Por Gurbet Sarya* – La gente de Rojava (Kurdistán sirio) lleva días saliendo a las calles con pancartas en las que se lee: “No hay vida sin lengua (Bê ziman jiyan nabe)”, “Que el kurdo tenga estatus (Bila Kurdî bibe xwedî statu)”, “Viva la lengua kurda (Bijî Zimanê Kurdî)”, “Nuestra lengua es nuestra identidad (Zimanê me nasnameya me ye)”, “La lengua es una línea roja; quien la viole pierde su legitimidad (Ziman xeta sor e, yên ku wê binpê bikin rewatiya xwe ji dest dide)” y “Cada palabra kurda es una historia (Her peyvek kurdî çîrokek e)”.
Los kurdos y las kurdas que se manifiestan en ciudades como Dêrik, Hasaka, Qamishlo, Kobane, Tirbespiyê, Girkê Legê y Amûdê para reclamar el reconocimiento de los derechos de la lengua kurda también están enviando un mensaje más amplio: que no han abandonado la lucha contra las políticas de borrado impuestas por el régimen baazista, el gobierno de transición sirio y el Estado turco.
El pueblo kurdo, que fue testigo de la represión sistemática del kurdo por parte del régimen baazista desde la década de 1970 hasta la Revolución de Rojava, de las políticas de turquización del Estado turco en Afrin, Serêkaniyê y Girê Spî en el 2018 y 2019, y los esfuerzos del gobierno de transición por evitar garantizar constitucionalmente el kurdo en la nueva Siria, ha pasado las últimas dos semanas declarando en las calles que el kurdo sigue siendo una línea roja.
Con motivo del Día de la Lengua Kurda, que se celebró el 15 de mayo, esta serie de tres partes analizará la represión sistemática a la que se han enfrentado los kurdos en Rojava y Siria por su lengua, y cómo el kurdo comenzó a resurgir con la revolución.
Cinco décadas de políticas destinadas a borrar la identidad
El régimen baazista, que llegó al poder mediante el golpe militar del 8 de marzo de 1963 en Siria, llevó a cabo una política sistemática de borrado, confiscación de tierras y genocidio cultural contra el pueblo kurdo durante 49 años, hasta la Revolución de Rojava en 2012. Estos ataques dirigidos contra la existencia, la lengua, la cultura y la economía kurdas no fueron simples violaciones de derechos; su objetivo era destruir la memoria colectiva de todo un pueblo a través de la destrucción de la propia lengua.
Para el régimen, solo una ideología se consideraba legítima y real: el nacionalismo árabe. Al elevar el nacionalismo árabe a la única ideología del Estado, los kurdos fueron declarados “extranjeros”, su lengua fue prohibida y su territorio fragmentado mediante la ingeniería demográfica. Esta política se llevó a la práctica a través del llamado proyecto del “Cinturón Árabe”.
El plan se diseñó en 1965, se puso en marcha de hecho en 1973 y se formalizó oficialmente el 24 de junio de 1974 mediante la Decisión Nº 521, emitida por el Mando Regional del Partido Baaz. Se estableció una franja de aproximadamente 350 kilómetros de longitud y entre 10 y 15 kilómetros de profundidad a lo largo de la frontera entre Siria y Turquía, en la región de Hasaka. El proyecto, que se extendía desde la frontera iraquí pasando por Dêrik y Serêkaniyê, tenía como objetivo separar Rojava del Kurdistán del Norte (Bakur) y del Kurdistán del Sur (Bashur), y así debilitar la interacción entre las poblaciones. La explotación de las tierras agrícolas, las reservas de petróleo y los recursos hídricos también formaba parte del plan.
Alrededor de 140.000 kurdos fueron desplazados, mientras que se confiscaron las tierras agrícolas pertenecientes a más de 300 pueblos. A continuación, miles de árabes traídos de Raqqa y Alepo fueron asentados en pueblos kurdos. La destrucción socioeconómica causada por estas políticas fue grave y duradera. Gran parte de las tierras agrícolas más fértiles de los kurdos, junto con importantes recursos petrolíferos e hídricos, fueron confiscadas, lo que empobreció a la población.
La desigualdad económica, el desempleo y la pobreza se agravaron, mientras que la transformación demográfica destrozó el tejido social. La devolución de las tierras confiscadas sigue siendo una de las principales reivindicaciones del pueblo de Rojava en la actualidad.
El kurdo fue prohibido en todos los ámbitos
Lo que vivieron los kurdos bajo el régimen baazista también reflejaba una política más amplia de genocidio étnico y cultural. El régimen centró gran parte de su represión directamente en la lengua kurda. Las restricciones impuestas al kurdo afectaron a todos los ámbitos de la vida social. El kurdo quedó totalmente prohibido en la educación, las instituciones oficiales, los medios de comunicación y la vida pública. Los niños kurdos en las escuelas no podían recibir educación en su lengua materna ni hablarla abiertamente, aprender su historia o estudiar su cultura. Dar nombres kurdos, utilizar nombres kurdos de pueblos y ciudades, o incluso cantar canciones en las bodas, podía acarrear castigos severos. Cada palabra y cada frase se convertían, de hecho, en un peligro para la vida de las personas.
El kurdo desapareció de las oficinas oficiales, los hospitales, los mercados y los lugares de trabajo.
Una política de borrado total de la memoria
El ámbito cultural fue sometido a una política de borrado total de la memoria colectiva. Se prohibió la publicación de libros, la impresión de periódicos y la representación de obras de teatro, mientras que en la radio o la televisión no se podía escuchar ni una sola palabra en kurdo. Cualquiera que cantara, escribiera, produjera o enseñara en kurdo se convertía en un objetivo directo del régimen. Las autoridades del Baaz lanzaron, de hecho, una campaña contra los hablantes de kurdo.
Mihemed Şêxo, cuyas canciones aún hoy se recuerdan de memoria y cuya voz sigue resonando en decenas de obras muy queridas, fue uno de los artistas kurdos perseguidos por cantar en kurdo. Fue detenido y torturado en repetidas ocasiones. En 1969, fue exiliado al Líbano, y posteriormente se trasladó a Irak y luego a Irán. Cada vez que regresaba a Siria, era detenido de nuevo.
A través de canciones como “Ay Gewrê”, “Ay Lê Gulê”, “Nesrîn”, “Eman Dilo”, “Şêrînê Nû Gîhaye”, “Heps û Zîndan” y “Min Bihîstî”, Şêxo dio voz a la resistencia y la identidad kurdas. Se convirtió en uno de los símbolos más destacados perseguidos por el régimen baazista por producir música kurda.
Junto a Şêxo, muchos intelectuales, escritores y periodistas fueron objeto de una represión similar. El poeta y escritor Cegerxwîn sufrió persecución por expresar la identidad kurda a través de su poesía y por su postura política. Osman Sebrî y Nûredîn Zaza también fueron detenidos en repetidas ocasiones debido a su trabajo en torno a la lengua y la literatura kurdas.
Quienes se negaron a abandonar el kurdo
Los intelectuales que escribían en kurdo y defendían los derechos culturales fueron encarcelados, exiliados o silenciados. Se confiscaron las obras en kurdo y se cerraron las imprentas. Sin embargo, la producción y la resistencia no cesaron ante estas prohibiciones.
Koma Agirî, fundada en Alepo en 1985 y considerada pionera del arte kurdo revolucionario, siguió cantando en kurdo a pesar de la tortura, los arrestos y las detenciones que afectaron a casi 500 miembros involucrados en grupos de teatro, coros y danza tradicional. Además de producir arte revolucionario, el grupo impartía en secreto enseñanza en lengua kurda. Actuaba no solo en Alepo, sino también en Damasco, Afrin, el Líbano, Raqqa y Kobane.
El régimen baazista detuvo y torturó a miembros del grupo, entre ellos Şîlan Kobanî, Ednan Sîmo, Bavê Cengî y Celal Mûskê. Pero los artistas nunca dieron un paso atrás: siguieron reuniéndose con la gente en cada celebración del Newroz y en cada evento cultural.
Lugares de trabajo, bodas y funerales bajo vigilancia
La represión del régimen se extendió mucho más allá de la esfera cultural y se infiltró en todos los aspectos de la vida cotidiana. Se prohibieron los nombres kurdos de pueblos y ciudades, y se eliminaron de la señalización pública. El comercio y la producción debían desarrollarse exclusivamente en árabe. A los pacientes de habla kurda del sistema sanitario se les ignoraba o se les humillaba. Incluso las bodas y los funerales se celebraban bajo vigilancia constante. La presión sobre la lengua kurda en la vida pública se hizo cada vez más severa.
También se prohibió hablar o escribir en kurdo en las instituciones públicas y en los entornos oficiales. En la década de 1980, un decreto emitido por la oficina del gobernador de Hasaka prohibió hablar kurdo en los espacios públicos, incluidas las bodas y las celebraciones. Las bodas y los funerales quedaron, de hecho, bajo control policial.
En el marco del proyecto del “Cinturón Árabe”, algunos kurdos fueron registrados en 1962 como “ajanib” (extranjeros), mientras que otros nunca fueron inscritos en el registro civil y fueron clasificados como “maktoumeen” (no registrados/ocultos).
Negación de la existencia y la identidad
Aunque el régimen justificó estas políticas en nombre de la “unidad nacional” y la arabización, las prohibiciones impuestas al kurdo nunca fueron meras restricciones lingüísticas. Constituyeron uno de los principales instrumentos utilizados para negar la existencia y la identidad kurdas. La represión llevada a cabo por el régimen baazista durante 49 años sirvió precisamente para este propósito.
Sin embargo, hoy en día, el pueblo kurdo que llena las plazas de Rojava y proclama “Zimanê me nasnameya me ye” (“Nuestra lengua es nuestra identidad”) ha reescrito la historia del kurdo con el inicio de la Revolución de Rojava en 2012.
*Publicado el 15 de mayo de 2026 en la agencia de noticias ANF / Edición: Kurdistán América Latina