Por Elif Sarican* – La integración gradual de las instituciones autónomas del noreste de Siria en el gobierno de transición posterior a Bashar al Asad, tras el acuerdo de enero de 2026 entre las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) y Damasco, continúa en curso. Si bien este proceso ha contribuido a prevenir desplazamientos masivos y una mayor limpieza étnica, también ha suscitado profunda preocupación por la erosión de los derechos culturales y políticos, la marginación de las mujeres y las minorías, y la creciente influencia de los intereses económicos extranjeros.
Meghan Bodette, directora de investigación del Instituto Kurdo para la Paz, con sede en Washington, ofrece una evaluación del estado actual del acuerdo, lo que se ha implementado y lo que se ha omitido. En declaraciones a The Amargi, tras visitar Qamishlo (Rojava) durante la fase inicial de integración, su análisis pone de relieve el contraste entre las promesas políticas y los resultados sobre el terreno.
Según Bodette, el logro más significativo del acuerdo del 29 de enero fue su papel en la prevención de la limpieza étnica. En 2018 y 2019, cuando las fuerzas turcas avanzaron hacia Afrin y Serekaniye, cientos de miles de kurdos, cristianos y yazidíes se vieron obligados a huir. Por el contrario, muchas comunidades del norte de Siria han permanecido en sus lugares de origen, o en algunos casos han regresado, desde que entró en vigor un alto el fuego a finales de enero, poco antes de que se formalizara el acuerdo.
Este desenlace estaba lejos de ser inevitable, considerando la conducta de los grupos involucrados en el ejército y la de las fuerzas que avanzaban hacia el noreste, dijo Bodette, refiriéndose a los enfrentamientos y la violencia sectaria de enero, cuando el ejército sirio lanzó una ofensiva en territorio controlado por las FDS, conocido como Rojava. “Estas comunidades siguen vivas. Siguen viviendo en sus tierras”, indicó.
La cooperación en materia de seguridad entre las FDS y Damasco ha facilitado el regreso de las personas desplazadas a Afrin, explicó Bodette, ciudad que permaneció bajo control de grupos respaldados por Turquía tras la invasión de 2018, y hasta que las fuerzas del gobierno sirio volvieron a entrar en la zona a principios de 2025. Se han organizado varios convoyes hacia la ciudad fronteriza del noroeste, lo que ha permitido a las familias recuperar sus hogares. Si bien algunas aldeas del distrito siguen ocupadas, la tendencia general es positiva. Además, muchos de los colonos árabes sunitas traídos por Turquía para modificar la composición demográfica de la región han regresado, en su mayoría, a sus lugares de origen.
La integración de las Unidades de Protección Popular (YPG) y otras milicias afiliadas a las FDS en cuatro nuevas brigadas también se ha desarrollado con relativa fluidez. Además, miles de kurdos apátridas han podido solicitar la ciudadanía siria, un derecho que les fue negado durante mucho tiempo bajo el antiguo régimen baazista, aunque todavía solo pueden seleccionar “árabe sirio” como su nacionalidad.
Bodette describió estos avances como un “elemento positivo para la futura integración”, si bien expresó cautela ante la debilidad de las protecciones para los derechos civiles y políticos, en particular para las mujeres y los grupos minoritarios. Advirtió que las disposiciones en materia de educación, incluido el reconocimiento del kurdo como lengua nacional, siguen sin cumplirse. El kurdo está excluido de la señalización pública, los documentos gubernamentales y la mayoría de las escuelas, y en algunas zonas se ha reducido a una asignatura optativa que se imparte dos veces por semana.
“Una de las principales motivaciones de la lucha y la resistencia de muchas personas fue la represión del idioma kurdo -afirmó Bodette-. Ahora vemos que ese idioma está siendo excluido de la vida pública, de los letreros públicos y los documentos gubernamentales”.
En ciudades del noreste, como Qamishlo, centro administrativo de la AADNES, la señalización bilingüe ha sido retirada y sustituida repetidamente por letreros solo en árabe. El idioma siríaco ha sido eliminado por completo de los espacios públicos. En un gesto simbólico, algunos funcionarios gubernamentales han propuesto devolverle a Kobane su nombre árabe de la época del partido Baaz, ignorando la importancia de esta ciudad de mayoría kurda como bastión en la lucha contra el Estado Islámico (ISIS).
“Estas restricciones han provocado un profundo resentimiento -aseguró Bodette-. Para muchos, la capacidad de hablar y aprender en su lengua materna era un pilar fundamental de su identidad política.
Los derechos de las mujeres también se han visto amenazados. Las Unidades de Protección de las Mujeres (YPJ), el destacamento exclusivamente femenino de las FDS, han declarado que su desarme es una línea roja. A pesar del acuerdo que permite la integración, el gobierno ha rechazado a candidatas para puestos clave, como gobernadora de Hasaka y viceministra de Defensa. Solo una mujer, la alcaldesa kurda de Kobane, ha sido nombrada para un cargo.
“El sistema de copresidencias, una innovación única en la que los puestos de liderazgo se compartían entre un hombre y una mujer de diferentes comunidades, ha sido desmantelado -declaró Bodette-. Este sistema garantizaba una representación diversa y una toma de decisiones colaborativa. Su eliminación supone un retorno a una autoridad centralizada y dominada por los hombres”.
Subrayó que el gobierno está imponiendo un sistema dominado por los árabes sunitas y por los hombres en una región que había preservado el pluralismo lingüístico, la libertad religiosa y una gobernanza inclusiva.
Las tensiones ya han desembocado en protestas. Durante el Newroz, el año nuevo kurdo, jóvenes de Qamishlo retiraron banderas sirias de edificios gubernamentales. Esto ocurrió después de que árabes en otras ciudades agredieran a kurdos y confiscaran banderas kurdas a su regreso de las celebraciones del Newroz.
“Los líderes kurdos, integrados en el gobierno, fueron criticados por equiparar estas acciones con las propias manifestaciones de los manifestantes -observó Bodette-. Decían: ‘Bien, no se deben arriar las banderas sirias, pero tampoco se deben atacar las banderas y los símbolos kurdos’. Esto provocó mucha indignación entre el pueblo kurdo”.
Estos incidentes reflejan una brecha generacional. Muchos jóvenes kurdos crecieron durante la guerra y el período de autodeterminación. Para ellos, la posibilidad de usar su idioma y participar en el gobierno fue una conquista ardua. “Si un idioma que no entiendes es el único que puedes usar en hospitales, tribunales y comisarías, estás en desventaja -explicó Bodette-. No es solo simbólico, es una forma de discriminación».
Advirtió que, si bien el liderazgo puede calmar las tensiones actualmente, el sentimiento entre los jóvenes podría volverse cada vez más difícil de controlar. “No creo que puedan controlar ese sentimiento para siempre -dijo-. Tenemos una generación de kurdos que creció conociendo el concepto de autodeterminación, y es muy difícil pedirles que se identifiquen como árabes sirios y hablen árabe en su vida cotidiana”.
Más allá de la identidad y los derechos, los intereses económicos están marcando la transición de Siria. El noreste concentra la mayor parte de las reservas de petróleo y gas del país y genera la mayor parte de su producción agrícola. El afán por centralizar el control sobre estos recursos ha sido una motivación clave en el proceso de integración.
“La economía que se está construyendo está controlada por individuos poderosos vinculados al Estado -describió Bodette-. Está orientada a la inversión extranjera que podría explotar a los sirios, especialmente a los más pobres”.
Informes recientes sugieren que las nuevas leyes de inversión de Siria reflejan las del régimen baazista, pero otorgan aún más poder al Estado y a los inversores extranjeros. Un artículo de The New York Times destacó cómo un multimillonario sirio, en conversaciones con la administración de Donald Trump, propuso proyectos de inversión que podrían beneficiar a funcionarios estadounidenses y sus allegados.
“Gran parte de esto está relacionado con los intereses económicos individuales de muchos de los líderes involucrados, tanto en Siria como en Estados Unidos, y también en países como los del Golfo y Turquía”, detalló Bodette. Para muchos en el noreste, la integración no ha traído alivio económico. Los precios suben, el desempleo aumenta y hay pocas señales de beneficios tangibles.
“Durante mucho tiempo, la región ha sido tratada como una fuente de materias primas, con la industria concentrada en Damasco y Alepo -indicó Bodette-. Esta dinámica de clases ha alimentado el resentimiento entre los árabes rurales, los kurdos, los cristianos y los yazidíes”.
El acuerdo se impulsó con una fuerte participación de Estados Unidos, liderada por el enviado a Siria y embajador en Turquía, Tom Barrack. Si bien Estados Unidos mantiene una pequeña presencia militar en el noreste, su enfoque ha cambiado: de apoyar a las FDS a respaldar al gobierno de transición.
“La estrategia estadounidense parece estar motivada por la estabilidad regional y el deseo de mantener a Siria fuera de la órbita de Irán -remarcó Bodette-. Sin embargo, este enfoque ha pasado por alto los riesgos de marginar a los grupos minoritarios y a las mujeres”.
Además, advirtió que, si el descontento continúa aumentando, el sistema actual podría generar mayor inestabilidad. “Estados Unidos apostó a que apoyar a este gobierno pondría fin al conflicto -aseveró-. Pero no hay garantías. Si el gobierno persiste en sus políticas represivas, podría estar sellando su propio destino”.
La sociedad civil en Siria lucha por hacerse oír. Si bien existe mayor margen de acción que bajo el régimen baazista, muchas organizaciones se enfrentan a limitaciones. Los grupos de la sociedad civil kurda intentan establecer contactos en Damasco, pero las barreras informativas y los discursos sesgados siguen siendo obstáculos.
“El camino a seguir requiere más que simples acuerdos políticos -destacó Bodette-. Exige un contrato social que respete la diversidad, proteja los derechos de las mujeres y garantice la justicia económica”.
A su vez, hizo hincapié en que la estabilidad duradera solo puede provenir de gobiernos que representen a toda su población y construyan economías que beneficien a todos. “El experimento del noreste con el autogobierno ofreció un modelo para ese futuro -concluyó-. Queda por ver si esa visión podrá sobrevivir a las presiones de la integración”.
*Publicado en The Amargi / Traducción y edición: Kurdistán América Latina