“¿Todos los periodistas cumplíamos con el guión marcado por Irán? No. Como la aldea gala en los libros de Astérix un reportero donostiarra se resistía a pasar por este tipo de trámites formales y viajaba como turista con una misión marciana para los demás: seguir las elecciones en las provincias de Sistán y Baluchistán”, escribe Mikel Ayestarán en el prólogo a Una trinchera en Marte. Esta inclinación a escapar del guión establecido es la que ha llevado al periodista donostiarra Karlos Zurutuza a esos lugares que no aparecen en los mapas, como Kurdistán o Baluchistán.
-Como el pueblo kurdo, los baluches están divididos en varios Estados, con una realidad diferenciada, según estén en Afganistán, Pakistán o Irán, que tu recoges en tres bloques en tu libro. Pero, ¿cuáles son los elementos comunes para que podamos hablar de Baluchistán como una nación que aspira, o por lo menos una parte de sus habitantes, a convertirse en un Estado?
-Está claro que hay una coherencia cultural, lingüística, histórica, antropológica, superestatal. Es gente, como tú decías, que, al igual que los kurdos, tienen una lengua y una cultura común, un pasado común, y que, por las circunstancias de la geopolítica, han acabado divididos por tres Estados, a cada cual más beligerante.

-Uno de los capítulos más desconocidos de la historia de Baluchistán es cuando declaró su independencia, en 1947. ¿Cómo sucedió este episodio y qué consecuencias tuvo?
-Eso coincidió con la retirada de los británicos de sus colonias en las Indias, y precisamente dos días antes de que Pakistán declarara su independencia, lo hicieron los baluches. Aquel fue un momento que recogió The New York Times, y muchos baluches guardan ese recorte de periódico. Lo que ocurre es que es un territorio grandísimo, y al que Pakistán no estaba dispuesto a renunciar, y aunque en un principio desde Pakistán se reconoció esa independencia, vieron que había enormes reservas de gas, de petróleo, un territorio grandísimo y estratégico, a las puertas del Golfo Pérsico, y no tenían opción de que aquello pudiera prosperar. Fueron ocho meses de independencia, y lo que hizo Pakistán fue anexionarlo de facto, primero con tropas en el terreno, y luego, según iban avanzando, aquello se llevaba al papel, negro sobre blanco, y hasta hoy. Ese fue el comienzo de uno de los capítulos más duros y más tristes para los baluches de Pakistán, que por otra parte son la mayoría de los baluches, porque la mitad de su población vive en Baluchistán Oriental, como dicen ellos.
-Baluchistán es un territorio pobre, pero rico en recursos energéticos, con importantes yacimientos de gas, petróleo, oro y de uranio. ¿Cómo es posible que con esta riqueza estratégica casi nadie sepa de su existencia?
-Pues, probablemente, sea por eso. A mi me recuerda a los kurdos, que los hemos puesto en el mapa por el combate contra el Estado Islámico, a las chicas yazidíes, a las combatientes, pero antes de eso, prácticamente nadie hablaba de los kurdos. Por otra parte, los kurdos, en el corazón de Oriente Medio, con las principales reservas de agua, y grandísimas reservas de gas y petróleo, pues tampoco se hablaba de ellos. Son esas paradojas: al final, estos pueblos acaban siendo víctimas de su propia riqueza.
O como tantos pueblos indígenas de los pueblos de Sudamérica, que también son dueños históricos muchas veces de una riqueza tremenda y así están. Me vienen a la cabeza los mapuches, que es una realidad que no conozco, pero es así lo que le sucede a tantos pueblos.
-Uno de los aspectos que más nos cuesta entender, desde una mirada occidental, sobre territorios como Baluchistán, es la importancia de los clanes. ¿Qué peso tiene el factor tribal en la sociedad baluche?
-En la tribu, el clan, tanto en la sociedad baluche, como pueden ser las tribus del Cáucaso o de Libia, que son dos ejemplos que conozco bien, es lo que sustituye al Estado. Cuando el Estado no está presente, lo que te protege, o lo que te da unas garantías mínimas, es la tribu; el drama es cuando no tienes una tribu. Pero allí, como en tantos otros sitios, la tribu es clave. Con el tiempo, estamos hablando de generaciones que ya tienen acceso a Internet, que ya tienen una educación, que han podido estudiar, así que asistimos a esa disolución de la tribu por un mayor emponderamiento de algo que podría ser una clase media. Pero en Baluchistán, históricamente, hasta hoy, se puede decir tu país es, como quién dice, tu tribu. Tienes tu clan, tu líder, hay una jerarquía establecida, y es lo que te sostiene, y lo que te protege.

-En Pakistán, los baluches ocupan la provincia más grande y más rica en recursos, ¿es por eso que la insurgencia baluche es más activa en Pakistán, y que también que, por eso mismo, es donde más se reprime a este pueblo en sus expresiones sociales y políticas?
-Sí, es la más grande, la más despoblada y donde el Estado tiene menos presencia, el Estado punjabi. Hablamos de Pakistán como un Estado gobernado por una etnia mayoritaria que son los punjabíes, que es lo que podrían ser los persas en Irán. Entonces en Baluchistán la presencia del gobierno es débil, es un territorio vastísimo, y donde todavía la insurgencia puede tener sus bases, y puede tener una red de apoyo, de cobertura, que le permita también no solo operar en las montañas, si no atacar en ciudades como Quetta o Gwadar. La insurgencia nace en aquel agosto de 1948, cuando Pakistán se anexiona el territorio, y desde entonces hemos asistido a cinco oleadas insurgentes, que se van activando o reactivando dependiendo de la coyuntura.
-Además de la insurgencia armada, en el Baluchistán pakistaní ha surgido un movimiento popular liderado por estudiantes y por mujeres, como Karima o Mahrang Baloch. Que los jóvenes, y especialmente, las mujeres, sean las protagonistas de las movilizaciones del pueblo baluche, ¿significa un cambio profundo en el seno de sus sociedades?
-Es algo nunca visto en la región, que en un pueblo dentro de una nación tan conservadora como la baluche, una mujer joven, como Mahrang, que además es médica, que no viene de una tribu noble, se posicione como un elemento de cohesión entre todos los baluches. A mí me parece, personalmente, alucinante. De hecho, no se si sabes que la acaban de mencionar para el Nobel de la Paz. Y realmente es precioso, es de las historias más bonitas que se pueden contar de Baluchistán, de como un sitio castigado por la pobreza y la represión puede enarbolar un rostro femenino como líder. Mahrang se ha convertido en uno de los rostros principales del movimiento social baluche, y hoy es el día en el que muchos líderes tribales la miran con recelo porque han quedado relegados a un segundo plano, realmente.
-En Irán, los baluches corren una suerte parecida a los kurdos, ya que el Estado teocrático reprime a las minorías nacionales, pero, ¿en esta parte de Baluchistán las mujeres se han sumado a las protestas por la muerte de Masah Amini?
-Yo diría que lo poco que queda de aquellas protestas que tomaban las calles de las principales ciudades del país, me consta que solo siguen activas en Baluchistán Occidental, en el Baluchistán iraní, y en las protestas de los viernes, donde los baluches, hombres y mujeres, siguen saliendo a la calle. Lo que pasa es que el Estado es mucho más fuerte en Irán, está mucho más presente, la represión es mayor, y yo diría que el Baluchistán Occidental es el peor lugar para los baluches. Como decías, es una situación similar a los kurdos: no son persas, que es la etnia dominante, sino que tampoco son chiíes, y como en el caso de los kurdos ellos tampoco enarbolan la bandera de la religión como algo fundamental, pero siempre supone un estigma. Ni persa ni chií, en una teocracia persa y chií, son las peores cartas que podían tener.
-En Pakistán e Irán has sido vetado por tu trabajo y, curiosamente, es en Afganistán donde te ha sido más fácil entrar en Baluchistán. ¿Cómo está viviendo el pueblo baluche el retorno de los talibanes al gobierno afgano?
-El Baluchistán afgano, Baluchistán Norte o Septentrional, se convirtió en la única puerta de entrada que tenía cuando me vetaron en Irán y Pakistán. Al ser la provincia más remota de Kabul, el Estado se podía decir que solo estaba presente en el centro de la capital provincial, en Zahedan. Fuera de ahí era un territorio inhóspito, controlado por los talibanes, porque es un territorio muy estratégico para el tráfico de todo tipo de opiáceos, de armas y de personas. ¿Qué es lo que ha ocurrido? Es que con los talibanes en el poder existe un mayor control del Estado, pero, a la vez, es una región tan inhóspita y tan grande que, en realidad, tampoco han cambiado tanto las cosas para la gente que ya vivía mal antes. Como ocurre en tantas partes del país, los cambios más significativos son los que tienen que ver con la seguridad, que hoy es mayor, porque, al fin y al cabo, los insurgentes son ahora el propio gobierno. Ahora las carreteras son más seguras y no estás expuesto a estos checkpoints aleatorios donde se filtraba a la gente que fuera sospechosa de colaboración con las fuerzas de ocupación. En realidad, no ha cambiado tanto la vida, porque la vida sigue siendo miserable, pero sí es verdad que el despertar cultural baluche en la zona, que se dio en el Baluchistán de Afganistán, donde existían libros en baluche, había un programa de radio, se daban clases de baluche, pues todo eso ha desaparecido, ya no recibe financiación de ningún tipo y hay que volver a la clandestinidad.

-Uno de los objetivos de la guerrilla baluche, además de los Estados que les oprimen, son los intereses de China en la región ¿A qué factores se debe esto?
-Con la retirada de los americanos de Afganistán, Pakistán ha perdido un aliado fundamental. Los americanos lo que hacían era luchar contra la insurgencia, muchas veces a través de Pakistán, porque no había otra, pero Pakistán siempre ha jugado a ese doble juego de poner el cazo, pero ese dinero acababa muchas veces en manos de milicias armadas o escuadrones de la muerte sunitas o talibanes. Entonces, con la retirada del aliado americano, China se ha convertido en el aliado principal para un país con una economía colapsada como la pakistaní. China tiene grandes proyectos, infraestructuras que van hasta el Índico, hasta el puerto de Gwadar, y los baluches se han dado cuenta de que golpear a China es lo que más puede afectar a Pakistán en estos días. Porque si los chinos se retiran de Pakistán, probablemente colapse y se convierta en un Estado fallido, si no lo es ya, y por eso los chinos se han convertido en el objetivo principal. Se han dado cuenta de que tiene mucho más impacto acabar con infraestructura construida por los chinos, o matar a unos ingenieros chinos en el puerto de Gwadar, que matar a unos guardias de frontera pakistaníes, y ahí es donde están poniendo su empeño.
-“¿Cuántas historias hay que recoger para explicar un drama?”, te preguntas en una parte del libro, e imagino que durante tus viajes a Baluchistán has recogido docenas de historias. ¿Cómo consigues decidir a cuál de ellas vas a darle voz y cuál se ha de quedar en el cajón de tu escritorio?
-Esa es una buena pregunta para la que sigo sin tener respuesta. Eso creo que lo mencioné en un momento cuando estás en un campo de refugiados o en un hospital: te das cuenta de que para contar esa historia, primero, no sabes cuantas historias tienes que recoger, y segundo, nunca tienes la constancia de que has recogido las historias que realmente pesaban y has dejado otras sin cubrir, y has dejado de hablar con personajes que realmente te podían dar claves. Es una reflexión sobre el periodismo, hago muchas en el libro y, al final, lo que intento hacer recordar al lector es que no somos máquinas, que somos humanos y que un periodista hace lo que puede, y que en estas circunstancias, muchas veces, puede no ser suficiente. Es, muchas veces, reconocer la propia impotencia. Uno siempre intenta hacerlo lo mejor que puede, pero hay tantos condicionantes, que al final haces lo que puedes, que no tiene por qué ser lo bueno ni ser la historia contada como debería.
-En Respirando fuego nos descubriste las muchas realidades del pueblo kurdo, en Tierra adentro, la invisibilizada ruta libia hacia Europa, y ahora en Una trinchera en Marte nos abres una ventana hacia la desconocida tierra de los baluches. ¿Tienes algún nuevo proyecto editorial en marcha para llevarnos a otro de esos lugares que permanecen en la zona de sombra informativa?
-De momento, a corto plazo, no. Y me va a costar, porque estos tres libros son el fruto del trabajo de muchos años. Seguiré escribiendo, seguiré haciendo artículos de prensa, pero tanto como para quitar un reportaje con formato libro, a corto plazo, no.
FUENTE: Ángelo Nero / Fotos: Karlos Zurutuza / Nueva Revolución