Han pasado tres días desde la ceremonia de desarme de la guerrilla en la región de Raperîn, el 11 de julio pasado, pero la magia de Şikefta Casenê perdura. El sitio se ha transformado rápidamente en un lugar de peregrinación y ahora está en el punto de mira de los medios de comunicación.
Al día siguiente de la ceremonia, las cámaras ya estaban instaladas en la entrada de la cueva para capturar este sitio histórico. Durante mucho tiempo fue refugio de la resistencia, las palabras más adecuadas para describir Şikefta Casenê son “stargeh” y “jîngeh”, un lugar que protege y da vida. En el pasado, los lugareños se refugiaban aquí para protegerse de los ataques. Rodeada a la derecha y al otro lado por imponentes acantilados, y a la izquierda por un profundo valle tras un pronunciado desnivel, la cueva tiene capacidad para cien personas. Salvo por una carretera de reciente construcción, el camino a esta zona es desafiante y peligroso.
Las madres no dejaban solos a sus hijos
La imponente plataforma erigida para la ceremonia del 11 de julio se alzaba justo al borde del acantilado, donde la llanura se unía con el profundo valle. La multitud contenía la respiración, esperando a que las guerrillas aparecieran en el escenario. Pero esta reunión no solo se destacó por reunir a diferentes segmentos de la sociedad; también reunió a líderes políticos kurdos que habían luchado durante mucho tiempo por unirse, junto con medios de comunicación internacionales e incluso representantes del Estado al que se habían opuesto durante medio siglo. Todos habían llegado con diferentes intenciones, pero una emoción compartida. Las madres fuertes pero afligidas de Shengal, junto a las Madres de los Sábados, del bastión de la resistencia de Sur, permanecieron de pie con una sabiduría nacida del dolor y el orgullo. Algunas habían enterrado a sus hijos e hijas con sus propias manos. Otras habían esperado noticias durante años de seres queridos cuyos restos nunca se habían encontrado.
Cada una había entregado una parte de sí misma a esta lucha. Sobre todo, era su derecho estar allí: ver a los y las valientes combatientes descender del corazón de la montaña, cuya cima besaba el cielo, y saludarlos a su manera. Eran las madres de los guerrilleros y las guerrilleras, las que enviaron a sus hijos e hijas a luchar por una vida digna, las que envolvieron sus cuerpos sin vida en telas, las que recibieron sus huesos en cajas, pero nunca se desviaron del camino en el que creían.
¿Qué podría ser más noble que transformar ese dolor en una presencia implacable en los campos de lucha?
Tres generaciones de lucha
No solo madres, sino tres generaciones de mujeres, todas ellas parte de la lucha, estuvieron presentes. Jóvenes y enérgicas luchadoras, junto con mujeres experimentadas que compartieron sus experiencias y sabiduría, permanecieron unidas mientras la ceremonia se preparaba para marcar un nuevo capítulo en la lucha. Se habían reunido desde diferentes geografías y orígenes, atraídas a Şikefta Casenê por un propósito compartido. Cálidos abrazos, miradas intercambiadas entre la multitud y breves conversaciones fueron suficientes para unir sus espíritus. Madres por la Paz, pioneras del movimiento feminista, políticas, periodistas, escritoras y académicas, contuvieron las lágrimas hasta el final de la ceremonia. Estas lágrimas no eran un signo de debilidad, sino de fortaleza, la capacidad de soportar el dolor sin dejar de ser humanas. Las mujeres pronto se unirían en emoción y significado.
Mientras honraban el pasado, estas tres generaciones también se preparaban para asumir la responsabilidad de la nueva lucha que estaba a punto de declararse. Todas las miradas se dirigieron a la escalera de cincuenta y seis escalones tallada en la ladera de la montaña. Los corazones latían con fuerza.
Caminando con dignidad
A las 11:20 de la mañana, el primer anuncio resonó por el valle: “Sin consignas, sin aplausos…”. La multitud se quedó en silencio al instante. Todos y todas, excepto algunos periodistas y representantes estatales condescendientes, se concentraron en el escalón más alto de la escalera. De un extremo de la multitud, un susurro: “¡Ya vienen!”. Se extendió como un reguero de pólvora. Un grupo de treinta guerrilleros y guerrilleras, liderados por Besê Hozat, copresidenta del Consejo Ejecutivo de la Unión de Comunidades de Kurdistán (KCK), comenzó a descender los escalones para dar paso a una nueva era. Los latidos del corazón se aceleraron, la respiración se contuvo. El silencio fue roto por los agudos ululares de las madres: “¡Tilililililili!”. Luego vinieron las consignas y los aplausos.
Ese ulular era la única manera de que las madres conectaran con los combatientes, ya que no se les permitía hablar ni abrazarlos. Era un código, un grito de unidad y amor. El tiempo se detuvo en ese momento sagrado. Fue una convergencia de lealtad, orgullo y honor. A la cabeza, Besê Hozat llevaba el feroz legado de Gülnaz Karataş y la gracia inquebrantable de Sakine Cansız. Detrás de ella, un grupo de combatientes descendía con sus largas trenzas como estandartes de desafío, elevando una vez más a las mujeres kurdas a alturas celestiales.
“Libérense de nuevo. Un pueblo cuyas mujeres no son libres no puede serlo. Una revolución que no puede liberar a las mujeres no es una revolución. Nuestra revolución es una revolución de mujeres”, dijo el líder Abdullah Öcalan. Y allí, ante nuestros ojos, estaba esa misma revolución, caminando hacia un nuevo comienzo.
El papel de las armas en la resistencia kurda
Tras saludar a la multitud, Besê Hozat leyó una declaración que explicaba el propósito del desarme simbólico del denominado “Grupo por la Paz y la Sociedad Democrática”. Tras la lectura de la versión kurda de la declaración, los guerrilleros y guerrilleras, uno a uno, depositaron sus armas y cinturones de munición en un enorme caldero metálico traído al lugar. El momento en que se prendieron las armas quedó grabado en la memoria de la ceremonia. Con estas mismas armas, protegieron a su pueblo y a su patria de los ataques genocidas y preservaron la existencia kurda. Ahora, en un espíritu de paz, entregaron sus armas al fuego.
En 1992, cuando se le exigió rendirse durante la guerra, Gülnaz Karataş estrelló su arma contra las rocas y se arrojó por un precipicio. Existen muchos ejemplos similares en los levantamientos kurdos. En la doctrina de la resistencia kurda, entregar las armas no es una opción.
Huellas en cincuenta y seis escalones
Cuando llegó la hora del regreso de los y las combatientes, la mayoría de los asistentes se apresuró a acercarse, con la esperanza de echar una última mirada o compartir un fugaz contacto visual. Los y las combatientes subieron las escaleras en formación. Esta vez, el ulular de las madres volvió a elevarse para despedirlas. A pesar de las advertencias e intervenciones, los gritos no cesaron hasta que los guerrilleros y guerrilleras desaparecieron entre las montañas.
Y las lágrimas que brotaban de los ojos antes de la ceremonia finalmente se liberaron.
Los cincuenta y seis escalones que conducen a Şikefta Casenê ahora muestran las huellas de botas “mekap” desgastadas, y en el espacio donde se desarrolló la ceremonia se sembraron las semillas de la paz.
Este no es el final del camino. Pero el sendero que tenemos por delante, ahora abierto, nos invita a caminar con alegría, con pasión colectiva, con belleza. El dolor en los corazones de las madres no ha desaparecido; permanece, al igual que los recuerdos. Junto con el honor y el orgullo.
FUENTE: Ülkem Zeremya / ANF / Edición: Kurdistán América Latina

