Las calles del barrio cristiano de Qamishlo , en Rojava (Kurdistán sirio), este año no se han decorado en Navidad y Fin de Año. Durante los años de la guerra de Siria, de 2011 a 2023, este rincón de la ciudad se convirtió en el lugar más visitado y fotografiado por gente de diferentes religiones. Pero este año, ni la situación política ni las amenazas turcas contra el norte y el este del país permiten tener espíritu de celebración.
Unos 1,5 millones de cristianos vivían en Siria antes del estallido de la guerra civil en 2011, representando cerca del 10% de la población. Este número ha disminuido mucho en una década. En 2022, tan sólo le quedaban 300.000, cerca del 2% de la población, según un informe de una ONG eclesiástica con sede en Estados Unidos.
Tras la caída de Bashar al Asad, los nuevos dirigentes en Damasco envían mensajes tranquilizadores y dicen que respetarán y protegerán a todas las minorías –que incluyen a chiíes, alauíes, drusos, kurdos, entre más etnias-. Pese a estos mensajes de tolerancia, civiles de minorías como la cristiana y yazidíes en Rojava temen por su vida y su futuro bajo un gobierno islamista.
El padre AM, que no quiere revelar su nombre por cuestiones de seguridad, explica que la comunidad cristiana no quiere volver a recibir amenazas yihadistas. “Las cosas poco claras dan miedo. Nos ha respetado y queremos seguir así. No queremos huir más. Si Damasco no respeta nuestros derechos, dañará el tejido sirio. Ellos y su islam político nos dañarán a todos”, dice.
Los partidos políticos cristianos de asirios, armenios y siríacos explicaron, en declaraciones publicadas tras la caída del régimen, que había terminado la época de represión y ahora debería empezar una época de luz para toda la gente de la región y del país. “El pueblo sirio tiene la oportunidad de reconstruir el país según los valores de libertad e igualdad, en el marco de un Estado laico, democrático, pluralista, que acoja a todo su pueblo sin excepción. Todos nos esforzaremos, en cooperación con todas las fuerzas políticas y sociales, por redactar una Constitución moderna y avanzada que refleje la historia antigua de Siria y su estatus cultural en el mundo”, dijo el Partido Demócrata Asirio.
Lara D. es una mujer armenia de unos sesenta y cinco años. Es de Alepo. Vive en la ciudad de Qamishlo desde que empezó la guerra. Toda la familia huyó a Australia por miedo a los grupos islamistas y al autollamado Estado Islámico. Nadie ha vuelto a Siria desde 2012. Vive sola. “Nunca había imaginado que llegaríamos a ver esto en Siria. Alepo era la cuna de todas las religiones y etnias. No preguntábamos a nadie por su religión. Ahora es lo primero que se pregunta”, dice.
El nuevo gobierno de Damasco, conocido como el gobierno de transición o salvación, no incluye a representantes de facciones seculares o grupos religiosos y étnicos diferentes. “No queremos vivir otra vez al Estado Islámico. Nos deben respetar y garantizar los derechos”, dice Shama L., una joven yazidí.
“Siempre he estado en contra del régimen de Asad, quería un Estado civil y laico que reconociera los derechos de todas las comunidades sin discriminación. Soñaba con una Siria en la que hubiera libertad para todos y donde todos vivieran en paz. Espero que respeten las religiones y que no nos veamos obligadas a huir de nuestra casa ni nos opriman con sus leyes”, añade.
FUENTE: Amina Hussein / VilaWeb / Traducción y edición: Kurdistán América Latina