Sembrando esperanza para el mundo a partir de un grano de cacao

Por Cansel Toprak* – La Red de Mujeres Tejiendo el Futuro, que reúne a grupos feministas y ecologistas de América Latina, Kurdistán, Europa y otras regiones del mundo, celebró una conferencia en Bogotá, la capital de Colombia, titulada “Floreceremos porque la guerra no puede destruir nuestras raíces”. Realizada del 11 al 15 de febrero, la conferencia congregó a mujeres de diferentes continentes, que hablaban distintos idiomas y participaban en diversas luchas, todas unidas en torno a una pregunta común: ¿sobre qué bases se puede construir una vida libre?

Este encuentro, que se extiende desde las montañas de Colombia hasta las llanuras del Kurdistán, y desde México hasta las costas de Chile, puede considerarse no solo un intercambio de ideas, sino también un esfuerzo por reunir las páginas de un atlas vivo de resistencia. A lo largo de la conferencia, se hizo evidente que los ataques del colonialismo, el capitalismo y el patriarcado —dirigidos tanto a la tierra como al cuerpo— operan según patrones sorprendentemente similares. Este panorama hizo aún más patente la necesidad de establecer un lenguaje común de resistencia. En consonancia con esto, se analizaron en profundidad experiencias organizativas concretas de mujeres —como consejos, cooperativas, unidades de autodefensa, redes de solidaridad y redes democráticas—, centrándose en cómo fortalecerlas y consolidarlas. El conocimiento ancestral y la Jineoloji se abordaron como fuentes de conciencia de resistencia y formas de vida alternativas. Estos no se trataron simplemente como referencias teóricas, sino como sistemas de conocimiento vivos y dinámicos que impactan la vida cotidiana. Se enfatizó repetidamente la importancia vital de la autodefensa —física, emocional y social— para la construcción de un futuro compartido. La conferencia concluyó con un animado mercado donde las mujeres indígenas compartieron los frutos de su trabajo (tejidos, comida y artesanías), junto con una actuación musical que incluyó canciones y bailes.

Confederalismo Democrático: el fundamento práctico de la libertad

Todo esto tenía como objetivo plantear una cuestión fundamental: ¿sobre qué bases se establecerá una vida libre? ¿Con qué principios y métodos se construirá? En este momento crucial, el Confederalismo Democrático surgió no solo como una teoría, sino también como un marco práctico significativo. Como enfoque radical, el Confederalismo Democrático aboga por un modelo social organizado localmente, construido desde la base y sustentado en la participación directa, en lugar de estructuras centralizadas y jerárquicas. Se fundamenta en que las mujeres establezcan sus propias organizaciones autónomas, tomen sus propias decisiones y desempeñen un papel activo y decisivo en todos los procesos de toma de decisiones. El objetivo es claro: debilitar y desmantelar sistemáticamente los cimientos del sistema patriarcal, y empoderar a las mujeres política, económica y socialmente.

Este enfoque, que sitúa la liberación de la mujer como motor de la transformación social, aspira a una vida libre de explotación, igualitaria y verdaderamente democrática. La Red Mujeres Tejiendo el Futuro, creada en 2018, se forjó en torno a esta visión. Su objetivo era visibilizar las luchas de las mujeres, amplificar sus voces, fortalecer la solidaridad entre ellas y construir redes poderosas y resilientes que trasciendan fronteras.

De hecho, el modelo que denominamos Confederalismo Democrático no es del todo nuevo ni inventado desde cero. Las mujeres ya han establecido, preservado y transmitido formas de vida similares a lo largo de la historia. Lo que se busca hoy es actualizar este legado ancestral, adaptarlo a las condiciones de la era actual y transformarlo en una forma de organización más poderosa e inclusiva. Porque el camino para defender y recuperar la vida, la naturaleza, el cuerpo y los pueblos, reside en tejer un frente común de lucha y redes de solidaridad. No aislamiento, sino unión; no competencia, sino reciprocidad; no jerarquía, sino igualdad.

Diferentes definiciones de economía

Estas palabras no quedan en el aire. Hay geografías, cuerpos y memorias colectivas que les dan vida. De hecho, una de las pruebas y ejemplos más vívidos de esto es una historia de resistencia que se extiende desde la conflictiva región de Arauca, en Colombia, hasta los mercados campesinos de América Latina. Cada pregunta debatida en las salas de conferencias encontró una profunda respuesta en esta historia de resistencia. Los héroes de esta historia no son los grandes capitalistas ni los programas gubernamentales; son las mujeres, los campesinos y las comunidades que han elegido aferrarse a la tierra, a su trabajo y a la solidaridad.

Al comenzar a contar esta historia, partamos de una pregunta: ¿qué es la economía? Si le preguntas esto a un experto financiero, probablemente hablará de gráficos fluctuantes, tasas de crecimiento, estados de pérdidas y ganancias, y mercados bursátiles. Pero si le preguntas a un agricultor de cacao en Arauca, a una mujer rural en las faldas de los Andes o a una comunidad que ha establecido un mercado solidario, la respuesta será muy diferente: la economía es la vida misma. Es cultivar la tierra, proteger la semilla, compartir con los vecinos y dejar un legado para el futuro.

Cuando los crecientes debates económicos feministas de los últimos años convergen con experiencias concretas de las regiones remotas de Colombia, el panorama resultante se convierte tanto en un diagnóstico como en una fuente de esperanza… Por lo tanto, sí, el orden económico actual se basa en el trabajo invisible, pero más allá de este orden, ya existen otras economías en la práctica.

Una historia de resistencia en Arauca

Durante décadas, la literatura económica feminista ha señalado y cuestionado el mismo problema: la acumulación capitalista se basa en el trabajo reproductivo no remunerado. Las tareas domésticas, el cuidado de los demás, la crianza de los hijos y el cuidado de los ancianos y los enfermos son esenciales para el funcionamiento del sistema, pero el mercado los invisibiliza. Dicho de forma más directa: la economía capitalista y patriarcal se sustenta en el agotamiento y el trabajo de las mujeres.

Esta realidad se manifiesta concretamente en Arauca. En esta remota región de Colombia, cerca de la frontera con Venezuela, las mujeres —que asumen casi la mitad de la cosecha de cacao y se encargan en gran medida de la fermentación y el secado de los granos— han estado excluidas de los procesos de toma de decisiones durante muchos años. Pero esto ha cambiado. Gracias a la organización cooperativa, las mujeres productoras se están incorporando a los consejos de administración y gestionando directamente la producción de chocolate, el diseño del empaque y la comercialización a nivel local. Este proceso representa no solo el empoderamiento económico, sino también la recuperación de la dignidad social.

Los habitantes de Arauca viven en una región que durante mucho tiempo ha estado a la sombra de la economía petrolera, una región profundamente afectada por la pobreza rural. Durante años, las comunidades rurales tuvieron que lidiar con la inseguridad física y la amenaza de ser desplazadas de sus tierras. Fue en este contexto que las familias de pequeños agricultores dejaron de lado la competencia individual y optaron por la organización colectiva. La producción de cacao comenzó como un modesto medio de subsistencia, pero experimentó una profunda transformación a través de la cooperativización. Hoy, Arauca se ha consolidado como un referente en los mercados internacionales gracias a su cacao de aroma fino, una variedad reconocida por su aroma superior y su alta calidad. Los chocolateros europeos buscan cada vez más el cacao de Arauca.

Sin duda, el secreto de este éxito no reside únicamente en la fertilidad del suelo. Cooperativas como CoopCacao y Coomprocar han asumido un papel que estandariza la calidad de la producción y democratiza el acceso al mercado. Mediante métodos agroforestales, los árboles de cacao se cultivan junto con plataneros y árboles altos. Esta práctica preserva la biodiversidad, reduce la dependencia de productos químicos y garantiza la fertilidad del suelo para las generaciones futuras. Además, este enfoque ecológico se extiende más allá de la producción agrícola, abarcando la gestión de recursos esenciales para la vida, como el agua.

Quizás el aspecto más discreto, pero a la vez más poderoso, de esta transformación se manifiesta en la gestión del agua. Las cooperativas comunitarias de tratamiento de agua establecidas en Arauca purifican el agua extraída de los ríos mediante sistemas de flujo por gravedad y métodos de filtración de bajo consumo energético para distribuirla a las zonas residenciales. Bajo este modelo, el acceso al agua potable no depende de permisos gubernamentales ni de precios de mercado. En cambio, el derecho al agua se garantiza mediante el trabajo colectivo y la toma de decisiones compartida.

Naturaleza, democracia y bienestar social

El funcionamiento de la cooperativa va mucho más allá de la mera infraestructura técnica. Cada decisión, desde el volumen de agua que recibe cada hogar hasta el reparto de las responsabilidades de mantenimiento, pasando por la resolución de averías y la integración de nuevos miembros en el sistema, se toma mediante debates en asambleas comunitarias. Estas asambleas no funcionan bajo una autoridad jerárquica, sino según el principio de participación directa. Cada hogar tiene voz y voto, y cada voz tiene el mismo peso. El conocimiento técnico especializado no se importa del exterior; se acumula, se comparte y se transmite de generación en generación dentro de la comunidad.

El agua se concibe no como una mercancía, sino como un bien compartido que debe ser protegido, salvaguardado y preservado colectivamente para el futuro. Estas estructuras, construidas con una mínima intervención en los ciclos naturales, combinan la sostenibilidad ecológica con las prácticas de gobernanza local. Esto demuestra concretamente que el bienestar surge no de arriba, sino de la voluntad colectiva de quienes trabajan juntos. Por lo tanto, estas cooperativas pueden considerarse no solo como infraestructura técnica, sino como una expresión institucional de vida en armonía con la naturaleza, que integra la sostenibilidad ecológica con el trabajo colectivo y las prácticas de gobernanza local.

La experiencia de Arauca traslada un debate económico abstracto a la realidad. En los talleres de economía feminista, el argumento más contundente es que dejar la economía exclusivamente en manos de expertos no es una opción, sino una postura política. Dentro de este marco, toda comunidad tiene derecho a preguntarse qué constituye una buena vida y a elaborar una respuesta. La filosofía del buen vivir, fundamental en el pensamiento quechua originario de la Cordillera de los Andes, cobra relevancia precisamente en este punto.

El pensamiento quechua sostiene que el bienestar individual solo adquiere sentido dentro del contexto de la integridad social y ecológica. Según esta filosofía, la economía debe basarse en la redistribución en lugar de la acumulación, la solidaridad en lugar de la competencia y la sostenibilidad de la vida en lugar del crecimiento ilimitado. Las cooperativas de Arauca están poniendo en práctica activamente esta filosofía. En el modelo de economía solidaria, el enfoque no está en la maximización de las ganancias, sino en el bienestar de las personas y las comunidades.  

La decisión de pasar de la venta de granos de cacao crudos al procesamiento local rompe la dependencia de la producción de manteca de cacao, cacao en polvo y chocolate artesanal respecto a las fluctuaciones de precios dictadas por los grandes capitales en los mercados globales. Las cooperativas están aprendiendo a desenvolverse en el mercado, adaptándose a sus propias condiciones.

La historia de Arauca no es única. Miles de historias similares se desarrollan discretamente en todo el mundo. Mercados agrícolas y solidarios, comedores comunitarios, fondos de ahorro solidarios, sistemas de trueque e intercambio local, redes de conservación de semillas, producción agroecológica, educación colectiva e intercambio de conocimientos son prácticas que pasan desapercibidas en los libros de texto de economía convencionales, pero que, de hecho, funcionan en la realidad.

En estas prácticas, el valor económico no se mide únicamente en términos monetarios. El apoyo mutuo, el intercambio de conocimientos y la armonía con la naturaleza también se reconocen como partes integrales de la creación de valor. Los programas de capacitación en tecnología agrícola, las becas de agroecología y el apoyo de microfinanzas diseñados para jóvenes en Arauca son resultados concretos de este enfoque. Estas iniciativas, que buscan enseñar que la vida rural no es una necesidad sino una elección consciente y una cuestión de identidad, están comenzando a dar resultados prometedores.

“El desarrollo no es un favor otorgado desde arriba; es un proceso que el pueblo hace surgir de la tierra con sus propias manos, un proceso que crece a través del intercambio y se multiplica a través de la solidaridad”.

Hacia una red global de solidaridad

En este punto, surge la pregunta fundamental para quienes creemos que la libertad social se construye mediante el trabajo colectivo: ¿cómo se pueden conectar estas experiencias locales? La respuesta que se ofrece en los debates económicos feministas celebrados durante la conferencia es audaz y clara: una red confederal de economías femeninas que se extienda desde Abya Yala hasta Kurdistán. Esto representa un modelo económico basado en las experiencias locales, la autonomía regional y las relaciones horizontales, en lugar de una estructura centralizada y jerárquica.

El primer paso consiste en visibilizar las prácticas económicas desarrolladas por mujeres de diferentes regiones y documentar estas experiencias. A medio plazo, el objetivo es incrementar el contacto personal y establecer espacios de trabajo compartidos. A largo plazo, podrían surgir redes de comercio justo que trascienden fronteras y se basen en la producción ecológica.

En este sentido, las cooperativas de cacao de Arauca ofrecen un ejemplo ilustrativo de cómo podría ser una red de este tipo: cacao en una región, un banco de semillas, un comedor comunitario o un fondo de solidaridad en otra. Todas ellas comparten el objetivo de liberar la economía de las imposiciones capitalistas de quienes toman decisiones a puerta cerrada y devolverle su vitalidad.

Una semilla, mil significados

La experiencia de Arauca y los debates sobre economía feminista que tuvimos en la conferencia “Floreceremos porque la guerra no puede destruir nuestras raíces” nos enseñaron que redefinir la economía no es un mero ejercicio académico, sino un imperativo político y ético. Simplemente aumentar la participación de las mujeres en el mercado laboral o reducir la desigualdad salarial no basta. Mientras el trabajo de cuidados siga siendo invisible y la lógica del mercado continúe dictando todos los aspectos de la vida, las contradicciones estructurales persistirán.

Por supuesto, no debemos idealizar ninguna experiencia. Las cooperativas de Arauca se enfrentan a serios desafíos como la inestabilidad del mercado, la creciente presión del cambio climático y la fragilidad del proceso de paz. Las prácticas alternativas deben lidiar con la inseguridad, las barreras patriarcales y la burocracia estatal. La presión internalizada conocida como “autoexplotación” crea un muro invisible que bloquea la organización colectiva. Sin embargo, al observar el panorama general, lo que emerge es alentador. Las prácticas existentes esperan ser visibilizadas, forjar conexiones entre sí y tejer una red global de solidaridad a partir de estos vínculos. Así como un grano de cacao brota de la tierra en Arauca, una economía completamente diferente crece silenciosamente en otro rincón del mundo.

*Publicado en Pung Media / Traducción y edición: Kurdistán América Latina

jueves, marzo 19th, 2026