Samire no vio venir la explosión que desencadenó el dron turco. Bailaba y encendía velas con el resto de civiles sobre la presa de Tishrin, en el norte de Siria. Solo sintió un temblor y, después, un dolor intenso en la pierna. La infraestructura se ha convertido en el principal frente entre el Ejército Nacional Sirio (ENS), apoyado por el Estado turco, y las milicias kurdo-árabes. Ha devenido, también, el escenario en el que miles de civiles se turnan, cada cuatro días, para ejercer resistencia. Como hacía Samire antes de dejar de caminar.
“Los pueblos tenemos derecho a vivir en paz”, denuncia Samire bajo una manta gruesa, en el sofá de su casa, donde guarda reposo desde la explosión, “los gobiernos deberían saber eso”. Tras el ataque, Samire permaneció un mes recibiendo primeros auxilios en la propia presa, de mano del personal médico que siempre acompaña a cada convoy. La infraestructura soporta ataques continuos de drones turcos, que cada cierto tiempo hacen detonar los convoyes compuestos por cerca de ciento cincuenta civiles que se turnan para mantener el espacio protegido. La desaparición de la presa no solamente significaría la pérdida de una posición geoestratégica clave para la Administración Autónoma del Norte y el Este de Siria (AANES), sino también de la principal fuente de agua y electricidad de la región. “Desde hace unos años, Turquía ataca los bienes básicos de la población”, resume Samire.
Turquía y el ENS han intensificado sus ataques desde la caída del régimen de Bashar al Asad, tras cinco años de relativa calma en los frentes. Localidades como Tel Rifaat y Manbij han sucumbido bajo el control del ejército atacante, cercenando el territorio gestionado por la ANNES bajo las premisas del sistema del Confederalismo Democrático, una forma de gobierno que ha instaurado una revolución democrática, plural y feminista única en la región. El aprovechamiento de la inestabilidad siria para atacar muchos de los bienes básicos de la autonomía, como el agua o el petróleo, ponen en jaque la economía del norte y este de Siria, tal y como señala Hussein Othman, representante del Consejo de la AANES. “Estamos en una situación difícil por causa de los ataques turcos”, señala, “ejercen una presión sobre la economía y sabemos que estos ataques continuarán”.

El Estado turco argumenta que las milicias kurdas son una rama del PKK (Partido de los Trabajadores de Kurdistán), con quienes intercambian décadas de conflicto. La organización ha sido designada como terrorista por Ankara, Estados Unidos y, tras las negociaciones de 2004 para la entrada de Turquía en la UE, también por la Unión Europa. Su histórico dirigente, Abdullah Öcalan, es el autor intelectual del Confederalismo Democráctico, el sistema defendido y desarrollado en el norte y este de Siria. Desde hace veinticinco años, observa el alcance que han tenido sus ideas en esta región desde el encierro y el aislamiento.
La intensificación de la violencia turca en Siria ha generado un gran movimiento de personas desplazadas, que alcanzan la cifra de cien mil en tan solo dos meses, de acuerdo al Rojava Information Center (RIC). Muchos de ellos, como Hevin Mohammad, ya vivían desde hacía años en campamentos de refugiados, acumulando así varios procesos migratorios a causa de la acción turca. “En Afrin perdimos todo, incluso nuestra esperanza”, enuncia esta mujer refugiada, a la cabeza de las ciento cincuenta personas que habitan en la escuela de Abu Alaa al Maari, en Raqqa, la antigua capital del Estado Islámico (ISIS). Su familia permaneció en Afrin tras la ocupación, pero ella acumula, desde entonces, varios procesos migratorios. “Queremos volver a nuestras casas sin miedo, sabiendo que somos los dueños”, finaliza, “volver a Afrin orgullosos”.

Los campos de refugiados que han surgido en diferentes puntos de la AANES en los últimos dos meses son un arreglo temporal a los ataques de Turquía. Pero el futuro de estas personas es uno de los puntos que se tratarán en las negociaciones entre la AANES y nuevo gobierno de Siria, liderado por Al Golani. Las conversaciones, que se llevan a cabo en un contexto de inestabilidad, podrían poner fin a doce años de conflicto en Siria. No obstante, para ello es necesario llegar a acuerdos en temas tan relevantes como el futuro de las milicias autónomas de la AANES, la representatividad multiétnica o los derechos de las mujeres conquistados en la región.

Los ataques turcos debilitan la representatividad de la AANES en este momento clave de negociaciones. “Nosotras no nos hemos sentado y planeado conquistar un mapa como los turcos”, enuncia Rohilat Efrin, comandante de las YPJ, las milicias de mujeres kurdas, “hemos luchado y resistido durante años en este territorio”. Quienes encabezaron las primeras líneas de defensa contra el ISIS, miran con recelo al nuevo presidente de Siria, que fue enviado en 2013 directamente por el califa del autoproclamado Estado Islámico, Abu Bakr Al-Baghdadi. Tras su escisión, conformaría el Frente Al Nusra, que ahora compone HTS en conjunto con otras seis organizaciones islamistas rebeldes.

“Sabemos que muchos grupos, incluido el ISIS, querrían ver un enfrentamiento entre nosotros y el HTS”, continua Efrin, “pero ellos y el gobierno saben que ese enfrentamiento no sería de ayuda para ninguno de los grupos”. Mirando hacia los ataques del norte y a las negociaciones con el nuevo gobierno en el sur, la AANES atraviesa un momento de gran incertidumbre. De los resultados de estas conversaciones, tensadas por los ataques del vecino turco, podría depender la disolución de una autonomía pionera en igualdad de género y promotora de valores comunitarios entre todas las minorías. “HTS ha hecho declaraciones sobre la mujer decepcionantes para nosotras y para las mujeres de Siria”, sentencia Efrin, y se pregunta, dibujando con sus palabras una línea roja, “¿podré yo y todas mis compañeras de diversas minorías tomar parte en los distintos ministerios de Siria?”.
FUENTE: Beatriz Castañeda Aller / Fotos: Javier Ayala Aizpuru / Diario Red