un Partido Republicano victorioso fortalecería al presidente Donald Trump, quien probablemente intensificaría su retórica anti-OTAN y sus políticas comerciales proteccionistas. El comercio entre Europa y Estados Unidos probablemente se vería trastocado por un Trump fortalecido, quien interpretaría la victoria como un mandato para castigar a los europeos por no respaldar sus campañas militares de “máxima presión” o por negarse a actuar como socios subordinados obedientes, dispuestos a aprobar sin objeciones cualquier decisión estadounidense, por imprudente que sea.
Pero lo que resulta mucho menos lógico es la actitud de espera que se está viviendo actualmente en todo el mundo árabe. Esta postura sugiere erróneamente que el futuro de nuestra región —ya sea la continuación de la guerra o un camino hacia la paz— depende enteramente del voto estadounidense.
Si bien estas elecciones no son irrelevantes, el énfasis que se les da como principal motor de la realidad de Medio Oriente es sumamente exagerado. Esta obsesión refleja tanto una falta de conocimiento histórico como la incapacidad de reconocer la capacidad de acción de los pueblos y líderes de nuestra propia región.
La historia nos muestra que, independientemente del partido en el poder, el resultado del intervencionismo estadounidense sigue siendo notablemente constante. Consideremos el siguiente historial:
-El presidente Bill Clinton, demócrata, ordenó el bombardeo de la fábrica farmacéutica Al Shifa en Sudán, en agosto de 1998, y de Irak durante la Operación Zorro del Desierto, en diciembre del mismo año. A pesar de ser percibido como un líder moderado, centrado en la doctrina de la “doble contención”, Clinton recurrió con frecuencia a la fuerza militar en Medio Oriente para desviar la atención de sus escándalos personales en Estados Unidos.
-Inicialmente, George W. Bush generó preocupación entre el lobby israelí de Washington por su aparente falta de nombramientos afines a Israel. Sin embargo, con el tiempo, libró guerras catastróficas en toda la región, en total consonancia con los objetivos estratégicos israelíes.
-Le sucedió Barack Obama, cuya popularidad entre árabes y musulmanes superó la de cualquier presidente en la historia de Estados Unidos. Sin embargo, su “lista negra” y su estrategia de “liderar desde la retaguardia” provocaron desastres humanitarios desde Yemen hasta Libia.
Además, su administración garantizó el dominio militar de Israel mediante la firma del Memorando de Entendimiento (MOU) de 2016, que garantizaba 3800 millones de dólares en ayuda militar anual, la mayor promesa en la historia de Estados Unidos.
-El primer mandato de Donald Trump estuvo precedido por el argumento de que su fortuna personal lo protegería de la manipulación de los grupos de presión. En cambio, sembró las semillas del caos que nos asola hoy. Desde la interrupción unilateral del acuerdo nuclear con Irán (JCPOA), en 2018, hasta dar luz verde a Israel para que siga violando el derecho internacional en Palestina, su gestión garantizó que la región permaneciera en un estado de conflicto perpetuo.
Es cierto que la política exterior estadounidense influye profundamente en nuestra realidad actual, desde el genocidio en Gaza hasta las guerras regionales y la inestabilidad económica de toda la región. Sin embargo, independientemente de si Trump sigue siendo el gobernante indiscutible de Estados Unidos en noviembre o se convierte en un presidente saliente, la trayectoria fundamental de la política estadounidense hacia Medio Oriente no cambiará tan significativamente como muchos quisieran creer.
Para ser más precisos, el impacto de las elecciones estadounidenses será tan significativo como nosotros, en la región, lo permitamos. Si seguimos dependiendo de los dictados y las directrices de Estados Unidos, seremos meros súbditos de un imperio, ignorando nuestra propia capacidad de acción y nuestra dinámica interna.
La verdad innegable es que Estados Unidos es una nación estructuralmente inclinada hacia el control político y la dominación económica. Ni este noviembre ni ningún otro cambiará esa realidad hasta que las realidades geopolíticas en Medio Oriente cambien por iniciativa propia.
En lugar de esperar un cambio en noviembre y apostar por los demócratas, debemos trabajar para influir en los resultados por nuestra cuenta. El equilibrio de poder global está cambiando, y nuestra región es una de las principales candidatas a experimentar el cambio más significativo. Sencillamente, no podemos permitirnos esperar a noviembre —ni a ninguna otra fecha externa— con la esperanza de recuperar la estabilidad.
Es necesario centrar la atención en lograr la verdadera independencia política, la unidad regional y la estabilidad, independientemente de la postura política de la Casa Blanca.
Medio Oriente rebosa de oportunidades, recursos y capital humano que, si se unieran, nos permitirían influir no solo en nuestros propios asuntos, sino también en la configuración del mundo que nos rodea, haciéndolo más estable, más representativo de las aspiraciones de nuestros pueblos y, en última instancia, más justo.
*Ramzy Baroud es periodista y editor de The Palestine Chronicle. Artículo publicado en Nueva Revolución