Por Tekosîn Devrim* – El sistema que pretende destruir a las mujeres, la sociedad que han construido y sus valores —y, en última instancia, a la propia humanidad— se encuentra ahora en sus últimas. Actuando como una fuerza herida que arremete a su alrededor, ataca todo lo que percibe como una amenaza. Con el fin de no dejar ninguna alternativa a los jóvenes ni a las mujeres, más allá de sí mismo, ha intensificado sus ataques en su forma más agresiva y destructiva.
En un período tan crítico, en el que Abdullah Öcalan lucha por el renacimiento de la sociedad y de las mujeres, estos acontecimientos no son una coincidencia. Al igual que con todos los actos de violencia y manipulación, desde el caso de Gülistan Doku hasta los incidentes en Maraş (Mereş) y Urfa (Riha), en el fondo se esconde la misma mentalidad patriarcal y opresiva. El “Leviatán” que se ha sostenido durante siglos a costa de la sociedad se enfrenta a su propio colapso. Se argumenta que la posibilidad de acelerar y profundizar este fin reside en el paradigma de una sociedad democrática y una vida comunitaria centrada en las mujeres.
El propio poder dominante es el responsable
Entre los métodos utilizados para sostener el sistema y empujar a la sociedad hacia un colapso aún más profundo, se encuentran las prácticas de “guerra especial” que arrastran a los jóvenes por caminos destructivos. Hoy en día, estas políticas se dirigen contra la juventud, las mujeres y, en particular, los valores sociales desde todas las direcciones. Los medios de comunicación desempeñan un papel central en este proceso, moldeando las percepciones y, en ocasiones, oscureciendo la realidad. Como resultado, los incidentes trágicos pueden desaparecer rápidamente de la agenda pública, mientras que el contenido trivial o inventado se amplifica durante semanas para influir en la opinión pública.
Esto plantea preguntas difíciles: ¿acaso los asesinatos de mujeres, niños y jóvenes no despiertan ningún sentido de la conciencia? ¿O se ha condicionado a la sociedad hasta el punto de que ya no se perciben plenamente esas realidades? La preocupación más amplia es el debilitamiento de la respuesta colectiva, donde la capacidad de defender a las mujeres y a los jóvenes, y de desafiar al poder, parece disminuida. En un entorno así, actos como el asesinato, el abuso y la violencia corren el riesgo de normalizarse, lo que dificulta mantener un sentido de la responsabilidad social.
Al mismo tiempo, cuestiones como el malestar psicológico, la enfermedad y el creciente aislamiento de los jóvenes respecto a sus comunidades están adquiriendo mayor visibilidad, pero se tratan cada vez más como algo habitual. La observación de las narrativas de los medios de comunicación dominantes ofrece una perspectiva de cómo se afianza esta normalización.
Desde esta perspectiva, la responsabilidad no se considera limitada a quienes cometen los delitos. También se atribuye a la mentalidad y las estructuras más amplias que producen y refuerzan estas condiciones, y a quienes responden con declaraciones pero no logran garantizar una rendición de cuentas significativa.
La autodefensa como único camino a seguir
Enumerar ejemplos de esta mentalidad llevaría días. Estos incidentes ya no son excepcionales: ocurren casi a diario. El caso de Gülistan Doku, que ha vuelto a salir a la luz pública tras seis años, es solo uno entre muchos. ¿Qué hay de Rojin Kabaiş, Narin Güran y otras muchas? La pregunta sigue siendo: ¿habrá una organización y una resistencia más fuertes, o seguirá la sociedad observando cómo se desarrollan nuevos casos?
El momento en que se producen los acontecimientos en el caso de Gülistan Doku también plantea interrogantes. ¿Por qué ahora y no antes? ¿Ha cambiado algo, o han variado las dinámicas subyacentes? Cuando se hace referencia a la magnitud de las irregularidades atribuidas a quienes ostentan el poder, es en este contexto más amplio donde surgen tales preguntas.
Los repetidos casos de violencia contra las mujeres también han agravado la preocupación por la confianza en las instituciones. Cuando se percibe que la rendición de cuentas es limitada y las acusaciones graves quedan sin resolver, se debilita la confianza pública en la justicia y la gobernanza. Esto contribuye a una sensación más generalizada de inseguridad y frustración.
Sin respuestas más firmes y eficaces, estos incidentes corren el riesgo de continuar. Al mismo tiempo, las reacciones oficiales suelen considerarse limitadas, y se hace mayor hincapié en gestionar los discursos que en el cambio estructural.
Muchas de estas cuestiones son ampliamente reconocidas, aunque no siempre se expresen abiertamente. Cada vez son más las voces que reclaman una rendición de cuentas más clara y que se afronten directamente las irregularidades.
En este contexto, se hace cada vez más hincapié en la organización y la concienciación, especialmente entre las mujeres. La autodefensa se considera esencial, no solo como medio de protección, sino también como forma de empoderamiento en entornos donde las garantías institucionales se consideran insuficientes. A menudo se describe a las mujeres que se organizan en torno a la autodefensa como una fuerza poderosa y resiliente frente a las amenazas constantes.
Un panorama sombrío para la juventud
Mientras quienes ostentan el poder y los actores vinculados a las estructuras de “guerra especial” se centran en consolidar sus posiciones, Turquía se enfrenta a un profundo declive moral. La pregunta es quién está realmente preocupado. Los funcionarios parecen más preocupados por mantener la autoridad, mientras que siguen sin adoptarse medidas significativas para proteger a los niños y los jóvenes. En este clima, las mujeres, los jóvenes y los niños se ven cada vez más menospreciados, y las respuestas a los incidentes graves suelen limitarse a declaraciones. Desde los incidentes en Urfa y Maraş ha habido poco más que retórica.
Otra cuestión apremiante es qué lleva a los jóvenes a cometer actos de violencia, incluidos los ataques en las escuelas. Si se quieren prevenir este tipo de incidentes, también hay que examinar el papel de los medios de comunicación y la cultura popular. Se considera que ciertas series de televisión y narrativas promueven la violencia, idealizan a figuras criminales y presentan modelos de éxito distorsionados. Estas representaciones pueden alejar a los jóvenes de la realidad y moldear aspiraciones perjudiciales.
Entre los ejemplos que se citan con frecuencia se incluyen personajes retratados como cultos pero violentos, o tramas centradas en figuras armadas y el crimen organizado, junto con representaciones poco realistas de la vida. Según los críticos, estas narrativas normalizan e incluso fomentan estos patrones de comportamiento. El resultado es un reflejo de tensiones sociales más amplias que afectan tanto a la juventud como al entorno político.
Al mismo tiempo, el debate público suele centrarse en cómo proteger a los niños de los riesgos, pero siguen sin abordarse cuestiones estructurales más profundas. Abordar estos retos requiere hacer frente a las condiciones subyacentes que configuran la vida de los jóvenes, en lugar de limitar las respuestas a discusiones superficiales.
Un camino hacia adelante en la construcción de una sociedad democrática
A pesar de la crisis cada vez más profunda, sigue existiendo una fuerza que continúa ofreciendo orientación y esperanza a la sociedad, a las mujeres y a los jóvenes. Se sostiene que un paradigma alternativo, que ha inspirado a muchos, encierra el potencial para reconstruir la sociedad sobre bases éticas y políticas. En un contexto en el que el nacionalismo, el conservadurismo religioso y el liberalismo se imponen como marcos dominantes, el declive moral se considera inevitable y se describe a la sociedad misma como sacudida en sus raíces.
Desde esta perspectiva, fortalecer los cimientos sociales y proteger los valores colectivos requiere un compromiso con un modelo de sociedad democrática y una lucha sostenida para construirlo. Este camino se plantea no solo como una solución para los kurdos, sino también para el pueblo de Turquía y para las sociedades en general.
Evitar que la vida y el pensamiento se vean abrumados por la crisis, garantizar que las mujeres puedan existir y vivir libremente, que los niños crezcan en condiciones más seguras y que los jóvenes mantengan la esperanza, todo ello está vinculado a la tarea más amplia de construir una sociedad democrática. Desde este punto de vista, esta responsabilidad es compartida colectivamente.
Se describe a Abdullah Öcalan como alguien que ha dedicado su vida a impulsar la liberación de las mujeres y a promover una sociedad basada en principios éticos. Según esta perspectiva, cualquier atisbo de esperanza que se encuentre hoy en día entre las sociedades y las mujeres está estrechamente ligado a las ideas y la visión que él ha planteado.
*Publicado el 8 de mayo de 2026 en la agencia de noticias ANF / Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid