Por Joost Jongerden* – La integración democrática no es una incorporación al orden existente, ni siquiera a uno reformado, sino una invitación a desarrollar formas de política independientes del Estado y que trascienden su ámbito de competencia.
Un nuevo comienzo
En una declaración pública del 27 de febrero de 2025, Abdullah Öcalan hizo un llamamiento a una solución política para el conflicto kurdo. En su mensaje, Öcalan analizó el contexto político en el que surgió el PKK (Partido de los Trabajadores de Kurdistán), incluyendo la Guerra Fría, la negación absoluta de la existencia kurda y el cierre de vías para la política democrática, condiciones que, según él, propiciaron la aparición del PKK. Sin embargo, argumentó que la cambiante situación geopolítica, el debilitamiento de las políticas que negaban la identidad kurda y las mejoras en la libertad de expresión en Turquía exigían ahora una forma diferente de compromiso político. Por consiguiente, Öcalan instó al PKK a deponer las armas y disolverse. Su llamamiento fue seguido por una declaración de alto el fuego unilateral del PKK en marzo de ese año, una decisión formal de disolver el partido en mayo —aunque la organización continuó sus actividades bajo un nuevo nombre, el Movimiento Apoísta— y una quema simbólica de armas en julio de 2025.
El llamamiento de Öcalan y las medidas adoptadas por el PKK fueron bien recibidos por los líderes turcos como los primeros pasos hacia una “Turquía libre de terrorismo”. SETA, un centro de estudios conocido por su cercanía al partido gobernante turco, describió los siguientes pasos como la disolución del movimiento mediante medidas para rehabilitar a sus miembros de base, reubicar a los cuadros dirigentes en terceros países y establecer estructuras de gobernanza seguras en los territorios evacuados por el PKK. Para el liderazgo turco, el problema parece centrarse exclusivamente en el PKK, lo que prácticamente anula la cuestión kurda en general, del mismo modo que a los propios kurdos se les negó oficialmente su existencia en el pasado.
El concepto de “integración democrática” de Öcalan pudo haber dado la impresión, entre sus adversarios, de que el fin de la lucha armada y la disolución del PKK constituían un reconocimiento de la derrota. Sin embargo, Öcalan ha dejado claro que el proceso de fin de la lucha armada y disolución debe entenderse como el comienzo de una nueva realidad política. Hizo hincapié en la necesidad de cultivar una sociedad democrática basada en el respeto a las diversas identidades, la libre expresión y la autoorganización democrática de los distintos sectores de la sociedad. Dentro de un espacio político tan abierto e inclusivo, el PKK —aunque transformado y sin carácter militar— podría seguir operando como actor político.
Integración democrática
La renovada apertura de Abdullah Öcalan para resolver la cuestión kurda se fundamenta en el argumento de que esta requiere una solución política, más que militar. Esta postura no es nueva. Desde el primer alto el fuego en 1993, Öcalan ha presentado sistemáticamente la lucha armada como consecuencia de las políticas turcas de asimilación violenta, negación de la identidad kurda y régimen autoritario; condiciones que, a su vez, exigen una transformación política.
Su visión política general también se ha mantenido relativamente constante. En las últimas dos décadas, Öcalan ha desarrollado conceptos como la “autonomía democrática”, que alude al derecho a la toma de decisiones colectivas, y el “confederalismo democrático”, entendido como redes de asambleas autogobernadas organizadas en toda la sociedad. Estas ideas estaban vinculadas a la noción de “república democrática”, que buscaba la apertura de un espacio político para la expresión y la acción. El nuevo concepto de integración democrática de Öcalan engloba esta tríada de autonomía democrática, confederalismo democrático y república democrática, como requisito para la creación de un espacio político abierto en el que los pueblos puedan expresarse y autoorganizarse.
Lo que distingue el momento actual, sin embargo, no es tanto la visión política en sí misma como la estrategia con la que se persigue. En intentos anteriores por alcanzar una solución política, se esperaba que las medidas adoptadas por Öcalan o el PKK fueran correspondidas por el Estado. Por el contrario, el enfoque actual de Öcalan presenta el fin de la lucha armada y la disolución del PKK no como el resultado de un acuerdo negociado, sino como el punto de partida para abrir un camino hacia la política democrática. Por lo tanto, estas medidas no se plantean como transacciones supeditadas a concesiones inmediatas del Estado, sino como iniciativas unilaterales destinadas a crear las condiciones para un nuevo proceso político.
Para muchos kurdos, sin embargo, este enfoque suscita inquietudes, sobre todo ante la ausencia de medidas significativas por parte de un Estado históricamente construido sobre la negación de la identidad kurda. Estas inquietudes se ven reforzadas por el discurso del Partido del Movimiento Nacionalista (MHP) y del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), que han enmarcado el proceso en términos de la creación de una “Turquía libre de terrorismo”, sugiriendo implícitamente que la disolución del PKK constituye la solución política. Esta asimetría entre las concesiones kurdas y los limitados compromisos políticos del Estado ha alimentado el escepticismo sobre si el proceso podrá, en última instancia, conducir a una solución democrática genuina. Ciertamente, la iniciativa de Öcalan es audaz. Sin embargo, también abre la posibilidad de una profunda transformación política, como él mismo expuso por escrito.
Perspectivas políticas de Öcalan
En su último manifiesto (2026), Öcalan expone una teoría general de la historia centrada en el antagonismo persistente entre el Estado y las formas comunitarias de organización social. Para él, el Estado es una institución centralizada que concentra el poder y genera jerarquías en los ámbitos de género (dominación masculina), económico (clase social) y político (dominación). En su forma moderna de Estado nación, funciona como una máquina de homogeneización, buscando asimilar una pluralidad de identidades en una sola identidad nacional. La libertad, o autodeterminación, argumenta, no reside en el Estado, sino en la autoexpresión democrática y la autoorganización democrática a través de formas comunitarias de vida política.
Si bien Öcalan presenta la autoorganización democrática como la base para resolver la cuestión kurda, también la concibe como un modelo político generalizable: una forma de socialismo para el siglo XXI. Desde esta perspectiva, el fracaso del socialismo del siglo XX no fue meramente contingente, sino estructural: no logró romper con la lógica estatista. Por lo tanto, el socialismo ya no debería definirse mediante la dictadura del proletariado, el gobierno de partido o la toma del poder estatal, sino mediante la regulación democrática de las relaciones entre la vida comunitaria y las instituciones políticas. Así, Öcalan imagina un orden global alternativo basado en estructuras democráticas descentralizadas, que describe como una “Unión de Naciones Democráticas” o una “Internacional Comunitaria”.
Finalmente, un aspecto importante del pensamiento de Öcalan es su intento de descentrar la violencia en la política. Si bien una sociedad democrática debe conservar la capacidad de autodefensa, la violencia no se entiende simplemente como un medio instrumental para un fin político. Más bien, Öcalan argumenta que la violencia constituye el fundamento mismo a través del cual los Estados se producen y reproducen históricamente, haciéndose eco de la famosa formulación de Charles Tilly: “La guerra crea Estados, y los Estados crean guerras” (Tilly, 1993). Desde esta perspectiva, una lucha armada prolongada que excede los límites de la autodefensa corre el riesgo de reproducir precisamente aquello que busca superar: la lógica del propio Estado. La transformación política se concibe, por lo tanto, no a través del derrocamiento violento, sino mediante una relación negociada entre una sociedad autoorganizada y las estructuras estatales existentes. En su opinión, lo nuevo emerge dentro de la estructura de lo antiguo. Sin embargo, dicha relación depende de la voluntad del Estado de tolerar y acoger formas autónomas de autoorganización.
Para comprender la visión política más amplia, es importante analizar detenidamente el texto, pero igualmente necesario situar el manifiesto dentro de la tradición política más amplia a través de la cual Öcalan y el PKK han buscado repetidamente redefinir el significado y la práctica de la lucha política. En este contexto, abordaré tres ambiciones políticas clave: la construcción de un mundo, nuevas formas de ciudadanía y una política que aborde la identidad sin esencializarla.
Creación de mundos
Cuando el PKK surgió como movimiento político, se insertó en la historia más amplia del siglo XX, marcada por la revolución socialista y la lucha anticolonial. Estas revoluciones —desde la Unión Soviética hasta China, desde Cuba hasta Mozambique— no se consideraban modelos a seguir, sino trayectorias coexistentes: una confluencia fortuita de rupturas revolucionarias. Así, la revolución en Kurdistán se entendía como parte de una lucha mundial por un orden internacional nuevo y más justo.
En sus inicios, el PKK concibió el Estado como un medio para poner fin a las relaciones coloniales y de explotación en Kurdistán, y contribuir a la creación de un nuevo orden internacional. En este sentido, la estatalidad formaba parte de su horizonte político. El Estado no era un fin en sí mismo, sino que se concebía instrumentalmente: como un posible medio para superar la dominación colonial y las relaciones sociales de explotación, y como un momento dentro de una transformación más amplia del orden internacional. La independencia política mediante la construcción del Estado era, por lo tanto, inseparable de una lucha más amplia por reestructurar las jerarquías globales. Esto es lo que Adom Getachew denomina construcción de un mundo anticolonial (Getachew, 2019).
Desde esta perspectiva, las transformaciones que se gestaron en el seno del PKK a principios de la década de 2000 parecen radicales en su forma, pero se mantienen fieles a la idea de la construcción de un mundo mejor. Si bien el movimiento se alejó del Estado como vehículo de emancipación y se orientó hacia formas de democracia comunitarias y basadas en consejos, conservó su compromiso de prefigurar un orden político alternativo, en lugar de una mera integración en el existente.
En su último manuscrito, Öcalan profundiza en su trabajo anterior, en el que propuso un proyecto de construcción de mundos más amplio que reinterpreta la historia y la política a través de una tensión fundamental entre la dominación estatal y la autodeterminación comunitaria. Presenta el sistema mundial moderno como un sistema en crisis, marcado por el agotamiento sistémico, y argumenta que el futuro debería organizarse de manera diferente: alejándose del poder estatal centralizado, la construcción nacional basada en la identidad y una economía que impulsa el agotamiento planetario, y dirigiéndose hacia nuevas formas de organización política, social y económica.
Ciudadanía
Esta reorientación política va acompañada de una reconsideración de la ciudadanía. Tradicionalmente, la ciudadanía está ligada a una entidad política territorializada —el Estado nación— que define la inclusión, la exclusión y el alcance de los derechos. Dentro de estos marcos, a los kurdos se les han negado históricamente derechos o solo se les ha reconocido bajo la condición de asimilación —como turcos, árabes o musulmanes—. La ciudadanía, por lo tanto, funciona como un mecanismo de integración mediante la eliminación cultural. El PKK desafía esto no reivindicando su propia ciudadanía nacional, sino combatiendo la ciudadanía como herramienta de gobernanza nacionalista (Jongerden y O’Connor, 2025).
En Turquía, a finales de la década de 1970, el movimiento reivindicó el derecho a la autodeterminación, buscando transformar un régimen de ciudadanía restrictivo que excluía a las personas que se identificaban como kurdas. Esto se materializó en una ciudadanía activista: la reivindicación explícita de derechos como kurdos a pesar de la falta de reconocimiento oficial. El precio fue alto. El primer alcalde kurdo elegido bajo estas condiciones, Edip Solmaz, en Batman en 1979, fue asesinado al cabo de un mes, y los actores políticos kurdos fueron blanco de ataques reiterados en las décadas siguientes.
Si bien estos esfuerzos por redefinir la ciudadanía dentro del Estado pueden entenderse como actos de ciudadanía (Isin, 2009 y 2024) que permanecen confinados al marco del Estado nación, no obstante, reformulan el concepto mismo de ciudadanía. Lo transforman de un sistema definido étnicamente hacia una formulación más cívica. Paralelamente, el movimiento cultivó espacios políticos alternativos: redes confederales de consejos vecinales y de mujeres que posibilitaron formas de autoadministración democrática. Estas prácticas ponen en funcionamiento la ciudadanía como formas de autoorganización colectiva independientes del Estado, ampliando su significado más allá de una relación mediada por las instituciones estatales.
En su último texto, Öcalan continúa definiendo la ciudadanía no solo como un estatus legal otorgado por el Estado, sino como una práctica activa y disputada, arraigada en la organización colectiva, el reconocimiento y la autogobernanza. Surgiendo de una historia de negación y marginación, plantea las reivindicaciones políticas kurdas como una demanda de igualdad de inclusión legal y una afirmación del derecho a la organización autónoma a través de estructuras democráticas y comunitarias. En esta formulación, y como componente de la integración democrática, la ciudadanía ya no se entiende principalmente como un estatus jurídico conferido desde arriba, sino como una práctica política constituida mediante la participación colectiva y la autoorganización democrática.
Identidad
La identidad ocupa un lugar central en la visión política del PKK, aunque no como un fin en sí misma. En lugar de buscar un Estado nación kurdo, el movimiento considera la identidad como un medio para denunciar y resistir las relaciones de dominación. La identidad kurda, entendida como históricamente negada y subordinada, se convierte en la base de la subjetividad política sin ser reificada en una categoría fija o excluyente. El horizonte político sigue siendo explícitamente posnacional.
Surgido de la tradición marxista, el PKK desafió el reduccionismo de clase dominante en gran parte de la izquierda revolucionaria, que subordinaba la diferencia cultural y política a una lucha de clases abstracta confinada a los límites territoriales del Estado. En la práctica, esto convirtió a Turquía en el marco analítico incuestionable y obligó a los kurdos a reprimir su identidad para participar políticamente, reproduciendo así la dominación en lugar de superarla.
En este contexto, el PKK puso de relieve las múltiples dimensiones de la “cuestión kurda”, incluyendo la dominación colonial, el lingüicidio, el culturicidio y la exclusión política. Sostenía que una izquierda que no estuviera dispuesta a romper con el nacionalismo kemalista no podía ser genuinamente emancipadora. Al considerar la clase como la única contradicción y dejar sin nombrar las relaciones coloniales, la izquierda revolucionaria transformó efectivamente la clase en una categoría nacionalista, con la identidad turca funcionando como la norma implícita. Desde esta perspectiva, nombrar a Kurdistán y a los kurdos no era una expresión de nacionalismo, sino una forma de visibilizar la dominación colonial, y una política que se negara a nombrarla, en última instancia, la reproduciría.
El enfoque del PKK y del Movimiento de Liberación de Kurdistán en general respecto al género buscaba visibilizar las formas de dominación estructuradas en torno a la figura del hombre dominante e institucionalizadas a través del Estado. El movimiento combinó la crítica ideológica del hombre dominante como institución social y política con la transformación organizativa mediante organizaciones femeninas autónomas, cuotas, sistemas de copresidencia y la Jineoloji. De este modo, la capacidad de acción de las mujeres se convirtió en un elemento constitutivo de la autonomía democrática y del confederalismo democrático.
En un sentido más amplio, las identidades subordinadas —ya sean de clase, kurdas o de género— no se consideran fines fijos, sino puntos de partida para la lucha política. La identidad funciona como una herramienta crítica para denunciar la dominación y organizar la resistencia, mientras que el sentido de pertenencia se reafirma mediante la autoorganización democrática más allá del Estado nación. El objetivo no es sustituir un nacionalismo por otro, sino desestabilizar la propia concepción de la nación a través de formas pluralistas y posnacionales de vida colectiva.
¿Qué busca entonces Öcalan?
En conclusión, la visión de Öcalan busca una solución en la que la identidad kurda deje de ser tratada como una amenaza que requiere represión, al tiempo que abre un debate más amplio sobre la coexistencia democrática más allá del Estado nación, cuyos cimientos se basan en un nacionalismo excluyente y la violencia centralizada. Entendida así, la integración democrática no es una incorporación al orden existente, ni siquiera a uno reformado, sino una invitación a desarrollar formas de política independientes y ajenas al Estado. Al mismo tiempo, esta visión política se enfrenta a un doble desafío. En el aspecto negativo, un Estado que continúa abordando la cuestión kurda mediante medios nacionalistas y violentos reproduce las condiciones en las que la violencia se convierte en la única forma disponible de acción política. En el aspecto positivo, la disolución del PKK y el llamado a una nueva política solo pueden tener éxito si las asambleas, las comunas y otras formas de autoorganización emergen como alternativas viables y duraderas. En resumen, la importancia del pensamiento reciente de Abdullah Öcalan reside no solo en el éxito o fracaso inmediato del proceso actual, sino también en las cuestiones políticas más amplias que plantea sobre cómo convivir en un mundo cada vez más agotado por el nacionalismo y el extractivismo económico.
Referencias bibliográficas
Getachew, A. (2019). La construcción del mundo después del imperio: El auge y la caída de la autodeterminación. Princeton, Princeton University Press.
Isin, E. (2009). “La ciudadanía en constante cambio: la figura del ciudadano activista”. Subjetividad (29): pp. 367-388.
Isin, E. (2024). Ciudadanía: Nuevas trayectorias en el derecho. Londres, Routledge.
Jongerden, J. y F. O’Connor (2025). “La lucha contra un régimen de ciudadanía exclusivo: el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y su movilización electoral en Batman a finales de la década de 1970”. Third World Quarterly 46 (8): 913-931.
*Publicado en The Amargi / Traducción y edición: Kurdistán América Latina