El conflicto intrakurdo y la lucha por la hegemonía en Rojhelat después de 1979

Por Rojin Mukriyan* – La historia de Rojhelat (Kurdistán iraní) en los años inmediatamente posteriores a la Revolución iraní de 1979 no fue solo una historia de resistencia contra la naciente República Islámica de Irán (RII), ni únicamente una de autoorganización popular a través de consejos, sindicatos, comités campesinos y asociaciones de mujeres y estudiantes en ciudades, pueblos y aldeas. Fue también una historia de conflicto armado interno kurdo. Paralelamente a la lucha contra el nuevo Estado, se desarrolló una rivalidad cada vez más encarnizada entre las dos principales organizaciones políticas kurdas de Rojhelat: el Partido Democrático del Kurdistán Iraní (PDKI) y la Organización Revolucionaria de los Trabajadores del Kurdistán Iraní (Komala).

Lo que comenzó como una tensión por el liderazgo, la ideología, el territorio y la estrategia, se convirtió gradualmente en una sangrienta guerra fratricida. Este conflicto estuvo marcado por las disputas por la hegemonía política en Rojhelat, la intolerancia mutua hacia el pluralismo interno, las actitudes divergentes hacia la República Islámica y el temor a que una de las partes llegara a un acuerdo por separado con Teherán. En conjunto, estas dinámicas transformaron una apertura revolucionaria en un campo de batalla fragmentado y militarizado.

Desde la apertura revolucionaria hasta la resistencia armada fragmentada

Entre febrero de 1979 y el verano de 1980, Rojhelat se distinguió del resto de Irán como la única región que combinaba una intensa movilización popular con un control territorial efectivo, fuera del alcance del nuevo Estado. El colapso de la monarquía propició una oportunidad revolucionaria en la que los actores kurdos establecieron consejos municipales, sindicatos, asociaciones campesinas y organizaciones de mujeres y estudiantes. Se tomaron comisarías y guarniciones militares, Mahabad acogió la primera reunión pública del PDKI desde 1946, y Komala emergió de la clandestinidad como una organización de masas visible y en expansión.

Durante la denominada “Batalla de los Tres Meses de Kurdistán”, en la primavera y el verano de 1979, los frentes conjuntos del PDKI, Komala y los peshmerga de Fadaiyan obligaron a la República Islámica a suspender su primera gran ofensiva, aceptar un alto el fuego temporal e iniciar negociaciones. Este momento, a menudo celebrado en la memoria política kurda, demostró que la coordinación militar entre actores kurdos rivales era posible cuando la presión externa era abrumadora y las solidaridades locales se mantenían fuertes.

Sin embargo, las semillas del fratricidio posterior ya estaban presentes. Como escribe Alan Hassaniyan en “Política kurda en Irán”, la República Islámica rápidamente securitizó la cuestión kurda como una “conspiración separatista” que amenazaba la integridad territorial de Irán. Militarizó la región, armó a colaboradores —conocidos como “Jash” (potro de burro, en kurdo: término utilizado para referirse a los kurdos que traicionan la causa kurda)— y llevó a cabo una estrategia de retribalización diseñada para debilitar la autoridad del partido y dividir a la sociedad kurda.

A medida que se reducía el espacio político legal y la Guardia Revolucionaria, los Basij y la Jash se convertían en una presencia permanente, la lucha armada dejó de ser simplemente una opción estratégica y se convirtió, para las organizaciones kurdas, en una condición de supervivencia tras el fracaso de los experimentos de autogobierno.

Sin embargo, en este entorno militarizado, el PDKI y Komala no convergieron en una línea común. Por el contrario, sus distintas historias, proyectos ideológicos y culturas organizativas se cristalizaron en una rivalidad, desplazando gradualmente al propio régimen del centro de sus cálculos estratégicos.

Proyectos en competencia: capital histórico e autoimagen organizacional

Ambas organizaciones entraron en el período posrevolucionario con formas de capital político muy diferentes. El PDKI obtuvo una enorme legitimidad simbólica por su linaje directo con la organización Komalay Jiyanaway Kurdistan y la experiencia de la República de Mahabad en 1946. Se concebía a sí mismo como el histórico partido “nacional democrático” de los kurdos en Irán, encargado de completar el proyecto inconcluso de autonomía kurda dentro de un país democratizado.

A nivel organizativo, el PDKI resurgió a principios de la década de 1970 tras su exilio en Irak y Europa del Este, como un partido de cuadros relativamente pequeño pero disciplinado, reconstruido bajo el liderazgo de Abdulrahman Ghassemlou y un Comité de Liderazgo Provisional que había reconsiderado cuidadosamente su estrategia a la luz de los fracasos de la década de 1960. Cuando la revolución abrió un espacio político en Rojhelat, este núcleo exiliado se encontró de repente liderando un movimiento de masas en sus bastiones históricos de Mukriyan, Mahabad y Saqqez.

Como señala Hatem Menbari, “el PDKI regresó del extranjero como un grupo relativamente pequeño y se encontró en una situación nueva y difícil. Al mismo tiempo, este contexto le brindó la oportunidad de expandirse y crecer. Esto, a su vez, fomentó un sentimiento de orgullo entre los líderes del partido, llevándolos a definirse como los líderes y organizadores de todo el movimiento kurdo en el Este”.

Komala surgió de un entorno social e intelectual completamente diferente. Su núcleo, formado a finales de la década de 1960 entre estudiantes kurdos e intelectuales de izquierda en Teherán y Tabriz, estuvo marcado por Karl Marx, Frederix Engels, Mao, las críticas al guerrillerismo y el recuerdo del intento armado “prematuro” de 1968-1969 en Kurdistán.

Desde sus inicios, Komala se definió como una organización revolucionaria de “trabajadores”, comprometida con la lucha de clases contra los terratenientes y la burguesía dependiente, ya fuera kurda o persa. La apertura revolucionaria de 1979 permitió que este círculo clandestino se transformara rápidamente en una organización de masas, particularmente en la zona sur de Sine (Sanandaj) y Meriwan (Marivan), donde su defensa inquebrantable de los campesinos contra los terratenientes y de los comités populares contra la autoridad estatal y tribal le granjeó un amplio apoyo entre jóvenes, trabajadores y mujeres.

Según Menbari, las circunstancias y los acontecimientos “crearon un terreno fértil [para que Komala] se transformara repentinamente en una gran organización de masas y un serio rival del PDKI”. En consecuencia, Komala se vio a sí misma como una alternativa al PDKI.

Estas trayectorias contrastantes generaron autocomprensiones políticas opuestas. El PDKI se consideraba el principal partido nacional y tendía a ver a Komala como un recién llegado inmaduro y perturbador, carente de legitimidad histórica. Komala, por el contrario, se veía a sí mismo como la alternativa revolucionaria al nacionalismo burgués-feudal obsoleto del PDKI. Lo que surgió no fue un campo político plural en el que pudieran coexistir diferentes corrientes kurdas, sino una lucha por determinar quién podía reclamar el liderazgo legítimo de Rojhelat.

Divergencia táctica e ideológica hacia la República Islámica

Esta rivalidad se agudizó por la divergencia táctica e ideológica hacia la República Islámica. El PDKI, en general, adoptó una estrategia más cautelosa, advirtiendo contra acciones que pudieran provocar una confrontación prematura y manteniéndose abierto, al menos inicialmente, a la negociación. Komala interpretó dicha cautela como debilidad u oportunismo. Incluso hubo casos en los que se acusó al PDKI de permitir que la República Islámica de Irán transportara suministros militares a través de zonas bajo influencia kurda. A medida que Komala se radicalizaba aún más —especialmente después de que su segundo congreso adoptara una formulación marxista más ortodoxa de la cuestión nacional— la brecha se amplió. Komala restó importancia progresivamente a las demandas nacionales kurdas en favor del análisis de clases y, en ocasiones, trató la cuestión nacional misma como una forma de nacionalismo burgués. Mientras tanto, el PDKI, bajo el liderazgo de Ghassemlou, siguió lo que Menbari describe como “una gama de enfoques políticos” para resolver el problema kurdo. Estas distintas orientaciones impulsaron a ambos partidos hacia alianzas iraníes más amplias: el PDKI se acercó a los Muyahidines del Pueblo de Irán (MEK) y Komala se fusionó con la corriente Sahand, vinculada a Mansoor Hekmat, Hamid Taghvaei y Khosrow Davar. Según Menbari, además de estas diferencias ideológicas y políticas, “las cuestiones de poder, hegemonía y quizás la animosidad personal entre ciertos individuos también influyeron” en la forma en que ambos bandos se relacionaron.

Territorialidad, hegemonía y la guerra regional

La rivalidad territorial intensificó aún más el conflicto. Más allá de la ideología, el PDKI y Komala competían por reclutas, legitimidad local, rutas de suministro e influencia política. El PDKI era más fuerte en el norte de Mukriyan, en Rojhelat, mientras que Komala dominaba el cinturón meridional de Sine-Meriwan. Ambos intentaron expandirse hacia zonas mixtas y controlar rutas clave de contrabando y logística a lo largo de la frontera iraquí. Los líderes de ambas organizaciones planteaban el control del territorio y los sectores sociales como una cuestión de quién lideraría el movimiento kurdo, en lugar de cómo múltiples organizaciones podrían coexistir en un campo político plural.

Los documentos internos de Komala describían explícitamente la lucha como una contienda por la hegemonía en Kurdistán y el movimiento revolucionario kurdo. El PDKI, por su parte, proponía ceses del fuego únicamente con la condición de que Komala lo reconociera como la fuerza mayoritaria y aceptara su propia condición de minoría. En otras palabras, la coexistencia se concebía como jerarquía, no como pluralismo.

Menbari resume el problema estructural con crudeza: ninguno de los dos grupos armados “tenía la experiencia —o quizás ni siquiera la voluntad— de compartir el poder y determinar conjuntamente el destino de una nación”, en una situación en la que una de las partes debía subordinarse. Esta dinámica se agravó bajo la presión de los ataques estatales y la inestabilidad regional. Tras una serie de enfrentamientos, estalló la guerra abierta en Hawraman, en el otoño de 1984, y pronto se extendió por gran parte de Rojhelat.

Interconexiones transfronterizas y lógicas indirectas

La geopolítica regional exacerbó estas tensiones. Tras 1979, los dos principales partidos kurdos iraquíes, el Partido Democrático de Kurdistán (PDK) y la Unión Patriótica de Kurdistán (UPK), cultivaron sus propias relaciones con Teherán, Bagdad y los partidos kurdos iraníes. El PDK, en particular su Dirección Provisional, cooperó estrechamente con la República Islámica y luchó junto a las fuerzas iraníes contra el PDKI y Komala en ciertas zonas fronterizas. La UPK, por el contrario, mantenía vínculos de larga data con Komala, acogió al PDKI y a otras organizaciones iraníes en su territorio y, en ocasiones, apoyó a grupos kurdos iraníes contra Teherán, incluso mientras negociaba con el propio Estado iraní.

La guerra Irán-Irak de la década de 1980 convirtió a Kurdistán en un campo de batalla complejo donde los grupos kurdos de ambos lados de la frontera actuaban simultáneamente como actores autónomos y como aliados. En este contexto, la desconfianza se generalizó. El temor a que un rival kurdo se aliara con actores estatales hostiles redujo drásticamente la percepción de las disputas locales sobre impuestos, territorio o suministros como amenazas existenciales.

De escaramuzas a guerra civil

El paso de las escaramuzas a la guerra civil fue gradual pero decisivo. Según Hassaniyan, los enfrentamientos entre las unidades locales del PDKI y Komala ya se habían producido entre 1982 y 1983, especialmente en las regiones del sur, donde sus zonas de influencia se superponían. Una declaración conjunta de alto el fuego, emitida el 1 de enero de 1983, detuvo los principales combates durante unos nueve meses, pero no resolvió las profundas animosidades.

El 16 de noviembre de 1984, las fuerzas del PDKI atacaron posiciones de Komala en Hawraman, matando a varios combatientes y, según informes, capturando a otros que posteriormente fueron ejecutados públicamente en Nawsud. Hassaniyan escribe que el PDKI describió el ataque como preventivo; Komala lo consideró un intento premeditado de eliminar a la organización en uno de sus bastiones. Komala tomó represalias el 26 de enero de 1985.

Desde finales de 1984 hasta 1987, y en algunas zonas prácticamente hasta 1989, los combates se extendieron por Hawraman, el valle de Shiler, Meriwan, Saqqez y partes de Mukriyan. Menbari señala que la “Primera Batalla de Hawramabad” continuó, con intensidad variable, durante años, registrándose los enfrentamientos más intensos en el invierno de 1984-1985, sobre todo en la primavera de 1985. En el Kurdistán iraní bajo la República Islámica, Marouf Cabi estima que murieron al menos 700 peshmerga de ambos bandos.

Una oportunidad histórica desperdiciada

Esta guerra fue estratégicamente desastrosa. Devastó la capacidad militar del movimiento kurdo justo cuando la República Islámica, ya no completamente absorbida por la guerra con Irak, pudo reafirmarse con mayor fuerza en la periferia. Profundizó la dependencia de los partidos kurdos de patrocinadores externos en el Kurdistán iraquí para obtener refugio y apoyo logístico, dependencias que Teherán explotó posteriormente mediante asesinatos, presión sobre el Gobierno Regional del Kurdistán iraquí (GRK) e infiltración de los servicios de inteligencia. También erosionó los vínculos orgánicos de los partidos con la sociedad kurda dentro de Irán, ya que el exilio, la vigilancia y la represión dificultaron cada vez más la organización clandestina.

En los ámbitos social y político, la guerra generó una profunda desilusión. Menbari la describe como “irresponsable y brutal”, haciendo hincapié en que ambas partes “olvidaron al principal enemigo: el régimen islámico”. El conflicto afianzó patrones a largo plazo que aún son visibles: la fragmentación a través de repetidas divisiones, la personalización del antagonismo entre facciones y una persistente reticencia a afrontar públicamente el legado del fratricidio. Como han argumentado Abbas Vali y Allan Hassaniyan, si bien la brutalidad estructural de la República Islámica y la compleja situación geopolítica de Medio Oriente impusieron severas limitaciones, la causa inmediata del declive kurdo recurrente ha sido a menudo la incapacidad de sus líderes para desarrollar una estrategia sostenible y flexible, y para interiorizar el imperativo de la unidad.

Coaliciones tras el movimiento “Jin, Jiyan, Azadî” de 2022

Sigue sin estar claro si se han aprendido las lecciones. Sin embargo, tras el movimiento “Jin, Jiyan, Azadî” (Mujeres, Vida, Libertad, JJA) de 2022, se realizaron varios intentos significativos para superar la fragmentación histórica.

Dos importantes facciones de Komala iniciaron conversaciones de reunificación; dos facciones del PDKI se reunificaron formalmente en agosto de 2022 bajo el nombre histórico del partido, PDKI, y Komala relanzó el Centro para la Cooperación de los Partidos Políticos del Kurdistán Iraní, que se había establecido originalmente en 2018. Sin embargo, el Centro no logró institucionalizar una cooperación sostenida entre los diversos partidos políticos kurdos iraníes.

Finalmente, tras ocho meses de negociación, seis importantes partidos kurdos —el PDKI, dos corrientes principales de Komala, el PJAK, el PAK y el Khabat— conformaron la Alianza de Fuerzas Políticas del Kurdistán Iraní. En teoría, esta alianza responde precisamente a las críticas formuladas durante mucho tiempo por académicos y veteranos. Reconoce que ninguna organización puede reclamar la representación exclusiva de Rojhelat e intenta crear un marco común que trascienda las divisiones ideológicas, incluidas las corrientes nacional-demócratas, nacionalistas de izquierda y las confederalistas democráticas inspiradas en el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK).

Sin embargo, como advierte Menbari, una alianza formal no elimina automáticamente hábitos profundamente arraigados de humillación, mentalidad de suma cero y deslegitimación retórica. El temor a que “la guerra civil comience con la humillación” no es una exageración retórica. Señala la micropolítica del discurso partidista, en la que las organizaciones rivales todavía son tratadas con demasiada frecuencia no como socias en una lucha plural, sino como sustitutos ilegítimos que deben ser debilitados o desplazados.

La historia del Rojhelat posterior a 1979 demuestra que la política kurda en Irán ha exhibido repetidamente una extraordinaria capacidad de autoorganización, resistencia y creatividad política, pero también se ha visto debilitada por una persistente incapacidad para institucionalizar el pluralismo dentro del propio movimiento. Cualquier reflexión seria sobre la estrategia kurda tras el movimiento “Jin, Jiyan, Azadî” debe tener en cuenta ambas caras de esa historia.

*Publicado en The Amargi / Traducción y edición: Kurdistán América Latina

martes, abril 21st, 2026