Publicamos la segunda parte del artículo escrito por Berfin Güneş, integrante de la Academia de Jineolojî, para el medio Newaya Jin. Para leer la primera parte, click aquí
Durante mucho tiempo, las mujeres han sido definidas sobre todo como “víctimas” en los conflictos y procesos de paz, o como figuras pasivas “necesitadas de protección”. Sin embargo, desde el último cuarto del siglo XX estas representaciones reduccionistas han comenzado a ser cuestionadas exhaustivamente a través de las prácticas de resistencia colectiva de las mujeres, las luchas sociales y los procesos de subjetivación política.
Particularmente desde la década de 1990, la paz ha sido conceptualizada como un proceso multiniveles que no se limita únicamente al silenciamiento de las armas, sino que también abarca la transformación y reconstrucción de las relaciones sociales. En este contexto, la producción de conocimiento, la participación política y la agenda de las mujeres se han vuelto más visibles y debatibles a escala global.
El género en los procesos de paz
En los procesos de paz, el género se aborda no solo como una categoría a nivel de la representación, sino también como una estructura social constitutiva que determina cómo estos procesos se diseñan, funcionan y a qué resultados conducen. Esta perspectiva ha traído a la agenda una visión de paz que posibilita la confrontación con estas estructuras y su transformación en lugar de ser un terreno donde se reproducen el militarismo, las relaciones patriarcales y las desigualdades estructurales. Las formas de conocimiento experiencial filtradas a través de las prácticas de vida de las mujeres y sus percepciones de la justicia han emergido como herramientas importantes con el potencial de cuestionar y reconstruir los fundamentos epistemológicos de los procesos de paz.
Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas
La Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (2000) es uno de los reflejos más claros de este enfoque a nivel del derecho internacional. La resolución apunta a asegurar la participación efectiva de las mujeres en los procesos de paz y a promover la reestructuración basada en la igualdad de género. Sin embargo, la implementación de la resolución ha permanecido a menudo limitada a la representación formal, y debido a las barreras estructurales y culturales se ha restringido la participación transformadora de las mujeres en estos procesos. Las mujeres han participado directamente como negociadoras solo en el 6% de los 353 procesos de paz llevados a cabo entre 1992 y 2019. A pesar de esta baja tasa de representación, varios estudios muestran que la participación significativa de las mujeres aumenta la sostenibilidad de los acuerdos de paz y acelera los procesos de sanación social. De hecho, se ha detectado que la probabilidad de implementar acuerdos aumenta en un 35% en procesos donde las mujeres participan. Sin embargo, a pesar de este potencial, las contribuciones de las mujeres a menudo permanecen a nivel de “representación simbólica”; sus roles son frecuentemente limitados por normas tradicionales como “la protección a mujeres y niños”.
Las mujeres como resistentes activas y organizadoras en los procesos de conflicto
Hay muchos ejemplos históricos donde las mujeres han participado en procesos de conflicto no solo como víctimas sino también como resistentes activas y organizadoras. Las mujeres combatientes dentro del movimiento maoísta en Nepal, el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), en Colombia, son ejemplos notables en este contexto. Estas experiencias demuestran que las mujeres desarrollaron conciencia política durante los procesos de lucha armada, produjeron prácticas alternativas contra las estructuras patriarcales y construyeron formas de relación que priorizaban la igualdad de género. De hecho, el cuestionamiento de las normas de género en los movimientos guerrilleros y el logro de la igualdad de género a un nivel más avanzado que en la sociedad en general, ha posibilitado la germinación de políticas de género transformadoras en el período posterior al conflicto. Sin embargo, después del establecimiento de la paz, estas conquistas a menudo han sido suprimidas por las relaciones de poder masculinas; las mujeres han sido obligadas a volver a los roles de género tradicionales, y se han interrumpido sus procesos de subjetivación política. El concepto de “orden conyugal” se utiliza frecuentemente para explicar la redirección de las mujeres hacia roles “normativos” después de la guerra y para diluir sus subjetividades. El ejemplo colombiano es instructivo a este respecto. Las mujeres militantes de las FARC consiguieron incluir los principios de igualdad de género en los acuerdos de paz; sin embargo, estas conquistas fueron revertidas durante el proceso de referéndum por la influencia de discursos sexistas y conservadores. La reproducción por parte del Estado de las normas de género a través de políticas mediáticas y educativas hizo que las mujeres fueran consideradas como “amenazas morales” y excluidas de la esfera pública. De manera similar, las mujeres combatientes de los Tigres Tamil, en Sri Lanka, fueron definidas únicamente a través de la identidad de “víctima traumática” en el proceso posterior a la paz; su existencia como sujetos políticos fue en gran medida negada.
“¿La paz de quién?” y “¿Qué tipo de paz?”
Estos ejemplos revelan que la paz no es solo el fin del conflicto sino que también requiere responder las preguntas “¿la paz de quién?” y “¿qué tipo de paz?”. Las discusiones se centran cada vez más en la necesidad de que las mujeres no solo estén simbólicamente presentes en la mesa de negociación en los procesos de paz, sino también que transformen la epistemología del proceso y sean actoras fundadoras del proceso con sus propias formas de producción de conocimiento, entendimientos de justicia y experiencias de vida. El conocimiento de las mujeres sobre la paz, a menudo construido a nivel micro, presenta una epistemología holística que contiene enfoques basados en la justicia, el cuidado, la socialidad y la igualdad. El impacto transformador de las mujeres en los procesos de paz puede observarse en ejemplos como Liberia, Filipinas y Ruanda. En Liberia, el movimiento de mujeres presionó a las partes para iniciar negociaciones de paz e hizo visible el poder de acción política colectiva de las mujeres. En Filipinas, la presencia de mujeres negociadoras posibilitó que el acuerdo de paz se estructurara con una perspectiva de género. Sin embargo, incluso en estos ejemplos, la institucionalización y sostenibilidad de las conquistas de las mujeres en el proceso posterior a la paz han tenido serias dificultades. Los obstáculos estructurales en la fase de implementación han limitado gradualmente la influencia de las mujeres en los procesos de negociación.
Definir a las mujeres únicamente a través de la identidad de “víctima”
Por otra parte, los programas de Desarme, Desmovilización y Reintegración (DDR) han ignorado, en gran medida, a las mujeres militantes. Estos programas fueron diseñados sobre todo basándose en combatientes masculinos; se ha limitado la participación de las mujeres en la vida económica, la integración social y las oportunidades de representación política. En los ejemplos de Nepal, Liberia, Sierra Leona, Uganda y Congo, la exclusión de las mujeres combatientes de los procesos de DDR las ha marginado económica y socialmente. Definir a las mujeres únicamente a través de la identidad de “víctima” demuestra que estos procesos están diseñados sin una perspectiva de género. Esta situación se aborda en numerosos informes internacionales, enfatizando que las necesidades de las mujeres son sistemáticamente ignoradas.
La participación de las mujeres debe abordarse de manera multiniveles y profunda
Todas estas experiencias revelan que la participación de las mujeres en los procesos de paz no puede limitarse a la representación cuantitativa; debe abordarse de manera multiniveles y profunda. En este contexto, emergen en las discusiones tres dimensiones fundamentales. La primera es la participación estructural: se refiere a la representación institucional de las mujeres en los mecanismos de toma de decisiones y los procesos de negociación. La segunda es la participación transformadora: las mujeres participan en intervenciones para redefinir el propósito y el contenido de la paz basándose en la igualdad de género y la liberación de las mujeres. La tercera dimensión es la participación epistemológica: a este nivel, las mujeres transforman el fundamento conceptual del proceso enriqueciendo la producción de conocimiento sobre la paz con valores alternativos como la justicia, la solidaridad y la socialidad. Estas formas multidimensionales de participación hacen posible concebir la paz no solo como el fin del conflicto sino también como la construcción de un orden social más justo e inclusivo.
Productoras de conocimiento, sujetos políticos y agentes de transformación social
En conclusión, la participación de las mujeres en los procesos de paz no es solo una herramienta para compensar su exclusión o aumentar la representación. También implica un proceso de profundo cuestionamiento epistemológico y político respecto a cómo se define la paz, a qué conocimiento se hace referencia y qué valores se priorizan. Posicionar a las mujeres como productoras de conocimiento, sujetos políticos y agentes de transformación social, posibilita no solo la sostenibilidad de la paz sino también la construcción de una estructura social más justa, igualitaria y democrática. En esta dirección, las mujeres, no solo como negociadoras o víctimas, sino como actoras fundadoras que determinan la dirección y el significado de la paz, están sentando las bases para la construcción de un nuevo contrato social.
FUENTE: Berfin Güneş / Newaya Jin / Jineoloji.org / Edición: Kurdistán América Latina