Por Eve Morris-Gray* – El 6 de abril, el Ministerio del Interior sirio abrió formalmente el proceso para recibir las solicitudes de ciudadanía siria de los kurdos en el marco del Decreto Presidencial Nº 13. Se han abierto centros en nueve ciudades.
El seguimiento sobre el terreno realizado por la Red de Víctimas Apátridas en la ciudad de Hasakah (NSVH) ha registrado incidentes recurrentes en los que los solicitantes kurdos son registrados oficialmente como “árabes sirios”, advirtiendo que esta práctica socava la confianza en el proceso de negociación, refuerza patrones arraigados de discriminación y borrado de la identidad kurda, y “menoscaba el valor del Decreto Nº 13 como una medida genuina de reforma y justicia”.
La Red instó al Gobierno de Transición sirio (GTS) a corregir de inmediato el problema y garantizar la transparencia en el proceso. Los kurdos siguen acudiendo en masa a los centros de registro, pero persiste la preocupación de que se repitan las injusticias del pasado.
¿Qué es el Decreto Presidencial N° 13?
Emitido en enero de 2026, este decreto sin precedentes reconoce por primera vez en la historia del Estado sirio los derechos culturales, lingüísticos y de ciudadanía del pueblo kurdo. El artículo 4 del decreto promete la ciudadanía a miles de kurdos, derogando de hecho el censo de 1962, que había privado de su ciudadanía a miles de kurdos y sus descendientes, como parte de una política de arabización de la era baazista. “Corrige una injusticia histórica”, declaró el erudito religioso kurdo Sheik Murshid al Khaznawi a The Amargi, insistiendo en que debe considerarse una medida reparadora, y no un regalo de Damasco.
5 de octubre de 1962: el censo de Hasakah
Este censo extraordinario se llevó a cabo en la gobernación de Hasakah, donde se concentra la población kurda de Siria, supuestamente para separar a los sirios “legítimos” de los “extranjeros ilegales”. Damasco había establecido nuevos criterios de ciudadanía, alegando una afluencia de extranjeros procedentes de Turquía e Irak. El Estado exigió a los residentes que demostraran haber vivido en Siria desde 1945. Muchos observadores señalaron que el censo estaba motivado principalmente por el nacionalismo árabe.
En aquel entonces, la región de Jazira era clave para el poder económico y productivo de Siria, con una agricultura en plena expansión gracias al proceso de sedentarización que ya se había producido bajo el Mandato Francés, además del descubrimiento de yacimientos petrolíferos. La población de la región crecía rápidamente y Damasco buscaba afianzar su control y modernizar este enclave del noreste.
El nacionalismo árabe fue fundamental para el nuevo Estado baazista sirio. Al mismo tiempo, los kurdos en Irak habían comenzado a luchar contra el Estado iraquí. Si bien los kurdos sirios no se alzaban en apoyo de sus hermanos al otro lado de la frontera, Damasco buscaba neutralizar lo que percibía como una posible amenaza nacionalista kurda. El Estado promovió políticas de arabización en las zonas kurdas, centradas en la idea de una nación árabe basada en una lengua, cultura e historia compartidas.
El censo se llevó a cabo en un solo día. Muchas personas no estaban preparadas, ya que solo se anunció 24 horas antes, por lo que no habían reunido los documentos necesarios. Los individuos fueron categorizados de forma arbitraria, lo que dio lugar a casos en los que los hermanos fueron clasificados de manera diferente.
El investigador Alexander McKeever señaló que “una parte significativa de la población rural de la época no estaba inscrita en los registros civiles, no poseía facturas ni recibos del Estado, y trabajaba y residía en tierras mediante acuerdos verbales con los propietarios”. Además, muchas personas desconocían el motivo del censo y sus implicaciones, por lo que, según se informa, algunas intentaron evitar ser registradas pensando que serían llamadas a filas.
Finalmente, 120.000 residentes kurdos —aproximadamente el 2,5% de la población siria en aquel momento y el 20% de la población kurda del país— en Hasakah fueron clasificados como “extranjeros” y despojados de su ciudadanía. Las repercusiones de esto perduran hasta el día de hoy para muchas familias kurdas, afectando profundamente sus condiciones socioeconómicas, su sustento y su relación con el Estado.
El impacto de ser apátrida
Quienes perdieron la ciudadanía siria tras el censo de 1962 fueron registrados en los archivos estatales como “ajnabji” (extranjero, en árabe) o “maktoum” (oculto). Si bien los primeros conservaban sus nombres en el registro civil y podían reclamar algunos derechos y protección limitados, a pesar de ser oficialmente apátridas, los segundos no tenían ningún derecho. El modelo de ciudadanía patrilineal de Siria propició un crecimiento anual de la población kurda apátrida.
Para las personas sin ciudadanía, el acceso a la educación superior seguía siendo limitado, los servicios estatales inaccesibles y muchas oportunidades laborales restringidas. En 2011, se estimaba que el número total de kurdos sirios apátridas superaba los 500.000.
Mohammed Amin Othman tenía seis años cuando se realizó el censo, momento en que su familia fue privada de la ciudadanía. Cuenta que, al darse cuenta sus hijos de que sus perspectivas de futuro se veían seriamente limitadas por la falta de ciudadanía, perdieron la motivación para estudiar y decidieron abandonar la escuela, diciéndole a su padre: “No tenemos derecho a vivir en las residencias universitarias. Aunque terminemos nuestros estudios, no podremos conseguir trabajo en la administración pública”.
Othman afirma que sus vecinos, que sí tienen la ciudadanía, no quieren que sus hijos se casen con personas que no la tengan. “Dicen que nuestros hijos no tienen futuro”, explica. “No pudimos registrar nada a nuestro nombre: ni bienes inmuebles, ni terrenos, ni casas”.
Haciéndose eco de las declaraciones de Othman, Abdulhakim Shukri Holi, originario del barrio de Hililiye, en Qamishlo, dijo que a su generación de kurdos apátridas se les dijo que sería mejor abandonar la escuela y aprender un oficio.
Quienes no tenían la ciudadanía tenían dificultades para desplazarse por el país, y mucho menos para viajar al extranjero. “Otros ciudadanos podían simplemente llevar su documento de identidad sirio y viajar sin problemas. Pero si queríamos viajar de una provincia a otra, nos enfrentábamos a grandes dificultades, sobre todo en los años ochenta”, afirma Holi. “Si alguien quería ir a Damasco para recibir tratamiento médico o trabajar en la capital, tenía que acudir al alcalde para tramitar la documentación. Estos documentos debían enviarse a la comisaría y a las ramas de Seguridad Política y Seguridad del Estado”. Cuando estallaron las protestas populares en Siria en 2011, Holi participó activamente, pero no pudo formar parte de las plataformas de la oposición internacional: “Éramos muchos activistas kurdos opuestos al régimen de Bashar al Asad que recibíamos invitaciones del extranjero, pero no podíamos ir. Yo recibía invitaciones de plataformas en El Cairo y Riad. Las invitaciones iban dirigidas a mí por mi nombre, pero no podía asistir”.
Derechos kurdos en la “nueva Siria”
A principios de 2011, cuando las protestas antigubernamentales que exigían cambios comenzaron a extenderse por todo el país, el presidente Aaad firmó un decreto que pretendía otorgar la ciudadanía a parte de esta población apátrida, con el objetivo de captar el apoyo kurdo a favor del gobierno. En la práctica, este plan para conceder la ciudadanía a los kurdos apátridas solo se implementó parcialmente.
Tras la caída de Asad en diciembre de 2024, los kurdos de Siria presionaron para que se reconocieran formalmente los avances logrados en política, expresión cultural y autonomía gubernamental desde 2011. El presidente interino Ahmed al Sharaa ha intentado asegurar a los kurdos del país que tienen un lugar en la nueva Siria. Sin embargo, muchos siguen sospechando que el acuerdo de integración y alto el fuego del 29 de enero entre el GTS y las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), lideradas por los kurdos, equivaldrá en la práctica a la imposición del dominio de Damasco sobre las regiones kurdas.
Sin embargo, el ambiente en las oficinas de registro recién inauguradas está impregnado de optimismo. “Espero que mis nietos cumplan los sueños que a mí me fueron negados: que tengan la ciudadanía siria, reciban una educación, obtengan títulos y se eduquen como cualquier otra persona en el mundo. Eso me llenaría de alegría”, afirma Othman.
Para Holi, sin embargo, la mera obtención de la ciudadanía parece insuficiente: “Obtener el DNI sirio fue como un sueño”. Pero expresa que “llegó demasiado tarde en la vida; ¿qué se supone que debo hacer con él?”. A pesar del dolor de haber vivido sin los beneficios de sus derechos básicos, Holi recalca que acogen con satisfacción la decisión: “Si no por nosotros, al menos por las generaciones futuras”. También exige que quienes han sido privados de la ciudadanía reciban algún tipo de compensación “por las circunstancias y los desafíos que han enfrentado a lo largo de los años”. Sin embargo, los recientes informes sobre kurdos registrados oficialmente como árabes ensombrecen cualquier optimismo que pueda traer la nueva era de Siria. Como argumenta la Red de Víctimas Apátridas en Hasakah, esta práctica refuerza patrones de borrado históricos y debilita la confianza entre el Estado y la ciudadanía.
Publicado en The Amargi / Traducción y edición: Kurdistán América Latina



