Por Najwa Rahm* – Lo que une a las mujeres argelinas y a las mujeres de Rojava no es la glorificación de la violencia, sino la experiencia de sobrellevar el peso de los momentos más difíciles y la insistencia en no permanecer simplemente al margen de una historia que a menudo se escribe solo con nombres de hombres.
Las mujeres no deben ser convocadas solo en tiempos de crisis para luego ser olvidadas una vez que esta termina. Las mujeres que participaron en la resistencia contra el colonialismo, el miedo y la violencia, tienen derecho a que se cuenten sus historias y a ser reconocidas como parte de la historia política y social de sus pueblos, y no como imágenes fugaces que aparecen únicamente en tiempos de guerra.
Como mujer argelina, no puedo analizar la experiencia de las mujeres de Rojava de forma aislada de la historia de las propias mujeres de Argelia. Las mujeres argelinas nunca estuvieron ausentes de las luchas sociales: fueron parte esencial de la resistencia al colonialismo francés y de la guerra de liberación, en la que pagaron un alto precio con sus vidas, su libertad y su estabilidad. Portaban armas, llevaban mensajes y participaban en la organización, el apoyo y la confrontación, no porque la guerra fuera la opción ideal, sino porque el colonialismo imponía una realidad que no siempre les dejaba opciones seguras.
Por este motivo, el debate sobre las mujeres de Rojava me resulta muy familiar. Cada vez que las mujeres aparecen en espacios relacionados con la protección, la resistencia o la toma de decisiones políticas, su presencia se convierte en objeto de duda o asombro, como si el poder o la acción política todavía se consideraran dominios principalmente masculinos, mientras que a las mujeres a menudo se las ve solo como víctimas de la guerra, y no como protagonistas dentro de sus complejos momentos.
Sin embargo, la solidaridad con las mujeres de Rojava no implica en absoluto glorificar la guerra ni celebrar la violencia. El feminismo no puede ser un llamado a la militarización, sino más bien una defensa de un mundo en el que las mujeres no tengan que vivir en medio del miedo, el colapso y los conflictos constantes. Rechazar la guerra tampoco significa ignorar a las mujeres que se vieron inmersas en esas circunstancias, ni tratar sus experiencias como un detalle pasajero que pueda borrarse de la memoria colectiva.
Lo que llama la atención en la experiencia de las mujeres de Rojava no es solo su participación en la defensa de sus comunidades, sino también la magnitud de los interrogantes que su presencia en la esfera pública y política ha planteado. Las sociedades acostumbradas a ver a los hombres como los principales actores en materia de protección y poder aún tratan con cautela a las mujeres que se apartan de los roles tradicionales que se les han impuesto.
En este caso concreto, la experiencia de las mujeres argelinas se encuentra con la de las mujeres de Rojava. En ambos casos, las mujeres tuvieron una presencia decisiva cuando sus sociedades se vieron amenazadas, pero la historia y la política posteriormente intentaron relegarlas a la marginalidad o reducirlas a meras imágenes simbólicas, en lugar de reconocerlas como parte fundamental de las grandes transformaciones.
Las mujeres no necesitan guerras para demostrar su existencia, pero cuando las circunstancias las obligan a soportar los momentos más difíciles, lo mínimo que merecen es que su presencia no se borre una vez terminada la crisis. El reconocimiento de las mujeres no debería ser una excepción impuesta por las guerras, sino un derecho permanente en la memoria, la historia y la esfera pública.
*Periodista argelina / Publicado en la agencia de noticias JINHA / Traducción y edición: Kurdistán América Latina