La reconstrucción intelectual frente a la política de liquidación

Por Hüseyi̇n Sali̇h Durmuş* – El proceso que se desarrolla hoy en Turquía bajo el nombre de “una Turquía libre de terror” no es simplemente un proceso de desarme, normalización o ausencia de conflicto. Al mismo tiempo, este proceso constituye un intento de redefinir el significado histórico-político de la cuestión kurda, de replantear la memoria colectiva del movimiento kurdo y de confinar la subjetividad histórica surgida en los últimos cincuenta años dentro de una esfera controlada de politización.

Cuando se leen conjuntamente el extenso texto de Devlet Bahçeli, fechado el 18 de mayo de 2026, y los recientes escritos de Mehmet Uçum, el asunto deja de estar oculto. Por primera vez, los límites del lenguaje político legítimo se están definiendo de manera tan sistemática, se están trazando los límites de la política y se está redefiniendo la forma en que el movimiento kurdo puede existir.

En este sentido, el modelo de “Coordinación del Proceso de Paz y la Politización” propuesto por Bahçeli resulta muy revelador. El objetivo aquí no es simplemente gestionar el desarme. El objetivo es disolver el carácter histórico-político del movimiento kurdo, reproducirlo dentro de los límites determinados por el Estado y transformar su subjetividad colectiva en una forma de política controlable.

Sin embargo, aquí debe hacerse correctamente una distinción fundamental. Por su naturaleza y función, el Estado turco puede desarrollar estrategias de liquidación. Sin embargo, constituye una seria ilusión pensar que la mente colectiva histórica que ha llevado adelante esta lucha no ve esto o no se ha reorganizado frente a semejante riesgo.

No se puede negar que la estructura colectiva que ha llevado adelante esta lucha durante los últimos cincuenta años posee mucha más experiencia histórica, inteligencia, intuición política y acumulación estratégica que cualquier otra fuerza. Y hoy, entre quienes leen este proceso de la manera más profunda, se encuentra una vez más esta experiencia colectiva histórica.

Teniendo en cuenta la enorme destrucción, las guerras regionales y las rupturas históricas en las que Medio Oriente se ha visto arrastrado desde octubre de 2023, el hecho de que la cuestión kurda y Kurdistán aún puedan discutirse desde una perspectiva tan amplia no es independiente de esta acumulación histórica.

La lucha desarrollada a lo largo de medio siglo no solo ha creado una esfera militar o política; también ha producido una poderosa memoria histórica, un reflejo político y una base intelectual.

Por esta razón, la mesa establecida en İmrali (isla-prisión donde se encuentra prisionero hace 27 años el líder kurdo Abdullah Öcalan) tiene un significado histórico. Esa mesa no es simplemente un espacio de negociación; también representa un umbral en el que el Estado de la República de Turquía se ve obligado a enfrentarse a sus propias crisis históricas.

El lenguaje utilizado por Devlet Bahçeli también demuestra que la transformación que se está produciendo dentro de la mentalidad estatal turca no es meramente táctica, sino que responde a una necesidad histórica. Independientemente de si esto es sincero o no, el hecho de que el Estado reconozca ahora que el antiguo lenguaje de negación ya no es sostenible constituye, en sí mismo, una situación nueva. Sin embargo, precisamente por esta razón, no deben perderse los reflejos históricos.

Porque, históricamente, la República de Turquía nunca ha actuado con un solo escenario. Una mentalidad de seguridad que mantiene sobre la mesa planes de liquidación mientras se desarrollan negociaciones ha sido una de las características fundacionales de esta tradición estatal.

El proceso fundacional de la República es uno de los ejemplos más claros de ello. Después de 1908, el Comité de Unión y Progreso intentó incluir a kurdos y armenios dentro del nuevo orden político en el plano de la representación. Los diputados kurdos participaron en el Parlamento vistiendo sus atuendos nacionales y se creó un fuerte clima político que sugería que los kurdos eran uno de los elementos fundadores del nuevo orden político que surgiría tras el Imperio otomano.

Sin embargo, poco después de la fundación de la República, los kurdos fueron definidos y codificados, esta vez, como una “amenaza interna”.

Utilizando el levantamiento del jeque Said como pretexto, no solo se sofocó una rebelión; la intelectualidad kurda, los ulemas, los líderes de opinión y las personalidades portadoras de memoria social, fueron sistemáticamente eliminados. La ejecución de cientos de figuras kurdas tras el jeque Said y los levantamientos posteriores no pueden interpretarse simplemente como una operación de seguridad. Al mismo tiempo, se trató de una operación de decapitación, de destrucción de la memoria y de un movimiento fundacional de liquidación destinado a dispersar el sentido histórico de orientación kurda.

Esta realidad histórica no puede ser olvidada. Precisamente por esta razón, el enfoque hacia el proceso actual no debe ser ni de optimismo ciego ni de negación. Lo necesario es preservar la razón política sin perder la memoria histórica.

Porque hoy se desarrollan dos realidades paralelas. La primera es el terreno de negociación y resolución desarrollado dentro de Turquía. La segunda es la capacidad de mantener continuamente la tensión, la provocación y la producción de un conflicto renovado en el ámbito regional, especialmente en Siria.

Mientras continúan los acontecimientos vinculados a Rojava, las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), las dinámicas posteriores a Alepo, las tensiones tribales, las operaciones provocadoras cotidianas, la guerra con Irán y los desarrollos relacionados con Irak, también se están definiendo simultáneamente, a nivel interno, los límites dentro de los cuales podrá permanecer la política kurda.

Por lo tanto, la cuestión no es simplemente “creer en la paz” o “no creer en la paz”. El verdadero problema es poder ver la arquitectura paralela de seguridad que acompaña este proceso. No debe olvidarse que la República de Turquía ha recurrido en el pasado a conceptos de seguridad similares al “plan de colapso”.

La voluntad democrática de resolución y el reflejo de preparación histórica no son opuestos. Por el contrario, se complementan mutuamente.

Hoy, la ilusión más peligrosa es la posibilidad de que la perspectiva de la paz genere una pérdida de reflejos en la sociedad y en la esfera política. Querer la paz es una cosa; liquidar la memoria histórica, el reflejo político y la conciencia colectiva de autodefensa es otra. Hoy, en Turquía no solo están transformándose las políticas de seguridad, sino también el carácter mismo del régimen.

Turquía se ha alejado de una estructura estatal que funcionaba dentro de los límites del orden parlamentario clásico y está evolucionando hacia una forma de régimen diferente, en la que la esfera política está siendo reorganizada por la mente central del Estado. La oposición, los medios, el Poder Judicial, la sociedad civil, las administraciones locales y todos los canales de oposición social, están siendo integrados en esta nueva arquitectura política.

Quienes no son integrados son criminalizados, reprimidos o destinados a la liquidación. La reciente intervención de “nulidad absoluta” dirigida contra el partido CHP también debe evaluarse dentro de este marco. Esto no es simplemente una crisis entre partidos, sino uno de los intentos del nuevo régimen de remodelar la esfera política.

Hoy, el problema no es simplemente la continuidad del actual gobierno. El problema es la reorganización de toda la esfera política en Turquía según una nueva forma estatal. Y la cuestión kurda se encuentra en el centro de este proceso de reconstrucción.

Sin embargo, las crisis fundamentales de Turquía no se limitan únicamente a la cuestión kurda. Junto con ella, la cuestión de la comunidad aleví, que ha atravesado una de las rupturas históricas más profundas del país, constituye también una de las realidades estructurales fundamentales de Turquía.

La memoria histórica que se extiende desde Dersim hasta Maraş, y desde Çorum hasta Sivas, no es simplemente un dolor vivido en el pasado. Esa memoria también demuestra el carácter irresuelto de la relación entre el Estado y la sociedad. El nuevo régimen intenta reorganizar no solo la política kurda, sino todos los canales sociales en Turquía que históricamente no pudieron ser controlados.

Por lo tanto, el problema no es solo una cuestión de seguridad, sino de remodelar la propia sociedad. Los sistemas y poderes hegemónicos actuales ya no reprimen a las sociedades únicamente mediante la fuerza; también las gobiernan disolviéndolas desde dentro. Generar incertidumbre, mantener a la sociedad en una suspensión permanente, profundizar los sentimientos de inseguridad y expandir la incapacidad de saber qué traerá el futuro son algunas de las técnicas fundamentales del poder moderno. A veces una sociedad no se disuelve por un ataque directo, sino por perder su sentido de orientación.

La profundización de la crisis de las drogas, las relaciones entre mafia y política, el juego online, la normalización de la violencia social, la rápida degradación y la destrucción de la esperanza entre la juventud en Turquía y en Kurdistán del Norte (Bakur, sudeste turco) durante los últimos años no son meras crisis sociológicas; también constituyen mecanismos de disolución político-social.

La liquidación no es solo organizativa: se liquida la memoria de un pueblo, se liquida su sentido de resistencia, se liquida su orientación histórica, se liquida su columna vertebral moral y se liquidan sus lazos sociales.

Uno de los mayores peligros que enfrentan las sociedades colonizadas es este: que la ira no se dirija contra el sistema colonial, sino contra los demás.

Cuando la sociedad queda atrapada en miedos a corto plazo, cálculos mezquinos y debates sin rumbo, la disolución se profundiza. Hoy, una de las necesidades más fundamentales de la comunidad kurda es la capacidad de reunificar canales y dinámicas sociales fragmentadas, detener la pérdida de reflejos y reconstruir un sentido intelectual de orientación.

Es precisamente aquí donde la definición de colonialismo elaborada por el antropólogo francés Maurice Godelier en el libro Après l’Occident (Dentro y fuera de Occidente), coescrito con Hubert Védrine, una de las figuras importantes de la diplomacia francesa, adquiere un carácter decisivo: “La occidentalización es, ante todo, colonización. La colonización es un camino de sangre, un camino de sometimiento, un camino de humillación; pero al mismo tiempo, también es un camino de resistencia”.

Esto no es simplemente una definición elaborada para el colonialismo clásico; también se aplica a los métodos mediante los cuales los Estados modernos remodelan las sociedades. Porque el colonialismo no opera únicamente mediante métodos militares. También reorganiza la memoria, criminaliza la resistencia, convierte su propio lenguaje en el único lenguaje legítimo, deja a la sociedad sin orientación y busca volver manejable al sujeto histórico.

Hoy, el nuevo paradigma que se pretende establecer bajo el nombre de “una Turquía libre de terror” debe leerse precisamente desde esta perspectiva. Porque el problema ya no es negar la existencia kurda; la cuestión es dentro de qué límites será reconocida la subjetividad histórico-política de los kurdos. Como expresa la propia mente del Estado turco, el asunto no es un “problema de terrorismo”, sino la cuestión de la subjetivación kurda. Y esta subjetivación ya ha superado una etapa histórica reversible.

En la historia moderna kurda, la principal fuerza que estableció el concepto de un Kurdistán independiente y unido a gran escala, lo transformó en conciencia social y lo convirtió en una verdad histórica sostenida con sacrificios, ha sido el Movimiento por la Libertad del Kurdistán, concretamente el PKK (Partido de los Trabajadores de Kurdistán).

Hoy pueden debatirse diferentes orientaciones estratégicas. Sin embargo, la realidad histórica no cambia. Este concepto permanece en la memoria de millones de personas, en la conciencia compartida de los kurdos, en la unificación psicológica de las distintas partes de Kurdistán en Medio Oriente y en los grandes sacrificios de los últimos cincuenta años.

Por esta razón, abordar esta acumulación histórica con un discurso reductivo, caricaturesco y humillante no constituye una mera superficialidad política, sino una grave ignorancia histórica.

Hoy, la forma kurda de leer el mundo también debe ser reconsiderada. Leer el mundo únicamente desde el turco, el árabe o el persa, estrecha la perspectiva. Tiene una importancia histórica que los kurdos desarrollen la capacidad de leer el mundo a través de lenguas más amplias, espacios intelectuales más abiertos y referencias más plurales, porque ampliar la perspectiva implica multiplicar las posibilidades.

Del mismo modo, el conocimiento de la geografía no es simplemente una conciencia física, sino también histórica. En Vietnam, la población pudo desgastar a la mayor potencia militar del mundo porque conocía su geografía. En Argelia, la resistencia al colonialismo pudo crecer porque conocía su propia tierra, su propia sociedad y su propia memoria histórica.

También para los kurdos, la geografía no es simplemente un territorio, sino la portadora de la existencia histórica. Lo que hoy se necesita no es solo un reflejo político, sino una reconstrucción intelectual. Y precisamente aquí comienza nuevamente la responsabilidad de los intelectuales.

Las palabras de Jean Paul Sartre deben recordarse hoy una vez más: “Un intelectual es alguien que interviene en lo que no le concierne”.

Esta afirmación transforma al intelectual de una simple persona instruida en un sujeto que asume una responsabilidad histórica. Sin embargo, hoy reina un gran silencio. Mientras la sociedad se disuelve, la juventud pierde orientación y la memoria se erosiona, la esfera intelectual retrocede. Aún más peligroso, algunos círculos están convirtiendo el sufrimiento histórico del pueblo en un juego teórico y llevando adelante experimentos de ingeniería intelectual sobre la fragilidad de la sociedad.

La advertencia del poeta y pensador antimilitarista francés Jacques Prévert adquiere precisamente aquí todo su sentido: “No se debe permitir que los intelectuales jueguen con cerillas”.

Porque cuando el pensamiento retrocede, el vacío es ocupado por la razón de Estado y los mecanismos que esta manipula. Pero cuando el pensamiento se vuelve irresponsable, la sociedad arde. Porque el lenguaje que reduce los graves problemas históricos a polémicas degradantes, dirige la ira social contra sí misma, caricaturiza cuestiones estratégicas y erosiona la memoria histórica del pueblo, no produce pensamiento intelectual, sino un fuego inconsciente y sin dirección.

Hoy, lo vital es una responsabilidad intelectual capaz de orientar, advertir, mantener viva la memoria histórica, diagnosticar la disolución social, establecer la base intelectual de la nueva era, y reunir todos los potenciales y dinámicas fragmentadas y divergentes. Porque la lucha que hoy se desarrolla no es solo militar o política, sino también mental.

Y, en última instancia, esta realidad no debe olvidarse: si surge un terreno verdaderamente democrático, si la población puede regresar libremente a su país y si la acumulación histórica preparada durante décadas con grandes sacrificios en las montañas de Kurdistán se combina con el gran potencial humano que se ha desarrollado en Europa y otros continentes y retorna hacia Kurdistán, ese potencial sería lo suficientemente poderoso como para transformar no solo a los kurdos y a Kurdistán, sino también a toda Turquía.

Precisamente por esta razón, una sociabilidad kurda organizada, educada, que preserve su memoria histórica, sepa leer el mundo y desarrolle reflejos colectivos, constituye el mayor temor y la mayor crisis del colonialismo.

Por lo tanto, la cuestión fundamental hoy es esta: la reconstrucción intelectual frente a la liquidación.

*Publicado en la agencia de noticias ANF / Edición: Kurdistán América Latina

miércoles, mayo 27th, 2026