Irán: el factor kurdo

Por Asso Hassan Zadeh* – La guerra librada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha vuelto a poner de relieve un aspecto largamente ignorado de la cuestión kurda: el Kurdistán iraní, también conocido como Rojhelat, en kurdo. Si bien el desenlace del conflicto sigue siendo incierto, parece que los kurdos de Irán podrían convertirse en un actor político y estratégico cada vez más importante en la reconfiguración del país.

Del núcleo histórico a los márgenes estratégicos

En las últimas tres décadas, los kurdos de Irak, Turquía y Siria han alcanzado distintos grados de visibilidad internacional y nuevas oportunidades políticas. En contraste, los kurdos de Irán se han mantenido, en gran medida, al margen de los acontecimientos regionales y mundiales. Esta marginación resulta aún más llamativa si se considera el papel central que el Kurdistán iraní ha desempeñado en la historia y la memoria colectiva kurda.

Como la segunda región kurda más grande tanto por territorio como por población, el Kurdistán iraní ha sido durante mucho tiempo un área central de la vida política kurda. Las narrativas históricas kurdas a menudo vinculan a los kurdos con los medos, uno de los primeros imperios de la meseta iraní. También es en el Kurdistán iraní donde el nacionalismo kurdo moderno tomó forma organizada por primera vez con la creación del Partido Democrático del Kurdistán de Irán (PDKI), en 1945. Aprovechando el vacío político creado por la ocupación anglo-soviética de Irán durante la Segunda Guerra Mundial, el PDKI proclamó la República del Kurdistán, en Mahabad, en 1946, la primera y única  entidad estatal kurda en la historia moderna. Aunque efímera, dejó un legado perdurable: la ejecución de su presidente, Qazi Mohammed, en 1947, el himno “Ey Raqib” (¡Oh, enemigo!) y la figura de los peshmerga sigue resonando en todo Kurdistán.

¿Por qué, entonces, una región tan central ha permanecido prácticamente ausente de los acontecimientos contemporáneos en la cuestión kurda? 

Fundamentos de la exclusión política kurda en Irán

En primer lugar, la trayectoria de la cuestión kurda desempeñó un papel decisivo. Antes del surgimiento de los Estados modernos, las regiones kurdas estaban organizadas en principados semiautónomos dentro de imperios más amplios, como el otomano y el safávida. La batalla de Chaldiran (1514) marcó una temprana división de las tierras kurdas entre estas dos potencias. Sin embargo, no fue hasta después de la Primera Guerra Mundial, con el colapso del Imperio Otomano, que la cuestión kurda se internacionalizó. El Tratado de Sèvres (1920) planteó brevemente la posibilidad de un Estado kurdo, pero esta fue abandonada con el Tratado de Lausana (1923), que confirmó la división de las poblaciones kurdas entre Turquía, Irak y Siria. Las regiones kurdas de Irán, al no haber formado parte del Imperio Otomano, quedaron fuera de este momento formativo y, por lo tanto, en gran medida al margen del proceso de internacionalización posterior.

Un segundo factor se relaciona con la naturaleza de los Estados que gobiernan a las poblaciones kurdas. En Irak, bajo el mandato británico, la cuestión kurda se internacionalizó tempranamente a través de la Sociedad de Naciones, con cierto grado de reconocimiento de la lengua y la identidad kurdas. En Turquía, a pesar de décadas de políticas asimilacionistas, un sistema político parcialmente abierto y los vínculos con Europa crearon gradualmente un espacio para la expresión y la visibilidad kurdas. En Irán, por el contrario, el Estado moderno (consolidado entre 1906 y 1925) se desarrolló siguiendo líneas fuertemente centralistas, basadas en la primacía de una identidad nacional persa. Este enfoque, constante tanto bajo la monarquía Pahlavi como bajo la República Islámica, implicó la exclusión de la lengua kurda de la vida pública y la educación, el subdesarrollo deliberado de las regiones kurdas, la fuerte militarización de las provincias kurdas (oficialmente denominadas Azerbaiyán Occidental, Kurdistán, Ilam y Kermanshah) y severas restricciones al acceso de los medios de comunicación extranjeros. En conjunto, estas políticas contribuyeron a la invisibilidad a largo plazo de los kurdos iraníes.

Un tercer factor reside en la complejidad demográfica de Irán. A diferencia de las configuraciones más binarias que se observan en Turquía o Siria, Irán es un país multiétnico con importantes poblaciones azerbaiyanas, baluches, árabes y turcomanas. Dentro de este mosaico, los kurdos, que representan alrededor del 10% de la población y habitan aproximadamente el 7% del territorio, han tenido una influencia más limitada en la dinámica política nacional.

Finalmente, las aperturas políticas internas han sido muy escasas en Irán. Tras la caída de la República de Mahabad, la única oportunidad real surgió con la revolución de 1979. Durante un breve período, las fuerzas kurdas, en particular el PDKI y Komala, lograron controlar gran parte del territorio kurdo. Pero este momento fue rápidamente sofocado. A pesar de las negociaciones iniciales, el ayatolá Jomeini, el líder supremo iraní, emitió una fatua, es decir, un decreto religioso, declarando la yihad (la lucha santa) contra los kurdos, y la Guardia Revolucionaria reafirmó su control mediante la violencia generalizada contra la población civil.

De la resistencia armada a la retirada estratégica

A lo largo de la década de 1980, los partidos kurdos libraron una lucha armada contra la República Islámica, influenciada en parte por el contexto más amplio de la guerra Irán-Irak. Sin embargo, a pesar de su intensidad, este conflicto recibió escasa atención internacional. Hacia finales de la década, una combinación de divisiones internas, el fin de la guerra Irán-Irak y los asesinatos selectivos de líderes kurdos, debilitaron el movimiento. En particular, Abdul Rahman Ghassemlou, secretario general del PDKI, considerado por muchos como el líder kurdo más carismático de su época y una figura que podría haber llevado la cuestión kurdo-iraní al escenario internacional, fue  asesinado en Viena en 1989 durante negociaciones con funcionarios iraníes.

Si bien el fin de la Guerra Fría abrió un nuevo espacio internacional para muchos movimientos nacionales, los kurdos iraníes entraron en un período de mayor marginación. La caída de Sadam Husein no benefició su causa; por el contrario, fortaleció la influencia de Irán en Irak. Para preservar la frágil estabilidad de la región del Kurdistán iraquí, los partidos kurdos iraníes suspendieron gradualmente la lucha armada y reubicaron sus bases en el interior del Kurdistán iraquí. A esto le siguió una larga fase de repliegue estratégico, marcada por el apoyo indirecto al activismo civil dentro de Irán, frente a la continua represión y militarización.

Sin embargo, esta marginación no provocó la desaparición del movimiento. A pesar de las divisiones internas, los partidos kurdos mantuvieron estructuras armadas organizadas y fuertes vínculos con la población local. Desde mediados de la década de 2010, los esfuerzos por la reunificación y la coordinación cobraron impulso. Los llamamientos conjuntos a la huelga, especialmente en respuesta a los ataques iraníes contra bases kurdas o en el contexto del movimiento “Mujer, Vida, Libertad” (Jin, Jiyan, Azadi), han contado sistemáticamente con una participación significativa en las zonas kurdas iraníes. La reciente formación de la Coalición de Fuerzas Políticas Kurdas Iraníes, anunciada justo antes de la guerra actual, refleja esta reconfiguración en curso.

Una variable estratégica en los conflictos regionales

En el contexto del conflicto actual, estas dinámicas adquieren una nueva relevancia. La prolongación de la guerra, sumada a la estrategia iraní de escalada regional, ha contribuido a una creciente convergencia entre los objetivos de Estados Unidos e Israel. Más allá de la presión militar para debilitar al régimen, ahora se plantea abiertamente la posibilidad de su derrocamiento.

En este contexto, la búsqueda de un actor interno capaz de inclinar la balanza se vuelve crucial. Los ataques aéreos y las protestas internas por sí solos parecen insuficientes para lograr un cambio sistémico. El Kurdistán iraní emerge así como una variable estratégica plausible. Informes de principios de marzo apuntaban a contactos sin precedentes entre funcionarios estadounidenses y partidos kurdos iraníes, así como al interés expresado por  Donald Trump en la posibilidad de una ofensiva terrestre kurda. Si bien estos escenarios siguen siendo extraoficiales y parecen haberse atenuado, señalan un claro cambio de percepción. Los kurdos iraníes ya no son vistos únicamente como un actor marginal, sino como una palanca potencial en una estrategia terrestre indirecta.

Varios factores explican esta reevaluación. Las fuerzas kurdas iraníes operan cerca de la región del Kurdistán iraquí, donde Estados Unidos mantiene una presencia militar, lo que ofrece un posible corredor logístico. Cuentan con una dilatada experiencia en combate y un profundo conocimiento del terreno montañoso, difícil de transitar para las fuerzas convencionales. Políticamente, a pesar de algunas debilidades, conservan cierto grado de legitimidad social, y los recientes esfuerzos de coordinación han reforzado su credibilidad general.

Al mismo tiempo, persisten importantes limitaciones. Irán sigue ejerciendo una presión militar constante sobre las bases kurdas en Irak, atacándolas regularmente con drones y misiles. Las fuerzas kurdas carecen de la capacidad para operar eficazmente sin apoyo externo. Quizás lo más importante sea que las experiencias pasadas de abandono han generado una profunda desconfianza. Los partidos kurdos exigen garantías concretas, como una zona de exclusión aérea, que aún no se han materializado.

Esto ha dado lugar a un debate estratégico dentro del movimiento: ¿deberían los actores kurdos esperar el respaldo explícito de Estados Unidos o actuar de forma independiente? Una acción unilateral podría generar impulso interno, pero también conllevaría riesgos significativos, especialmente en un contexto global mucho menos favorable que a principios de la década de 1990, cuando los kurdos iraquíes gozaban de protección internacional.

Al mismo tiempo, los partidos kurdos iraníes siguen participando activamente en la política iraní en general. La mayoría aboga por una visión democrática, pluralista y federal para Irán, que combine el reconocimiento de los derechos colectivos con el compromiso con los principios democráticos. Si bien el derecho a la autodeterminación sigue presente en su discurso, el enfoque predominante se centra en la transformación del Estado iraní en lugar de la secesión inmediata. En este sentido, participan activamente en diversas coaliciones de oposición que buscan construir un futuro político alternativo sin alinearse con las fuerzas monárquicas en el exilio. A finales de marzo, se llevó a cabo en Londres un intento de reunir una amplia coalición de fuerzas de oposición iraníes bajo el nombre de Congreso por la Libertad de Irán, con la participación de los principales partidos políticos kurdos.

El Kurdistán iraní se erige, por tanto, como una variable estratégica, aunque incierta. Su futuro papel dependerá tanto de las decisiones de las potencias externas como de la capacidad de los actores kurdos para aprovechar una oportunidad única. De lo contrario, el Kurdistán iraní podría volver a quedar relegado a la marginalidad, incluso mientras la región experimenta una transformación potencialmente profunda.

*Publicado el 21 de abril de 2026 en Fundación Rosa Luxemburgo / Traducción y edición: Kurdistán América Latina

viernes, mayo 1st, 2026