El capitalismo infravalora el trabajo de las mujeres

Por Evelina Johansson Wilén* – Pocas preguntas han perseguido a la teoría feminista y al movimiento feminista con tanta persistencia como esta, aparentemente sencilla: ¿qué es una mujer? Algunas han intentado responderla directamente. Otras han argumentado que la pregunta en sí misma es una forma de exclusión, una exigencia de definición que inevitablemente deja a alguien fuera. Otras, en cambio, han rechazado la pregunta por completo, insistiendo en que el feminismo no debe partir de la búsqueda de una esencia universal.

Las diferentes respuestas han reflejado distintos momentos políticos. En la década de 1970, las feministas de influencia marxista abordaron la pregunta en términos estructurales, preguntándose qué papel desempeñan las mujeres como grupo en el mantenimiento del orden social existente. En la década de 1980, los enfoques psicoanalíticos y posestructuralistas desplazaron el foco hacia la subjetividad: qué significa vivir como mujer, cómo la feminidad moldea la relación de una con el cuerpo, con el lenguaje, con la sexualidad y con los demás. En estas interpretaciones, el sujeto femenino nunca fue estable, sino fragmentado e históricamente construido.

En las últimas décadas, el debate ha tomado cada vez más la forma de una disputa sobre la identidad. La pregunta ya no es solo qué es una mujer, sino quién cuenta como tal, y cómo la categoría se cruza con la raza, la clase, la sexualidad, la discapacidad y la nacionalidad. Este cambio se asocia a menudo con el feminismo interseccional, aunque la interseccionalidad en sí misma es más amplia que la versión centrada en la identidad que domina el debate público. Dentro de este marco, no hay una respuesta única a la pregunta de qué es una mujer. Las vidas de las mujeres están moldeadas por múltiples estructuras de poder que no pueden separarse unas de otras.

Este énfasis en la diferencia se presenta a menudo como una ruptura con el feminismo anterior. Pero la idea de que la opresión de las mujeres está determinada por la clase y la raza no comenzó con la interseccionalidad. Las feministas negras plantearon este argumento mucho antes de que existiera el término, y las feministas marxistas criticaron al feminismo liberal por aislar la “cuestión de la mujer” de la cuestión de clase décadas antes. Como señala la especialista sueca en género Lena Gunnarsson, la afirmación de que la teoría feminista anterior trataba a las mujeres como un grupo homogéneo a menudo se basa en caricaturas de generaciones anteriores de feminismo.

Una de las tradiciones que con mayor frecuencia se descarta en esa sintonía es el feminismo marxista. Sin embargo, esta tradición ofrece algunas de las herramientas más útiles que tenemos para responder a la pregunta de qué es una mujer. La respuesta no se encontrará buscando una definición eterna, sino preguntando qué papel desempeñan las mujeres en la reproducción de la sociedad capitalista.

La teoría feminista marxista de la reproducción social permite comprender tanto las diferencias entre las mujeres como las condiciones que comparten. Nos permite ver cómo las vidas de las mujeres están moldeadas por el mismo orden económico, incluso cuando sus experiencias distan mucho de ser idénticas.

La cuestión no es cómo borrar la diferencia, sino cómo se produce la diferencia misma dentro de un sistema común. Como se preguntó una vez la teórica feminista poscolonial Chandra Talpade Mohanty: ¿qué significa que todas vivamos dentro de un orden capitalista global? ¿Y cómo crea ese orden condiciones compartidas que pueden constituir la base de la solidaridad entre la mayoría de las mujeres, a pesar de las divisiones entre ellas?

La teoría de la reproducción social

La crítica de Karl Marx al capitalismo se centró, sobre todo, en la producción: cómo los trabajadores crean valor, cómo circulan las mercancías y cómo surgen las crisis de las contradicciones del sistema.

Pero Marx era muy consciente de que la producción no es un fenómeno aislado. El capitalismo depende de procesos sociales que no controla por completo. La fuerza de trabajo es la única mercancía que el capitalismo no puede producir por sí mismo, aunque dependa de ella por completo. Marx planeaba escribir más sobre el Estado, el colonialismo y el sistema crediticio, pero no llegó a hacerlo. Así es que su obra no debe tratarse como una doctrina cerrada, sino como un punto de partida.

Como argumenta la filósofa Nancy Holmstrom, el feminismo marxista no necesita abandonar a Marx para comprender la opresión de género. Necesita ampliar su análisis. La teoría de la reproducción social hace precisamente eso. Se pregunta qué tiene que suceder, día tras día, para que el capitalismo siga funcionando.

Los trabajadores deben nacer, criarse, alimentarse, educarse, ser cuidados y mantenerse lo suficientemente sanos como para trabajar. Las familias deben funcionar. Las escuelas y los hospitales deben operar. Deben existir sistemas completos de cuidado y mantenimiento antes de que se pueda producir una sola mercancía.

Estas actividades no están fuera del capitalismo. Se encuentran entre sus cimientos ocultos. Nancy Fraser las describe como las “condiciones de fondo” del capitalismo: formas de trabajo y de vida social de las que el sistema depende, pero que se niega a reconocer como parte de sí mismo.

Gran parte de este trabajo se lleva a cabo en la esfera privada, especialmente en la familia. Es allí donde se produce y reproduce a los trabajadores, no solo biológicamente, sino también social y emocionalmente. Sin esta esfera, el capitalismo no podría sobrevivir. Sin embargo, el capitalismo erosiona constantemente las mismas condiciones de las que depende al expandirse a nuevas áreas de la vida en busca de ganancias, incorporando al mercado el cuidado, la familia y las relaciones sociales.

Las feministas marxistas sostienen desde hace tiempo que a las mujeres, como grupo, se les ha asignado un papel concreto en este proceso. Las mujeres han asumido la responsabilidad principal del trabajo doméstico, los cuidados y el apoyo emocional. Tal y como demostró la socióloga marxista Lise Vogel, el capitalismo se sustenta en la interacción entre la explotación económica y las relaciones sociales de género. El patriarcado y el capitalismo no son idénticos, pero se refuerzan mutuamente.

Silvia Federici, por su parte, afirmó que las tareas domésticas y el cuidado deben entenderse como trabajo y no como expresiones de amor puro. Las mujeres que sostienen a los hombres emocional y físicamente hacen posible que esos hombres vendan su fuerza de trabajo al capital. La teórica política Anna Jónasdóttir describió el cuidado de las mujeres como una forma de “poder del amor”, comparable a la fuerza de trabajo, que sustenta el sentido de autonomía de los hombres.

La teoría de la reproducción social suele distinguir entre explotación y expropiación. La explotación se refiere al trabajo asalariado, en el que a los trabajadores se les paga menos que el valor que producen. La expropiación se refiere al trabajo que es necesario pero no remunerado, como el trabajo doméstico y el de cuidados. El capitalismo depende de ambos. Sin el trabajo no remunerado, el trabajo remunerado sería imposible.

Desarrollos teóricos posteriores han ampliado el concepto para incluir instituciones públicas como las escuelas, los sistemas de bienestar social y la atención médica, así como procesos globales como la migración y la esclavitud. Todos estos son parte de la reproducción de la fuerza de trabajo. El capitalismo no solo requiere trabajadores, sino trabajadores que estén vivos, capacitados, tengan vivienda y puedan presentarse a trabajar todos los días.

Y debido a que estas actividades son realizadas en su gran mayoría por mujeres, el desarrollo capitalista las afecta de maneras específicas. La mayoría de las mujeres pertenecen a la clase trabajadora. Muchas realizan tareas de cuidado, trabajan en educación, en el área de servicios y o en el trabajo doméstico, actividades esenciales para la sociedad pero sistemáticamente subestimadas. Estos sectores están constantemente bajo presión, ya que el capital busca reducir el costo de mantener la fuerza de trabajo.

La lucha por las ganancias es, por lo tanto, también una lucha sobre cuánto está dispuesta a gastar la sociedad en cuidado, educación y bienestar social. Una batalla por las condiciones de la vida misma.

Neoliberalismo, cuidados y división global de la reproducción

En el último tiempo, estas presiones se han intensificado. Se privatizan los servicios públicos, se recortan los sistemas de bienestar social y el trabajo de cuidados se convierte cada vez más en una mercancía. Ya no se espera que las escuelas, los hospitales y el cuidado de personas mayores solo sostengan a la sociedad; se espera que, además, generen ganancias. Las trabajadoras de estos sectores enfrentan condiciones cada vez peores, mientras que quienes necesitan cuidados son tratados como clientes.

Cuando el Estado se retira, la carga recae de nuevo en la familia y, dentro de la familia, en las mujeres. Se espera que las mujeres trabajen a cambio de un salario mientras siguen asumiendo la responsabilidad principal del cuidado no remunerado. El resultado es la conocida doble carga, agravada en condiciones de austeridad.

No todas las mujeres viven esto de la misma manera. Las mujeres de clase alta a menudo pueden liberarse del trabajo doméstico contratando a otras personas para que lo hagan. La emancipación, así, se convierte en una mercancía. Quienes tienen recursos pueden pagar por el cuidado de los niños, el cuidado de los adultos mayores y los servicios de salud privados. Quienes no los tienen, deben hacer el trabajo ellas mismas.

Y las mujeres que hacen posible este arreglo suelen ser migrantes y trabajadoras racializadas. Como demuestra Arlie Russell Hochschild, nuestras vidas se sostienen gracias a una cadena global de cuidados en la que las mujeres de los países más pobres realizan el trabajo reproductivo que las mujeres más ricas necesitan para competir en el mercado laboral.

El cuidado nunca desaparece; se terceriza. Una lógica que se extiende también en el creciente mercado de la subrogación, en el que el trabajo reproductivo en sentido estrecho se convierte en una mercancía. Las mujeres más pobres llevan a término embarazos para clientas ricas, a menudo atravesando varias fronteras nacionales. La cadena global de cuidados revela cuán profundamente depende el capitalismo de la organización desigual de la reproducción social.

Reproducción social e interseccionalidad

Las teóricas contemporáneas de la reproducción social, como Nancy Fraser, Tithi Bhattacharya y Cinzia Arruzza, sostienen que el feminismo no puede representar a la mayoría de las mujeres a menos que se enfrente al capitalismo mismo. El hecho de que la liberación de algunas mujeres dependa de la subordinación de otras lo hace inevitable.

A pesar de ello, rara vez describen su enfoque como interseccional, aunque ambas perspectivas comparten preocupaciones importantes. Ambas analizan múltiples formas de opresión. Ambas rechazan la idea de que el género pueda entenderse de forma aislada. Ambas insisten en que la clase, la raza, la sexualidad y el género interactúan.

La diferencia radica en el énfasis. La teoría interseccional, especialmente en sus formas más centradas en la identidad, suele tratar las diferentes estructuras de poder como igualmente fundamentales. La atención tiende a centrarse en la experiencia vivida y en las formas en que las personas asumen múltiples identidades al mismo tiempo.

La teoría de la reproducción social plantea una pregunta diferente: ¿cómo se organizan estas formas de opresión dentro de un sistema social específico? El objetivo no es «clasificar» las injusticias, sino comprender cómo se relacionan entre sí. Como argumenta Susan Ferguson, el análisis interseccional a veces describe múltiples formas de opresión sin explicar las relaciones sociales que las producen.

Para la teoría de la reproducción social, el capitalismo proporciona el marco histórico en el que estas relaciones toman forma. Esto no significa que toda injusticia pueda reducirse a la clase. Pero sí que la organización de la producción y la reproducción determina cómo funcionan otras jerarquías. El objetivo no es negar la diferencia, sino entenderla como parte de una totalidad más amplia. Las mujeres no comparten experiencias idénticas, pero sus vidas están conectadas por el mismo orden económico. Así, la solidaridad no se basa en la igualdad, sino en las condiciones compartidas.

Más relevante que nunca

La idea de un movimiento de mujeres unificado suele descartarse como obsoleta, basándose en la suposición de que las mujeres son demasiado diferentes para actuar juntas. Hay algo de verdad en esto. Las vidas de las mujeres difieren enormemente. La raza, la clase, la sexualidad y la nacionalidad importan.

Pero el error opuesto es igual de engañoso. La mayoría de las mujeres, sean cuales sean sus diferencias, viven bajo un sistema capitalista que depende de su trabajo de maneras específicas. Las mujeres están sobrerrepresentadas en los trabajos mal remunerados, en los cuidados y en el trabajo no remunerado. Su tiempo, sus cuerpos y su energía emocional siguen siendo recursos para el capital. Las mujeres no deban organizarse solo como mujeres, eso es claro. Pero también es claro que el feminismo no puede tener éxito sin confrontar el sistema económico que estructura estas desigualdades.

La teoría de la reproducción social ofrece una forma de pensar simultáneamente tanto la diferencia como en lo que tenemos en común. Muestra cómo se organiza la producción de la vida misma bajo el capitalismo, cómo se apoyan algunas vidas mientras otras son descuidadas y cómo las luchas por el cuidado, el trabajo y la supervivencia son inseparables de las luchas por las ganancias. Al preguntarnos quién realiza el trabajo que sostiene a la sociedad —y en qué condiciones— podemos ver los contornos de una política que habla no solo por unas pocas, sino por la mayoría.

*Publicado en Jacobin América Latina / Traducción: Florencia Oroz

jueves, mayo 14th, 2026