Por Mohammad Sayes Rassas* – Las guerras son un barómetro de las condiciones ocultas y latentes de las partes beligerantes, así como del clima internacional y regional que las rodea. Son como terremotos que revelan lo que yace bajo la tierra y la fragilidad de su superficie. A veces, y de hecho a menudo, los escenarios previstos antes de la guerra no se corresponden con su desarrollo y sus resultados.
Por lo tanto, lo que revelan las guerras golpea como un rayo. Esto es lo que vimos con los árabes, que quedaron estupefactos ante lo que la derrota en la guerra de junio de 1967 reveló sobre la fragilidad de los regímenes árabes, entre los que destacaba el egipcio liderado por el presidente Gamal Abdel Nasser. Si queremos ser precisos, los israelíes también se sorprendieron por la facilidad con la que lograron esa victoria. Quienes analizan la historia israelí ven que David Ben-Gurión se enfrentó a una feroz oposición cuando quiso declarar el Estado de Israel, obteniendo la aprobación por una mayoría de un solo voto, mientras que sus oponentes temían la derrota a manos de los ejércitos árabes, de los que se había anunciado que entrarían en Palestina si esa declaración se emitía justo antes de la fecha límite de la retirada militar británica, el 15 de mayo de 1948.
Es muy probable que, en la reciente guerra contra Irán, el presidente estadounidense Donald Trump, al lanzar su primer ataque con el asesinato del líder supremo iraní, Alí Jamenei, diera por sentado que el “escenario Maduro” era aplicable a Irán, y que matar a Jamenei tendría para el régimen iraní el mismo efecto que la detención del presidente venezolano: que la decapitación del líder condujera a la rendición del régimen. Esto no ocurrió en Teherán a pesar de que los primeros días de la guerra, con el asesinato de Jamenei, provocaron la muerte de los primeros y segundos niveles de la cúpula iraní. La verdad es que los cuarenta días de guerra, y las tres semanas posteriores al bloqueo naval estadounidense sobre Irán, demostraron que el sistema de poder iraní no se basa en un individuo, aunque los poderes del Líder Supremo superen a los de cualquier gobernante individual en la política moderna, sino más bien en una compleja red de instituciones. Aunque la muerte de Jamenei represente el inicio de la transición de la autoridad del Líder Supremo, que gobierna y gestiona esa red, a la autoridad de la Guardia Revolucionaria en la gestión, esto última no era ciertamente algo que los estadounidenses esperaran, ni quisieran, pero su actuación es lo que condujo a ello desde un punto de vista que no habían calculado. Trump entró en una guerra siguiendo un guion que la guerra no siguió; más bien, su curso llevó al autor del guion a chocar contra un muro. Cualquiera que haya observado a Trump durante los últimos dos meses lo ve desconcertado, buscando una salida tras caer en un agujero inesperado —un agujero que no solo se representaba en el fracaso a la hora de repetir el escenario de Caracas en Teherán, sino también en la capacidad del régimen iraní durante la guerra para golpear el talón de Aquiles de Trump, representada en la creación de una crisis económica global que se extendiera al interior de Estados Unidos mediante el cierre del Estrecho de Ormuz, algo que el presidente estadounidense aparentemente no consideró posible.
Esta guerra puede recordarnos lo que Edward Said expuso en su libro Orientalismo, publicado en 1978, sobre la fragilidad del conocimiento occidental sobre Oriente. Por no mencionar las dos experiencias de Afganistán (2001-2020) e Irak (2003-2026), que proporcionaron dos ejemplos de esta fragilidad cognitiva entre los estadounidenses, algo que puede generalizarse a todo el Occidente euroestadounidense, con la sorprendente excepción que representan los británicos en sus relaciones con Oriente desde el siglo XVIII.
Del mismo modo, esta guerra ha puesto de manifiesto la fragilidad de la estructura de la alianza de la OTAN entre sus dos alas a orillas del Atlántico. La guerra de Ucrania ya había revelado la divergencia entre Estados Unidos y Europa respecto a Rusia en la fase posterior al regreso de Trump a la Casa Blanca el año pasado, algo que no existía en la era de Joe Biden, quien quería convertir la invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin, en 2022, en algo similar a lo que los estadounidenses hicieron a los soviéticos tras su invasión de Afganistán en 1979, que se convirtió en un atolladero en el que se hundieron los gobernantes del Kremlin. Esa invasión fue un precursor fundamental del colapso y posterior desintegración de la Unión Soviética (URSS). Parece que la tendencia aislacionista impulsada por Trump, que es una continuación de una fuerte tendencia entre los estadounidenses que se remonta a la Doctrina Monroe de 1823, y a causa de la cual hubo una fuerte resistencia social estadounidense a participar en las dos guerras mundiales, no se limita a dar la espalda de la sociedad de inmigrantes al viejo mundo y sus problemas, y a encerrarse en una jaula aislada rodeada de océanos, sino que se extiende entre los aislacionistas estadounidenses a la hostilidad hacia las Naciones Unidas, los acuerdos internacionales transfronterizos, la OTAN y las intervenciones militares estadounidenses en el exterior.
Además, esta guerra ha puesto de manifiesto la fragilidad del Consejo de Cooperación del Golfo. Algunas manifestaciones de esta fragilidad salieron a la luz durante el bloqueo de Qatar, en 2017, por parte del trío Riad-Abu Dabi-Manama, y posteriormente con el enfrentamiento en Yemen el mes pasado entre Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos (EAU). Se puede decir que la retirada de los EAU de la OPEP es una expresión de una nueva divergencia con respecto a Riad, y que el acercamiento acelerado de Abu Dabi a Tel Aviv, Nueva Delhi y Adís Abeba también se inscribe en el mismo contexto, mientras que Arabia Saudita, decepcionada por la ineficacia del paraguas estadounidense que no la protegió de los ataques iraníes, se está moviendo hacia un paraguas nuclear pakistaní y hacia la formación de un eje cuádruple con Pakistán, Egipto y Turquía, cuyo grado de satisfacción o insatisfacción por parte de Washington se desconoce. Mientras tanto, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, una semana antes del inicio de la guerra, anunció que desenvainaría su espada contra este “eje suní”, cuyos precursores aparecieron desde el pasado mes de septiembre, cuando Riad concluyó un acuerdo de defensa mutua con Islamabad dos semanas después de la incursión israelí en la capital qatarí, situada a pocos kilómetros de la sede del Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM) en la base aérea de Al Udeid, al suroeste de la capital qatarí, Doha.
Una de las manifestaciones más sorprendentes de esta guerra podría ser lo que dijo el líder de la oposición israelí, Yair Lapid, en su discurso el 8 de abril, día del alto el fuego: “La pérdida de independencia en la toma de decisiones por parte de Netanyahu”. Cualquiera que lea los periódicos israelíes se da cuenta de la repetición de esta afirmación en las últimas semanas: que Netanyahu, quien estaba en el mismo bando que Trump al inicio de la guerra —y probablemente fue su mayor instigador—, no tuvo voz ni voto a la hora de detenerla, y que no tiene influencia alguna sobre el curso de las negociaciones de Trump con los iraníes tras el alto el fuego, ni sobre su resultado. También se percibe cierto distanciamiento de Israel por parte de la nueva derecha estadounidense, que apoyó a Trump en las elecciones de 2024. Esta derecha, especialmente dentro del movimiento MAGA, es hostil a las guerras estadounidenses en el extranjero, y algunos de sus miembros han comenzado a expresar su convicción de que Netanyahu ha involucrado a Trump en esta guerra, por no mencionar opiniones similares que se encuentran entre los izquierdistas del Partido Demócrata estadounidense.
En este contexto, algunas situaciones pueden resultar desconcertantes, como la actitud pasiva de China durante el transcurso de esta guerra, a pesar de que muchos consideran que el principal objetivo de Estados Unidos es controlar las fuentes de energía (petróleo y gas) y los corredores energéticos marítimos en Medio Oriente, con el fin de estrangular a China y controlar el paso de los oleoductos de Medio Oriente (y sus corredores terrestres, incluidos los que atraviesan Siria) hacia Europa, que ha anunciado su intención de dejar de depender de la energía rusa tras la guerra de Ucrania. China es el país que importa la mitad de sus necesidades de petróleo (16 millones de barriles consumidos diariamente, de los cuales 11 millones son importados, según cifras de 2024) desde Medio Oriente, y la mayor parte de sus importaciones de petróleo pasan por el Estrecho de Ormuz. Aquí se puede observar el oportunismo ruso al intentar desempeñar el papel de intermediario para persuadir a Irán de que entregue a Moscú sus reservas de uranio enriquecido al 60%, lo que pone en aprietos a Irán, que no quiere eso, o se muestra reacio a mostrar su aceptación al inicio de las negociaciones, mientras que los rusos tienen la mirada puesta en Ucrania para obtener concesiones de Trump a cambio de servicios de asistencia para controlar a Irán.
En conclusión: tanto si la guerra del 28 de febrero y su alto el fuego del 8 de abril concluyen con un acuerdo entre Estados Unidos e Irán como si se reavivan de nuevo, esta guerra es una de las que marcan el panorama futuro de las relaciones internacionales, así como el panorama futuro de toda la región de Medio Oriente y del subcontinente indio. Pocas guerras han sido tan reveladoras como lo ha sido esta.
*Publicado el 8 de mayo de 2026 en The Kurdish Center for Studies / Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid