Con la llegada del buen tiempo y el cierre de las escuelas durante el verano, muchas familias en Kurdistán del Norte (Bakur, sudeste turco) emprenden la migración estacional en busca de trabajo. Desde diversas ciudades, viajan para cosechar avellanas, cebollas y papas, o para trabajar en invernaderos y secaderos, donde se ven obligadas a vivir en tiendas de campaña. Mientras enfrentan numerosas dificultades tanto en el campo como en sus refugios improvisados, los salarios diarios que reciben distan mucho de ser suficientes para cubrir sus necesidades básicas debido a las condiciones inflacionarias actuales en Turquía.
Manos, pies y ojos que arden
Para evitar largos viajes y trabajar en sus propias tierras, las jornaleras agrícolas de Riha (Urfa) llegan a Amed (Diyarbakır) a secar tomates, a menudo obligados a soportar temperaturas que alcanzan los 47 grados. En un secadero de tomates instalado cerca del centro de Amed, las trabajadoras pasan ocho horas al día bajo el sol abrasador, viviendo en tiendas de campaña que instalaron en las cercanías durante casi tres meses.
El trabajo comienza temprano por la mañana: los tomates se cortan rápidamente por la mitad, se salan y se dejan secar. Después de unos días, una vez secos, se recogen y se tamizan antes de prepararlos para la venta.
Durante este proceso, las trabajadoras a menudo se cortan las manos con cuchillos. Para protegerse, envuelven los guantes con cinta adhesiva, mientras que muchas no pueden usar zapatos debido al intenso calor que afecta sus pies.
Las familias se reúnen para trabajar y vivir en tiendas de campaña, y todos, desde niños hasta ancianos, se suman a las labores en los campos de secado. Sin embargo, las mujeres soportan la mayor carga: mientras trabajan en el secadero, también cuidan sus tiendas, cocinan, cuidan a sus hijos e hijas y lavan la ropa a mano. A pesar de todos sus esfuerzos, ellas dicen que reciben poco a cambio, ya sea en las tiendas o en el campo. Aun así, soportan las penurias con la esperanza de que los meses de invierno sean más llevaderos.
“Estamos obligadas a trabajar”, dicen las mujeres, resumiendo las duras condiciones y su incansable labor al relatar cómo transcurren sus días.
La crisis económica reduce los ingresos
Rahime Işık, quien vino de Wêranşar (Viranşehir) para trabajar, enfatizó que sus ingresos disminuyeron en comparación con años anteriores. Señaló la profundización de la crisis económica y explicó que cada año que pasa es más difícil que el anterior.
Işık dijo: “Limpiamos este lugar y luego plantamos los tomates. Hagamos lo que hagamos, ganemos lo que ganemos, todo se logra con esfuerzo. Nos levantamos a las cinco de la mañana y empezamos a trabajar, descansamos con el calor del mediodía y volvemos a empezar cuando refresca”.
“Somos nosotras quienes los producimos, pero debido al aumento de precios ya no tenemos los ingresos de antes -agregó-. Trabajamos solo para llenar nuestros estómagos. Todo se ha encarecido: ya nada es fácil para las agricultoras. Este trabajo es extremadamente duro: de la mañana a la noche estás bajo un sol abrasador, y el agua nunca se enfría. Aquí la gente trabaja con sus hijos e hijas. Todo es tan caro que, hagamos lo que hagamos, el resultado es el mismo: todos se benefician, menos nosotros”.
Sin recompensa por un trabajo tan duro
Rahime también describió cómo trabajan todo el día bajo un sol abrasador, pero sin recibir nada a cambio. Explicó que sus hijos e hijas trabajan junto a ella, soportando las mismas duras condiciones.
Işık añadió: “Empezamos a las cinco de la mañana y terminamos a las ocho de la tarde. El calor nos agota. En las tiendas de campaña intentamos buscar sombra, pero sobre todo al mediodía se vuelve insoportable. Todos nuestros hijos e hijas se quedan aquí con nosotras y sufren igual”.
“Trabajamos de día y de noche, los protegemos de los escorpiones. En cuanto cierran las escuelas, venimos aquí a hacer este trabajo o nos vamos a la construcción -describió-. Trabajamos aquí para sobrevivir el invierno. A pesar de todo este esfuerzo, el salario diario que recibimos es tan escaso que no nos alcanza para comer, beber ni para los niños. Para nosotros y nosotras, es muy duro y agobiante. Este campo seco nos quema por completo”.
La trabajadora explicó que “todos aquí han venido con sus hijos e hijas; incluso hay madres de setenta años entre nosotras. La vida se ha vuelto tan difícil que la gente se ve obligada a trabajar con este calor y estas malas condiciones solo para sobrevivir. Todo es simplemente para sobrevivir, por una hogaza de pan”.
Obligadas a trabajar
En la tienda donde se aloja, Medine Ekinci lavaba la ropa en una palangana colocada frente a ella. Una vez que terminaba de lavar, se dirigía al campo a pelar tomates. Medine explicó que las mujeres trabajan en todas partes, a toda hora, pero nunca reciben la recompensa que les corresponde.
Ekinci expresó que “ahora mismo estoy lavando la ropa a mano; el té o la comida deben esperar, luego voy al campo a trabajar. Siempre tenemos las manos agrietadas y cortadas. ¿Qué podemos hacer? Nos obligan a trabajar. Nos quemamos bajo este sol solo para cuidar a nuestros hijos e hijas. Sufrimos todo tipo de problemas y enfermedades. Después de descansar sólo dos o tres horas al día, volvemos a empezar. Venimos aquí porque está cerca; los otros lugares están más lejos y son aún más duros. Soportamos estas penurias para que nuestros hijos e hijas puedan estudiar y no pasen hambre. Cada verano nos vemos obligadas a trabajar para ganarnos la vida. Pase lo que pase, cada verano terminamos en el campo. Hacemos todo tipo de trabajos; todo es solo para comprar un poco de harina y aceite para nuestra casa. Y el dinero que ganamos no tiene ningún valor real”.
FUENTE: ANF / Edición: Kurdistán América Latina