Rojava bajo la revolución

Por William Duppel Alonso* – Cuando el Movimiento de Liberación Kurdo, a través de su rama local, el Partido de la Unión Democrática (PYD), anunció la Revolución de Rojava en 2012, la gobernación de Hasaka albergaba, con mucho, la población más pobre y heterogénea de Siria, tanto religiosa como lingüísticamente. 

Más allá de su gran diversidad, la región de Jazira estaba (y sigue estando) marcada por profundas divisiones, entre ellas, las relacionadas con la historia de principios del siglo XX y, más recientemente, con la complicidad con el gobierno baazista, así como con el acceso a la tierra y los recursos.

Partiendo de los textos de Abdullah Öcalan, así como de casi un siglo de práctica comunalista, el PYD había adoptado la postura de que la cultura de Medio Oriente representaba una “contradicción radical a la política nacionalista de fragmentación de la modernidad capitalista”. Lo que distinguió a la Revolución Rojava de 2012 de los anteriores “nacionalismos de la estepa” intercomunitarios fue que estuvo liderada por un movimiento decididamente no burgués. 

Su concepción del comunalismo no se basaba en los intereses de las élites interconfesionales, sino más bien en un paradigma reformado de liberación nacional de izquierda, en el que las clases capitalistas y terratenientes podían desempeñar un papel, pero no lo liderarían.

Siria: la meca de los revolucionarios de Medio Oriente

Paradójicamente, a finales de la década de 1970 y durante toda la década de 1980, justo cuando el presidente sirio Hafez al Asad había marginado a los elementos no árabes de Jazira y reprimido sus organizaciones políticas, también acogió a varios grupos revolucionarios en Siria y en el Líbano ocupado por el Estado sirio. Reunidos en campos de entrenamiento de la izquierda palestina, revolucionarios kurdos, turcos, asirios y armenios entraron en contacto con grupos que luchaban por el mismo territorio, forjando una verdadera “hermandad de los pueblos”.

El Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) de Öcalan fue uno de esos grupos. Sus raíces se encontraban en los movimientos estudiantiles de Ankara, donde los kurdos —en su mayoría de origen rural y pobre— se habían desencantado con la izquierda turca. Autodefiniéndose como un partido de liberación nacional de corte marxista-leninista, cuando el PKK inició sus actividades armadas en 1978, sus ataques se dirigieron tanto contra la clase terrateniente kurda y sus colaboradores tribales en el sureste de Turquía como contra el Estado turco.

Creciendo bajo la protección siria, el PKK reavivó sus vínculos con la izquierda turca, como el Partido Comunista de Turquía (TKP/ML), acogiéndolos en sus campos de entrenamiento en el valle libanés de Bekaa hasta su expulsión en 1998. 

A lo largo de la década de 2000, el PKK y los partidos de izquierda turcos, como el brazo armado del TKP/ML, TIKKO, y el Partido Comunista Marxista-Leninista (MLKP), lucharon juntos en las montañas del Kurdistán iraquí (Bashur). En los primeros años de la Revolución Rojava, estos partidos regresaron a Siria para combatir junto a las Unidades de Protección del Pueblo y de las Mujeres (YPG/YPJ).

De manera similar, a finales de la década de 1980 y principios de la de 1990, las comunidades asirias que aún vivían en la región de Tur Abdin, en el sureste de Turquía, fueron atacadas cada vez con mayor frecuencia por grupos islamistas respaldados por el gobierno. Para defenderse, muchos asirios comenzaron a unirse al PKK a partir de 1995, organizándose finalmente bajo la Organización Patriótica Revolucionaria de Beth Nahrin. 

“A diferencia de los partidos asirios anteriores, como la Organización Democrática Asiria (ADO), un partido creado en 1957 en Siria”, declara Rubel Bahho, miembro del Consejo General del Partido de la Unión Siríaca (PUS), a The Amargi, “los beth nahrin buscaron obtener sus derechos por la fuerza de las armas, no a través de la diplomacia”.

La amplia coalición de 2012

Hasta su expulsión a finales de la década de 1990, los movimientos kurdos y asirios con raíces en Turquía habían sido acogidos por el gobierno de Siria como parte de su estrategia de la Guerra Fría, pero tenían explícitamente prohibido abogar en nombre de las poblaciones kurdas y asirias en el territorio sirio.

Durante la década de 2000, a medida que Damasco y Ankara reanudaban sus relaciones, estos partidos comenzaron a organizar sus respectivas comunidades en Siria. En el año 2000, reflejando los cambios dentro del PKK y en respuesta al colapso de la Unión Soviética (URSS) y al revisionismo chino, el Beth Nahrin se reorganizó y cambió el nombre de su partido a Consejo Nacional Beth Nahrin, alejándose de un paradigma de liberación nacional explícitamente basado en la clase social.

Así, el “cambio de paradigma” de los movimientos kurdo y asirio abrió la puerta al comunalismo basado en una “hermandad de los pueblos”, al tiempo que cerró decididamente la puerta a la lucha de clases. Sobre esta base, el PUS de Bahho, la rama siria del Consejo Nacional, se lanzó clandestinamente en 2005, poco después del PYD del movimiento kurdo, fundado en 2003.

Dado que el PYD y el PUS tenían experiencia en la lucha armada, estaban organizados a nivel popular y eran menos hostiles al gobierno baazista de Damasco que otros partidos de la oposición, ambos estaban en buena posición para tomar la iniciativa durante el levantamiento nacional de 2011. 

Sin embargo, como recién llegados a la escena política de Jazira, tanto el PYD como el PUS se encontraron compitiendo con partidos tradicionales bien establecidos dentro de sus comunidades, que habían sido fundados durante la “época dorada” del capitalismo agrario indígena de Jazira.

Así, cuando Jazira obtuvo su autonomía en 2012, junto con los cantones de Afrin y Kobane, lo hizo dentro de una amplia coalición que abarcaba comunidades e intereses de clase. Lo que mantenía unido a este grupo heterogéneo era el rechazo, en distintos grados, hacia los grupos de oposición respaldados por Turquía, que seguían negando la igualdad de derechos a las minorías no árabes, y hacia el gobierno de Damasco, que había empobrecido la región.

Rojava: ¿una nueva meca revolucionaria?

El valle de Khabour es hoy un símbolo de la “gran coalición” de Rojava. Su principal ciudad, Tel Tamir, se encuentra a la vista de las milicias respaldadas por Turquía, que avanzaron hacia la región en 2019. Anteriormente, en 2015, había combatido contra el ISIS y el Frente al Nusra de Ahmed al Sharaa. Antaño refugio de asirios que huían de la violencia en Irak, el valle se ha convertido en una nueva Bekaa, hogar de los diversos grupos que defienden la Revolución de Rojava.

La fuerza de defensa local de la región, la Guardia de Khabour, fue entrenada por el brazo militar de la PUS, el Consejo Militar Siríaco, en 2013, antes de jurar lealtad al Partido Democrático Asirio, rival de la ADO, una escisión de esta última, en 2015. Sin embargo, dos años después, el Partido Democrático Asirio se uniría a la Administración Autónoma (AADNES) e integraría a la Guardia de Khabour en las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS).

“Nosotros y los armenios, el MLKP, los anarquistas, los asirios, las YPG… No hay diferencia entre nosotros -explica Nabil Warde, portavoz de la Guardia de Khabour, a The Amargi en Tel Tamir-. Fuimos a Raqqa, a Deir ez-Zor. No preguntamos quién pertenece a este o aquel grupo, ni si es asirio o kurdo”.

Desde 2019, la Guardia de Khabour ha colaborado estrechamente con revolucionarios internacionalistas, como TİKKO y Tekoşîna Anarşîst, un colectivo anarquista militante. En 2019, TİKKO ayudó a fundar el Batallón Mártir Nubar Ozanyan, una unidad compuesta íntegramente por armenios que lleva el nombre de un comandante armenio caído del TKP/ML.

“Aquí éramos todos iguales, luchando por la misma tierra y por la misma causa -declara a The Amargi Losin Hovsepyan, comandante del batallón armenio-. Fue hermoso”. Su familia ha estado vinculada al PKK desde la década de 1980, nos cuenta con orgullo la madre de Losin, sentada a su lado. 

“No hacemos distinción entre compañeros comunistas, compañeros del PKK ni nadie más -continúa-. Juntos somos más fuertes, nos complementamos. Cuando hacemos distinciones, el enemigo gana”.

Revolución más allá de las líneas del frente

Sin embargo, la camaradería en el frente y la necesidad militar ocultaban los intereses contrapuestos por los que luchaban estos grupos. Para formar una amplia coalición contra los ataques del Estado turco, las milicias yihadistas y la injerencia del gobierno sirio, el PYD, la facción dirigente, ha priorizado la resistencia popular sobre un enfoque claramente clasista. 

“La perspectiva organizativa de las FDS se basa principalmente en la liberación nacional, más que en la lucha de clases”, explicó a The Amargi Nubar Ozanyan, portavoz del TKP/ML, quien utilizó el mismo nombre que el mártir del grupo.

Si bien la región de Jazira no alberga un gran proletariado urbano, como comenté en mi artículo anterior, las relaciones capitalistas agrarias estaban muy extendidas —y de hecho eran las más desarrolladas del país— hasta mediados del siglo XX. En la segunda mitad del siglo, el partido Baaz sirio creó una singular dinámica de división de clases y discriminación étnica. Desde 2012, debido a los incesantes ataques del Estado turco, la liberación de los pueblos pasó a primer plano, afirma Ozanyan, y la lucha obrera “quedó en segundo plano”.

Por un lado, la falta de conciencia de clase era consecuencia de una necesidad política inmediata. Los demás partidos de Jazira, como el asirio ADO y los “partidos kurdos de 1957”, solían estar formados por líderes carismáticos de la clase terrateniente, que esgrimían vagas promesas que combinaban nacionalismo minoritario, socialdemocracia y liberalización económica. En aras de la transición democrática, el PYD y el PUS se habían aliado con estos partidos tradicionales bajo la AADNES.

Por otro lado, tanto el PYD como el PUS también estaban bien posicionados para acoger a los partidos burgueses. En consonancia con el “cambio de paradigma” de Öcalan, el actual comandante de las FDS, Mazloum Abdi, ha sostenido que “no existían clases sociales” en las zonas kurdas de Siria en 2011, incluso cuando presentó a “los pobres y los oprimidos” como la base de masas del movimiento kurdo. 

De igual modo, Bahho sostiene que “en Siria no existe división de clases dentro de la sociedad [asiria], salvo quizás por una reducida clase profesional en Qamishlo”. Si esto alguna vez fue cierto, sin duda no lo es hoy.

Como escribe la socióloga Azize Aslan, el experimento de Rojava se basó en las experiencias del PKK a principios de la década de 2000 al establecer una economía autónoma en el Kurdistán turco. Allí, el PKK pretendía construir una sociedad sin “poder abusivo ni transformador”, dejando el desarrollo económico en manos de una economía “moral-política” basada en la “sociedad”. 

El papel del movimiento kurdo consistía ahora en negociar con el capital local en nombre de la sociedad, en lugar de derrocarlo. Esto podría haber funcionado, si acaso, dentro de un paradigma de liberación nacional cohesionado en el que el PKK mantuviera su liderazgo prácticamente indiscutible. Sin embargo, en la heterogénea estepa siria, este enfoque fracasó.

Sobre el papel, las políticas del partido Baaz bajo el mandato de Bashar al Asad —una opresión arabista continua mezclada con políticas neoliberales que empobrecieron a la región de Jazira— habían creado un terreno fértil para que los partidos que representaban los intereses de los más afectados, los pobres rurales no árabes, tomaran el control.

Los movimientos que lideraron la ofensiva en 2011, los movimientos kurdo y asirio, aliados con partidos de izquierda de Turquía y otros países, habían defendido en algún momento políticas socialistas en consonancia con la liberación nacional. Sin embargo, ambas representaciones políticas locales, el PYD y el PUS, surgieron tras el cambio de rumbo de sus movimientos, que se alejaron de la lucha de clases y se orientaron hacia la coexistencia comunalista.

Dado que estos partidos tomaron la iniciativa en Jazira, la construcción de una “hermandad de pueblos”, representada por una gran coalición con los partidos políticos existentes, se impuso a una profunda revolución en las condiciones materiales, debido a la inmediata necesidad militar de la primera. El temor a la alternativa —Turquía y el gobierno de Ahmed al Sharaa— sigue siendo el elemento cohesionador de esta coalición. 

Aunque “las luchas de los obreros y campesinos pasaron a un segundo plano -explica Ozanyan-, esto no significa que las luchas centradas en los trabajadores hayan desaparecido”. Como ha demostrado la revuelta de las tribus árabes en el noreste de Siria en los últimos meses, una revolución basada únicamente en la coexistencia, sin aliviar de manera significativa las dificultades, está condenada al fracaso a largo plazo.

*Publicado en The Amargi / Traducción y edición: Kurdistán América Latina

miércoles, abril 22nd, 2026