Tierra, territorio e identidad

Por Academia de Modernidad Democrática* – La tierra y el territorio son conceptos reales y cercanos a la posibilidad de vida. La tierra y el territorio atraviesan toda forma de vida humana. Pisamos la tierra todos los días y el territorio nos forma. En el mundo de pensamiento de Abdullah Öcalan, la tierra, o el welat (kurdo: país, patria/matria o tierra) se explica en estas palabras: “Como concepto sociológico, la tierra define una geografía en la que se ha creado una cultura, se ha creado un mercado(1), se ha adquirido una conciencia histórica y se ha establecido un asentamiento demográfico durante siglos”(2). A lo largo de la historia del Movimiento por la Libertad de Kurdistán, los textos de Öcalan indagan profundamente el concepto de welat, donde se expresa la conexión total entre la tierra, el territorio y la identidad.

En la actualidad, las ciudades se expanden al ritmo de un capitalismo cada vez más agresivo y con la ciudad como el núcleo que le crea ritmo y presión al sistema. Se estima que alrededor del 56% de la población mundial habita en una ciudad. En este sentido, el concepto de “tierra” para las personas urbanas se convierte, al mismo compás, en algo más lejano y abstracto.

Si la mayoría de la humanidad vive hoy en ciudades vale la pena preguntarse: ¿eso significa que hemos perdido nuestra identidad, así como las ciudades crecieron?

Exploremos el concepto tierra-territorio-welat. En principio, digamos que la tierra es lo material, lo que pisamos y donde sembramos nuestros alimentos. Podríamos pensar que el “territorio” es un espacio entre lo material de la tierra y lo inmaterial que se construye en esa tierra. El territorio es el espacio donde se entrelazan las relaciones de todos los seres. Los ríos y cuerpos de agua se forman en las alturas de las montañas y fluyen en los valles para regar los bosques. Los animales y los seres humanos viven de, y con, todos estos fenómenos naturales. Y en el último instante de la historia del mundo, los seres humanos forman sociedades en esas tierras, alrededor de esas aguas y en la profundidad de esos valles. Estas relaciones que se forman en y gracias a la tierra son lo que conforman el territorio. El territorio no es solo espacio: es la red de relaciones entre entes materiales y simbólicos que hace posible la vida y lo vivo, y en la imaginación humana las relaciones crean significado y profundidad. El territorio es significado.

En la imaginación del pueblo mapuche, por ejemplo, existe el lof como concepto propio que nos puede guiar en esta exploración. El lof es la comunidad de un lugar, pero no se limita a la sociedad humana que habita el lugar, sino que incluye a todos los seres: los animales, las plantas y los espíritus de ese lugar, formando la totalidad del lof.

En el pensamiento de los diferentes pueblos originarios de Abya Yala el “territorio”, o en el caso del pensamiento del Movimiento por la Libertad de Kurdistán el welat, constituyen símbolos fonéticos que convergen. Son la forma de construir sentido y espíritu en la tierra.

También en el espacio del significado, la mente humana experimenta la memoria. Las memorias son nuestros recuerdos y cuentos con los que mantenemos vivo el pasado para darle sentido a nuestro presente: son nuestra historia de lo que somos. Ahí habitan nuestros antepasados, las personas de las cuales heredamos nuestros nombres y de las que aprendimos las lecciones que defienden nuestras vidas en el presente. En el movimiento kurdo esto se traduce en el mundo de los mártires. Cada mártir lleva su territorio en su nombre: su geografía, su personalidad, su identidad. Recordamos a Helin Qerecox, una mártir internacionalista que seguramente en algún momento conoció la montaña de Qerecox, en Rojava, y quiso que formara parte de su nombre por siempre. En nuestras tierras enterramos a nuestros ancestros y cuando nace un bebé recibe el nombre, la memoria de un ancestro y lo lleva un paso más cerca a la inmortalidad.

Como comunidad, nuestro enlace con la tierra se forma de muchas fibras: la memoria, el alimento, el piso que recibe nuestros pasos, donde enterramos la placenta de nuestro nacimiento y lo llevamos en nuestro nombre. No es un metro cuadrado, es significado y vida. La tierra es el punto físico que junta todos los significados de una sociedad, como una frontera entre el mundo material y el inmaterial, y así se convierte en “territorio”. Lo más concreto que cabe en nuestro mundo, el piso, la tierra, se convierte en el lugar donde florece lo más abstracto: la imaginación y la cosmovisión.

Cuando nos acercamos a la tierra, la estudiamos y empezamos a entender; nos abre una puerta a una posibilidad. Con el desarrollo histórico del conocimiento de la tierra, la siembra y la agricultura, nos permite profundizar nuestro mundo interno: el pensamiento colectivo. El encuentro entre semilla, tierra y agua no es solamente el acto de sembrar y comer, sino que es el fundamento de sostener la vida más allá de la supervivencia, habilitando el pensamiento libre; es decir, es la base de la autonomía del ser. Una persona con acceso a la tierra, al agua y a las semillas puede ser libre. Tenemos ejemplos en nuestras historias y en comunidades rurales como los Kayapó, al sur de la Amazonía, donde el acto de sembrar incluso no requiere de una vida sedentaria. Nuestra historia nos muestra que hemos vivido en movimiento, en ciclos con las estaciones del año, creando sistemas agroforestales donde convertimos la selva en un huerto gigante, estrechándose por grandes áreas.

Ante este imaginario de los pueblos, el Estado nos quiere imponer la idea de que la tierra “es solamente un metro cuadrado” que vale un precio en la economía capitalista. Por esta razón, el Estado nación se convierte en la antítesis del “territorio”. La tierra nunca fue enmarcada ni nunca fue de nadie; siempre fue de todos y hasta hoy nos contiene a todos y nos mantiene a todos. Su forma de existir es en equilibrio y correlación con todos los seres que la habitan (ecológica) y social (en el sentido del lof). Por esto, en el confederalismo democrático que propone Öcalan, no es posible hablar de la ecología sin hablar de la sociedad por la conexión profunda que tienen ambos. Y no podemos nombrar a la sociedad sin hablar de su lideresa, la madre y la mujer, la fuente de la vida. Aquella que a lo largo de la historia humana ha defendido la relación entre los seres y la tierra. Toda persona tiene un origen fuera de sí mismo: una madre y una tierra.

Al contemplar el tema de la nación democrática(3), lo que a veces llamamos el espíritu del sistema democrático confederal, no podemos separar la sociedad de la naturaleza (la tierra que habita). No podemos separar el welat de la democracia, o sea, el equilibrio entre los seres que la habitan. La ecología no es un estudio abstracto sobre el manejo de “recursos naturales”; más que eso, es un requisito para la sociedad democrática, el equilibrio de los seres y la libertad. Cuando se exponen estas relaciones profundas entre la sociedad y la naturaleza, de pronto entendemos el impulso de cualquier ser de defender a su madre, a su tierra, a su hermana, a su agua, poniendo su propia vida en riesgo si es necesario. En la lucha por el paradigma de la modernidad democrática estamos recreando o redescubriendo una imaginación y una verdad donde la ecología y la sociedad son inseparables.

La tierra y el Estado

Sobre la relación compleja entre la tierra y el Estado, Öcalan comenta lo siguiente: “(…) la comprensión de las fronteras por parte del Estado nación es tratada como un culto, una adoración, como un indicador de cómo supuestamente protege a la tierra. En esencia, es el límite de propiedad más desarrollado y generalizado. Es la forma de propiedad más desarrollada; es la última etapa de la historia de la propiedad, que comenzó con el vallado de un campo”(4). En manos del Estado, la tierra se convierte en mercancía para concentrar capital bajo el control de una élite cada vez más minúscula; se le aleja del campo del sentido y del acto de sostener la vida. Se convierte en un objeto al servicio de una supuesta “nación grande” y ahí no queda ni pensamiento ni vida.

En Brasil(5), durante el tiempo previo al golpe de Estado de 1964, la actividad comunitaria era muy profunda. Había una conciencia de la lucha por la tierra que formaba la base de muchas experiencias comunitarias y populares. Por eso, se convirtió en una tarea urgente del Estado atacar a las comunidades y dispersarlas de sus tierras por la forma esencialmente anticapitalista en la que las habitaban. La historia de la región nos brinda varios ejemplos. La experiencia del Quilombo de Palmares, que existió entre 1580 y 1710 al norte del estado de Alagoas, fue una experiencia autónoma que duró más que la Revolución rusa. Los esclavos negros se escapaban de las plantaciones y formaban quilombos, zonas libres de esclavitud, donde la agricultura comunitaria formaba la base de la nueva liberación. Además, entre 1554 y 1567, con base en la rebeldía contra la esclavitud indígena, los pueblos tupinambás, guaianás, aimorés y otros formaron la Confederación de los Tamoios para luchar contra los colonizadores portugueses y recuperar sus tierras. Estos y otros ejemplos muestran la profundidad e importancia de las alianzas entre pueblos y las luchas por territorios comunitarios en Brasil, y la motivación por parte del Estado por atacar el tejido social.

El acto de despojar a las comunidades de sus tierras no es solamente un acto físico para abrirlas a la explotación. De fondo, se trata de erradicar la memoria de que esos pueblos alguna vez existieron y ocupar el imaginario. Hasankeyf, en el norte de Kurdistán, es una aldea histórica con más de 4800 años de historia que fue sumergida en 492,8 metros de agua. La razón oficial fue la construcción de una hidroeléctrica, una de más o menos cincuenta que se han construido en la región, y hay treinta más proyectadas. Pero el acto no se puede separar de la guerra contra la existencia y la memoria kurda que la República turca ha llevado por más de un siglo. Lo que no se nombra no puede existir, y cuando manifiesta su existencia, lo sumerge en un lago del olvido. Pero, ¿cómo los pueblos van a aceptar que los alejen de su madre tierra, que nos despojen de nuestra hermana agua?

La historia de Kurdistán, ocupado por Turquía, y la historia de Brasil, bajo la colonización portuguesa, está llena de ejemplos de personas que preferían morir antes de vivir sin su tierra. Sabiendo quizás que el destino iba a ser una vida en la ciudad, condenados a transitar “no-lugares”(6) sin espacio para moverse sin chocar con la furia y los problemas del otro, y sin ni siquiera un puño de tierra a la vista. Esto ha sido el destino de muchas comunidades en Abya Yala y en Kurdistán. A las tierras que han dejado (por la fuerza o la necesidad) llegan las empresas agroindustriales a ocupar los espacios con monocultivos y agrotóxicos. Incluso, no se trata ni de la tierra. Cuando en algunas ocasiones volvimos a nuestras tierras perdidas, por ejemplo, por reformas agrarias o programas estatales, nos confinaron al metro cuadrado y nos pusieron al servicio de la agroindustria para maximizar el lucro, no para sostener la vida.

En Estados Unidos, la reforma agraria, el acceso a la tierra para la gente pobre, se realizó con base en el genocidio contra los pueblos originarios. En Israel, los kibbutz, las utopías socialistas, se realizaron en tierras ocupadas de comunidades palestinas. Al sur de Chile, las tierras del Wallmapu se entregaron a migrantes de familias pobres que venían de Europa en búsqueda de supervivencia y los convirtieron en colonizadores. En Escandinavia, distribuyeron a familias campesinas en tierras donde supuestamente no había nadie con exactamente dos kilómetros de distancia entre cada casa, para ocupar las tierras del pueblo sami. En Colombia “reparan” la deuda histórica a las comunidades afrodescendientes, entregándoles tierras ancestrales de los pueblos indígenas, perpetuando así el conflicto intercomunitario. Una tierra sin justicia nunca va a ser un territorio.

La tierra como cultivo del internacionalismo

Pero la tierra no está destinada a ser un lote fronterizo de conflicto entre comunidades. La frontera entre pueblos puede ser el lugar de encuentro, intercambio y solidaridad entre personas diversas. La existencia de comunidades diferentes en tierras adyacentes, e incluso entrelazadas, no es necesariamente el inicio de un conflicto, sino más bien el posible comienzo de una alianza, de un caminar en colectivo.

La rica historia de los pueblos en Abya Yala nos brinda ejemplos en abundancia. Las alianzas entre pueblos indígenas y negros para defender la tierra contra los colonizadores son numerosas. El palenque de San Basilio, en Colombia, tiene una historia de alianza entre esclavos afrodescendientes con pueblos indígenas en actos de autodefensa. Las confederaciones entre pueblos para formar fuerza contra amenazas exteriores parecen ser más comunes mientras más nos profundizamos en nuestras propias historias. Desde que las familias grandes, o los “clanes” en Mesopotamia, se convierten en tribus para juntarse y defenderse contra el Estado emergente (hace más de cinco mil años), hasta las confederaciones contemporáneas en Rojava. Desde la Liga Iroquesa en Norteamérica, la confederación de los pueblos en el Wallmapu, hasta la unión de los pueblos nasa, al parecer la unión y alianza de las comunidades ha sido la respuesta directa a la amenaza contra los territorios.

La ciudad y el territorio

Sobre la ciudad, nos preguntamos: ¿puede existir territorio en la ciudad? ¿Tenemos identidad, cultura y memoria en los laberintos de rectángulos grises de las metrópolis? En la esquina hay juventudes que defienden su espacio y, palabra por palabra, tejen un lenguaje nuevo que solamente ellos entienden. Le dan significado a gestos y expresiones que nunca se habían visto. Pero, ¿en qué se basa esta expresión identitaria si no tenemos conexión con una tierra, un río ni una semilla? Quizá se basa en el entrelazamiento de las personas, las historias compartidas y los lugares donde nos encontramos. Es innegable las ganas de luchar por su lugar en el mundo, incluso en la ciudad.

Cada cuatro años, un nuevo país y nuevas comunidades se enfrentan a los desafíos que presenta un mega evento como la Copa Mundial de Fútbol. Es esencial para el Estado nación mostrarle al mundo su capacidad de ofrecer un espectáculo. Esto resulta tan importante que rutinariamente miles de familias son desplazadas de sus barrios para dar lugar a monumentos deportivos en forma de estadios siempre más lujosos que la versión anterior.

Y cada vez la lucha a la que se enfrentan estos megaproyectos es evidente. Quizá no tengamos campo, pero estamos dispuestos a luchar por la casita de ladrillo donde criamos nuestras familias. En la pieza de diez metros donde nació y creció mi hermano o hermana… por esa memoria estoy dispuesto a luchar. Afuera de la puerta de mi casa, donde me encontraba con mis amigos, y en la banca de la parada del autobús donde pasé horas, días, años.

Ahora que el famoso mundial otra vez arrasa con barrios y memorias en tres ciudades de México, con motivo de la preparación del nuevo evento exclusivo para la clase alta, la lucha de esas personas de abajo se muestra al mundo otra vez desde los barrios de Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.

Quizá ya no vemos la tierra, pero la tenemos en cada plato de almuerzo que nos servimos. Desde los inicios de la historia de la agricultura, cada vez el acto de cultivar nos ha permitido más tiempo y oportunidad para enfocarnos en otros aspectos de la vida, más allá de la producción del alimento. Nos abrió paso para pensar, cantar, bailar, pintar y discutir. Cada vez abriendo nuevas oportunidades y nuevos oficios, y cada vez algunos de nosotros se alejaban más de la tierra y se enfocaban en ámbitos nuevos de la vida. La historia intrínsecamente siempre contuvo un elemento de alejamiento, de abstracción. Y la ciudad representa el auge de esa abstracción. Pero cada vez que comemos un plato de comida nos acordamos de ella: la tierra, de la que somos parte.

Pero en manos del Estado y el capitalismo, ese alejamiento se convierte en una oportunidad para confinarnos más y más en la producción con meros fines de lucro; para ellos es un objeto, la cosificación, mientras que para nosotros es una relación recíproca porque somos parte del todo. Puede ser que el alejamiento, la abstracción, no necesariamente sea el problema en sí, sino que el “por qué” y el “para qué” contienen la respuesta a si ese alejamiento es algo bueno o algo malo. En este sentido, ¿puede la ciudad sostener una vida con significado sin reconectarnos con la tierra? Esta es una pregunta viva a colectivizar para impulsar la lucha en las calles.

Notas:

(1) El mercado como lugar histórico, precapitalista, donde ocurre el trueque y la economía de regalo.

(2) “Di sosyalisme de israr di mirovbune de israre”, Abdullah Öcalan (2019).

(3) La mentalidad de convivencia libre entre todas las naciones propuesta por Öcalan, realizada en el confederalismo democrático.

(4) ibid.

(5) Recomendamos el libro “Por Terra e Território”, de Teia dos Povos, para profundizar en el tema de “territorio”.

(6) Concepto creado por el antropólogo Marc Augé, quien lo define como un espacio intercambiable donde el ser humano permanece anónimo.

*Este artículo forma parte de un proceso colectivo de autoformación. La Academia de Modernidad Democrática de Abya Yala utiliza la lectura y el debate colectivo para elaborar estos textos. El tema del territorio es una continuación del tema anterior, “la comuna”, y en el futuro abordaremos nuevos temas que están conectados entre sí.

martes, mayo 12th, 2026