Por Somayeh Rostampour* – En el siguiente análisis, se muestra cómo la represión que el gobierno iraní ha llevado a cabo para sofocar las protestas, el intento monárquico de cooptar a los movimientos de oposición y empujarlos hacia la derecha, y el ataque militar que Estados Unidos e Israel están llevando a cabo actualmente contra Irán son distintos frentes de una misma contrarrevolución, que se refuerzan mutuamente y se combinan para sofocar la posibilidad de una verdadera liberación.
Entre la represión y la guerra
“En 2024, Donald Trump participa en mítines con lemas como ‘sed ingobernables’ y ‘deportación masiva ya’. Si los fascistas son nuestros enemigos acérrimos, no es solo porque su proyecto sea lo contrario al nuestro. Son nuestros enemigos acérrimos porque defienden su proyecto bajo un disfraz revolucionario, alimentándose de los impulsos y las aspiraciones de la revuelta popular, al tiempo que constituyen el último recurso de los centros. Putin, Meloni, Le Pen, como tantos otros, se aprovechan de la frustración y la humillación de la clase trabajadora, socavada por los últimos cambios del capital, para consolidar su postura antisistema, con el fin de defender mejor el sistema. Afirman querer cambiarlo todo para que nada cambie. Hoy en día, los reaccionarios se están volviendo más radicales, mientras que los progresistas se debaten en la moderación”.
(Revoluciones de nuestro tiempo: un manifiesto internacionalista, “El pueblo quiere”)
A finales de 2025, en un contexto de crisis económica y de creciente rechazo al régimen teocrático, estalló en Irán un nuevo levantamiento popular, arraigado en los ciclos de revuelta que lo habían precedido. Desde 2017, una combinación de crisis económicas, sociales, ecológicas y políticas ha radicalizado a la sociedad iraní más allá de cualquier horizonte reformista.
Durante la última década, Irán ha vivido al menos cinco levantamientos a nivel nacional y miles de protestas masivas. El aumento del desempleo, la inflación, la pobreza y la desigualdad han convertido al país en un terreno fértil para movilizaciones populares que van desde huelgas generales hasta revueltas sociales. Estas crisis recurrentes han alimentado un profundo descontento, especialmente entre la clase trabajadora, los estudiantes, los jubilados y los jóvenes desempleados, quienes han salido repetidamente a las calles para denunciar estas injusticias. La falta de libertad y de perspectivas —especialmente para una generación que se enfrenta a tasas de desempleo cercanas al 50%— ha sido uno de los principales catalizadores de los levantamientos. Cuando el 80% de los trabajadores sobrevive con contratos temporales de menos de seis meses, cuando los jubilados y los empleados del sector público suelen ganar el equivalente a solo 100 dólares al mes, mientras que los alquileres en Teherán alcanzan niveles comparables a los de las ciudades europeas, no es de extrañar que Irán se haya convertido en uno de los países más turbulentos y conflictivos de Asia Occidental.
Reconocer estos factores estructurales no significa reducir estos levantamientos a meras revueltas económicas. Ese análisis, defendido por ciertas corrientes “campistas” (es decir, selectivamente “antiimperialistas”), es a la vez engañoso y políticamente conservador: presenta la revuelta popular únicamente como una reacción ante las penurias, al tiempo que oculta las formas en que los manifestantes eligen deliberadamente oponerse al autoritarismo, al patriarcado y al régimen. Al externalizar la causa de la crisis y centrarse en las sanciones o la agresión imperial por encima de las propias formas de dominación y represión del régimen, esto normaliza y justifica a la República Islámica.
Estas movilizaciones son profundamente políticas tanto en la forma como en el fondo. No solo cuestionan la desigualdad y el empobrecimiento, sino toda la estructura del poder: el poder estatal autoritario, la coacción de género, la negación de las libertades y el cierre de los horizontes democráticos. Además de la exigencia de mejores condiciones, expresan un rechazo al orden que genera esas condiciones, de ahí su tendencia recurrente a adoptar la forma de una exigencia abierta de derrocamiento del régimen.
En cada ciclo de protestas, la represión ha transformado la ira social en oposición directa al propio régimen. El levantamiento de enero de 2025-2026, que fue más amplio que los anteriores, comenzó en el bazar de Teherán y se extendió rápidamente entre los estudiantes, los pobres urbanos, los trabajadores, los pequeños comerciantes y las periferias marginadas, llegando finalmente a más de 210 ciudades de 31 provincias. El régimen respondió a la ira popular con una violencia sin precedentes en el Irán moderno, cortando las redes telefónicas e Internet y reafirmando su control mediante un aparato represivo reforzado por tecnologías de vigilancia autoritarias y modelos de control digital asociados a sus aliados, China y Rusia. El régimen mató a miles de personas en el transcurso de unas pocas noches.
Seis semanas después, el 28 de febrero de 2026, una coalición estadounidense-israelí lanzó un ataque aéreo contra el país. Ali Jamenei, el líder supremo, murió en el bombardeo de su complejo a manos de actores que son en sí mismos genocidas. Sin embargo, mucho después de la confirmación de su muerte, Teherán lanzó una lluvia de misiles contra Israel, lo que sugiere que su cadena de mando seguía operativa incluso en ausencia de su máxima autoridad. Irán también amplió sus ataques a otros países, en particular a los Estados del Golfo que albergan bases militares estadounidenses, entre ellos Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Kuwait.
Esta secuencia de acontecimientos plantea una pregunta urgente: tras un momento revolucionario en 2022, ¿cómo es posible que el horizonte de la emancipación se haya cerrado en favor de un retorno al orden autoritario en 2026? Debemos explorar cómo esto está ocurriendo no solo como consecuencia de la represión estatal, sino también a través de una contrarrevolución más difusa impulsada por las narrativas mediáticas y nuevas alianzas políticas, encubierta bajo la retórica de la “liberación”.
Para comprender el Irán contemporáneo no basta con analizar la revolución; también es necesario analizar la contrarrevolución. No basta con examinar los levantamientos; hay que comprender también las fuerzas que tratan de neutralizarlos, desviarlos, vaciarlos de contenido o conducirlos hacia un desenlace autoritario.
La represión de la República Islámica del levantamiento de enero de 2026 y el ataque militar estadounidense-israelí que comenzó el 28 de febrero de 2026 no son ni dos acontecimientos separados ni dos formas opuestas de violencia, una “mala” y la otra “liberadora”. Por el contrario, deben entenderse como parte de un único proceso contrarrevolucionario, que comenzó mucho antes de que se intensificara hasta convertirse en acción militar.
Antes de la masacre interna y antes de la guerra externa, ya se había iniciado una fase anterior: una contrarrevolución política, mediática y simbólica, impulsada en particular por la derecha nacionalista y monárquica iraní (especialmente dentro de la diáspora), que buscaba neutralizar, distorsionar y apropiarse del significado de la consigna “Jin, Jiyan, Azadî” [“ Mujer, Vida, Libertad”] para reinscribirlo en una agenda chovinista, autoritaria, antizquierdista y, en última instancia, militarista. Aunque la revolución que comenzó en 2022 había erosionado profundamente la legitimidad de la República Islámica, el régimen fue capaz de restablecerse tras el 7 de octubre de 2023 y, de forma más decisiva, tras el primer ataque estadounidense-israelí en junio de 2025.
Esa legitimidad renovada se vio gravemente sacudida por la masacre de enero de 2026. Sin embargo, apenas unas semanas después, un nuevo ataque por parte del Israel colonialista y de los Estados Unidos imperialistas agravó la dinámica contrarrevolucionaria, dirigiéndose contra Irán con la misma maquinaria de violencia que ya se había desatado sobre Gaza, el Líbano y otras partes de Asia Occidental. Librada bajo falsos pretextos, esta guerra ya ha destruido escuelas y hospitales, y ha matado a cientos de civiles en Irán. A pesar de la devastación, también ha devuelto cierta legitimidad al régimen, especialmente a nivel internacional y entre sectores de la izquierda mundial. En ocasiones, esa izquierda ha dado más importancia a la masacre de iraníes a manos de las armas imperialistas que a la masacre de iraníes a manos de las balas del régimen.
Como insistió repetidamente el líder supremo Ruhollah Jomeini durante la guerra entre Irán e Irak (1980-1988): “La guerra es una bendición para la República Islámica de Irán”. Sirve para imponer la cohesión, silenciar la disidencia interna y renovar la legitimidad del régimen.
Por lo tanto, la guerra de 2026 contra Irán no debe entenderse como una ruptura con la contrarrevolución, sino más bien como su culminación militar. En lugar de precipitar el colapso del régimen, es probable que la guerra no haga más que reforzar el nacionalismo de Estado y cerrar la posibilidad de una transformación popular autónoma. Incluso si el régimen se derrumba, lo que venga después será más reaccionario como consecuencia de esta guerra.
La guerra ya ha fortalecido el etnonacionalismo y la cohesión política interna. Esto se ve en la confirmación de Mojtaba Jamenei como nuevo Líder Supremo. La represión interna y la guerra externa se refuerzan mutuamente. En tales condiciones, la sociedad civil queda vaciada de contenido, la oposición es estigmatizada y cualquier salida a la crisis se vuelve más difícil.
Entendidas de esta manera, la masacre de enero y la guerra de febrero no aparecen como dos rupturas, sino como dos fases asimétricas de la misma contrarrevolución armada —interna, a través del Estado iraní, y externa, a través de las potencias imperialistas— tras el intento monárquico de empujar las movilizaciones populares hacia la derecha. En los tres casos, lo que se ataca no es solo un régimen o una población, sino la posibilidad misma de una transformación emancipadora desde abajo.
De la Revolución “Jin, Jiyan, Azadi” a la contrarrevolución de 2026
Para comprender la secuencia que se extiende desde 2022 hasta 2026 —sin remontarnos a acontecimientos históricos decisivos como el golpe de Estado de 1953, la Revolución Blanca de 1963 o la Revolución Islámica de 1979—, debemos reconocer que la contrarrevolución no comenzó con la masacre de enero, ni con la guerra que estalló en febrero, sino antes, en los ámbitos político, mediático y simbólico. El levantamiento “Jin, Jiyan, Azadî” no solo desafió el uso obligatorio del velo ni denunció un asesinato de Estado; abrió un horizonte revolucionario feminista, popular y descolonial, haciendo concebible una transformación desde abajo, impulsada por las mujeres, por los pueblos periféricos marginados (especialmente kurdos y baluches), por la juventud, los trabajadores y las regiones desatendidas. También desestabilizó tanto los discursos monárquicos como los reformistas al poner de manifiesto cómo se entrelazan la dominación de género, las relaciones de clase y el “colonialismo interno” del Estado.
Fue precisamente este horizonte el que se convirtió en el objetivo de la ofensiva contrarrevolucionaria inicial, liderada no solo por el régimen, sino también por sectores de la oposición, especialmente los círculos nacionalistas y monárquicos de la diáspora. Estas fuerzas buscaban vaciar de contenido el lema “Jin, Jiyan, Azadî”, sustituyéndolo por fórmulas como “Hombre, Patria, Prosperidad” y recontextualizándolo dentro de una gramática masculinista, centralizadora, antizquierdista y belicista. Esta inversión llegó hasta el punto de hacer que “Jin, Jiyan, Azadî” pareciera compatible con la violencia colonial —por ejemplo, cuando se exhibió junto a banderas israelíes y se inscribió en las ruinas de Gaza para justificar el genocidio.
En 2023, los líderes de la derecha iraní se reunieron en la Universidad de Georgetown en nombre de la unidad para debatir sobre un Irán post-Jina Amini. Aunque este intento de establecer una alianza fracasó en última instancia, profundizó las fracturas existentes y contribuyó a la retirada de las fuerzas progresistas, en contraste directo con las solidaridades que se habían forjado en 2022. Los participantes intentaron sistemáticamente desacreditar a las fuerzas de vanguardia del levantamiento: insultaron a las feministas críticas, vilipendiaron a los estudiantes con la etiqueta de “muyahidines” (en referencia a la Organización de los Muyahidines del Pueblo), acusaron a kurdos y baluches de “separatismo” y redujeron cualquier demanda de autonomía o pluralismo a una amenaza contra la “integridad territorial”.
Su orientación hacia el Newroz (la celebración del año nuevo kurdo) cristalizó esta lógica. Tanto algunos sectores de las élites centrales como los nacionalistas de derecha calificaron esta expresión de la cultura popular como una amenaza separatista. Una carta abierta al Estado firmada por 800 intelectuales del “centro” (en términos políticos, geográficos, lingüísticos y étnicos), la mayoría de ellos republicanos iraníes, ofreció una expresión paradigmática de esta tendencia. Se produjeron tres consecuencias: una mayor exclusión de los grupos etnonacionales, una creciente desconfianza hacia el “centro” (incluida su izquierda patriótica) y una menor participación de estos sectores demográficos en el levantamiento de 2026. Al mismo tiempo, la izquierda —ya debilitada como fuerza que sostenía el horizonte que se había abierto en 2022— se estaba fragmentando aún más.
Las consecuencias del cambio de significado de “Jin, Jiyan, Azadî” se hicieron evidentes en ciertos círculos de izquierda, donde se patologizó la agencia de las naciones oprimidas, en particular la de los kurdos. Al igual que la lógica misógina que culpa a las sobrevivientes de agresiones sexuales por su “vestimenta provocativa”, algunos análisis de izquierda enmarcaron implícitamente la movilización kurda o baluche como una provocación que invitaba a la violencia estatal o a la intervención extranjera. Esto es tanto ética como teóricamente erróneo, ya que abstrae la lucha de su contexto material, desplaza la responsabilidad del sufrimiento de las estructuras de dominación a quienes se resisten a ellas y, sin darse cuenta, se alinea con las mismas fuerzas a las que dice oponerse. En este clima, incluso el recuerdo del levantamiento “Jin, Jiyan, Azadî” se convirtió en un campo de batalla. Su promesa radical fue sustituida gradualmente por un orden hegemónico organizado en torno a una normalidad militarizada.
Mientras tanto, la ofensiva israelí y la propaganda difundida por medios de comunicación de derecha y de extrema derecha, como Manoto e Iran International, contribuyeron a neutralizar la promesa radical de “Jin, Jiyan, Azadî”, silenciando su desafío a las jerarquías étnicas y su redefinición de la soberanía como bien común, con el fin de promover un orden racializado, centralizador y militarizado.
Los reajustes geopolíticos aceleraron este cambio. La Guerra de los Doce Días que Israel libró contra Irán en junio de 2025 reforzó tanto el nacionalismo como el poder racializador del Estado, al facilitar que se tachara a los participantes en el levantamiento (especialmente a los kurdos y los baluches) de “separatistas”. Poco a poco, las aspiraciones pluralistas de 2022 dieron paso a una lógica de seguridad, exclusión y disciplina. Algunos antiguos “patriotas” contribuyeron a legitimar el poder del Estado como “baluarte” contra el enemigo externo; el nacionalismo se endureció, afianzando las jerarquías étnicas y de género y reduciendo el coste político del discurso xenófobo y centrado en los persas. La campaña estatal contra los migrantes afganos (incluida la expulsión forzosa de más de dos millones de personas) contó con el apoyo tanto de los representantes del régimen como de monárquicos y nacionalistas, lo que normalizó aún más el racismo en la esfera social. En este clima, las ejecuciones sumarias de kurdos y afganos acusados de espiar para Israel encontraron poca oposición.
La generación de afganofobia y kurdofobia no fue casual. Formaba parte integral del orden posterior al levantamiento.
Esto quedó especialmente patente en el caso de la alianza de cinco partidos kurdos anunciada el 22 de febrero de 2026 (posteriormente se sumó un partido más a la coalición), que vinculaba la caída del régimen con el derecho de Kurdistán (Rojhelat, región kurda del país) a la autodeterminación dentro de un Irán democrático, al tiempo que ponía de relieve los valores de la democracia, los derechos de las mujeres, la ecología y la igualdad. La alianza fue inmediatamente tildada de “separatista” tanto por el “príncipe heredero” monárquico Reza Pahlavi como por los medios de comunicación de la República Islámica. El primero invocó un “deber nacional” de defender la “integridad territorial”, mientras que los segundos describieron la alianza como “un componente de un proyecto estadounidense-israelí”. Una parte de los republicanos de la oposición iraní (principalmente liberales de antiguas corrientes reformistas) defiende igualmente la idea de un Estado laico y democrático basado en un nacionalismo centralizador.
Así, un hilo conductor une a bandos que, por lo demás, son opuestos: la oposición a la autonomía de los pueblos oprimidos. Esta línea divisoria revela quién se adhiere a los principios del levantamiento de 2022 y quién no.
En el marco de esta polarización, la oposición se ha ido estructurando cada vez más en torno a dos bloques: por un lado, el horizonte revolucionario que se abrió en 2022 en torno a “Jin, Jiyan, Azadî”, que busca transformar las relaciones de poder y las identidades nacionales y de género desde abajo; por otro lado, un bloque contrarrevolucionario de derecha —de hecho, en ocasiones, de extrema derecha— liderado por el pahlavismo (monárquicos), pero que se extiende más allá de este, combinando el estatismo centralizador con el militarismo y orientado a restaurar el antiguo orden. Estos son los que, en la diáspora, bailaron y celebraron la guerra en las calles de Occidente mientras las bombas imperialistas llovían sobre el pueblo de Irán y sus hogares.
Reza Pahlavi solo contaba anteriormente con una base limitada y carecía de un aparato organizativo sólido, pero aprovechó la oportunidad que se abrió tras 2022. Al adoptar una línea nacionalista y antizquierdista, reunió a sectores de la oposición hostiles al papel protagonista de las mujeres, los kurdos, los baluches y los trabajadores, al tiempo que captaba el deseo de un “derrocamiento rápido” respaldado por Occidente. Sus intentos anteriores de alinearse con un eje formado por la Guardia Revolucionaria y los reformistas habían fracasado, pero, especialmente tras el 7 de octubre de 2023, se benefició del apoyo de un actor que, aunque pequeño, no por ello es menos poderoso. A saber, Israel.
Las consignas nacionalistas, sexistas, homófobas, racistas y antizquierdistas que surgieron en 2026, tanto en las calles como en las universidades, forman parte de una reacción contrarrevolucionaria. Se trata de una contraofensiva antizquierdista alimentada por el miedo al poder de los grupos marginados —la vanguardia de 2022— y de quienes los apoyaban, pero también por el agotamiento político y una sensación de impotencia ante la resistencia del régimen. Los supuestos fracasos de estrategias anteriores contribuyeron a legitimar el traspaso de la iniciativa a las fuerzas reaccionarias, incluso mediante la guerra si fuera necesario.
De hecho, estas formaciones, ya sean estatales u opositoras, no solo son reaccionarias, sino también parasitarias. Se alimentan de la energía creativa de los levantamientos solo para neutralizarla y redirigirla hacia fines nacionalistas o imperialistas. Esto se hace patente no solo en la descripción engañosa que hace Israel de la guerra como “liberación”, sino también en la forma en que la derecha de la diáspora iraní busca el reconocimiento occidental mediante la supresión de las dimensiones feministas, kurdas y queer del levantamiento. Estos actores pretenden apropiarse de la fuerza insurgente que desató “Jin, Jiyan, Azadî”, al tiempo que trabajan para impedir su retorno en forma emancipadora. Los paralelismos con otros levantamientos feministas, como Ni Una Menos en América Latina, son sorprendentes. En ambos casos, las visiones radicales de justicia de género y el rechazo colectivo se encontraron con una reacción carcelaria, militar e ideológica. Lo que surge en todos estos contextos es lo que Verónica Gago describe como una arquitectura global de la reacción: se criminaliza a las manifestantes, las tecnologías represivas circulan a nivel transnacional y la guerra se convierte en un medio para disciplinar el deseo político.
La represión interna del régimen y la guerra exterior no hicieron más que culminar por la fuerza de las armas un proceso contrarrevolucionario que ya estaba muy avanzado. Desde esta perspectiva, la reciente guerra se presenta como la fase final de ese proceso: no como un medio para “liberar Irán”, sino como un intento de aniquilar los últimos vestigios del impulso desatado en 2022 e imponer un cambio de régimen orquestado desde el exterior. En otras palabras, los bombardeos no tienen como objetivo la emancipación, sino movilizar a las fuerzas contrarrevolucionarias para un nuevo orden regional y global, a costa de una destrucción masiva, la muerte de civiles y la exclusión a largo plazo de la posibilidad de una transformación popular para las generaciones venideras.
La demonización de la izquierda: una puerta de entrada a la extrema derecha
La represión llevada a cabo por el régimen no fue más que la primera fase de la contrarrevolución. También hay que comprender cómo se construyó “la izquierda” como una categoría global del enemigo. En esta operación, todo lo que defiende la igualdad, la autonomía, la pluralidad lingüística y política, los derechos de las mujeres, la autodeterminación, la emancipación de los pueblos oprimidos o la justicia social se reduce a “la izquierda” y se presenta como una amenaza existencial.
El régimen hace esto. Los monárquicos también lo hacen. Y lo mismo ocurre con ciertos reformistas o republicanos iraníes, aunque de formas más sutiles.
Esta demonización de la izquierda ha allanado el camino para el auge de la extrema derecha. Además, no es algo nuevo. Bajo el régimen de los Pahlavi (1919-1980), las fuerzas de izquierda ya se asociaban con el caos, la subversión, la dependencia extranjera o la hostilidad hacia el desarrollo (1). Tras 1979, la República Islámica amplió y radicalizó esta lógica, llevando a cabo la eliminación de grupos de izquierda independientes; ejecuciones (de las que aún dan testimonio las fosas comunes de Khavaran); purgas; represión en Kurdistán en nombre de la “yihad” contra los kurdos; y la criminalización de activistas bajo etiquetas como “comunista”, “ateo”, “occidentalizado” o “contrarrevolucionario”, todo ello mientras, paradójicamente, se apropiaba de cierto discurso sobre la justicia social, el antiimperialismo y la causa palestina.
El “antiimperialismo” de Estado no continúa una tradición de emancipación ni de lucha anticolonial. Se apropia del simulacro de esa lucha como forma de justificar la violencia interna, criminalizar a la oposición, presentar un orden autoritario como una postura de resistencia y legitimar el apartheid de género en nombre de la “autenticidad cultural” —una fachada destinada a distinguirlo de Occidente—. Esta apropiación extractiva y deshonesta, que a primera vista puede evocar modelos como el estalinismo o el nasserismo, adoptó una forma específica en Irán. Los conceptos emancipadores se reformularon en un lenguaje religioso y místico, mientras que el antiimperialismo estatal se reconfiguró como una oposición “civilizatoria” a Occidente. La izquierda se convirtió así en enemiga tanto por su laicismo como por su capacidad para desafiar el monopolio del régimen sobre el lenguaje de la justicia social y la cuestión de Palestina.
Irán se presentó como el núcleo del “Eje de la Resistencia” en la escena internacional en beneficio propio, al tiempo que mantenía un orden tiránico en el país. Esto abrió el camino para la consolidación de un orden islamista patriarcal. De este modo, un discurso de liberación se invirtió en un discurso de dominación, suprimiendo la autonomía de las mujeres y criminalizando a la oposición democrática.
El reformismo —la única corriente de los partidos políticos autorizados que ha compartido sistemáticamente el poder con los islamistas en Irán, incluidos diecisiete años en la presidencia— también desempeñó un papel decisivo en esta demonización al difundir una crítica más difusa contra la izquierda a través de revistas, editoriales y diversas producciones culturales. En nombre de la estabilidad, la moderación y el desarrollo, asociaron a la izquierda con la irracionalidad, el dogmatismo, la violencia o la dependencia extranjera, al tiempo que minimizaban el golpe de Estado respaldado por Estados Unidos de 1953 y la represión de las fuerzas progresistas tras 1979.
Al mismo tiempo, el discurso reformista solía servir para deslegitimar a los pobres y a la clase trabajadora, presentándolos como la base social del conservadurismo religioso, o incluso como una masa políticamente ignorante susceptible de ser capturada por el autoritarismo. Las revueltas socioeconómicas se enmarcaban como la expresión de la supuesta “naturaleza” de los pobres, un planteamiento que volvimos a ver durante los levantamientos de 2017-2018 y en movilizaciones más recientes (2). En períodos de crisis, algunos reformistas llegaron incluso a adoptar una retórica centrada en la “seguridad”, calificando a los manifestantes de “terroristas” y tratando de neutralizar las reivindicaciones radicales mediante la propagación del miedo.
Presentado tras la guerra entre Irán e Irak (1980-1988) como una vía de cambio gradual “desde dentro” —a través de la participación electoral, la acción parlamentaria y la fórmula de “presión desde abajo, negociación desde arriba”—, el reformismo ha limitado sistemáticamente el campo político a las dos alternativas de reforma o colapso. Este marco deslegitimó cualquier ruptura emancipadora al asociarla con la “sirianización”, el extremismo y la traición al interés nacional. Tras casi dos décadas de experiencia, los reformistas pasaron a parecer menos una alternativa al régimen que uno de los mecanismos de su reproducción. El eslogan de 2017-2018 —”Reformistas, conservadores, se acabó el juego para ambos”— lo expresa con suficiente elocuencia.
Sin embargo, a pesar de su crisis de legitimidad, la corriente reformista sigue reproduciéndose, tanto en Irán como en la diáspora, especialmente entre ciertas élites nacionalistas y, en ocasiones, también en círculos partidistas. Por ejemplo, Fariba Adelkhah, antropóloga franco-iraní y académica de la universidad francesa Sciences Po que estuvo detenida en Irán desde 2019 hasta 2023, publicó un texto el 14 de enero de de 2026 —apenas unos días después de las sangrientas masacres del 8 y 9 de enero— que encaja perfectamente en un reformismo de la diáspora que, bajo el pretexto de la cautela metodológica, reproduce un marco hostil hacia la izquierda y hacia la caída del régimen (3). Según el pensamiento reformista, aún podría ser posible alguna forma de mediación interna dentro del régimen —que permita a la gente “debatir sin recurrir a la violencia”, en palabras de Adelkhah—, a pesar del colapso manifiesto de esa perspectiva en las consignas, prácticas y formas de politización que han configurado los recientes levantamientos. Al rechazar cualquier alternativa no reformista y converger con el “campismo” en nombre de la antiinjerencia, el reformismo ha contribuido indirectamente a rehabilitar el monarquismo.
El hecho de que ciertas figuras campistas, decoloniales o pseudoantiimperialistas hayan difundido su interpretación de Adelkhah en Francia pone de manifiesto la proximidad entre los argumentos campistas y las posiciones reformistas contrarrevolucionarias iraníes. En nombre de la prudencia y la no injerencia, estas posiciones tienden a desviar el debate de la represión, deslegitimando los levantamientos populares y proporcionando una justificación indirecta a la violencia que ejercen los Estados poscoloniales autoritarios. Las corrientes campistas que reducen toda crisis iraní a una consecuencia de las sanciones o de la injerencia occidental acaban encubriendo al régimen iraní. Al subordinar las luchas de clase, de género y de liberación a una geopolítica abstracta, esto contribuye a vaciar de contenido concreto la idea misma de emancipación, dejando a la derecha con el monopolio de la crítica radical del orden existente.
Cuando uno se niega a reflexionar sobre la guerra interna que el régimen ha librado contra su propio pueblo, cualquier denuncia de la guerra externa sigue siendo políticamente incompleta. Esta fue la lógica que llevó a ciertas corrientes campistas descoloniales a insultar el levantamiento revolucionario en 2022 tildándolo de “Mujer, Vida, Sionista”, como hizo Paroles d’Honneur (PDH) en Francia. El resultado es el mismo: el cierre del horizonte revolucionario abierto en 2022, el aislamiento de las fuerzas populares y de la izquierda, y el desplazamiento del deseo de ruptura en favor de soluciones reaccionarias.
Desde esta perspectiva reformista y partidista, cualquier proyecto emancipador que se aleje de la realpolitik se tilda de “radicalismo” y se expulsa de los límites de la política legítima. Esta estrategia de descalificación ha dejado a la derecha con el monopolio del radicalismo; en consecuencia, estas dos corrientes se convierten, si no en aliadas, al menos en cómplices del auge de los monárquicos, cuya rama en la diáspora representa hoy en día una forma de extrema derecha.
Dentro de la diáspora, los monárquicos han sistematizado e intensificado la demonización de la izquierda. Con el respaldo de potencias internacionales e Israel, y con considerables recursos financieros y mediáticos a su disposición, reescriben la historia reduciendo las crisis de Irán a la fitna (“sedición”) de 1979 y a la “traición de la izquierda”. Utilizan los errores de parte de la izquierda, como el apoyo del Partido Tudeh a la República Islámica en nombre del antiimperialismo, como pretexto para ello, equiparando a la izquierda con la República Islámica, de la misma manera que la izquierda rusa se ha asociado históricamente con el estalinismo (4). Como etiqueta, “la izquierda” se convierte así en una difamación, un instrumento de exclusión dirigido contra cualquiera que se oponga al pahlavismo, incluidos activistas de derechos humanos, republicanos, liberales e incluso presos políticos como Narges Mohammadi, quien nunca se ha identificado como de izquierdas.
Esta es una forma de despolitizar la responsabilidad de las estructuras monárquicas y de Occidente, al tiempo que se canaliza la ira social hacia una nostalgia contrarrevolucionaria. En este contexto, los “campistas” que apoyan al “Eje de la Resistencia”, encubriendo los crímenes del régimen, se convierten, sin saberlo, en auxiliares de la extrema derecha. Al insistir en que no existiría alternativa al monarquismo en caso de caída del régimen, concluyen en última instancia que no debería producirse ningún levantamiento. Esto abre un espacio para el populismo fascista y la extrema derecha, especialmente en la diáspora, al tiempo que aísla a los radicales en el exilio.
Los reformistas y los monárquicos, ambos situados a menudo en un horizonte neoliberal y ambos en gran medida intolerantes con el pluralismo etnonacional, tienden a reforzarse mutuamente, convirtiéndose en ocasiones en auténticos aliados. La popular frase “la izquierda nunca entendió”, revivida con fuerza por ambos bandos poco antes de la revuelta de 2026, ilustra la eficacia del discurso antizquierdista.
Surge una convergencia triangular entre la República Islámica, los reformistas y los monárquicos: a pesar de sus antagonismos declarados, todos tienden a neutralizar las alternativas emancipadoras que surgen de la izquierda, el feminismo y los pueblos oprimidos, cerrando así el horizonte que se abrió en 2022 con consignas como “Ni monarquía ni Líder Supremo: libertad e igualdad”. Los derechos de estos grupos se presentan como amenazas existenciales para diferentes formas de autoritarismo, ya sea teocrático, secular-centralista o monárquico. Designar a “la izquierda” como el enemigo principal allana el camino para una contrarrevolución de derecha o, si es necesario, para la guerra.
La guerra como contrarrevolución disfrazada de liberación
La violenta represión por parte de la República Islámica del levantamiento “Jin, Jiyan, Azadî” en 2022 transformó las condiciones en las que se podía concebir la “libertad” misma en amplios sectores de la sociedad iraní. Al rechazar las demandas populares de justicia de género, transformación democrática y autonomía etnonacional, el régimen agravó una crisis de legitimidad ya de por sí grave y fracturó lo que quedaba del contrato social. El resultado no fue solo el colapso de la confianza entre el Estado y la sociedad, sino también un debilitamiento de la capacidad colectiva para imaginar la liberación como un proyecto político interno.
Esta ruptura creó un terreno político peligroso. A medida que se cerraban sistemáticamente las vías para la reforma, el reconocimiento y la participación, la idea de libertad se entrelazó cada vez más con las esperanzas de una solución procedente del exterior. La guerra, que antes se entendía principalmente como la antítesis destructiva de la emancipación, pasó a percibirse —en ciertos círculos, incluso entre algunos pensadores anticolonialistas— de forma más ambigua: no como algo deseable en sí mismo, sino como un medio posible para desbancar a un régimen violentamente arraigado.
Este cambio no debe confundirse con un respaldo al militarismo. Más bien, revela una profunda transformación de la subjetividad política —de la que la República Islámica es responsable—. A través de décadas de represión —y especialmente a través de su respuesta despiadada a los levantamientos de 2022 y enero de 2026—, el régimen no se limitó a descartar la reforma; alteró el marco a través del cual se entienden la violencia, la ruptura y la liberación. En Frames of War, Judith Butler sostiene que cuando un Estado convierte a sectores de la población en irreconocibles o prescindibles, reconfigura las condiciones afectivas y epistémicas en las que se entiende la violencia. En el caso iraní, esto ha contribuido a una peligrosa erosión de la distinción entre aniquilación y salvación, destrucción y liberación.
Los acontecimientos del 8 y 9 de enero de 2026 constituyen un ejemplo especialmente claro de ello. Durante el último levantamiento revolucionario masivo, el régimen impuso un bloqueo casi total de las comunicaciones por Internet y teléfono, y trató de restablecer el “orden” mediante una combinación de represión, aislamiento y terror. En enero, un destacado oftalmólogo publicó un vídeo en el que afirmaba que, solo en un hospital (Farabi) de Teherán, se habían realizado mil operaciones durante la noche del 8 de enero para tratar a manifestantes que habían recibido disparos directos en el ojo con munición real. Los hospitales se convirtieron en centros de detención en lugar de ámbitos de atención médica, y muchos de los heridos fueron trasladados a prisiones, donde algunos fueron ejecutados sumariamente. Los cadáveres de los manifestantes asesinados se amontonaron en camiones frigoríficos; algunos de ellos estaban irreconocibles como consecuencia de la brutalidad que se les había infligido. Los vídeos muestran a familias en las morgues, llorando, buscando a sus hijos o tratando de identificar los cadáveres de sus familiares. Entre estas imágenes, se puede ver a bebés y adolescentes muertos por disparos.
Muchas víctimas siguen desaparecidas. Según un informe de una universidad iraní, al menos cincuenta mujeres fueron enterradas de forma anónima porque no pudieron ser identificadas. Los cadáveres devueltos a las familias a veces solo se entregaban a cambio de un pago, a menudo con el pretexto de una “tasa por proyectil”, o se obligaba a las familias a declarar que sus familiares habían sido miembros de los Basij [una milicia paramilitar voluntaria dentro del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica] y habían sido asesinados por manifestantes. Los entierros, a menudo llevados a cabo bajo una intensa presión de seguridad, se realizaban en silencio, muy temprano por la mañana o a altas horas de la noche. En algunos casos, los cuerpos fueron enterrados sin que se informara siquiera a las familias. Las cifras indican alrededor de 10.000 muertos, más de 11.730 casos aún bajo investigación, más de 25.000 heridos, más de 52.000 detenciones y al menos 337 confesiones forzadas. El régimen utilizó la violencia no solo para reprimir, sino también para aterrorizar a la sociedad.
Las historias de muertes, desapariciones y detenciones dan un significado concreto al eslogan: “Basij, Sepah, nuestro Daesh, esos somos nosotros». [Sepah es el nombre con el que se conoce al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica; Daesh es el nombre con el que se conoce al Estado Islámico.]
En el vacío político generado por esta violencia estatal, las fuerzas monárquicas y de derecha encontraron una oportunidad para expandirse. El ascenso de Pahlavi no indicaba tanto un giro ideológico masivo hacia el monarquismo como una señal de la creciente convicción de que no sería posible romper con el régimen sin una intervención externa. Como la figura más visiblemente asociada al respaldo internacional —especialmente al respaldo israelí—, llegó a encarnar, para parte de la población, el vehículo más creíble para una “liberación” impuesta desde el exterior. El atractivo de Pahlavi provenía menos de un deseo positivo de restauración monárquica que de la percepción de que encarnaba, en términos prácticos, un proyecto de cambio de régimen a través de la guerra.
El régimen, a su vez, respondió intensificando su discurso sobre la “seguridad”, tachando a los manifestantes de “terroristas”, “espías” y agentes extranjeros, y allanando el camino para nuevas ejecuciones bajo cargos como el de mohareb (“declarar la guerra a Dios”). Se creó un círculo vicioso: la represión cerró las posibilidades emancipadoras desde dentro, mientras que el vacío que produjo llevó a la gente a buscar soluciones reaccionarias desde fuera. Ese fue el contexto en el que la contrarrevolución pudo disfrazarse de salvación.
La escalada militar israelo-estadounidense contra Irán en 2025 y 2026 debe entenderse en este contexto. Externamente, la guerra se justificó con una retórica sobre la “liberación” iraní. Este discurso no fue simplemente impuesto desde fuera por la fuerza imperial; en la medida en que algunos sectores de la sociedad iraní lo aceptaron, fue el resultado de la devastación que el propio régimen había provocado.
El hecho de que una apropiación claramente cínica del lenguaje feminista y democrático por parte de un Estado colonialista y del apartheid pudiera parecer creíble a alguien es en sí mismo una medida de la profundidad de la desesperación en Irán. La grotesca invocación de la “libertad” por parte de Benjamín Netanyahu es un claro ejemplo de la cooptación imperial del discurso sobre la liberación. El secuestro simbólico del lenguaje emancipador de “Jin, Jiyan, Azadî” fue facilitado no solo por sectores de la derecha iraní, sino también por ciertas feministas liberales occidentales cuya solidaridad selectiva con las mujeres iraníes siguió siendo compatible con el silencio sobre el genocidio, la dominación colonial y la guerra en la región.
Esto no es nada nuevo. Como han demostrado estudiosos como Lila Abu-Lughod y Mahmood Mamdani, las potencias imperiales han instrumentalizado repetidamente el discurso sobre los derechos de las mujeres, la protección de las minorías y la democracia para legitimar la intervención militar —por ejemplo, en Irak y Afganistán—. Lo que cabe destacar aquí es hasta qué punto ese discurso puede encontrar eco en una sociedad devastada por un régimen autoritario. Años de represión, coacción ideológica y consolidación nacionalista han fracturado la conciencia política hasta tal punto que lo que normalmente se reconocería como agresión imperialista podría parecer a algunos la única solución imaginable. Esta es la consecuencia de la destrucción sistemática de las alternativas políticas internas. La tarea del análisis no es, por tanto, emitir juicios morales sobre esta percepción, sino comprender qué la ha producido. ¿Qué tipo de régimen lleva a la gente al punto en que las bombas de un agresor imperialista externo pueden parecer menos intolerables que la continuidad de la dominación interna?
Si el régimen hubiera respondido a “Jin, Jiyan, Azadî” con un mínimo de responsabilidad, o hubiera abierto siquiera el más pequeño espacio para la transformación democrática, la narrativa de la guerra como salvación habría seguido siendo marginal. En cambio, el régimen criminalizó la disidencia, intensificó la represión contra kurdos, baluches, mujeres y otras fuerzas opositoras, y calificó toda demanda de justicia como infiltración extranjera. Al hacerlo, no solo extinguió las condiciones para el cambio interno, sino que también preparó el terreno para que las potencias imperiales se presentaran de manera deshonesta como agentes de liberación. El autoritarismo interno y el militarismo externo no se oponen de manera simple; se potencian mutuamente, aunque sigan siendo asimétricos.
Es crucial hacer hincapié en esa asimetría. Es un grave error analítico y político tratar a Israel y a la República Islámica como actores equivalentes. Aunque goza del pleno apoyo de Estados Unidos, Israel sigue siendo el principal agresor externo: un Estado colonialista de colonos dedicado al genocidio en Gaza, a la ocupación permanente de Cisjordania y a un proyecto más amplio de dominación regional militarizada. Por el contrario, la República Islámica no es la artífice de este orden imperial, sino uno de sus objetivos —aunque sigue siendo un régimen autoritario y patriarcal profundamente cómplice de la militarización de la región a través de sus propias ambiciones expansionistas y cuasi imperiales (particularmente en Siria, donde su intervención contribuyó a atrocidades masivas). Israel e Irán no son potencias simétricas, pero están profundamente entrelazados. Cada uno, a su manera, utiliza la guerra para gestionar la crisis: Israel dirigiendo la violencia militarizada hacia el exterior, la República Islámica invocando amenazas externas para justificar la represión interna. En ambos casos, la guerra funciona como una fuerza contrarrevolucionaria: disciplina la esperanza, limita la imaginación política y reimpone formas patriarcales, nacionalistas y estatistas de “orden” frente al horizonte plural, feminista y subalterno abierto por “Jin, Jiyan, Azadî”.
El desafío político, pues, es doble. Debemos hacer frente al imperialismo no solo como agresión militar, sino también como un proyecto discursivo que se apropia del lenguaje de la libertad para destruir la política emancipadora. Al mismo tiempo, debemos desmantelar las estructuras autoritarias internas que hacen que tales apropiaciones imperiales parezcan plausibles. Una política antibélica adecuada al presente iraní debe ser, por lo tanto, tanto antiimperialista como antiautoritaria. Debe rechazar la falsa disyuntiva entre bombas y masacres, entre devastación y prisiones, entre intervención extranjera y represión interna.
Mantener una política así significa recuperar el contenido revolucionario de “Jin, Jiyan, Azadî” como horizonte político vivo. Ese horizonte rechaza la reducción de la política al militarismo, se niega a que la liberación se defina a través de la guerra e impide que tanto las potencias imperiales como las élites nacionalistas se apropien de las luchas feministas, kurdas y subalternas. La cuestión no es solo cómo derrocar un régimen autoritario, sino cómo evitar que la caída del orden actual allane el camino para la tiranía del mañana. Mientras el deseo de cambio permanezca atrapado entre el autoritarismo interno y la agresión imperial, la destrucción se disfrazará de salvación.
Unas últimas palabras
Irán no puede entenderse a través de dicotomías simplistas: régimen frente a oposición, guerra frente a paz, reforma frente a revolución. Resulta más útil entender el momento actual como un enfrentamiento entre dos horizontes. El primero, inaugurado por “Jin, Jiyan, Azadî”, es un horizonte emancipador basado en la justicia social, la pluralidad y la transformación desde abajo. El segundo es un horizonte contrarrevolucionario que adopta diferentes formas: teocrático, reformista, monárquico, partidista, militarizado, imperial.
El autoritarismo no se basa únicamente en la represión. También funciona capturando símbolos, demonizando las alternativas de izquierda, inventando enemigos internos, vaciando la imaginación popular de posibilidades y legitimando la guerra como solución a la crisis. Tras la represión del levantamiento “Jin, Jiyan, Azadî” en 2022, el agotamiento y la desilusión —marcados por el recuerdo de 2009, 2017 y 2019— permitieron tanto a la República Islámica como a sectores de la oposición en el exilio reafirmar las lógicas estatistas, ya fueran teocráticas o nacionalistas, y contener la apertura revolucionaria dentro del discurso habitual sobre seguridad, masculinidad y etnonacionalismo.
Sin embargo, la violencia de la contrarrevolución también puso de manifiesto la fuerza del levantamiento que pretendía aplastar. Como reza el Manifiesto Internacionalista Lo que quiere el pueblo: “Detrás de todo fascismo se esconde una revolución fallida”. El ataque de Israel contra Irán, junto con el escaso apoyo que ha recibido de algunos sectores de la oposición iraní, debe entenderse como una respuesta reaccionaria a un proceso revolucionario abortado. La represión de “Jin, Jiyan, Azadî” no fue el fin del movimiento, sino una prueba de su poder político. Al poner al descubierto el entrelazamiento de género, clase, raza y territorio en el orden autoritario de Irán y abrir un horizonte de solidaridad plural, sigue acechando el presente como una alternativa latente a la normalidad militarizada de nuestro tiempo.
Si echamos la vista atrás, podemos ver que la secuencia de represión de la última media década ha seguido una única lógica. La posibilidad revolucionaria que se abrió en 2022 fue primero atacada simbólicamente por los nacionalistas —incluidas las corrientes reformistas, republicanas, campistas y monárquicas, especialmente en la diáspora—, luego aplastada por el régimen, sobre todo en la masacre de enero de 2026, y finalmente superada por la guerra imperialista de febrero. En cada caso, lo que se suprimió fue la posibilidad de un Irán fundado en la igualdad, la autonomía, la pluralidad, la justicia social, la centralidad política de las mujeres y las luchas queer, y la autodeterminación de los pueblos oprimidos.
La intervención externa no completa la revolución. Más bien, la niega. Desplaza el centro de gravedad político lejos de la lucha popular, debilita las condiciones para la organización autónoma e impone una agenda geopolítica ajena a las dinámicas internas. Washington y Tel Aviv no quieren un Irán libre, sino un Irán debilitado militarmente, estabilizado internamente por medios autoritarios y reducido a una posición subordinada dentro del orden regional y global: un Irán disciplinado para que ya no constituya una amenaza geopolítica, un Irán reanclado a Occidente y lo suficientemente controlado como para no perturbar el orden regional. Quieren un Irán que no esté en condiciones de reconfigurar los equilibrios de poder, que no pueda ejercer influencia sobre la circulación del capital, los corredores de influencia o el acceso a los recursos energéticos, especialmente el petróleo. Este tipo de “estabilidad” no es la paz de los pueblos, sino la forma política necesaria para hacer que Irán sea gobernable y explotable con el fin de integrarlo en el orden capitalista e imperial global.
Por lo tanto, el futuro de Irán depende de que se preserve la autonomía política de las luchas populares. Eso significa rechazar la República Islámica, la restauración monárquica, el reformismo conciliador y las lógicas de guerra impuestas por las potencias imperiales. El reto no consiste simplemente en acabar con un régimen, sino también en impedir que surja otra forma de dominación.
Lecturas recomendadas
-“History Is Repeating Itself”—A Lebanese Perspective on the War on Palestine, Lebanon, and Iran
-The Attack on Iran Is an Attack on All of Us
-“A State that Massacres Its Own People Cannot Be a Force of Liberation for Others”: A Conversation on the Recent Uprising in Iran
-Iran: An Uprising Besieged from Within and Without
-Making Sense of the PKK’s Self-Dissolution: What Does It Mean for the Middle East?
-“Women, Life, Freedom” against the War: A Statement against Genocidal Israel and the Repressive Islamic Republic
-Precarious Work Means Precarious Life: How the Rajaee Port Disaster Exemplifies the Assault on Baluch Ethnic Minorities
-Ya Ghazze Habibti—Gaza, My Love: Understanding the Genocide in Palestine
-Against Apartheid and Tyranny: For the Liberation of Palestine and All the Peoples of the Middle East—A Statement from Iranian Exiles
-Jin, Jiyan, Azadi (Woman, Life, Freedom): The Genealogy of a Slogan
-Revolt in Iran: The Feminist Resurrection and the Beginning of the End for the Regime
-The Syrian Cantina in Montreuil: Organizing in Exile — How Refugees Can Continue Revolutionary Struggle in Foreign Lands
-“There Is an Infinite Amount of Hope… but Not for Us” — An Interview Discussing the Pandemic, Economic Crisis, Repression, and Resistance in Iran
-Lebanon: The Revolution Four Months in
-Against All Wars, Against All Governments: Understanding the US-Iran War
Notas:
1 – La izquierda en Irán siempre ha estado arraigada en una sólida tradición histórica, debido en parte a la proximidad del país a la Unión Soviética y a su amplia esfera de influencia. Durante la era constitucional (la revolución iraní de 1905-1911), los socialdemócratas, los movimientos por la justicia social y los grupos inspirados en la Revolución rusa fueron reprimidos por las fuerzas religiosas conservadoras, la aristocracia feudal y, más tarde, por el Estado centralizador. Durante las décadas siguientes, especialmente tras la formación del Partido Tudeh en la década de 1940 y la expansión de su influencia entre los trabajadores, los intelectuales, las mujeres e incluso sectores del ejército, se instaló un temor estructural al comunismo en todo el aparato estatal y la corte real, que culminó en el golpe de Estado de 1953, respaldado por Estados Unidos y el Reino Unido, que derrocó al primer ministro Mohammad Mossadegh. Este momento marcó un punto de inflexión decisivo en la represión sistemática de la izquierda iraní.
2 – Para más información al respecto, puedes leer este artículo de Yashar Darolshafa, un activista político de izquierdas que ha pasado más de cuatro años en prisión en Irán en los últimos años.
3- Fariba Adelkhah solo reconoce de pasada la violencia estatal de enero —una masacre sin precedentes en la historia moderna de Irán—, enmarcándola siempre en preocupaciones por el orden, la estabilidad, la seguridad y el rechazo a la injerencia extranjera. Al depositar cierta confianza en el gobierno, al presentar unas elecciones amañadas estructuralmente como “verdaderamente competitivas”, al restar importancia a la coacción institucional del uso obligatorio del velo y al sugerir, al final de una semana de matanza, que “antes del corte de Internet, el debate en Irán quizá nunca había sido tan abierto”, justifica el autoritarismo iraní y minimiza la ruptura política que ha atravesado la sociedad iraní desde al menos 2017. El texto se lee menos como un relato fiel de la situación que como una expresión de deseo personal.
4- Entre ciertas minorías nacionales existe un motivo de resentimiento adicional: para muchos kurdos, baluches, árabes y turcos, la izquierda se presenta a veces como una forma de nacionalismo mayoritario cómplice del colonialismo interno.
*Publicado el 19 marzo de 2026 en CrimethInc / Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid