Un día más en la oficina del monte Aragats para los pastores yezidíes armenios. Fotografía: Karlos Zurutuza.

Fuego se escribe “agir” para los yezidíes

Sashik Sultanián no respondía al email y tampoco cogía el teléfono. Nos imaginábamos por qué, pero todo nos quedó claro cuando nos plantamos por sorpresa en su oficina a las afueras de Ereván.

“¿Cómo han encontrado ustedes este lugar?”, nos preguntó sorprendido, mientras meditaba si invitarnos a entrar. En agosto de 2022, aquella era aún la sede del Centro Yezidí para los Derechos Humanos (CYDH), una organización no gubernamental que Sultanián fundó en 2018. Siempre se trató de defender los derechos de la principal minoría étnica de la pequeña Armenia. Pero Sultanián, que no había cumplido aún la treintena, se enfrentaba a seis años de cárcel por “incitación al odio”. 

Su recelo a la hora de recibirnos se justificaba por las constantes amenazas que recibía de la ultraderecha. Veto Armenia, una organización en esa órbita, le había denunciado un año atrás por una entrevista en un canal de radio yezidí de Irak. Alguien se preocupó de traducir del kurdo al armenio una conversación en la que Sultanián habló de “discriminación” hacia su gente en Armenia, de que se expropian las tierras de los yezidíes bajo pretextos legales y de que se vulneraban sus derechos lingüísticos y culturales. 

Antes de seguir, conviene explicar quiénes son los yezidíes y qué hacen en Armenia, porque no hablamos de un pueblo originario del Cáucaso. Entre sorbos de té en un vaso de plástico, Sultanián nos hizo en resumen en kurmanji (variante del kurdo hablada en Turquía y Siria). Me acompañaba Jewan, un periodista kurdo de Siria que no tenía ningún problema para entender al armenio. Esta última idea es clave en esta historia, pero vamos antes con el yezidismo.

Es un culto ancestral que tiene su epicentro en Mesopotamia, pero que ha incorporado elementos del mazdeísmo, el zoroastrianismo, el cristianismo o el islam con el paso de los siglos. Son medio millón de fieles en Oriente Medio y otro medio millón en la diáspora. A finales del siglo XIX y principios del XX, muchos de ellos huyeron de Anatolia oriental junto a armenios y siríacos hacia el Cáucaso, y no tardarían en fundirse con la miríada de pueblos que integraban la Unión Soviética (URSS). Sultanián vino al mundo tras el colapso de aquel imperio, pero los pasaportes de sus padres y abuelos especificaban “yezidí” en el apartado que indicaba la nacionalidad en aquellos pasaportes rojos con las siglas “CCCP” (URSS, en ruso) en letras doradas.

Ya en la segunda década del siglo XXI, Sultanián aseguraba que la discriminación era tan sistemática como esos clichés sobre su comunidad que la televisión y los medios repetían sin descanso: siempre se los presentaba como campesinos o pastores analfabetos, sucios y desorganizados. Había muchas más cosas de las que quejarse, pero Sultanián acabó centrándose en la cuestión lingüística. Si bien hay clases de kurmanji en las escuelas de los niños yezidíes, la asignatura no forma parte del currículo oficial. Por otra parte, los libros estaban en cirílico. “¿No es más lógico usar el alfabeto latino, que es el que usáis los kurdos en Turquía y Siria?”, apostilló, lanzándole la pregunta a Jewan. 

Pero todo vínculo entre esta pequeña minoría armenia y un pueblo vecino, el kurdo, con una población mucho mayor, es algo que Ereván nunca vio con buenos ojos, y ni siquiera los propios yezidíes locales. Era eso, y que siempre ha pesado la participación de los kurdos de Anatolia en el genocidio armenio, un capítulo para esta gente del Cáucaso equivalente a la Shoah para el pueblo judío. Solo gente instruida como Sultanián admitía que hablaba kurdo. Para la mayoría de su pueblo en Armenia, su lengua es el “yezidí”. Eso es lo que se les ha enseñado.

“Cuando hablamos de derechos humanos insistimos en que hay que estar alerta a diario. Desgraciadamente, muchos no lo entienden así, niegan ser una minoría porque tienen miedo de que un estatus especial pueda dañar su hermandad con los armenios. Pero la hermandad no puede existir sin igualdad”, resolvió Sultanián aquella entrevista.

Un año después de aquel encuentro en Ereván, el armenio abandonó el país por la presión tanto de la ultraderecha como de los jueces. Mantuve contacto con él durante un tiempo y sé que pidió asilo en Francia, pero desconozco su paradero actual e internet no aporta pistas. Es como si se lo hubiera tragado la tierra. Numerosas organizaciones internacionales denunciaron su procesamiento durante años, pero la fiscalía armenia siempre apuntó a un proceso “acorde con la legislación nacional e internacional”. Los cargos contra él se mantienen hasta hoy. 

“Kurdistán Rojo”

La lengua materna de mi acompañante y mi interlocutor aquel día es una variante indoeuropea del grupo iranio occidental —que incluye también al persa o al baluche—, y que hablan los kurdos. Son más de cuarenta millones de individuos que se reparten entre las fronteras de Turquía, Irán, Irak y Siria principalmente, y se cree que son en torno a cuarenta mil en Armenia. Que las montañas kurdas se alcen justo sobre la falla entre turcos, árabes y persas ha redundado en un riquísimo espectro dialectal. A diferencia del kumanji, el soraní, la variante predominante entre los kurdos de Irak e Irán, se escribe con caracteres árabes. Más allá de meras codificaciones arbitrarias, resulta fascinante que aún sobrevivan variantes kurdas como el zaza en el este de Anatolia. Es tan conservadora que, dicen, permite hasta leer el Avesta, los textos sagrados del zoroastrianismo. Es cierto que la mayoría de los kurdos confiesan hoy el islam suní, pero todavía quedan los que siguen viendo en el fuego un símbolo de la divinidad Ahura Mazda. “Agir” es como llaman al fuego, sagrado o no.

Volviendo a lo que queda de la lengua en este rincón del Cáucaso, la historia no se libra de sus propias paradojas. A pocos kilómetros de donde se prohíbe a los hablantes de kurmanji utilizar su propio alfabeto, se llegó a levantar lo que se conoció en su día como Kurdistan-e Sor, el “Kurdistán Rojo”. Durante sus siete años de vida (1923-1930), aquella lengua de tierra que incluía veinticinco aldeas kurdas entre Armenia y el antiguo enclave de Nagorno Karabaj fue el único lugar del mundo donde se abrían escuelas y se publicaban libros en lengua kurda. Dos años más tarde, Celadet Alî Bedirxan, escritor, lingüista y diplomático kurdo de Estambul adaptó el kurdo al alfabeto latino. Lo hizo, eso sí, desde Siria. Hijo del Imperio otomano, Bedirxan había abandonado Turquía en 1923, cuando los kemalistas fundaron la nueva república.

Pero todo aquello queda ya muy lejos. A cuarenta minutos de carretera, hacia el oeste de Ereván, se llega hasta el complejo de Aknalich. Levantado en 2020, poco aporta más allá de ser es el mayor templo yezidí del mundo, aunque esto es algo que Ereván siempre pone sobre la mesa cuando le acusan de discriminación. No obstante, hay que decir que se construyó gracias a aportaciones privadas. En el parque anexo hay una hilera de estatuas de notables yezidíes armenios, entre las que se incluye la de una kurda de Irak. Hablamos de Nadia Murad, una de esas jóvenes esclavizadas por el Estado Islámico (ISIS) en 2014 y que recibió el Nobel de la Paz cuatro años después. 

Aragats

Son diez minutos desde allí hasta la aldea de Ardashar, una de esas aldeas armenias de casas de ladrillo, madera y plástico a partes iguales, perros que ladran amarrados a bañeras llenas de agua de lluvia y vacas que contemplan indiferentes la lucha en el fango de Ladas cargados de sandías. Nos esperaba Jundi Jundoyán, un jeque yezidí local. Todavía teníamos casi dos horas hasta que aquel hombre de sesenta y ocho años y piel curtida por el sol y el brandy armenio estuviera completamente borracho. Tuvo tiempo de explicarse. 

¿Sabíamos que hizo la mili en Sochi en el 71? Flota del mar Negro, ni más ni menos. En aquel buque compartían camarote hijos del desierto de Karakum (actual Turkmenistán) y de la taiga siberiana; chavales llegados desde las jrushchovkas de Leningrado, de la ciudadela de Bakú, de los bosques de los Urales y de las orillas del Baikal… Pero ninguno de ellos había oído hablar de los yezidíes. 

Jundoyán siempre estaba dispuesto a explicarlo, solo pedía paciencia. Dios, que también es el sol, tiene tres mil nombres y siete arcángeles, pero se desentendió del mundo tras crearlo a partir de una perla. También dio vida a Adán y Eva a su imagen semejanza, y obligó a Malak Taus, el pavo real sagrado, el arcángel principal, a servirlos. Pero Taus se negó: ¿acaso no era él el príncipe? ¿Por qué había que plegarse a los caprichos de aquella pareja de simples mortales? Al final, aquella disputa entre él y Dios se zanjó, y el arcángel caído fue redimido. Imaginamos a un Jundoyán casi adolescente contando todo esto sobre la cubierta de su fragata amarrada al puerto de Sebastopol.

“Éramos setenta mil en tiempos de la URSS, pero ahora apenas sumamos la mitad. Todos se van a Rusia, claro”, arrancó nuestro anfitrión con solemnidad. “¿Hace algo el gobierno armenio por mejorar nuestra vida? No. ¿Hicieron algo Francia, América, Australia… todos esos, cuando el Estado Islámico acabó con miles de los nuestros en Irak y esclavizó a todas aquellas mujeres? A vosotros, los occidentales, se os llena la boca de palabras bonitas, pero luego nunca movéis un dedo a no ser que esperéis algún beneficio”. Tomamos nota antes de brindar por los mártires, tanto los de genocidio de hace cien años como los de las guerras de Nagorno Karabaj. Luego fue el turno de Andranik Ozanian, héroe nacional armenio. Nos observaba desde un tapiz colgando de una de las paredes. 

Jundoyán se encasquetó su papaja (gorro tradicional del Cáucaso) sobre un rostro congestionado por la emoción y el alcohol. El sexto, o séptimo, brindis de la tarde será por Armenia, “la madre de todos, yezidíes y no yezidíes”; luego le llegó el turno del Ararat, al que parece que se pudiera llegar dando un paseo desde aquí, pero que se eleva desde el lado turco de la frontera. Y está cerrada. 

Mucho menos simbólico y mil metros más bajo es el Aragats, pero este último sí que está en Armenia. Su cima alberga una pirámide de color plata (fue uno de los observatorios meteorológicos soviéticos más avanzados de su tiempo) y un pequeño lago con pedalos amarillos de cabeza de pato. Es uno de los refugios estivales preferidos, cuando las calles de piedra rosa de Ereván se convierten en un horno en el que las almas se funden con el asfalto. El Aragats también es el lugar donde los yezidíes armenios practican el nomadismo vertical con sus rebaños.

Como el resto de los suyos, Mahar Shababyan, un chaval de veintiún años, conocía la procedencia exacta de su familia. Desde la tienda de campaña que compartía con sus padres y sus tres hermanos pequeños, decía que sus antepasados huyeron de Kars, hoy en el este de Turquía, durante el genocidio en Anatolia. ¿Que si echaba algo en falta de la vida en el valle? No mucho. Se enteraba de todo por Facebook y aún le daba tiempo para estudiar la historia de su gente. Sacó tres libros de canciones, mitos y leyendas yezidíes escritos en ruso de un cofre de hierro. Decía que sí, que había visto textos en su lengua en internet, pero aquel era un alfabeto que no podía leer. Tampoco conocía a nadie que pudiera.

FUENTE: Karlos Zurutuza (texto y foto) / Jot Down

miércoles, agosto 27th, 2025