El repentino colapso del régimen de Bashar al Asad en Siria, un acontecimiento recibido con júbilo por la mayoría de los sirios, ha abierto un nuevo capítulo sin precedentes en la historia moderna del país. Por primera vez en generaciones, los sirios, cuya nación se asfixió bajo casi seis décadas de dictadura, han tenido la oportunidad de forjar su propio destino y construir un nuevo orden político con capacidad para representar a todos los ciudadanos del país.
Sin embargo, por difícil que haya sido la brutal guerra que duró más de una década para derrocar a Asad, esta nueva fase puede resultar al menos igual de difícil. Forjar un nuevo Estado a partir de los escombros de la guerra civil es una tarea abrumadora incluso en las mejores circunstancias. Siria, cuya economía, tejido social e infraestructura han sido totalmente devastados durante la última década, también se enfrenta a una comunidad internacional escéptica, con potencias globales y regionales que oscilan entre la cautela y la hostilidad hacia el nuevo régimen y expresan profundas sospechas sobre sus líderes actuales.
El vecino Irak, que comparte muchas características de la historia de Siria —y que también ha enfrentado el desafío de reconstituirse políticamente después de décadas de dictadura— podría ofrecer lecciones sobre cómo transitar un camino hacia la estabilidad y la democracia.
Se destacan tres: adoptar el federalismo y la toma de decisiones basada en el consenso para mantener unido al Estado, evitar la creación de un nuevo culto a un liderazgo carismático para llenar el vacío dejado por un dictador, y centrarse en cuestiones prácticas de desarrollo económico y buen gobierno por encima de grandes proyectos ideológicos y la participación en conflictos regionales.
Las experiencias de ambos países no son idénticas. Mientras que el régimen de Asad se derrumbó principalmente a manos de los propios sirios, Irak fue invadido y ocupado por Estados Unidos, y su democracia fue gestada con apoyo extranjero. El camino de Irak hacia una relativa estabilidad tampoco ha sido fácil. Los primeros años posteriores a la caída de Saddam Hussein estuvieron marcados por un derramamiento de sangre masivo, ocupación, corrupción y luchas políticas internas paralizantes. Crisis como la aparición del grupo Estado Islámico (ISIS), que casi llevó a Irak al colapso, también han empañado el experimento del país con la democracia.
A pesar de estos desafíos, los iraquíes han logrado crear una democracia razonablemente funcional después del derrocamiento de Saddam. Aunque normalmente no se lo considera un Estado con buen gobierno, Irak ha construido un sistema representativo que incluye las opiniones de todos los interesados en la sociedad iraquí. Esto no es poca cosa después de generaciones pasadas bajo el autoritarismo sofocante de la dictadura baazista, una experiencia que ha marcado profundamente tanto a los iraquíes como a los sirios.
Los principios que han guiado la política iraquí han incluido el reparto del poder, la descentralización y la coexistencia basada en un nuevo contrato social: una Constitución democrática. Después de la brutalidad del régimen de Saddam, la ocupación estadounidense y la guerra civil sectaria, los iraquíes han seguido recurriendo a esos principios como guías para apuntalar sus instituciones democráticas. Frente a las crisis que han llevado a su Estado al borde del colapso durante la última década, los iraquíes han logrado heroicamente y a menudo contra todo pronóstico mantener a flote su naciente democracia.
Siria comparte circunstancias históricas, socioeconómicas y políticas similares a las de Irak, lo que la convierte en una comparación institucional útil. Los dos países, que comparten una extensa frontera, experimentaron numerosos golpes militares en el siglo XX antes de fusionarse en torno a dictaduras del Partido Baath. El Partido Baath en ambos países estaba dirigido por una minoría: un régimen dominado por los alauitas gobernaba en Siria, de mayoría sunita, y un régimen dominado por los sunitas en Irak, de mayoría chiita.
A pesar de las frecuentes tensiones políticas entre los baazistas en Siria e Irak, ambos grupos se mantuvieron aferrados a los ideales originales del partido: nacionalismo, socialismo y laicismo. Esta herencia ideológica compartida sería desastrosa para ambos países, pues crearía relaciones difíciles con grupos minoritarios no árabes como los kurdos e incluso moldearía la perspectiva de partidos islamistas hostiles que rechazaban el baazismo, pero a menudo conservaban su principio de chovinismo étnico.
Una Siria libre se enfrenta ahora al reto de mantener unida a sus partes contingentes y ganar el apoyo de los kurdos, los cristianos, los alauitas y otros grupos minoritarios para el nuevo Estado. El nuevo régimen sirio, encabezado por el grupo islamista Hayat Tahrir al-Sham (HTS), ha dado a entender que está dispuesto al menos a reconsiderar la concepción etnocéntrica del Estado que tiene el Partido Baath, llegando incluso a afirmar en una comunicación reciente que la “diversidad” es una fortaleza de la nación siria que tratarán de proteger. Sin embargo, este bienvenido gesto retórico tendría que institucionalizarse dentro de un sistema político que proteja los derechos de otros grupos.
En Irak, tras la caída de Saddam Hussein, se concedió el poder representativo a todos los sectores de la sociedad iraquí a través de un Parlamento libre. Irak también ha utilizado la herramienta del federalismo para abordar cuestiones polémicas de identidad y autonomía para grupos como los kurdos. Hoy, el norte de Irak está gobernado como una entidad kurda autónoma que sigue siendo parte del Estado iraquí. Esta solución de compromiso, que niega la independencia a los kurdos pero les otorga amplios poderes de autogobierno, ha ganado el apoyo de la mayoría de los partidos kurdos, que siguen adhiriendo a la Constitución iraquí y valoran su papel dentro del país mientras puedan mantener la autonomía cultural, política y de seguridad en su propio territorio.
El federalismo no sólo beneficia a las minorías. El papel de los kurdos como entidad autónoma dentro del cuerpo político iraquí ha ayudado a estabilizar el país en su conjunto en momentos críticos y ha impedido que surgieran dictadores en potencia. Cuando el ex primer ministro iraquí Nuri al-Maliki inició una ofensiva contra los dirigentes suníes y reveló sus ambiciones autoritarias a la sociedad iraquí, la influencia de los partidos kurdos que operan dentro del sistema federal contribuyó a obligarlo a dimitir. Maliki casi provocó la destrucción de Irak, puesto que sus acciones contribuyeron al ascenso del Estado Islámico, pero en un sistema federal diverso en el que otros partidos como los kurdos podían ejercer influencia, finalmente fue contenido.
A pesar de las disputas periódicas y un desafortunado referéndum de independencia en 2017, el ejemplo del Kurdistán iraquí ha demostrado a ambas partes que el camino hacia la estabilidad y la desactivación de los conflictos étnicos pasa por una fórmula de federalismo, evitando al mismo tiempo el separatismo.
Los kurdos de Siria, que hoy controlan territorios en el noreste del país bajo la bandera de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), se encuentran ahora en una posición similar, en la necesidad de negociar un nuevo acuerdo con Damasco. Ya han renunciado al separatismo y sólo buscan el autogobierno dentro de un Estado sirio –similar al que existe en Irak– para proteger su identidad cultural y evitar la desafortunada experiencia de la era baazista, cuando se vieron efectivamente privados de sus derechos dentro de la nación siria. Cualquier forma de autogobierno kurdo en el noreste de Siria también incluiría la fuerte participación de árabes, turcomanos, asirios, circasianos y yazidíes, ya que los kurdos son una parte menor de la población en Siria en comparación a Irak.
Otra experiencia compartida por ambos países ha sido el gobierno de hombres fuertes y carismáticos que se presentaban no sólo como líderes políticos sino como padres de sus naciones. Hafez al Asad y Saddam crearon cultos a la personalidad centrados en ellos mismos, y sus imágenes se hicieron omnipresentes en todo el país. Este culto se convirtió en un pilar del baazismo, y sólo terminó en Irak tras la invasión estadounidense. Sin embargo, los sirios siguieron viviendo bajo el culto a Asad durante más décadas, ya que Hafez le pasó el mando a su hijo, Bashar. Hasta su huida del país en diciembre, Bashar fue la encarnación viviente de la nacionalidad siria, y los sirios vivieron bajo un movimiento ideológico fanático centrado en su veneración.
Hoy, en medio de una efusión general de alivio y júbilo por la caída de Asad, corre el riesgo de crearse otro culto carismático en torno a la persona de Ahmed al-Sharaa. Han surgido rápidamente descripciones populares, tanto en el país como en la región en general, que presentan a Sharaa como otra figura paternal para la nación siria, y la publicación saudí Okaz llega al extremo de presentarlo como un nuevo Bismarck, el líder icónico que unió a Alemania y la puso en el camino de la reforma socioeconómica. El surgimiento de Sharaa como un nuevo héroe simbólico como Saddam o Bashar sería una clara señal de retroceso democrático. El culto al líder fue un factor importante que contribuyó a la supresión de la democracia real tanto en Siria como en Irak durante el período baazista.
A pesar de los desafíos, Irak no ha permitido que el culto a un líder fuerte y carismático resurja dentro de su cuerpo político desde la caída de Saddam. Ningún líder iraquí ha replicado la estatura personal cuasi religiosa del ex dictador, y las instituciones del país también han impedido la posibilidad de que otros líderes construyan cultos similares en torno a sí mismos.
Hasta ahora, Sharaa ha parecido ambivalente respecto de estas descripciones de sí mismo y, en cambio, ha hecho gestos en relación con la importancia de las “instituciones” y de gobernar por consenso en la nueva Siria. Sin embargo, limitarlo a él o a cualquier otro líder que intente definir el Estado en torno a su propia personalidad seguirá siendo un gran desafío sin el tipo de instituciones democráticas que los iraquíes han construido para garantizar que su país no caiga en los hábitos ideológicos familiares de la era baazista.
Un ejemplo útil de una institución restrictiva de ese tipo se produjo en los primeros días de la invasión estadounidense de Irak. Un año después de que comenzara la ocupación, las nuevas autoridades iraquíes provisionales, bajo la supervisión de Estados Unidos, crearon un organismo llamado Consejo de Gobierno Iraquí, con el objetivo de representar las opiniones de todos los principales grupos étnicos y religiosos de Irak, así como de los líderes tribales del país. En muchos sentidos, el consejo de gobierno ayudó a sentar las bases de un nuevo Irak incluyente, dando voz a chiítas, sunitas, kurdos, turcomanos, asirios y otros miembros del diverso tejido social iraquí que antes habían sido meros súbditos del Partido Baath. Ningún individuo o grupo podía surgir para dominar la escena política, porque un coro de voces diversas estaría allí para equilibrar su influencia.
El consejo de gobierno contribuyó finalmente a orientar el proceso de desarrollo democrático de Irak. Un año después de su creación, se estableció un gobierno provisional iraquí, que dio origen a una asamblea nacional de transición y preparó el terreno para la redacción de una nueva Constitución democrática para Irak. En octubre de 2005, el pueblo iraquí votó finalmente a favor de esta nueva Constitución tras meses de deliberación pública.
Es notable que esa Constitución haya logrado romper con el pasado y alejar a Irak tanto de la dictadura autoritaria como del nacionalismo árabe anterior, transformándolo en un Estado que reconoce formalmente a todas las comunidades étnicas y religiosas que lo constituyen como partes interesadas en el país. Si bien hoy los iraquíes no están de acuerdo en muchas cuestiones, la gran mayoría sigue defendiendo esta Constitución como garantía de la seguridad y la estabilidad de un Estado iraquí unitario.
Hasta ahora, la transición en Siria no ha seguido el ejemplo de este proyecto relativamente exitoso de construcción de instituciones por consenso. En lugar de convocar un consejo de gobierno que represente la diversidad de la sociedad siria, Sharaa ha centralizado la toma de decisiones en torno a él y a sus asociados en Hayat Tahrir al-Sham. Las declaraciones pragmáticas de Sharaa, que han sido ampliamente elogiadas por la prensa, hasta ahora no se han llevado a la práctica en la realidad.
Siria no cuenta hoy con un organismo de transición política incluyente que sea capaz de lograr el consenso de los diversos segmentos de su población. La nueva Siria no puede ser un espectáculo unipersonal ni puede representar sólo las opiniones de un partido, incluso si ese partido encabezó la ofensiva militar que derrocó al régimen. Hasta que Sharaa no tome en serio la necesidad de crear esos mecanismos para ganar la aceptación de otros sectores de la sociedad siria, en particular de sus grupos minoritarios, es poco probable que la nueva Siria que se está construyendo desarrolle el mismo orden constitucional duradero que ha permitido a Irak sobrevivir las turbulentas dos décadas desde que se liberó de Saddam.
Siria tiene otras razones para actuar con cautela al trazar su camino hacia el futuro. A diferencia de Irak, Siria no tiene la suerte de contar con abundantes recursos petroleros que le ayuden a engrosar su presupuesto, ni tiene amigos extranjeros con los que pueda contar para que le proporcionen garantías de seguridad en caso de que surjan crisis. La amenaza de que la situación, ahora jubilosa, vuelva a derivar en luchas internas e inestabilidad es real y presente. Incluso con las ventajas relativas de que gozaron, los iraquíes sufrieron enormemente en los años posteriores a la caída de Saddam, y sólo aprendieron a través de dolorosos ensayos y errores, y con la guía de una ocupación extranjera a menudo brutal, cómo crear un modus vivendi sostenible dentro del país.
A pesar de los muchos escollos que han encontrado desde que tomaron el control de su propio país, los iraquíes no han repetido los errores de vecinos como Irán, que se ha convertido en un proyecto ideológico de revolución perpetua y agresión regional. Un enfoque pragmático hacia el interior ha sido un sello distintivo del Irak post-Saddam, que ha puesto la solución de los problemas económicos, ambientales y políticos por encima de los intentos de rehacer la región o influir en los asuntos de sus vecinos. Los líderes de Siria harían bien en seguir este ejemplo y deberían seguir tranquilizando a los países vecinos sobre sus intenciones.
Puede que se avecine un momento decisivo, ya que países extranjeros como Turquía presionan para que se disuelvan las Fuerzas Democráticas Sirias, lideradas por los kurdos. El desmantelamiento de este grupo, que fue clave en la lucha contra el Estado Islámico, en lugar de integrarlo en las nuevas fuerzas armadas sirias, privaría al nuevo régimen de una poderosa herramienta para impedir el resurgimiento de ISIS en el país. En Irak, los Peshmerga kurdos fueron incorporados al orden constitucional y ahora cooperan con el ejército iraquí. No hay razón para que no se pueda utilizar el mismo modelo para desactivar un enfrentamiento que se avecina en el horizonte.
El nuevo gobierno de Siria ha heredado un país destruido en el que más del 90% de la población vive por debajo del umbral de pobreza. La infraestructura de lo que alguna vez fue un país aspirante a un ingreso medio se ha reducido a niveles de subsistencia, y la mayoría de los ciudadanos viven sin servicios básicos como suministro confiable de energía y agua. Esta devastación tardará años en repararse y requerirá una gestión cuidadosa y pragmática de todos los sectores de la sociedad siria para ganar su apoyo.
Pero, mientras los sirios emprenden su propio camino hacia la soberanía y la independencia, libres de la dictadura, vale la pena observar el ejemplo de Irak en busca de señales útiles. Un gobierno pragmático, introspectivo y tecnocrático ha sido un aspecto positivo del experimento democrático iraquí. No ha surgido un nuevo Saddam y los viejos conflictos con grupos minoritarios se han resuelto de manera duradera mediante acuerdos de reparto del poder.
Tras haber logrado la heroica tarea de poner fin a una dictadura cruel, los sirios emprenden ahora el largo y complejo camino de la reconstrucción de su nación. En ese camino, no les vendría mal aprender de sus vecinos iraquíes, que iniciaron el mismo camino difícil dos décadas antes que ellos.
FUENTE: Kamal Chomani / New Lines Magazine / Traducción y edición: Kurdistán América Latina