Por Alam Saleh* – Los principales hitos históricos han transformado sistemáticamente la manera en que académicos y responsables políticos comprenden la guerra, el poder y el orden internacional. Desde la aparición de las armas nucleares hasta el fin de la Guerra Fría y los atentados del 11 de septiembre de 2001, cada momento ha obligado a reevaluar supuestos arraigados sobre la seguridad y la disuasión.
La reciente decisión de Estados Unidos de entrar en guerra contra Irán, junto con Israel, representa otro punto de inflexión. Sin embargo, en lugar de demostrar el uso eficaz del poder, este conflicto revela cada vez más un patrón de errores de cálculo estratégicos. Pone de manifiesto cómo Estados Unidos, a pesar de su superioridad militar, corre el riesgo de debilitar su propia posición al no comprender la naturaleza multidimensional de la guerra moderna.
En el fondo de este error de cálculo subyace una concepción obsoleta del poder. El pensamiento estratégico tradicional suele priorizar la fuerza militar como factor decisivo en la guerra. Sin embargo, la entrada de Estados Unidos en el conflicto con Irán sugiere una continua dependencia excesiva de esta premisa. Los conflictos contemporáneos se configuran por una compleja interacción de geopolítica, geoeconomía, geografía, tiempo y resiliencia social. Al subestimar estas dimensiones, Estados Unidos no solo ha complicado sus objetivos militares, sino que también ha corrido el riesgo de perder coherencia estratégica antes de lograr avances significativos.
Desde el punto de vista geopolítico, Estados Unidos parece haber subestimado el alcance regional de Irán. La capacidad iraní para movilizar actores no estatales en todo Medio Oriente ha transformado el conflicto en una confrontación dispersa e impredecible. En lugar de enfrentarse a un único adversario centralizado, Estados Unidos se ha topado con una red de grupos aliados capaces de ejercer presión simultáneamente en múltiples lugares. Esto ha sobrecargado los recursos estadounidenses y diluido su enfoque estratégico. Los ataques a rutas marítimas, las operaciones indirectas en Estados vecinos y la constante amenaza de una escalada regional ilustran cómo el campo de batalla se ha expandido mucho más allá de los parámetros convencionales. En este sentido, Estados Unidos entró en una guerra sin tener plenamente en cuenta la amplitud del entorno geopolítico en el que opera Irán.
Desde una perspectiva geoeconómica, la decisión de intervenir militarmente en una región tan crítica refleja una grave negligencia. El Golfo Pérsico sigue siendo fundamental para la seguridad energética mundial, y cualquier interrupción conlleva consecuencias inmediatas y de gran alcance. El aumento de los precios del petróleo y el gas, la inestabilidad del mercado y las presiones inflacionarias han surgido como resultados indirectos del conflicto. Estos efectos no se limitan a los adversarios; también impactan la economía interna de Estados Unidos y sus aliados. Al iniciar una guerra en este contexto, Estados Unidos se ha expuesto a vulnerabilidades económicas que limitan su flexibilidad estratégica. Por lo tanto, los costos de la guerra se extienden mucho más allá del campo de batalla, socavando tanto la estabilidad económica como el apoyo político.
La geografía pone de manifiesto las limitaciones de la estrategia estadounidense. El vasto y complejo territorio iraní representa un desafío formidable para la intervención militar externa. A diferencia de Estados Unidos, que se basa en proyectar poder a grandes distancias, Irán opera dentro de su propio territorio, beneficiándose de una infraestructura consolidada y una sólida capacidad defensiva. Su extensa red de instalaciones subterráneas y posiciones fortificadas reduce la eficacia de los ataques convencionales. Mientras tanto, las fuerzas estadounidenses, en particular sus activos navales, siguen dependiendo de largas y vulnerables cadenas de suministro. Esta asimetría geográfica sitúa a Estados Unidos en una desventaja estructural en cualquier conflicto prolongado, lo que plantea dudas sobre la viabilidad de lograr resultados decisivos.
El tiempo también se ha revelado como un factor crítico que Estados Unidos parece no haber considerado suficientemente. Las guerras modernas rara vez producen victorias rápidas, y los conflictos prolongados tienden a erosionar las ventajas incluso de los Estados más poderosos. A medida que el conflicto se extiende, la carga financiera aumenta, el apoyo público disminuye y las divisiones políticas se profundizan. Para Estados Unidos, una guerra prolongada contra un adversario con recursos comparativamente menores corre el riesgo de dañar su credibilidad. La incapacidad de obtener resultados rápidos y decisivos puede llevar tanto a la opinión pública nacional como internacional a cuestionar la eficacia del poder estadounidense. Las experiencias previas en Irak y Afganistán sirven como claros recordatorios de cómo el tiempo puede transformar el dominio militar inicial en una dificultad estratégica a largo plazo.
Igualmente importante es la cuestión de la resiliencia. Irán ha demostrado una capacidad significativa para soportar la presión externa tanto a nivel social como de liderazgo. La cohesión nacional frente a la agresión externa percibida ha fortalecido la determinación interna, haciendo improbables los avances políticos o militares rápidos. Por el contrario, Estados Unidos enfrenta limitaciones para mantener el apoyo público y político a largo plazo en conflictos prolongados. Este desequilibrio en la resiliencia sugiere que Estados Unidos podría haber subestimado las dimensiones psicológicas y sociales de la guerra, centrándose en cambio en las capacidades materiales.
Otro error crítico radica en el momento y la gestión de las alianzas. La formación eficaz de coaliciones es esencial para legitimar y sostener la acción militar. Sin embargo, Estados Unidos parece haber entrado en el conflicto sin asegurar una coalición suficientemente amplia y comprometida. Los esfuerzos por movilizar apoyo durante el conflicto, en particular en respuesta a desafíos emergentes como la seguridad de las rutas marítimas, han parecido reactivos en lugar de estratégicos. Esto ha debilitado la confianza entre los aliados y reducido la eficacia general de la acción colectiva. Una coalición mejor estructurada antes del inicio de las hostilidades podría haber mitigado algunos de estos problemas.
La falta de objetivos claramente definidos agrava aún más estos problemas. Entrar en guerra sin una estrategia coherente y consistente conlleva riesgos significativos. Los cambios en la retórica y la evolución de los objetivos durante el conflicto han contribuido a la percepción de incertidumbre e inconsistencia. Ya sea que el objetivo sea la disuasión, la contención o el cambio de régimen, la ambigüedad socava la claridad estratégica y debilita la credibilidad de las operaciones militares. Sin objetivos bien definidos y alcanzables, incluso las acciones tácticas exitosas pueden no producir resultados estratégicos significativos.
Estrechamente relacionado con esto está el problema de la mala gestión de las expectativas. Al fijar objetivos demasiado ambiciosos, como la neutralización total de las capacidades militares de Irán o una transformación política fundamental, Estados Unidos ha elevado la tensión del conflicto a un nivel insostenible. En tal escenario, cualquier resultado que no sea el éxito total probablemente se perciba como un fracaso. Esta dinámica no solo afecta la percepción interna, sino que también moldea las evaluaciones internacionales del poder estadounidense. Una valoración más realista de los resultados alcanzables habría proporcionado una base más sólida para un apoyo sostenido.
Los errores retóricos también han contribuido a debilitar la posición de Estados Unidos. Las declaraciones incendiarias que atacan la identidad, la cultura o la larga historia de Irán han reforzado la unidad y la resistencia nacionales. Este tipo de lenguaje puede ser contraproducente, ya que fortalece la determinación del adversario y aleja a los aliados potenciales. La comunicación estratégica exige disciplina y moderación, especialmente en un conflicto donde la percepción y la legitimidad son cruciales.
Las relaciones con los aliados se han visto aún más tensas por una participación inconsistente y, en ocasiones, desdeñosa. Las alianzas sólidas dependen del respeto mutuo y de un entendimiento estratégico compartido. Socavar a los socios o ignorar sus preocupaciones debilita la capacidad colectiva para responder con eficacia. Además, crea oportunidades para que las potencias rivales expandan su influencia, especialmente en regiones donde las alianzas ya son frágiles.
Quizás uno de los errores estratégicos más significativos haya sido la decisión de entrar en un conflicto condicionado en gran medida por las prioridades de otro Estado. Si bien Estados Unidos e Israel comparten ciertos intereses, sus objetivos estratégicos no son idénticos. Al alinearse demasiado con el enfoque israelí, Estados Unidos corre el riesgo de perder el control sobre aspectos clave del conflicto, incluyendo su alcance y su desenlace. Esta pérdida de autonomía estratégica puede conducir a resultados que no se ajusten a los intereses estadounidenses en general, especialmente en un entorno global en constante cambio.
Las implicaciones de este conflicto trascienden la región inmediata. El orden mundial atraviesa un periodo de transformación, donde el poder se vuelve más difuso y disputado. En este contexto, involucrarse en un conflicto costoso e incierto desvía la atención y los recursos de otras prioridades estratégicas. Además, brinda oportunidades para que las potencias rivales fortalezcan sus posiciones, tanto a nivel regional como global. Por lo tanto, la decisión de entrar en la guerra conlleva consecuencias que van mucho más allá de Medio Oriente.
La entrada de Estados Unidos en la guerra contra Irán ilustra cómo los errores de cálculo estratégicos pueden debilitar incluso a los Estados más poderosos. Al sobreestimar sus propias capacidades y subestimar la complejidad del conflicto, Estados Unidos se ha expuesto a una serie de riesgos geopolíticos, económicos y estratégicos. La guerra moderna exige una comprensión integral del poder que va más allá de la fuerza militar e incluye la geografía, la resiliencia, el tiempo y la legitimidad. No integrar estos factores en los procesos de toma de decisiones puede conducir a resultados en los que la derrota no sea consecuencia de las pérdidas en el campo de batalla, sino de suposiciones erróneas desde el principio.
En definitiva, la lección es clara: en un mundo interconectado y en rápida evolución, el mayor peligro no es perder una guerra, sino entrar en ella sin comprender plenamente sus consecuencias.
*Publicado en The Amargi / Traducción y edición: Kurdistán América Latina