El comunalismo es la solución a la violencia (II)

Por Afşin Aybar* – Publicamos la segunda parte de este ensayo en donde se analiza la vida comunitaria frente a la cultura del consumo y de la violencia impuesta por la modernidad capitalista. Para leer la primera parte, click aquí.

La vida moderna sin duda ha facilitado muchos aspectos de la existencia diaria, pero también ha moldeado los mundos emocional e intelectual de los individuos de maneras profundas. Los avances tecnológicos, el acceso instantáneo a la información y la capacidad de obtener casi cualquier cosa en cualquier momento se presentan como oportunidades ofrecidas por el sistema. Sin embargo, la escala de los problemas sociales actuales nos obliga a examinar no solo los sistemas dominantes, los poderes gobernantes y sus políticas hacia la sociedad y la naturaleza, sino también la posición de los individuos, quienes a menudo quedan confinados al papel de víctimas de esos mismos problemas.

Vivimos en un período en el que la violencia individual ha asumido formas alarmantes y hace tiempo que dejó de limitarse a manifestaciones físicas como la agresión, el asesinato o la tortura.

Un examen de esta creciente tendencia hacia la violencia revela varios factores subyacentes. Uno de los más llamativos es la sensación de vacío dentro del individuo. Se debe prestar especial atención a las prácticas que reflejan claramente este vacío interior, a pesar de que su conexión con la violencia no siempre sea evidente de inmediato. La cultura del consumo es uno de esos fenómenos que merece un escrutinio cercano. En la era contemporánea, la cultura del consumo ya no se limita a los sectores privilegiados de la sociedad. Grandes sectores de la población se encuentran en una búsqueda constante de algo nuevo, incluso después de obtener el objeto que desean. Lo que se persigue puede ser un objeto, una idea, el conocimiento o incluso otra persona. La cultura del consumo debe entenderse como una condición de quedar atrapado en el consumo sin considerar la producción o la creatividad. Todo lo que se produce parece existir meramente para ser utilizado y desechado. Hoy en día, esta cultura moldea no solo las relaciones materiales sino también las relaciones humanas. Desde los enfoques pragmáticos hacia las personas hasta el sentimiento de dependencia de mercancías que uno en realidad no necesita, la psicología creada por la cultura del consumo refleja un profundo vacío espiritual y emocional. Con el tiempo, el deseo de llenar ese vacío interior con mercancías solo profundiza el vacío mismo, consumiendo gradualmente al individuo.

La sensación de vacío que experimentan los individuos también se vuelve visible a través de actitudes y comportamientos como los celos, la envidia, el acoso laboral y el abuso de autoridad, posición o poder. Arraigado en un sentido de falta de significado, este vacío interior a menudo busca su cumplimiento tomando a otros como blanco. La falta de significado y de propósito, combinadas con formas insalubres de competencia, llegan a dominar las relaciones sociales. Cuando el propósito se moldea no a través de conexiones significativas con la vida y la sociedad sino a través del consumo y el antagonismo, el vacío interior resultante deja de ser un problema meramente personal. Comienza a dañar también el ámbito social más amplio. El deseo de ser visto y atraer la atención ya no apunta a un compromiso social genuino, sino que en su lugar busca explotar a la sociedad. A un individuo así le resulta difícil encarnar valores espirituales o morales. El éxito pasa a medirse por la medida en que uno puede desruptar o manipular a la sociedad. Mientras tanto, el fracaso en alcanzar ese objetivo puede conducir a un colapso personal profundo. Una dimensión de las prácticas autodestructivas, incluido el suicidio, puede entenderse dentro de este marco. El impacto destructivo de estas tendencias se ha visto amplificado por la influencia de la cultura popular promovida por el sistema. A medida que estos rasgos se profundizan y se extienden, aíslan cada vez más a los individuos. En una época en la que las poblaciones continúan creciendo a un ritmo sin precedentes, la sociedad corre el riesgo de convertirse en poco más que una colección de individuos que forman una multitud en lugar de una comunidad genuina.

Un individuo que intenta construir relaciones en una atmósfera de este tipo no puede ser productivo, creativo ni socialmente funcional. La prevalencia generalizada del acoso laboral, la intimidación, la presión psicológica, el hostigamiento y formas similares de abuso refleja precisamente esta psicología. También puede entenderse como una situación en la que quienes son improductivos utilizan su autoridad para volver ineficaces a los demás. La presión psicológica sistemática y a largo plazo ejercida por quienes detentan el poder sobre individuos o grupos en posiciones más débiles demuestra un claro alejamiento de los valores comunales. Al surgir en entornos donde los lazos sociales son débiles, tales prácticas erosionan el significado de la vida misma. No representan una forma de vida saludable o productiva; más bien, son formas de comportamiento que, en última instancia, consumen a los seres humanos.

Otra fuente importante de violencia asociada con la modernidad, que afecta a casi todos los sectores de la sociedad, es la experiencia de no ser valorado y la incapacidad de valorar a los demás. Debido a que las relaciones contemporáneas están centradas en gran medida en el poder y la autoridad, el valor de una persona se reduce cada vez más a relaciones de interés en las que predominan las consideraciones materiales. Una consecuencia importante de esta realidad es el debilitamiento del sentido de la justicia. La vida comienza a percibirse como si operara sin normas ni principios. El valor se asigna no según el mérito, sino según la proximidad de un individuo a quienes detentan el poder. La preferencia por personas que abandonan los principios y adaptan su comportamiento según las circunstancias o los intereses personales se ha convertido en una característica común de la vida social. Sin embargo, los activos más valiosos de cualquier sociedad son sus individuos. Su verdadero valor radica en la medida de su contribución a la sociedad y su utilidad social.

Por esta razón, las palabras que no logran producir soluciones permanecen huecas, sin importar la elocuencia con la que se expresen. Cuando la atención se centra principalmente en el poder, el privilegio y el estatus social, incluso las palabras más “bellas” y “significativas” pierden su sustancia y se convierten en poco más que conchas vacías. El significado de la vida encuentra expresión en los seres humanos y en las sociedades que crean. El significado se desarrolla a través de la comprensión, la definición de la realidad y el hecho de convertirse en una fuerza capaz de producir soluciones.

*Publicado en el periódico Yeni Yaşam y reproducido en la agencia de noticias ANF / Edición: Kurdistán América Latina

jueves, junio 4th, 2026