Cómo nos protegen las madres, desde Argentina hasta Irán

Por Mahtab Mahboub – La maternidad en Irán se ha convertido cada vez más en una forma de activismo; un activismo que busca justicia y tiene como objetivo prevenir más pérdidas de vidas. 

“Desde los 16 años, he cuidado de mis hermanos y mi hermana menor como lo haría una madre. A lo largo de todos estos años, he presenciado derramamiento de sangre. Busco justicia para mis dos hermanos que fueron asesinados en la década de 1980, y para mi sobrino, asesinado por 70 perdigones de escopeta el 8 de enero de este año durante las protestas en Irán”, dijo una madre que ahora tiene sesenta y tantos años, hablando con The Amargi de forma anónima.

Para ella, la maternidad es una especie de “deuda con la vida de un ser querido”. Aunque lleva décadas de duelo, “no hay mayor alegría en el mundo que la maternidad. Me dio el valor para no tener miedo y para asumir la responsabilidad”, afirmó. 

Los dos hermanos figuraban entre los más de 20.000 presos políticos ejecutados en la década de 1980 tras la represión a la disidencia por parte de la República Islámica. Uno fue enterrado en el cementerio de Khavaran, en las afueras de Teherán, mientras que el otro fue sepultado en una tumba sin nombre, ahora destruida, en Lahijan, en la región del Caspio, al norte del país. Desde entonces, las autoridades se han negado a revelar el destino y el paradero de muchos de los desaparecidos forzosamente o ejecutados de forma extrajudicial.

Al igual que estos dos hermanos, muchas víctimas fueron enterradas en fosas comunes o individuales sin identificar. En este contexto, la búsqueda constante de la verdad por parte de las madres sobre el destino y los lugares de sepultura de sus hijos ha transformado su maternidad en una práctica profundamente política, que a la vez preserva la memoria y desafía el poder estatal.

Mientras que el Estado promueve la figura de la “madre sacrificial” —una madre cuyos hijos mueren al servicio de las fuerzas iraníes (de seguridad o defensa)— como pilar de la legitimidad nacional y religiosa, las madres de quienes mueren a causa de la violencia estatal reconfiguran este papel, transformándolo en uno centrado en la justicia, la verdad y la rendición de cuentas.

Esta forma de activismo maternal tiene repercusión más allá de Irán, con búsquedas similares de personas desaparecidas por la fuerza, incluyendo casos como el de las  Madres kurdas de los Sábado o el de las Madres de Plaza de Mayo, en Argentina.

¡Que los desaparecidos aparezcan con vida!

Uno de los primeros ejemplos de activismo de las Madres de Plaza de Mayo se remonta a abril de 1977, durante la dictadura militar argentina. El Estado inició una “guerra sucia” contra opositores políticos de izquierda, activistas, estudiantes y sindicalistas. Las Madres se congregaron por primera vez en la Plaza de Mayo, en Buenos Aires —justo frente al palacio presidencial—, para exigir información sobre sus hijos desaparecidos. Ese mismo año, tres de las Madres fundadoras y dos monjas francesas que las apoyaban también fueron desaparecidas.

Ante la falta de respuestas del régimen y bajo un estado de sitio que prohibía las reuniones públicas, sus marchas semanales de los jueves se convirtieron en un ritual de resistencia. Casi cincuenta años después, las madres cuentan con el apoyo de una amplia coalición de activistas, jóvenes y organizaciones de derechos humanos. Ahora se oponen a la postura negacionista del presidente de extrema derecha Javier Milei respecto al destino de las 30.000 personas desaparecidas entre 1976 y 1983, durante la dictadura argentina, y a su rechazo a la idea de que el Estado llevó a cabo un plan sistemático de exterminio. 

En una sociedad profundamente religiosa y tradicional, donde la maternidad a menudo se concebía como un rol privado y moral, y la familia era considerada una aliada importante del régimen autoritario, estas mujeres demostraron cómo la maternidad podía convertirse en un lenguaje público de resistencia, una dinámica que resuena con fuerza en Irán.

“Soy la madre de una lápida”

En Irán, con las primeras oleadas de ejecuciones y la desaparición de activistas políticos, surgió la misma tensión entre la “maternidad oficial” promovida por el régimen recién establecido, y las madres resistentes que buscaban la verdad sobre el destino de sus hijos.

La guerra con Irak brindó al Estado la oportunidad perfecta para definir a la madre ideal como aquella que cría a sus hijos para el martirio en el frente de batalla y soporta la pérdida con dignidad. Esta forma de maternidad ha sido tan valorada por la República Islámica que el aniversario de la muerte de una figura materna venerada en el islam chiita fue designado oficialmente como el “Día en Honor a las Madres (y Esposas) de los Mártires”.

Una de esas “madres ideales” fue la madre de Mahmoud Tarigholeslami. Un video muestra a una madre y a su hijo sentados frente a frente. El hijo llora desconsoladamente y le ruega a su madre que no lo abandone, mientras ella le dice con firmeza: “Cuando seas enemigo de Dios, no te quiero y serás ejecutado”. Durante mucho tiempo, estas imágenes se difundieron con el mensaje de que “por la paz del país y de la nación, algunas madres incluso sacrifican a sus propios hijos”. 

Mahmoud Tarigholeslami era un activista político que se había unido a un grupo marxista que se oponía tanto a la monarquía Pahlavi como a la República Islámica. Antes de la revolución, su madre había utilizado con éxito la influencia religiosa y política de su familia para salvarlo de la ejecución bajo el régimen del Sha. Tras su arresto en 1981, luchó por salvar a su hijo. Según se cuenta, le prometieron que si lo convencía de arrepentirse y confesar ante las cámaras, le perdonarían la vida; una promesa que nunca se cumplió. Su hijo fue ejecutado unos meses después. 

Pero no todas las madres aceptaron esos guiones, ni todas fueron informadas sobre el destino de sus hijos. Tras la primera oleada de ejecuciones de presos políticos de izquierda en Teherán, en 1981, las familias se enteraron de que podían haber sido enterrados en tumbas del cementerio de Khavaran —en barrios no musulmanes— en las afueras de Teherán. A través de su búsqueda y reuniones semanales en el cementerio, se conocieron y poco a poco formaron una asociación informal de Madres de Khavaran. 

En 2005, tres madres celebraron la vida y escribieron en su carta a dos presos políticos: “No les pedimos a nuestros hijos mártires que renunciaran a sus convicciones humanistas, y tampoco se lo pedimos a ustedes. Los apoyamos en la consecución de estos objetivos. Solo les pedimos que pongan fin a su huelga de hambre. Esperamos poder estrechar sus manos entre las nuestras y contar con su presencia en nuestra lucha”.

A lo largo de las décadas, desde las ejecuciones de 1980 hasta la represión del Noviembre Sangriento, en 2019, y el levantamiento Jin, Jiyan, Azadî (Mujer, Vida, Libertad), las madres han experimentado el dolor, pero su pasión por preservar la vida no pudo ser derrotada. 

Una madre que perdió a su hija durante la rebelión Jin, Jiyan, Azadi le contó a The Amargi  sus temores por su otro hijo: “Tengo un hijo de 15 años. Crié a mis dos hijos, pero desde la muerte de mi hija me siento como un cadáver sin vida en la vida de mi hijo. Me avergüenzo”. Le preocupa cómo protegerlo: “Ha crecido y habla menos. Se siente deshonrado porque derramaron la sangre de su hermana y siguen profanando su lápida. ¿Qué debo hacer? ¿Ser madre? Es la niña de mis ojos, pero juro por Dios que estoy llena de miedo. Incluso tengo miedo de estar viva”.

Para algunas, buscar justicia por sus hijos asesinados se ha convertido en el único propósito de sus vidas. Una madre que perdió a su hijo en enero de 2010, durante las protestas del Movimiento Verde, dijo: “A veces pienso que nací para ser la voz de mi hijo. Mientras viva, buscaré justicia por la sangre derramada de mi hijo. Buscar justicia para él es lo que me permitió volver a ponerme de pie”.

Durante el Noviembre Sangriento de 2019, al menos 304 manifestantes fueron asesinados, según Amnistía Internacional, la mayoría provenientes de familias desfavorecidas. La madre de uno de los manifestantes fallecidos relató a The Amargi su sufrimiento: “Ojalá hubiera muerto yo. Ojalá la bala me hubiera alcanzado a mí, a mi cuerpo y a mi cabeza. Mi maternidad terminó con la muerte de mi hijo. Cuando él nació, yo nací; cuando lo mataron, yo también quedé destrozada”. Pero ella ha transformado su dolor en un acto de solidaridad. Continúa: “Cada vez que veo los videos y las fotos de otros niños asesinados, vuelvo a morir. Me comunico con sus madres y hablo con ellas. ¡Qué dolor tan inmenso! Todos morimos y renacemos cada día. Soy madre de una lápida”.

Muchas de estas madres han sido arrestadas y acusadas con frecuencia de recibir fondos extranjeros para incitar a la agitación social mientras buscan que se rindan cuentas por la violencia estatal.

*Publicado en The Amargi / Traducción y edición: Kurdistán América Latina

miércoles, junio 3rd, 2026